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Full text of "Memoria complementaria de la sección 2.a del programa pobladores aborígenes, razas existentes y sus variedades, religion, usos y costumbres de los habitantes de Filipinas"

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R859m 





EXPOSICIÓN GENEKAL 

DE I, AS 

ISLAS FILIPINAS EN MADRID 

1887 

COMISIÓN CENTRAL DK MANILA 



I 



MEMORIA 



COMPLEMENTARIA DE LA SECCIÓN i,' DEL PROGRAMA 

POliLADORlíS ABORÍGENES, RAZAS EXíSTlíNTF..^ 

Y SUS VARIEDADES 

RELIGIÓN, USOS Y COSTUMBRES DE LOS HABITANTES 



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ulicion oficial 



MANILA 

IMPRENTA DEL COLEGIO DE STO.IOMAS 

Á CMliiO III; I). GKP.VASin MKMI.ir 

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THE LIBRARY 

OF 

THE UNIVERSITY 

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Comisión Central de ^anila 
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MEMORIA 



i:(iwuH'tiii.\ ui u mmi¡ v m, nmm 

POBLADORES ABORIGÉNES, RAZAS EXISTENTES 

T SDS VARIEDADES 

RELIGIÓN, USOS Y COSTUMBRES DE LOS HABITANTES 

DE FILIPINAS 



£dlclon Oficial 



MANILA 



IMPRENTA DEL COLEGIO DE SANTO TOMAS 

k CARGO DE I). GERVASIO Mn.MIJE 
1887 



^IS^^»^&MS§^ 



PROLOGO 



>>8Ío 



v.-^^'^f/S^-^^^^^^'^^^^ para redactar la Memoria corres- 
jí^ #W pondiente á la 2/ Sección sobre las Ra^as de 
^ ^^T Filipinas, su religión, usos y costumbres, á 
I ' cargo de los M. RR. PP. Provinciales de las cua- 
tro Órdenes religiosas, y Superior de los PP. de 
la Compañía bajo la presidencia del Excmo. Sr. Ar- 
zobispo Metropolitano de Manila, para la Exposición 
filipina que se inaugurará en Madrid á i 5 del próximo 
mes de Mayo, nos ha parecido conveniente dividir este 
trabajo en dos partes. 

En la primera que denominamos Etnología, i cargo 
del R. P. Francisco Sánchez de la misma Compañía, pro- 
fesor del Ateneo Municipal que dirije esta Corporación, 
clasificamos las diferentes razas y tribus infieles, des- 
cribiendo sus caracteres físicos. 

La segunda parte denominada Etologia, la dividimos 
para mayor comodidad en dos secciones. En la primera 
describimos con prolijidad los usos, costumbres, ritos, 
etc. de las razas infieles, procurando situar convenien- 
temente cada una de sus rancherías en cuanto nos ha 
sido dado comprender. 



o 

■^ 



04?015 



11 IMíOI.OfiO 



En \i 2/ sección hablamos largamente según nues- 
tros propios conocimientos y experiencia del país, de 
todo lo que concierne á los pueblos cristianos; des- 
cribiendo con la minuciosidad y exactitud que nos han 
sido posibles, el carácter de estos pueblos. 

Nuestro trabajo se resiente de la precipitación con 
que hemos tenido que escribir; por lo cual no faltan 
incorrecciones de lenguaje, y quizás alguna inexactitud 
en la expresión (i). 

Intercalamos al texto cuatro gravados del estable- 
cimiento litográfico de D. Eulalio Carmelo de esta Ca- 
pital, representando diferentes tipos del Archipiélago, 
con tablas en que se designan las diferentes tribus que 
á cada raza pertenecen. Al ñn de la 1/ parte añadimos 
un curioso cuadro sinóptico de los índices y dimensio- 
nes de las actuales razas filipinas, que verán con gusto 
los aficionados á los estudios antropológicos, 
Manila 23 de Abril de 1887. 

o. P. 



(1) rin la pá;^. 240, por nna distracción de los cnj islas que pur casualidad 
hemos notado, y á nosotros se nos paso desapercibido, dí>.-iinos en Icnninos 
generales que la Guardia Civil está casi indisciplinada, cu indo nosotros- 
añadirnos: en alf^unos puntos. Y á propo'sito aprovechamos esta ocasión para 
declarar, que cuando en el discurso de este trabaja hablamos de- abusos de la 
Guardia Civil, debe entenderse que estos abusos y fallas son de las clases- indí- 
genas t que bág-ase lo que se quiera. Fian de hacer siempre como lo que son) y 
no de los señores jefes y oficiales, entre los que contamos muy csiimados ami- 
gos; y en particular de los comandantes de los puestos que hemos Iratado, he- 
mos conocido muchos que no se daban punto de di-scanso^ en la persecución 
de los malhechores, denunciando los abusos de sus subordinados, i'\ cuya ini- 
ciativa S8 debe hal.»er formado sumaria á algunos individuos á sus órdfae&qwe-- 
habían infrinjido la Ordenanza. 



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MM^M&S^^ 



iww^mn iMM. t L t . t . ^ .k * M- ^ ^ ^ ^■ ^ _ %M.v. w , f l m»J '> >•mw '■^, 



PRIMERA PARTE 



etnología 



*-,ft ■? J r 



vv^'^fp-^^ la imposibilidad de hacer un traljajo completo, con 
í^^i Wñ ^^^^^^^^ y observaciones propias, acerca de las razas 



Á ry^ de las islas Filipinas, procnraréaios presentar, ade- 
j mas de ios preciosos documentos que nos lian p;'o- 
l porcionado distinguidos religiosos de estas islas, los de 
no. menos valía que consignan en sus obras autores contem- 
poráneos. En dos partes dividimos el presente escrito; en la 
1." consignamos lo concerniente á la Etnología del Arcli i pié- 
lago Filipino y en la •2." lo relativo ;í su Etología. La Etno- 
logía clasifica, describe y localiza las razas; la Etología nos 
presenta su religión, usos y* costumbres. 

La carencia absoluta, como dice el P. José Fernandez Cue- 
vas, de la Compañía de Jesús, de monumentos de todo géi;'j 
ro, hace difícil el poder averiguar de un modo satisfactorio 
cuáles hayan sido los primiíros pobladores de estas islas. (]on 
todo, el atento estudio de las razas diversas (jue en ellas se 
encuentran; la comparación de los idiomas en «jue liabla:;; Li 



I'RIMEHA PARTE. ETNOLOGÍA 



situucioQ topográfica que cada una de ellas ocupa; los usos, 
costumbres y rasgos característicos que los distinguen entre 
sí; han arroja<lo sobre esta cuestión cierto grado de luz, (¡ue 
si no produce una evidencia completa, da una probabilidad tal 
á la opinión hoy dia predominante, que apenas se hallará 
quien pretenda seriamente contradecirla. Luego añade á con- 
tinuación el citado autor. 

«Esta opinión cuasi común es; ((ue los primeros habitantes 
del país han debido de ser los llamados Negritos por los es- 
pañoles; Etas, Actas, ó Itas por los naturales. Estos pudieron 
haber venido de Nueva-Guinea ó de Australia. Semejante ra- 
za, salvaje y bárbara en sumo grado, y por consiguiente dé- 
bii, vencida mas tarde por invasores de complexión más ro- 
busta, y dotados de un más alto grado de cultura, hubo de 
refugiarse en la fragosidad de las montañas, que es donde se 
la encuentra aun ahora, en diversos puntos del Archipiélago, 
si bien que de cada día mas reducida y próxima á desapare- 
cer por completo. La causa de esto es ademas de su ingénita 
barbarie y vida nómada, el que, considerando como enemi- 
gos suyos á todos los demás hombres, consumía su existencia 
eu rnedio del más lamentable aislamiento, viviendo de una ma- 
nera mas propia de fieras, que de seres racionales. 

Remontados los Negritos, los nuevos invasores se ense- 
ñorearon de las playas y llanuras fértiles, donde se fueron es- 
tableciendo y formando poblaciones y cierto género de estados, 
gobernados por jefes ó régulos que llevaban el título de Ila- 
jah, bajo cuyo amparo se defendían contra sus enemigos. De 
ahí la muchedumbre de provincias en las que les hallaron 
distribuidos los españoles á su llegada, las más de las cuales, lo 
mismo que sus poidaciones, conservan aún al presente nom- 
bres que están en perfecta consonancia con el lenguaje de los 
nuevos colonos. 

Por lo que toca al origen de éstos, cierto conjunto de re- 
laciones y afinidades en el lenguaje, usos y costumbres, y en 
la fisonomía misma les haría originarios de la raza Malaya; 



PRIMERA PARTÍ-:. ET^OLOaiA 



que es la de los indios naturales de las islas que se hallan si- 
tuadas enlre Ceilan y nuestro Archipiélago. Porque Malayotig 
significa, aun ahora entre nuestros indios, lejano, distante, v 
con la denominación de malayos eran designados los habitan- 
tes de las mencionadas islas con respecto "á los que pueblan 
el continente índico. Esto por lo que mira á los Luzones prin- 
cipalmente. En cuanto á los indígenas llamados hoy Visayas y 
Pintados, que son los que habitan en las islas situadas al Sur 
de la grande isla de Luzon, por diferir en varios puntos de 
los Luzones, han pretendido algunos escritores antiguos asig- 
narles origen distinto, cual sería el Macasar, ó Botiiey. 

Pero si bien se considera este no es otro en último resul- 
tado que el njismo malayo. Ademas de que no sen suficien- 
tes ciertas diferencias, por notables que ellas parezcan, para 
atribuir á una raza una procedencia distinta de la de otra; por 
cuanto esto nos conduciría á tener que buscar á cada una su 
origen diverso á la cuasi infinidad de razas de infieles, que 
se encuentran en nuestro Archipiélago, y con especialidad en 
las grandes islas de Luzon y de Mindanao. El género de vida 
(jue cada una observa, la región que ocupa, y otras circuns- 
tancias, son mas que suficientes para imprimir un carácter pe- 
culiar ([ue las separe de las demás, sino en un todo, al me- 
nos en puntos muy notables; como vemos que acontece en Eu- 
ropa en varias naciones como son: España, Francia é Italia, 
apesar de las estrechas relaciones que unen entre sí á sus mo- 
radores. 

Últimamente debió de invadir estas fértiles islas, no muchos 
siglos antes do venir á ellas los cristianos, esa secta funesta 
de los mahometanos ó moros, que cual plaga mortífera se va 
infiltrando y proj)agando por todas las naciones, donde no ha 
llegado, ó de donde por desgracia ha desaparecido la civili- 
zación católica. 

Tales son en resumen las naciones diversas que fueron in- 
vadiendo sucesivamente y poblando el Archipiélago Filipino o\\ 
los tiempos antiguos; población que. sin embargo no llrg.iba ñ 



PHlMKliA PAUTE. liTNOLOíWA 



la tercera parte de lo que es al presente, cuando á él apor- 
taron las primeras naves españolas. Ni se debe olvidar tam- 
poco, que este país fuú visitado por naves de la China y del 
Japón, como lo comprueban varios objetos de esos reinos que 
se encontraron entre ios indios, como son, sederías, dijes y 
otros artefactos; y que de consiguiente varios de sus merca- 
deres se debieron de establecer aquí, resultando de esa mezcla 
ciertos rasgos y costumbres, que asemejan á los indios c in- 
üeles de algunas provincias, con los nacionales de los tales im- 
perios, separándoles algún tanto de su verdadero tipo Malayo. 

De un modo análogo describen las razas del Archipiélago 
filipino, distinguidos escritores de las familias religiosas que 
cultivan estas islas, como inteligentes seglares que han tratado 
de dilucidar el presente asunto. 

Empero á nuestro modo de ver todos ellos no se han pro- 
puesto consignar en sus escritos una clasificación exacta y que 
comprendiera las diversas gentes ([ue habitan estas regiones, 
sino que han querido seguir el orden cronológico de la ocupa- 
ción del territorio, comenzando por los aborígenes ó aetas, 
continuando por los infieles, y finalmente con los moros. 

El Doctor Montano adopta una clasificación que nos pa- 
rece llenar. mejor el cometido de clasificar las razas del Ar- 
chipiélago filipino, fijando su atención en el organismo de las 
varias tribus que viven en estas dilatadas comarcas. 

He aquí como se expresa en el Gap. III de la Memoria que 
eleva al Sr. Ministro de Instrucción pública de Francia. 

«La península de Malaca y toda la parte del gran archi- 
piélago Asiático comprendido al Oeste de Flores, Geram, Gi- 
lolo (límite de la raza Papua) parece estar poblada por tres 
razas bien distintas: los negritos, los Indonesianos y los Ma- 
layos. Esto es al menos lo que se deduce, á mi modo de ver, 
de mis observaciones acerca de los seres hoy vivientes y de 
mis colecciones, de todas las regiones que he recorrido. A ellas 
encaminaré esta parte de mi Memoria, sin cerciorarme de lo 
que otros viajeros nos han indicado acerca de las comarcas 



PRnrEn.v parte. ETXOLor,i,v 



vecinas: no obstante sus relatos confirman \n triple división 
de los pueblos de todo el Archipiélago. 

Al emprender el estudio de estos pueblos, conviene hacerse 
cargo de un hecho, que es de mucha importancia para la an- 
tropología. Durante muchos siglos la piratería, las guerras con- 
tinuas entre las tribus y la esclavitud, han sido azotes endé- 
micos del Archipiélago; menos violentos en ciertos parajes en 
los años postreros, continúan causando los mismos estragos 
en muchos otros. 

Es preciso pues estar persuadido que deben hal'arse pro- 
fundamente alteradas las razas por medio de cruzamientos, y 
en una proporción mucho mayor, cuando los más robustos é 
intrépidos hacían más cautivos en las poblaciones vecinas.» 

Y luego confirmando la opinión que consignan en sus es- 
critos los historiadores de estas islas acerca de las razas, añade: 

ce Se podrían representar sensiblemente las razas que he 
observado por medio de tres zonas concéntricas; la mas inte- 
rior ocupada por los Negritos, arrojados hacia adentro de las 
tierras por la invasión Indonesiana, la media ocupada por és- 
tos, desalojados á su vez de las costas por los Malayos, los 
cuales casi por completo y solos residen en la zona más es- 
céntrica y se hallan esparcidos por todas las playas.» 

Por consiguiente esta es la clasificación que adoptamos al 
tratar de decir algo acerca de la Etnografía de este Archi- 
piélago filipino. 



^MM&^^W^^^^^^^^^M^^^^^ 



S^5^^^^ "<i#í- j^jg w.T^JJXM ' t ' Vr^^tl*'.''ÍJ',iJLVJ -*-*!ilj?!! 



RAZA NEGRITA 



^4 Ií3k NTES (Je presentar los caracteres físicos propios, y pe- 
F^y/CM, ciiliares de la raza Neiírita, conviene dilucidar de paso 
c'; ^-<?-> la cuestión relativa á la procedencia de estos verdade- 
I ros aborígenes del Archipiélago filipino. En primer lu- 

gar parece estar fuera de toda controversia que no proceden 
de lo raza negra Austral, pues los negros de Australia son de 
pelo laso, mientras que los de estas islas lo tienen lanoso y cres- 
po. Los Sres. Jordana y Montano creen son origínanoslos Negri- 
tos filipinos de los negros que, en épocas remotas, dominaban 
la península de Malaca y el archipiélago asiático, pues los 
Negritos Sakkayes, de la provincia de Pérak, en el continente 
de Malaca y los de Filipinas tienen los mismos caracteres; sin 
embargo el P. Navarro, Recoleto descalzo de san Agustín, nos 
escribe que en la Paragua hay una raza de igorrotes con los 
caracteres siguientes. «Piel negra; pelo crespo; estatura for- 
nida y atlética; cuerpo bien formado etc. Existen unas 2.000 
almas.» Los datos del P. Navarro i)arecen indicar que los ne- 
gritos de la Paragua son descendientes de la raza Papua ó que 



1(1 pniMErtA p.iitTK etnología 

proíu'iloii (le iinn mezcla de negritos Malayos con Indonesia- 
iios. ]}tieno ser;í (jiie lo que acabamos de decir sirva de es- 
tíiimlo para qno algún aficionado pueda resolver la cuestión. 

«El estudio osteológico que el Sr. Vircliow lia hecho de 
los esqueletos traídos de Filipinas, por Semper, Jagor y Sche- 
telig, comprueba también de un modo concluyente, que los 
neciritos forman una raza especial, completamente distinta de 
las restantes del grupo interoceí'inico. 

Comenzando por el cráneo, lia encontrado que el de los 
negritos presenta una anchura considerable por una altura 
nada más que regula*?" y una capacidad pequeña; de donde se 
deduce que pertenecen al tipo craneoscópico denominado bra- 
quicéfalo. Otra particularidad de dichos cráneos consiste en 
la forma aquillada ú ojival que en ellos se observa, ya se les 
uiire de frente, ya por la parte posterior. Los costados son 
bastante verticales, y la verdadera bóveda craneal está for- 
mada por dos planos inclinados entre sí que á su vez forman 
un pequeño ángulo con las superficies laterales. Aunque esta 
configuración no sea exclusiva de los negritos, por cuanto se 
ha observado ya en otras razas, no por eso deja de ser muy 
singular, hallándose ordinariamente acompañada, como sucede 
en los Groenlandeses, de otra particularidad, que consiste en 
una extraordinaria altura de inserción de los músculos de 
la cara. 

Las demás partes del esqueleto ofrecen también algunas 
singularidades. La tibia afecta una configuración enteramente 
distinta de la que se observa en los esqueletos de europeos; 
contemplada la de estos últimos por detrás, presenta á la vista 
una ancha superficie, con fuertes apéndices musculares: la de 
los negritos, por el contrario, está tan comprimida que queda 
plana como la hoja de un sable, y reducida por delante y 
por detrás á una estrecha cresta. Igualmente característica es 
la conformación del fémur; la marcada curvatura que hacia 
delante presenta, así como la cortedad y abrupta inclinación 
de su cuello, debida á su colocación profunda y al conside- 



HAZA NEaniTA 



rabie laniaño del cóndilo externo da á la pierna una forma 
bastante oblicua. Por último, el húmero, suele tener un agu- 
jero sobre la articulación del codo, presentándose al propio 
tiempo menos arqueado por lo común que en los europeos.- 

Trátase, pues, de una raza cuyas grandes y múltiples sin- 
gularidades contribuyen, no sólo á demostrar su inferior de- 
sarrollo, sino también á evidenciar que tiene tan escas..s re- 
laciones con las razas negras de Nueva Holanda, Nueva Gui- 
nea y Nueva Caledonia, como con las de Áfriqa. 

En otro lugar de la obra de Tlievenot, anteriormente ci- 
tada se encuentra otro pasaje relativo á los indígenas de Fi- 
lipinas. Se liman, dice, los dientes desde la mus tierna edad: 
unos se los dejan mas iguales, otros los aguzan en punta, 
de modo que les dan la forma de una sierra, y se los cubren 
después con un barniz negro ó rojo; en la fila superior ha- 
cen pequeños agujeros (¡ue rellenan con oro. Los cráneos de 
negritos hasta ahora examinados comprueban la exactitud de 
lo expuesto por Thevenot. Todos ellos presentan la limadura 
de los dientes más ó menos marcada y de tal modo (jue, 
desgastados lateralmente los del centro, aparecen muy punti- 
agudos, dando realmente á toda la fila el aspecto de una 
sierra. Este hecho es tanto más notable, cuanto que en la 
mayor parte de las islas próximas, especialmente en las del 
archipiélago de la Sonda, en que existe la misma cosluui- 
brc, la limadura de los dientes se verifica en otra forma. 

El l)r. Montano describe luego los principales caracteres 
de la raza negrita en estos términos: 

«Los negritos llaman á primera vista la atención por el 
grandor relativo de su cabeza y por la falta de prognatismo 
y de elevación en los pó/nulos. Su aspecto general es de 
gente endeble; su tórax está poco desarrollado; sus piernas 
carecen de pantorrilla; su pié, ((ue es bastante basto y grueso, 
está algo vuelto hacia adentro, dirección exagerada á causa 
del dedo gordo, notablemente desviado de los demás, los 
<:uales son muy cortos; la pared alxlomina!. f|ue es muy dura. 



12 PRIMERA PARTK. ETNOLOGÍA 



tiene una forma semi-esférica. La abertura palpebral está con 
más frecuencia prolongada y rectilínea; con todo algunas veces 
describe una curva poco pronunciada: carecen del repliegue 
falciforme, empero la prolongación interna del párpado su- 
perior tiende á formar un pliegue que parece ser un rudi- 
mento suyo. 

Aprecian bien los colores, si bien carecen de palabras 
propias para expresar los diversos matices de los papeles co- 
lorados; Y así es que no los confunden. 

Su frente es notablemente alta y vertical, y forma un án- 
gulo ffiuy determinado con el plano transversal de la cara; 
la curva antero-posterior del cráneo es circular, en general, 
y está desarrollada en altura; lo mismo sucede con la curva 
transversa: la región posterior del cráneo es siempre más ó 
menos plana y con mas frecuencia aun vese deprimida en 
su mitad de la derecha guardando relación con el decúbito. 

Su pelo es abundante, muy fino, crespo ó rizado á ma- 
nera de granos de pimienta, é implantado por grupos de pe- 
los por lo regular esparcidos sobre la piel cabelluda; les 
blanquea sin llegar mas allá de los 50 años. La sección 
transversal del cabello con bastante frecuencia es elíptica, no 
reniforme, y algunas veces algo ovoidea. 

La barba, que presenta los mismos caracteres que el pelo, 
á veces está poblada y en este caso, cubre toda la exten- 
sión del maxilar inferior, lo mismo que el labio superior. 
Con más frecuencia está reducida y limitada á la región del 
labio superior, al mentum y á la parto superior de la rama 
ascendente de la mandíbula. 

El color de los ojos no corresponde exactamente á los 
colores de la escala cromática. 

Son frecuentes las irregularidades en la implantación de 
los dientes, en especial de los incisivos, pero lo son mucho 
menos que la caries, (casi siempre limitada á los molares) la 
cual en grados diversos se observa en casi todos sus indivi- 
duos. Los incisivos superiores están con mas frecuencia li- 



RAZA NEGRITA 



mados eu punta; el desgaste oblicuo y lateral del diente llega 
cerca de los dos tercios de su parte libre.» 

El Dr. Montano pasa luego á la descripción de cada uno 
de los tres grupos por él formados, subdividiéndoles en otros 
derivados de los primeros. Por esta razón divide la raza Ne- 
grita, en negritos de pura raza y en negritos mestizos; coloca 
en ios de pura raza á los negritos de la provincia de Bataan, 
isla de Luzon, y á los Mamánuas, que viven en torno de la 
Laguna de Mainit, situada al N. E. de la isla de Mindanao: 
entre los mestizos negritos por él estudiados incluye á los de 
las cercanías de Tíbig, provincia de Albay, al S. E. de Luzon. 

Digamos algo de cada uno de dichos sub-grupos aña- 
diendo otros datos que completen en algo materia de tanto 
interés é importancia. 

Los negritos de pura raza de Luzon se hallan localizados 
en la sierra de Mariveles y en los alrededores de Balanga, 
provincia de Bataan. Viven pacíficamente en la vertiente orien- 
tal de la mencionada sierra: todos ellos colocan sus viviendas 
en lugares en donde con facilidad cultivan los plátanos, el 
arroz, la caña azúcar y el camote. Crían gallinas, cerdos 
y á veces carabaos ó búfalos. A estos recursos alimenticios 
añaden los negritos de Mariveles el producto de la caza. 

Sus armas son el arco, que forman con la palma brava 
y la tripa de venado, y la flecha. 

Los Mamánuas son los negritos de pura raza de la isla 
de Mindanao: viven errantes en la cordillera oriental de Min- 
danao desde Surigao hasta Tago. Hoy merced á las fatigas 
de los PP. Misioneros se han reunido muchos de ellos y 
han formado rancherías, en torno de la laguna de Mainit y 
rio de Jabonga, en las cuales viven vida social, y se van 
acostumbrando al trabajo y á la civilización político-religiosa. 
El Dr. Montano dice que son dichos negritos en todo seme- 
jantes en sus caracteres anatómicos á los que viven en Ma- 
riveles, con la sola diferencia, que estos últimos no tienen 
en torno suyo razas infieles ({ue los hostiijucn, mientras que 



i'iti\ii;i;.\ p.viiTK líTXOLor.iA 



los (le Mindanao se ven do continuo maltratados por los Ma- 
nobos independientes; tribus fieras, y ávidas de sangre y es- 
clavos. Pero es de esperar (jiio [)rcsto se les deje en paz, 
pues adelanta mucho la con(|iiist.a y pacificación de dichas 
razas infieles en acjuel rlistrilo de Mindanao. 

Acerca de los Negritos mestizos de Albay dice el i)v. 
IMoritano lo siguiente: 

!!n la extremidad S. E. de Luzon, (provincia de Albay.) 
cerca de las aguas termales de Tíbig y cercanías de .Maiinao, 
viven unos negritos con mezcla de sangre Malaya. Su talla 
media es do I "',5035; se acerca mucho á la de los negritos 
de Mariveles (¡ue es de I"", 4853. 

Estos negritos mestizos son mucho más robustos y de 
mejor musculatura que los negritos puros de ¡Mariveles; su 
cabello es mucho menos crespo; en algunos sujetos apenas 
está rizado. El color de la piel es menos obscuro. Sus dien- 
tes no están viciados, y es cosa rara entre ellos el tener una 
implantación irregular. La peijueñez de su talla, la disposi- 
ción de sus fosas nasales dilatadas transversalmente y que 
miran hacia adelante, el lóbulo (ie la nariz, cuya extremidad 
está ligeramente encorvada h;uia abajo, la pequeña sinuosi- 
dad de la hendidura palpebral, la medianía ó falta absoluta 
del repliegue falciforme, dan á su aspecto una notable seme- 
janza con los negritos de pura raza. 

Los mismos caracteres medios se notan en su desarrollo 
intelectual y en sus costumbres. 

Hasta aquí el Dr. Montano: veamos ahora lo que indican 
otros escritores, aunque de una manera vaga, acerca de otros 
negritos, ora sean de raza mestiza, ora de pura raza: cues- 
tión que no pudiendo resolver de un modo satisfactorio, nos 
concretaremos á reseñar brevemente lo que ellos consignan 
en sus escritos, á fin de que personas inteligentes puedan mas 
tarde con observaciones propias y detalladas fijar los carac- 
teres de cada uno de los grupos de Negritos que pueblan las 
diversas localidades del Archipiélago filipino. 



RAZA XEGRITA 



Los carecieres generales que señalan los autores como 
propios de los negritos, aetas etc. son los siguientes: estatura 
pequeña; organización robusta y i'igil; nariz un poco aplastada; 
cabello crespo: menos feos y negros que los Africanos: su 
morada la constituyen los cerros y altas montañas: viven er- 
rantes y son muy diestros en la caza y en el manejo del 
arco y de la flecha. 

Los nombres con que se les suele apellidar son: el de Ne- 
gritos, Manguianes, Aetas, Buquiles, Igorrotes, Attas etc. 

Negritos se llaman los negros, de pura raza y mestizos, 
que viven en la cordillera E. hacia el Pacífico del N. de Lu- 
zon, los de llocos N. y S., los de Tayabas, Camarines S., 
Nueva Ecija, Iloilo etc. 

Manguianes llaman en Mindoro é islas vecinas de Tablas, 
Masbate y Ticao á los infieles que parecen negros de pura 
raza. 

En Pangasinan y Zambales apellidan con el renombre de 
Aetas n los negros de sus cordilleras y montañas. 

Los Buquiles son los negritos mestizos de Zambales y de 

Mindoro, los 'cuales viven en dicha isla en las cercanías de 

liacó-o y Subíían. Son de pelo lanoso, ensortijado y espeso; 

de nariz ancha y aplastada; el color de su piel es algo más 

claro que el de los negritos de pura raza. 

En la Paragua llaman igorrotes á los negros de su lo- 
calidad, que parecen ser de pura raza y que presentan ca- 
racteres diversos de los otros negritos filipinos. 

Finalmente llaman Attas á los negritos de la cordillera E. 
de la provincia de Caga\an de Luzoii. He ella dice el P. Pedro 
de Medio, religioso de la Orden de Predicailores lo siguiente: 
«En la cordillera que recorre la costa del E. Iiícia el Pací- 
fico de la provincia de Cagayan abundan los Negritos ó At- 
tas, los cuales son de ordinario ríe estatura algo más baja 
que la de los indios y Calingas; sus pómulos son mns sa- 
lientes, y su color mucho mns oscuro, í^unque no tanto como 
el de los Etíopes. Su cabello es ensoí lijado y lanoso, tanto 



\() intlMEüA PAUTE, etnología 



en hombres como en mujeres; éstas tienen por gala el de- 
jarlo crecer en todas direcciones, al rededor de la cabeza, 
sin recogerlo ni iiacerlo tender hacia la espalda. Como es tan 
ensortijado, nunca aparece mas largo de una cuarta; es muy 
espeso, resultando formado á manera de agreste aureola. Los 
negritos de aquí se subdividen en dos clases: unos viven del 
todo errantes ó nómadas y otros constituidos en población, 
bastante estable. Son en pequeño número etc.» Hasta aquí el 
citado religioso. 

Acerca de los negritos de la isla de Negros, añade el mismo 
P. Navarro anteriormente citado. 

Al N. y en su parte oriental van errantes por los montes 
los negritos. Son de piel negra; de cabello crespo, de cuerpo 
muy raquítico. En Calatrava existen millares de estos Negri- 
tos. Usan las flechas, con las cuales se proporcionan alimento; 
viven en tribus errantes etc. 

Acerca de los Mamánuas dicen lo siguiente los PP. Misio- 
neros que trabajan en su reducción. Son los Mamánuas los ver- 
daderos indígenas aborígenes de la isla de Mindanao. Son de 
color oscuro y de pelo lanudo y ensortijado, dejándolo crecer 
en todas direcciones: viven errantes y casi desnudos, desde Su- 
rigao hasta Tago inclusive: se alimentan de la caza y de las 
raices de los bosques. 

Creemos oportuno poner á continuación nn cuadro sinóptico 
en el cual reasumamos con claridad lo dicho en las páginas 
anteriores, adoptando la forma y disposición del Dr. Montano, 
que completamos con algunos datos de otros autores. 



riAZA NTíaniTA 



ABLA IN 




Negrita. 



Pura ó 
mes I iza no 
conocidas 
con preci- 
sión. 



NOMBRE 

que se Icsd.iscirun 

I» ¡ocali(l;i(l 011 

(jnc residen. 



LUGAR EN OUF, HABITA.N 



1 NCjírilos . 

2 Maiuiumas 



.Voirrilos 



1 Negritos. 

2 Negritos. 

3 Negritos 

4 Nci<rilos 



5 N(>grilus 
f) Negritos . . 

7 Negritos 

8 Negritos 

9 Negritos . . 

1 Manguianes 

2 Manguianes 

Manguianes 
'i Manguianes 

1 Acias . . 

Actas . . 

1 Pnquil(>.s 

2 liuquiles 

1 Iirorrotes 

! \;i 1-. . . 



I'roviiicia de Ralaan, isla do 
Luzon. 

Eii torno de la laguna de Mai- 
nit, N. E. de Mindanao, pe- 
nínsula de Surigao y en la 
cordillera de la costa del Pa- 
cííico hasla Tago. 

!0n las cercanías de Tibig, pro- 
vincia de Albay. S. E. de Lu- 
zon. 

llocos N. 

llocos S. 

Tayabas 

Camarines N. (monles de Ca- 
palonga, Mambulag, Para- 
cale, Bacod, etc. 

Nueva Ecija. 

Iloilo. 

1 " de Negros. 

(Jercanías del Iriga (Camari- 
nes S.) 

Albay. 

Mindoro. 
Tablas. 
Masbate 
Tica o. 

Pangasinan. 
Zamba les. 

l\rindoro. 
Zarn bales. 

Paragua. 

I'rovincia (bí Cagayan de Lu- 
zon en la cordillera oriental 
bácia el Pacífico. 









RAZA INDONESIANA 




iv;? lÜi'^L Dr. Montano señala como caracteres físicos comunes 
^vi¿MÜ á todas las tribus Indonesianas la elevación de su 

vp'^ talla, el desarrollo muscular, la prominencia de la 

I región occipital, la cual forma un gran contraste con el 
aplanamiento propio de la raza Malaya, en general, y so- 
bre todo de los filipinos. Son ademas de frente alta y despeja- 
da; nariz aguileña, ligeramente encorvada; pelo ondulado; barba 
abundante; color do la piel bastante claro. Sus individuos son 
listos y hábiles. 

A escepcion de los Bilanes de la isla de Mindanao, todos 
los indígenas que no son Negritos ó Malayos tienen constitu- 
ción r busta y disfrutan en alto grado del atributo de la sa 
lud. Los viejos, como he podido comprobarlo en varios casos, 
llegan sin enfermedades á una edad avanzada. 

Todas las tribus Indonesianas practican el limarse los dien- 
tes, aun en los tipos mas modificados; y tan solo he visto que 
una tribu adoptara un modo determinado y especial do hacerlo. 
En general el desvaste del diente es profundo. 

La caries do los molares es frecuente y m^is notable aún 



IMiíMlíIlA PAUTE ETXOLOr.l A 



que eiili'o ios Bíc'oics: la piMctica Ue mascar buyo y tabaco 
está esparcida entre ellos; y cuando no mascan, hombres y mu- 
jeres lo tienen reservado y fijo entre el labio y ios incisivos 
superiores. 

Casi todas las tribus practican en el lóbulo de la oreja un 
orificio por de pronto pequeño, pero que van agrandando pro- 
gresivamente, introduciendo, rodajas de huesos del dugong, 
cada vez mas voluminosos, hasta tenor dos ó tres centímetros 
de diámetro. 

El tatuaje está en especial extendido en las tribus que cer- 
can el seno de Dávao; lo practican las madres en los niños de 
5 á 6 años de edad, con el fin de ponerles una marca inde- 
leble, y poderles reconocer al arrebatárselos con engaño ó vio- 
lencia; casos que son muy frecuentes. El instrumento que para 
ello emplean no es una punta cónica, sino el extremo de la 
hoja de un cuchillo; las pequeñas incisiones practicadas con 
dicho medio se reconocen siempre. 

Le dan el color exponiendo la piel al huaio de diversas 
resinas; asi me lo dijeron los infieles, los cuales nunca me per- 
mitieron fuese testigo ocular de una tal operación. 

Las armas de todos los Indonesianos son el arco, la lanza, 
el bolo y entre los Mandayas el puñal ó balarao. Las hojas y 
puntas son de hierro que fabrican los indígenas. No obstante 
algunos grupos cercanos al monte Oloagúsan se sirven de fle- 
chas con punta de bambú; estas saetas pueden ocasionar he- 
ridas mortales á la distancia de 50 á 60 pasos, como yo lo 
vi por mis propios ojos. 

Pasa luego á dividir dicha raza Indonesiana en las tribus 
siguientes: Sámales, Bagobos, Guiangas, Tagacaolos, Tagaba- 
uas, Manobos, Mandayas, y Bilanes; á las cuales añadimos otras 
que nos han indicado los Misioneros, por tener mucha ana- 
logía cor las precedentes en lo relativo al organismo, y consti- 
tuir variedades dignas de tenerse en cuenta; tales son los Atas, 
Manguangas, Dulanganes, Tagabelíes, Mont'^ses, Súbanos, Ti- 
rurayes y Kalaganes. 



l!AZ\ rXDOXESI.VN'A ,?1 



Cofiio lo noLan los Misioneros con el Dr. Montano, los Ci- 
lanes que viven refugiados en las ciiínbres y cordillera occi- 
dental que media entre Lobo y Mal;dag, son ordinariamente 
víctimas y esclavos de todas las tribus cercanas; empero los 
Bilanes de las dos islas de Sarangani llamadas Bálud y Tu- 
mánao, son rauy considerados por su robustez y valor pro- 
verbial: no bajarán de 1500 los residentes en las dos citadas 
islitas. He aquí como describe el Dr. Montano- ias tribus que 
insoria en su Memoria. 

Sámales. 

Los Sámales radican en la isla de e-^te nombre, situada en 
el seno de Dávao. Son de anchas espaldas y de una talla re- 
lativamente alta, pasa de 1680 rara; su pantorrillu es dura y 
saliente; sus manos y pies robustos, sin ser por esto volumi- 
nosos. Su cráneo, bracbicéfalo dista mucho de estar tan aplas- 
tado como el de los Bisayas; su prognatismo alveolar es con- 
siderable; su nariz es corta y saliente con lóbulo aplastado; 
los pómulos muy salientes, sobre todo lateralmente, dan á su 
figura un aspecto característico, casi felino, el cual pronuncia 
mas la -presencia do pelos rudos y bastante abundantes del 
labio superior y de la barba. Su largo pelo no es del todo 
espeso. 

Bagobos. 

Los Bagobos viven en la parte meridional y orienlal del 
volcan Apo. Son de talla elevada que llegí á 1715 mm, son 
fuertes y robustos, abusando de dichas fuerzas con sus veci- 
nos. Su rostro es afeminado, confundiendo á los niños con las 
niñas, las cuales participan del vigor varonil. Su nariz es recta 
y muy variable el [)rognatisino. El repliegue falciformc lo tie- 
nen en general mas pronunciado que los Moros; el eje trans- 
versal del ojo es recto, y no presenta la pequen:^ oblicuidad 
(le brii<^ V dentro. 



PHIMEHA PAIITK ETNOLOGÍA 



Guiangas. 

Los Guiangas, que viven en las mismas vertientes S. y E. 
del Apo, son en todo semejantes en sus caracteres á los Ba- 
gobos. Los de esta tribu iiállanse repartidos entre los ríos y 
rancherías de Dulían, Guimálan, Tamíigan, Seril y Biao. Según 
el P. Gisbert, su Misionero, serán como unos G.400 dichos in- 
fieles. Hablan un idioma diverso del de otras tribus. También 
se encuentran Guiangas en el río Mala y sus contornos. 

Atas. 

Los Atas de las cercanías occidentales del Apo y del N. O. 
del mismo son de un tipo superior, en especial sus jefes, los 
cuales tienen la nariz aguileña, barba poblada y talla elevada; 
son muy valientes, y se las tienen fuertes con los Moros. 

Tagacaolos. 

Viven los Tagacaolos en Malálag, en los montes de Aguímí- 
tan y en la contra-costa del cabo de san Agustín. Son esbel- 
tos, estirados y casi delgados. La parte ántero-posterior del 
cráneo es, por regla general, curva ó lijeramente aplanada en 
su porción posterior, y no presenta la parte saliente occipital 
que se observa en sus vecinos los Bilanes. El prognatismo 
es mediano; su cara larga con pómulos salientes, presenta un 
rombo alongado; sus ojos con frecuencia son oblicuos abajo 
y hacia adentro; su nariz es recta, bastante saliente, y el ló- 
bulo recurvado hacia abajo y hacia atrás dá á su fisonomía 
una expresión agraciada. Su barba está notablemente poblada, 
y en edad relativamente temprana. Su color es bastante claro. 

Tagabauas. 

Al N. del seno de Üávao viven los Tagabauas; raza mes- 
tiza de Bagubos, Manobos y Tagacaolos, con cuyos caracte- 
res se ven adornados, ora juKta-puestos, ora confundidos. Su 
color es con frecuencia oscuro. Son poco numerosos y des- 
graciados. 



IíaZA INDON'ESIANA 



Manobos. 

Los Manobos viven en gran número en la vasta cuenca del 
río Agiisan; y en número inferior, ya al N. de la bahía de 
Malálag (seno de Dávao) ya también en el cabo de san Agus- 
tín y finalmente en varios puntos del interior del distrito de 
Cottabato. 

Es la raza mas numerosa, poderosa y feroz de los Indone- 
sianos. Presentan dos tipos muy distintos: el primero está 
caracterizado por una talla elevada de unos 1705 ram. y por 
^u conformación casi atlética; su frente es alta y despejada; 
su nariz aguileña, ligeramente encorvada; su pelo está algún 
tanto rizado; la barba es abundante, y el color de su piel bas- 
tante claro: este es el tipo que mas se parece al Indonesiano 
de pura raza. 

Los Manobos del segundo tipo tienen la piel muy oscura 
y son de una altura mucho menor; su nariz es recta y mas 
corta; sus fosas nasales son á veces nouy delgadas y están de- 
sarrolladas á lo ancho; la curva ántero-posterior del cráneo 
está mas desarrollada en su parte occipital. 

La mayor parte de los cráneos hallados en las cuevas del 
islote de Magbulácao, cerca de Dinágat, los de la gruta de 
Tinago, en un islote cercano á Taganaan y los de otras dos 
cuevas de Cabatúan de la laguna de Mainit, pertenecen á la 
tribu Manoba, lo mismo que la mayoría de los cristianos con- 
vertidos de las actuales poblaciones de la península de Surigao. 

Mandayas. 

Residen los Mandayas en la cuenca del rio Sálug y en la 
costa oriental de la isla de Mindanao, desde Tándag á Mati; es 
la tribu mas numerosa después de la Manoba. Son considerados 
por los otros infieles como los mas antiguos ó ilustres. Se dis- 
tinguen de las diversas tribus indonesianas por los tres carac- 
teres siguientes: 1.° Por la dirección rectilínea de la porción 
media de la curva craniana ántero-posterior. *2.° Por el desar- 



ÍMilMKHA PAUTE KTNOLOr.IV 



rollo en ancliiira de la abertura palpebral, en forma amigda- 
Joidea: sus pestañas son muy oscuras y muy largas, dando á 
su fisonomía una expresión especial. Estos caracteres hacen 
que su rostro parezca mas ancho que el de las otras tribus 
indonesianas, si bien en los demás caracteres generales con- 
vienen con ellas. 3." Por el color especial de su piel, que se 
parece mas al gris ceniciento qtie al gris amarillo; debido 
quizás á una porción de sangre negrita que corre por sus venas. 
Su nariz es recta y saliente; sus fosas nasales no están aplas- 
tadas, si bien parecen estark», á primera vista, por no estar ho- 
rizontal sino oblicuo de ahajo para atrás su borde inferior. 
Las cejas están poco pobladas, y su barba medianamente; y 
casi siem[)re llevan entrambas rasuradas. Su pelo es abundante, 
V les blanquea en edad que no parece muy avanzada. A veces 
se nota entre ellos el aplanamiento occipital propio de los Ma- 
layos, y también la disposición del rostro característico de los 
Bilanes. En general es poco marcado su prognatismo. En el 
adorno exterior de sus casas, que son de una construcción es- 
pecial, se asemejan á los Dayaks del centro de Borneo. 

Bilanes. 

Estos infieles tan miserables como los Mamdnuas parecen 
ser aun inferiores á ellos en capacidad intelectual. V'iven en 
dos de las islas de Sarangani y en la parte oriental de la 
laguna de Bulúan; son presa de todas las tribus que les cer- 
can, impidiéndoles su debilidad toda represalia. Esta opresión 
quizás ha contribuido á que su tribu haya decaído tanto, que 
no parezcan pertenecer á la raza Indonesiana. Sea de esto 
lo que se quiera, es preciso confesar que los Bilanes difieren 
por completo de todas las otras tribus Indonesianas que aca- 
bamos de enumerar, sin que por el contrario tengan seme- 
janza alguna con los Negritos ó Mamdnuas. 

Manguangas. 
Son de pequeña estatura y de forma rechoncha; es no- 



n.AZA INDOMESIANA 



table su cráneo por su alongamiento de delante Inicia atrás, 
y por el aplanamiento de la curva ántero-posterior, la cual 
al nivel de la parte superior- del occipital está muy abultada. 
La frente, que es muy saliente, forma con su cara, muy an- 
cha y muy aplanada, un ángulo diedro; la nariz está escon- 
dida y las fosas nasales son muy anclias. El prognatismo 
es considerable; el maxilar inferior, que es muy saliente, se 
prolonga hacia adelante en la misiiía dirección que el ma- 
xilar superior, lo cual aumenta la depresión de la región me- 
dia facial. Su cabello es liso, basto y abundante. Su barba, que 
está poco poblada, se desarrolla desde los 35 á los 40 años. 
Son belicosos y están en continuas reyertas con los Manobos y 
Manda yas del Agúsan, con los Moros del río Hijo y con los 
Bagobos del Apo. Son de carácter simpático y parecidos á los 
Mandayas. Hasta aquí el Dr. Montano. Continuaremos ahora 
localizando las demás tribus Indonesianas de lo restante de 
la isla, pero sin poder presentar, como en las anteriores, los 
datos relativos á las diferencias que separan unas de otras, 
pues no nos consta se hayan veriíicado aun dichas obser- 
vaciones. 

Dulanganes. 

Remiden los de esta tribu en los bosques y montes dis- 
tantes unas 15 leguas de Tamontaca hacia su costa S. S. O. 
Son muy salvajes y feroces; en tanto grado ([ue los mismos 
Moros no se atreven con ellos, y los llaman gente mala. 

Tagabelíes. 

Esta tribu vivo en turno de la parte occidental de la la- 
guna de Bullían, entre Cottabato y el río Grande: es gente 
indúiJiila, belicosa y enemiga de sus vecinos los Moros Ti- 
rurayes y Manobos. 

Monteses. 

Estas tribus, del S.** distrito de Mindanao, se dividen cu 

4 



pr.nri:nA pm'.te. ETxoLorxrA 



dos clases; los unos, colindantes con los Manobos del lado 
del Agúsan, participan de su modo de vivir y les son muy 
semejantes; éstos ocupan la parte comprendida entre Gingog 
y Nasípit. Los segundos son los monteses propiamente tales 
de los montes y valles de Tagolóan. 

Súbanos. 

Esta tribu ocupa el territorio comprendido entre la bahía 
Illana y el seno de Pánguil. Son gente degenerada, sufrida y 
pacífica. Hay entre ellos muy buenos mozos, fornidos y de 
facciones afables y agraciadas. 

Tirurayes. 

Son los Tirurayes gente que reside en los montes del lado 
izquierdo del río Grande. Hay entre ellos sujetos de buena 
estatura; empero los Moros les dominan y tienen acobardados. 

Kalaganes. 

Los de esta tribu viven en parte en el río Dígos; son entre 
todos unos 300. Ni hablan el Joloano, ni profesan el maho- 
metismo. Son infieles parecidos á los demás del Seno de Dávao. 
Su estatura media es de unos 1665 milímetros. 



RAZA IVDOXESrAXA 



T 



ABI.A N.° 2. 











NOMBRE 




1 


que se los d.í según 




S,J^Z^, 


lu locilidad en 


LUGAR EN QUE HABITAX. 










1 Scáinalcs .... 


En la isla de csle nombre, en el seno de 
Dávao. 




2 Bagobos 


En las faldas E. y S. del volcan Apo. 




3 Guiangas .... 


En las vcrtienles E y S. del monte Apo. 




4 Alas 


En las cercanías occidentales del monte 
Apo y en el N. 0. del mismo. 




5 Tagacaolos . . . 


En Malálag y en los montes de Aguimí- 
tan y en ¡a contra-costa del cabo de san 
Agustín. 




6 Tagabauas. . . . 


En el N. del seno de Dílvao. ^ 




7 Manoljos, 


En gran número en la cuenca del r(o 
Agiisan; en número muy inferior al N. 
de la bahía de Malálag, seno de Dávao, 


Iluionesiana. 




en el cabo de san Agustín y en el dis- 
trito de Cottabato. 




8 Mandayas . . . 


En la cuenca del río Sálug y en la costa 
oriental de la isla de Mindanao, desde 
Tándag á Mati; es muy numerosa. 




9 Bibincs 


En dos de las islas de Sarangani y en la 
parte oriental déla laguna de Bulúan. 




10 Manguangas. . 


En los afluentes de la izquierda del río 

Sálug. 
En los l)0squesy montes distantes unas 15 




11 Dulangancs. . . 






leguas de Tanionlaca hacia su costa S. 






S. 0. 




12Tagal)eIícs. . . 


En la parte occidental de la laguna de Bu- 
lúan. 




13 Monteses . . . • 


Entre Gingog y Nasípit y en los montes y 
valles d(í Tagolóan. 




lí Súbanos . . , . 


Reino de Sibuguey. 




15 Tiruraycs. . , . 


En los montes de la izquierda del río 
Grande. 




16 Kalagancs. . . 


Del seno de Dávao, S. E. de Mindanao. 






"^^■ 'i^'''^- ---^^^'**^-liJ » ».»_»y» y >»»»»» y^r-U> ip*^ T y« »T* y w»i> j t» l >» y i» j n »» i^ ^<rí 



g J I J ■ f I I » »;»« ' * J-^ 'V^> 



RAZA MALAYA 



-^'if A raza Malaya es muy difícil de determinar pues ya 

^\^^^ ^^^' "° ^^ encuentra en ninguna parte en estado de 

¿,^?^ pureza, sino más ó menos mezclada con otras razas. 

j Con todo sus caracteres principales parecen ser los 

siguientes. 

Son los Malayos de una talla menos elevada que los índo- 
nesianos; su piel es de un color mas oscuro; su nariz mas corta 
y recta; sus fosas nasales son mas largas y desarrolladas á 
lo ancho; la curva ántero-posterior del cráneo está mas desar- 
rollada en su parte occipital; sus ojos son negros, brillantes, 
con cejas espesas y arqueadas y largas pestañas en sus pár- 
pados. Su boca es, en general, grande ó mediana y de gruesos 
labios. El pelo es negro, liso, espeso y áspero, pero abun- 
dante: son de muslos y piernas delgados y de pies pequeños. 

Apesar de las muchas variedades pertenecientes á la raza 
Malaya las reducimos con el Dr. Montano á tres sub-razas, en 
las cuales incluirómos sus múltiples y variadas tribus. 

Primera sur-raza: Malayo -Negritos. 

Pertenecen á la primera sub-raza todos aquellos Malayos 
por cuyas venas circula \ma porción de sangre Negrita. A la 



r'IUMERA PARTE. ETXOI.Or.IA 



segunda referimos también los Malayos que revelan marcadas 
señales de sangre Sinense. Finalmente incluímos en la tercera 
subraza á los Malayos que ofrecen indicios de sangre Árabe é 
Indonesiana. 

El primer grupo de los Malayo-Negritos es el mas nume- 
roso de los tres: el Dr. Montano afortunadamente ha podido 
estuí/iarlo en la tribu que forman los Atas de Camarines S., 
en la isla de Luzon. Dice así: «En los bosques de la escarpada 
cordillera del S. E. de Luzon, que se prolonga hasta las pro- 
vincias de Tayabas, Camarines N., Camarines S. y Albay, vi- 
ven unas gentes muy mezcladas, á las cuales los indígenas 
apellidan indistintamente con los nombres de Atas, Remonta- 
dos ó infieles, sin fijar su atención en la raza á que pertene- 
cen. En medio de dichos grupos de gente aun no sometida, 
que con frecuencia viven errantes, y que habitan en dicha 
región poco accesible, muchos deben su origen á Indios que 
se han fugado de sus pueblos á causa de sus delitos. 

Los Atas tienen gran fama de fuertes y feroces en las [pro- 
vincias antes citadas y parece que con sobrada razón. Los dos 
Atas que yo vi son con toda evidencia Indios, con una por- 
ción mucho mayor de sangre Negrita, 

Estos dos sujetos tenían una buena musculatura y sus gran- 
des ojos negros les daban una expresión de cautelosa feroci- 
dad; su abertura palpebral es ligeramente oblicua y muy alon- 
gada; el repliegue falciforme muy caracterizado. En mi des- 
cripción les coloco después de las tribus de Malaca, pues aque- 
llos lo mismo que éstos parecen formar la transición entre los 
verdaderos mestizos de Negritos y los Malayos. 

Los Atas de Camarines y provincias cercanas, bastante mo- 
lestos á causa de sus robos, están llamados á desaparecer aun 
con mas rapidez que los mismos Negritos. Hasta aqui el Dr. 
Montano. 

Tratemos ahora de localizar las otras tribus, que según los 
caracteres vagos é indeterminados, parecen pertenecer á esto 
primer grupo de los Malayo-Negritos. 



n.AZA MALAYA 



Irayas. 

Viven los de esta tribu en las márgíínes del río liaron y 
en las vertientes occidentales de la Sierra Madre, del lado de 
las provincias de Nueva Vizcaya, de la Isabela y de Cagayan 
de Luzon. 

Itetapanes. 

Esta tribu confina al S. con los Igorrotes de Benguet; al 
N. con los Guinaanes, y al O. con los Búsaos. Son de baja 
estatura y bien configurados; de nariz gruesa y muy ancha; 
de ojos negros y redondos. 

Gaddanes. 

Los Gaddanes residen al N. de los Ifugaos, desde el río 
Mágat hasta cerca del río Chico de Cagayan de Luzon. El 
color de su piel es muy oscuro. 

Ilongotes. 

Viven los de esta tribu en las ásperas montañas del Cara- 
bailo S., en el límite N. de la provincia de Nueva-Écija. Tam- 
bién los hay en el Caraballo de Baler y Gasigúí'an, en el dis- 
trito militar del Príncipe. Son gente robusta y esbleta: muy 
fuertes, y mas bien altos que de baja estatura. Su color es 
moreno. 

Balugas. 

Demoran los de esta tribu en la cordillera oriental de Nueva- 
Kcija y en los montes colindantes con Tárlac y Patnpanga. 
Se extienden así foismo por las alturas de M:iuban, por al- 
gunos pueblos de layabas, por la cordillera de Zainbales y 
por las montañas orientales de entrambos llocos. 



pnr.uDn.v pvnTE. etnología 



Dumangas. 

So halla esta tribu localizada ea la costa del Pacífico desde 
Baler y Casigúran hacia arriba. Vénse también en la pendiente 
oriental de la gran cordillera. 

Ibilaos é Ytalones. 

Los de estas dos tribus son vecinos, de los Ilongotes y 
difieren poco de ellos. Es fácil que tanto en unos como en 
otros ha va una mezcla de san2;re Indonesiana ó de otra raza. 

Manguianes. 

Con este nombre suelen denominarse varios infieles de la 
isla de 3Iindoro sin fijarse en la raza á que pertenecen. En 
los autores vemos se llaman Manguianes ora á los Negritos, 
ora á los Malayo-Negritos, como también á los Malayo-Sinenses 
y Malayo-Caucásicos, gentes todas residentes en dicha isla. 
Los iManguianes de que hablamos, viven entre Abra, Ilog 
y Pinamálayan. El color de su cuerpo es curtido; su pelo 
laso; sun de pómulos salientes y de frente aplanada. Su 
nariz es algo prolongada. 

No habiendo podido averiguar el lugar que les corres- 
ponde en la clasiíicacion adoptada en la presente Memoria, 
consignamos á continuación varias tribus de la isla de Min- 
doro. En las orillas de Socol y Bulalacao hay una tribu lla- 
mada de los Manguianes; en las llanuras de los mismos sitios 
(jue acabamos de mencionar residen los de la tribu Bangot, 
y en las faldas de los montes de Socol y Bulalacao viven los 
Buquiles, llamando Beribis á los moradores de las cumbres. 
En Pinamaláyan denominan Bangots á los que viven en las 
orillas, Buquiles á los de las llanuras, Tadiánan á los de las 
faldas de los montes y Üurúginun ó Baclulan á los de las 
cumbres. Los de las partes más altas de Naujan se llaman 
Tirón. Así mismo en Mangarin «dasignan con el nombre de 
Buquiles á los que pueblan las orillas; Lactan á los de los 



RAZA MALAYA 



llanos; ]\rangu¡anes á los de las laderas y Baranganes á los 
de las montañas. En la isla de Tablas hay también Manguianes 
parecidos á los de JMindoro. Sirva lo que acabamos de decir 
para que alguna persona inteligente aclare la confusión que 
reina sobre el particular. 

Isinayes. 

Viven los de esta tribu en varios sitios de la isla de 
Panay. 

Guinaanes. 

Los Guinaanes 6 Guinanes son los Malayo-Negritos de la 
provincia del Abra. Viven en su parte occidental los Tinguia- 
nes; al E. confinan con las crestas del Caraballo; al S. con 
los Ytetapaanes y al N. con los Apayaos. 

Allabanes. 

Son los Allabanes una tribu de la isla de Panay, la cual 
nos es del todo desconocida. 

Apayaos. 

Viven al N. de los Guinaanes, desde llocos Norte hasta lo 
más encumbrado de la gran cordillera: también los hay en 
la vertiente oriental de la misma, del lado de la provincia 
de Ca^avan. 



lyi 



Catatangis. 
Son otra de las tribus desconocidas de la isla de Panay. 

Adaugtas. 

Los de esta tribu demoran en el extremo boreal de la 
cordillera de los Caraballus occidentales. 

Abúnion. 

Es otra tribu Malayo-Negrita de los monics do Zambalos. 

o 



PlilMEIÍA PAUTE. ETNOl.OOIA 



Galauas. 

La tribu de los Calauas ó Calaguas vive en las alturas cer- 
canas á Malaueg y en las cañadas del río Chico, partido de 
llaves, provincia de Cagayan de Luzon. 

Quianganes. 

Son los de esta tribu Malayo-Negritos de los montes de 
Nueva-Vizcaya. 

Calingas. 

Para la descripción de esta tribu tomamos los datos de 
un religioso de la sagrada Orden de Predicadores. Dice así: 
«En la cordillera que recorre la costa del E. de la provincia 
de Cagayan hacia el Pacífico, hay pocos Calingas; empero 
abundan en los montes de la cordillera central. Los Calin- 
gas son mucho más en número que los Negritos: las más 
numerosas y pobladas rancherías se hallan en el largo es- 
pacio de cordillera central que existe entre el pueblo de 
Malaueg y la costa del mar de China, hacia Pamplona y 
Abúlug, que es donde terminan dichas rancherías, en una 
extensión de más de 12 leguas de largo: viven en los va- 
lles aptos para el cultivo. Son feroces y asesinos. El tipo 
del Calinga es muy parecido al del Indio, pero algo más 
blanco que éste. Hay entre los Calingas gente de fac- 
ciones muy regulares y finas, así como nervudos y robustos 
mozos, aunque no llegan á los Europeos, etc.» Hasta aquí 
el citado religioso. Viven al N. de los Galauas en la cordi- 
llera que corre de S. O. al N. E. entre el río Grande de 
Cagayan y el Abúlug ó Apayao. 

Buquiles. 

Los Buquiles son los Malayo-Negritos, de la isla de Min- 
doro, que viven en las cercanías de Bacóo, que es una visita 
de Calápan, cabecera de la isla; y también los hay en el río 
Suban que desagua en la costa septentrional. 



RAZA MALAYA 35 



Aripas. 



Es una tribu que reside en las inmediaciones de Túbang, 
situado en las escabrosidades del centro de la provincia de Ga- 
gayan de Luzon. 

Igorrotes. 

Son Malayo-Negritos del monte íriga, provincia de Cama- 
rines Sur. Los hay también en las provincias del Abra, Panga- 
sinan, Nueva- Vizcaya, Zambales y Pampanga. 

Tagbanúa. 

Esta tribu es sin duda alguna mestiza de Malayo é Igorrote. 
Anda errante en la multitud de islas que median entre la Pa- 
ragua y las Calamianes. Los hay también en Bahile y Bin- 
túan, pueblos de la bahía de Ulúgan, O. de la Paragua, é 
igualmente en la isla de Maitiguid, y otros en las islas de Li. 
napacan y Dicabaito al S. de Culios. Dudamos si esta raza debe 
ser colocada en este lugar ó entre los Malayo-Islames; es mas 
probable pertenezcan á los segundos. 

Tandolanos. 

Los de esta tribu, como su nombre lo indica, son gente 
que vive en las puntas de las playas occidentales de la Para- 
gua, partiendo desde la punta Diente hasta la llamada Tulá- 
ran. Es oriunda de Igorrotes y la más belicosa. Emponzoñan 
sus dardos con un veneno tan activo que presto causa la 
muerte. 

Tinitianos. 

Viven los de esta tribu en Babuyan, pueblo situado al N. 
de la bahía Honda, en la parte oriental de la Paragua. No sa- 
bemos pormenores acerca de su procedencia y costumbres. 



3»"". PIUNfKRA PARTE. ETNOLOCrA 



Bulalacaunos. 

Los (le esta tiibii demoran al N. de la Paraciua v en el 
giupo de las Calamianes. Son de color oscuro cetrino; de 
nariz algo aguileña; de pelo algo crespo y con algún pelo 
en la barba. Son de constitución delicada. En Masbate y 
Ticao hay también Bulalacaunos parecidos á los de la Pa- 
ragua. 

Buriks. 

Los de esta tribu viven en la provincia del Abra, en la 
parte septentrional de la cordillera que corre desde el ex- 
tremo meridional de la provincia de llocos Sur hasta el lí- 
mite occidental de la Nueva-Vizcaya, atravesando la del cen- 
tro del Abra. Son robustos y vigorosos; se pican el cuerpo 
en forma de cota de malla. Los hay también en el distrito 
político-militar de Lepanto, en la vertiente occidental de los 
Garaballos. 

Búsaos. 

Son otra de las tribus de la provincia del Abra; residen 
en los montes ferruginosos de Siguey, cerca del pueblo de 
Benang. Son apacibles y se pintan diversas flores en los 
brazos. Llevan pendientes en las orejas, de ordinario de ma- 
dera de bastante peso. 

Segunda sub-p.aza: Malayo-Sinense. 

Pasemos á describir la secunda sub-raza de los Malavo- 
Sinenses. El Dr. IMontano coloca en este grupo á los Bíco- 
les, Tácalos, Visavas etc. De él tomaremos los caracteres 
físicos de cada una de estas tribus. 

Bícoles. 

Como los Tagalos y Bisayas, con los cuales forman la 
mayor parte de los Indios de Filipinas, son los Bícoles, 



RAZA MALAYA 



Malayos, los cuales se alejan del tronco primitivo, casi en 
la misma proporción que los Moros del S. de Mindanao; 
pero en un sentido divergente. Porque estos últimos tienden 
al tipo Indonesiano, mientras que los primeros se acercan á 
la raza Sinense. Siendo los Bícoles, entre todos los Indios, 
los que mejor he podido observar los tomaré como ejemplar 
y modelo del presente grupo. 

Es imposible, en el estado actual de nuestros conoci- 
mientos, el poder determinar la época en la cual la raza 
Malaya, después de la fusión íntima y fijeza de los tres ele- 
mentos que la constituyen, se difundió hacia el N., desde 
las islas de la Sonda hasta Formosa, y aun más lejos toda- 
vía, pasando los estrechos y recorriendo lo largo de las costas. 
Digo que esta emigración malaya poblaba las costas, encer- 
rando en un círculo casi completo los pueblos indonesia- 
nos, los cuales á su vez cercaban á los Negritos. 

Es muy probable que los pueblos malayos de Filipinas 
poseían tradiciones escritas; pues asi parecen comprobarlo 
su sistema especial de escritura, muy parecido, mas no idén- 
tico al de ios Tagalos y Bisayas, y los copiosos manuscri- 
tos que conservaban hace cosa de tres siglos. Empero la rá- 
pida propagación del cristianismo, en el N. y la del Isla- 
mismo, la cual fué también pronta y exclusiva, en el S. 
del Archipiélago, lograron idénticos resultados bajo el punto 
de vista histórico: el sistema de escritura indígena fué pron- 
tamente y por completo sustituido por el sistema latino ó 
árabe; los manuscritos llegando á no poder ser legibles, se 
perdieron; por otra parte no presentaban ya interés á pue- 
blos, á los cuales, en virtud ^de sus nuevas creencias, sólo 
les ofrecía su pasada historia indiferencia ó menosprecio. 
Es probable que con el tiempo y la paciencia se hallen en 
Filipinas un buen número de manuscritos anteriores á la 
conquista española; los dialectos del Archipiélago habiendo 
experimentado tan solo niodilicaciones insignilicantes, después 
de dicha época, será fácil desde luego recoger tradiciones 



PRIMEIiA rAIiTB. ETNOTOr.IA 



(liie sin duda serán de mucho interés para la historia de esta^ 
comarcas. 

Hoy tan solo podemos considerar como cierto que la pro- 
pagación hacia el N. de la raza Malaya y de la Islam no fué 
simultánea. A la llegada de los Españoles, los Malayo-Maho- 
metanos, que formaban ciertamente reinos más fuertes y me- 
jor organizados, no oponían con todo una resistencia seria y 
formal, se hallaban concentrados en torno de Manila, mien- 
tras que los no Mahometanos de la misma raza Malaya es- 
taban esparcidos en las regiones que sus descendientes ocu- 
pan aún en nuestros días. Sabemos por otro lado que al des- 
embarcar en Célebes en 1512 los Portugueses, sólo hallaron 
allí á los sectarios de Malioma en calidad de comerciantes y 
éstos en cierto número; los moradores de dicha isla tan solo 
se convirtieron al Mahometismo un siglo más tarde. Entonces 
fué en la primera mitad del siglo XVII, cuando el poder con- 
quistador del Islamismo se desarrolló sobremanera; y desde 
entonces vino á ser un enemigo verdadero, al cual España 
no lia reducido aún definitivamente á la impotencia, sino con 
la ocupación de Joló, que es el centro de su acción política 
y religiosa. Los primeros progresos del Islamismo se llevaron 
á cabo, no á mano armada, sino por la vía pacífica del co- 
mercio. Los comerciantes mahometanos, árabes ó malayos, 
cuya civilización les hacía superiores á los Malayos idólatras, 
obtuvieron desde luego grandes riquezas; después se unieron 
en matrimonio con las hijas de los datos y de los radjahs, con 
lo que destronaron las familias de sus mujeres. Asi opina el 
Dr. Montano; otros creen vinieron ya en son de conquista. 
Cuando el Islamismo vino á ser progresivamente la religión 
de los señores y de los caudillos, fué impuesta de una vez á 
pueblos enteros, y entonces se sirvieron de ella como de un 
elemento poderoso, y el Koran desplegó su poder conquista- 
dor tanto en el S. de las Filipinas como en otros lugares. 
Los pueblos hoy católicos insociables entonces, no pensando 
en otra cosa que en disfrutar ea paz de uua subsistencia fácil 



RAZA MALAYA 



que les proporcionaba su fértil suelo, habrían sido desgracia- 
damente subyugados por los Malayos de Mindanao ó por los 
Joloanos, sin la protección y amparo de las armas Españolas. 

El tipo Malayo original de los Bícoles está profundamente 
modificado bajo la influencia de cruzamientos verificados pro- 
bablemente en épocas lejanas y que se han continuado con 
más ó menos frecuencia hasta nuestros días. 

El primero de dichos cruzamientos en cuanto á la fecha, 
el más importante sin duda en la antigüedad, es el verificado 
con la sangre de Negritos. Desde hace ya mucho tiempo los 
Negritos escasean en la provincia de Albay. He dicho an- 
teriormente que los únicos que he visto en dicha localidad no 
son de pura raza; quizás los haya puros en algunas de las 
islas del golfo; de todos modos son muy pocos, y su influjo 
actual, con respecto á la población, puede ser considerado 
como nulo. Empero la mezcla antigua de su sangre se revela 
claramente en ciertos individuos, por la exigüidad ó peque- 
nez de su talla por lo más ó menos rizado y ondulado de sus 
cabellos, y por el color mas oscuro de su piel. He hallado 
varios Bícoles que presentan en alto grado muchos de los ca- 
racteres de los Negritos. 

El cruzamiento del Bícol con las tribus Indonesianas no 
ha dejado señales bien marcadas. Sólo se manifiestan por el 
color mas claro de la piel en algunos pocos de sus individuos. 

La mezcla do sangre Sinense es de una importancia muy 
diversa que la de los indonesianos; ésta se ha debido veri- 
ficar mucho antes de la llegada de los Españoles, y aumenta 
aún sin cesar hasta tal punto que casi se puede predecir el 
día en que reemplazará la sangre Malaya. 

La invasión de las Filipinas por el elemento Sinense, se 
ha intentado algunas veces á mano armada, en especial en 
1573; ninguna de dichas tentativas logró resultado alguno de 
importancia. 

Hoy las invaden pacíficamente por la vía del comercio, 
procedimiento análogo al que emplearon quizás los Moros en 



40 PRIMERA P\RTK ETXOLOGIA. 



los pasados siglos en el S. del Arcliipióiago. Los chinos se 
hallan hoy establecidos en todos los pueblos, en los cuales 
han reemplazado a los Indios c-n el ejercicio de todas las pro- 
fesiones urbanas, así corno en el comercio al pormenor. Mu- 
chos de entre ellos se han creado una posición comercial de 
primer orden, igual, si no superior á la de las mejores casas 
Europeas y Americanas. En diversas ocasiones España ha in- 
tentado limitar, por varias prohibiciones, la inmigración Si- 
nense; empero dichas medidas quedaron sin efecto. Hace ya 
algún tiempo que los Chinos entran libremente en las Filipi- 
nas y demoran en ellas sin otra obligación que la de pagar 
una capitación personal, mucho más crecida que la de los 
Indios. 

La inmigración Sinense, estando siempre limitada á los 
hombres, fácilmente se comprende que los cruzamientos con 
indígenas han debido de ser numerosos. Los mestizos pro- 
venientes de tal unión se llaman Sangleyes, y son en gran 
número, por que el tal cruzamiento es eugenésico en su más 
alto grado. 

En los cruzamientos Sino-índicos, la sangre china está do- 
tada de una fuerza extraordinaria de atracción; basta una pe- 
queña proporción, por poco considerable que sea, para im- 
primir en el Bícol una desviación notable, la cual se traduce 
por la elevación de la talla y del cráneo, la oblicuidad de los 
ojos y el alongamiento de las extremidades. 

Finalmente los Bícoles de Albay poseen algo de sangre Es- 
pañola; ésta, aunque debida á un corto número de individuos 
no deja de tener alguna importancia, pues se ha verificado 
constantemente durante tres siglos; pues la conquista de Albay, 
una de las provincias que primeramente se sujetaron, es an- 
terior al año de 1560. Se reconoce dicha influencia, sobre 
todo, por la conformación de la nariz, intermedia entre la de 
dos tipos tan distintos, como son el Europeo y el Malayo. 

De esto que acabamos de exponer se puede deducir en 
qué proporción, á veces tan excesiva debe variar el tipo bícol. 



1¡ AZA MALAYA 



En la población de Albay, el tipo Malayo fundamental oscila 
constantemente, por decirlo así, entre los cuatro tipos prece- 
dentes, pero con mayor frecuencia en la dirección del tipo 
Sinense. Todos los caracteres, menos la forma del cráneo, se 
modifican bajo estas diversas influencias. 

La región posterior del cráneo está casi siempre muy apla- 
nada en forma de corte de hacha. Por una singular coinci- 
dencia, los dos únicos cráneos bícoles contemporáneos que he- 
mos podido proporcionarnos, y que han sido descritos por los 
Sres. Quatrefages y Hamy, no presentan claramente esta con- 
formación particular: con todo, es la dominante en toda la 
provincia, y es tan marcada, (¡ue es visible aun en las mu- 
jeres, cuando llevan libre y suelta su larga y abundante ca- 
bellera. 

Esta conformación, que recuerda la de los Negritos, pero 
que está aún mas pronunciada y se observa en todos los indios 
(Tagalos, Bisayas,) ¿es, acaso el resultado de una deforma- 
ción de intento procurada? No lo creo así; y de ello daré la 
razón al hablar de los cráneos encontrados en las cuevas de 
esta provincia. 

El color de su cabello blanquea, á veces en edad avan- 
zada; su barba es poco abundante y les sale algo tarde. 

La implantación de los dientes es irregular, con mucha 
frecuencia, como también la caries. Los incisivos superiores 
Jos llevan siempre limados transversalmente sobre su cara an- 
terior. El surco horizontal así formado presenta una sección 
mas profunda cerca de la encía, y remata hacia el borde 
inferior del diente por una curva muy alongada. La profun- 
didad del surco varía mucho con los sujetos: á veces llega á 
la cavidad del diente, la cual comunica en este caso al exte- 
rior por un orificio circular de 1 á 2 milímetros de diámetro; 
también se observa en Joló lo que acabamos de decir. 

La operación practicada por largo tiempo y con muchos 
dias de intervalo, no causa, según lo aseguran los Bícoles, mas 
que un dolor suave; los dientes limados conservan por espacio 



rniMERA PARTE. ETNOLOGÍA 



de uno ó dos meses la sensibüiilad, la cual les impide el co- 
ger y el triturar con ellos lus alimentos; esta iijera incomo- 
didad desaparece á su vez sin consecuencias inmediatas. Em- 
pero, mas tarde, las apostemas y los kystos son numerosos, 
á juzgar de ello por los maxilares de los cráneos por mí exa- 
minados. 

Los dientes de los Bícoles, en ambos sexos, tienen á causa 
del uso continuo del buyo (betel) un color negro pronun- 
ciado, que no se lo ocasionaría el casi constante uso del ta- 
baco. No emplean los Bícoles preparado de ninguna especie 
para producir diclia coloración, la cual no consideran como 
un adorno, antes por el contrario la evitan algunos sin re- 
nunciar al uso del buyo y del tabaco, frotándose con un ce- 
pillo los dientes varias veces al día. Es sin duda alguna de- 
bido al uso de estos dos agentes, astringente el uno y anes- 
tésico el otro el que los Bícoles no sufran un número con- 
siderable de fluxiones y llagas, apesar del mal estado de su 
dentadura. 

Los usos y costumbres de los Bícoles se describen en otro 
lugar y por esta razón se omiten aquí; con todo diré que su 
poca previsión, indolencia y amor al deleite, cosas anejas á 
su raza y al clima, son también debidos en parte á su régi- 
men político. 

Su inteligencia es viva y muy susceptible de educación; 
casi todos los Bícoles saben leer y escribir, pero tienen poca 
instrucción, siendo poco numerosas las obras escritas en su 
dialecto. 

Son muy hábiles bajo el punto de vista musical; todos los 
pueblos tienen á lo menos una banda de música, en la cual 
vénse á veces artistas de mérito. La paciencia de los Bícoles 
es muy grande; pues no les es menos necesaria que la habi- 
lidad para tpjer finns telas de abacá, las cuales son uno de 
los obj'Hos de mas lujo entre ellos. Si no reportan de sus tier- 
ras, subreniíinera fértiles, todas las riquezas que podrían pro- 
ducir, es debido á que su subsistencia fácil llena sus pequeñas 



R.AZA MALAYA 43 



aspiraciones, que bajo el mando paternal de España no de- 
ben pensar en el dia de mañana, y consideran el trabajo como 
un medio y no como un deber de su naturaleza. 

Los Bícoles sienten con igual viveza las penas morales que 
los trabajos materiales; su insensibilidad es solo aparente, como 
es fácil darse cuenta de ello. Es cierto que se olvidan presto 
y que se conmueven con dificultad por cosas venideras é in- 
ciertas. Dicho estado intelectual quedará modificado ciertamente 
por la educación, cuando todos los pueblos hablen el castellano, 
cambio que está en vía de verificarse. 

Se ha visto que solo hemos podido recoger dos cráneos 
contemporáneos, en la provincia de Albay; pero hemos ha- 
llado trozos de esqueleto en número mas considerable en dos 
de sus grutas. 

Dichas dos cuevas, á las cuales dimos el Sr. Rey y yo 
el nombre de cueva de Levante y cueva del Carabao están 
situadas en la isla de Cagraray, la cual forma parte de la 
costa N. del golfo de Albay. La gruta de Levante ocupa la 
punta S. E. de la isla, y la del Carabao se halla sobre la 
costa S., cerca de la punta S. O. Estas dos cuevas se hallan 
excavadas á unos 20 metros sobre el nivel del mar en un 
derumbadero calcáreo cortado á pico, el cual solo es accesible 
por el agua. La gruta del Carabao es mas bien un abrigo 
que una cueva; la del Levante empero es vasta y elevada, 
siendo sus dimensiones máximas 9 metros de largo, S"" 50 de 
ancho con 12 de alto: un luzon (mortero para descascarillar 
el arroz) está excavado en su pared posterior; tiene la forma 
de los que so usan en la actualidad en dicha comarca, los 
cuales nunca son de piedra sino de molave ó de otra madera 
fuerte y dura. 

Ademas de los huesos encerraban las dos cuevas una ta- 
blilla de madera dura que se deshacía en polvo; esto en la 
del Carabao; y una taza de porcelana do China en la de Le- 
vante. Las dos grutas encerraban un número casi igual de 
cráneos, de los cuales los unos estaban en buen estado de 



PíllMEIiA PAUTE ETNOI.OIÜA 



conservación, y los otros más ó menos deteriorados por la hu- 
medad. La conservación ó desperfecto se notaban indiferen- 
temente en los de diversos tipos. 

Lo que llama la atención á primera vista en la serie de 

cráneos que hemos recogido en las dos cuevas, es la diferen- 

« 

cia tan marcada que en su mayor parte presentan las pie- 
zas. Un primer tipo, el cual de un modo especial es fre- 
cuente en las mujeres, se acerca mucho al del Negrito; un 
segundo, de cara alongada y dolicho-ccfalo recuerda al tipo 
indonesiano; este tan solo se halla representado por un pe- 
(lueño número de piezas. Un tercer tipo, que es mucho mas 
frecuente, y notable por sus dimensiones absolutas y por la 
anchura de la cara, me pareció muy análogo al de los Ma- 
layos de Java y de Sumatra. 

En el cuadro sinóptico, que incluimos mas abajo, se pono 
de manifiesto la proporción enorme en qué se diferencian, 
sus capacidades cranianas y principales índices. Las dimen- 
siones absolutas varían en la misma proporción que las ca- 
pacidades cranianas. 

La comparación de las dimensiones absolutas, lo mismo 
(jue la de los índices pierde una gran parte de su valor, á 
causa de la deformación artificial craniana practicada de ua 
modo análogo al de ciertas tribus americanas; deformación 
que han experimentado todos estos cráneos, pero de un modo 
y en una medida muy variable y diversa. 

Los cráneos que presentan dicha deformación en su más 
alto grado, pertenecen en especial al tercer tipo ó Malayo, 
el cual es muy notable, por sus dimensiones y por el desar- 
rollo en la anchura de la cara; la deformación es indepen- 
diente de la época de su sepultura, al menos por lo que 
puede deducirse del grado de alteración de los huesos. 

El enorme aplanamiento del frontal y del occipital, el 
surco ensanchado que separa los parietales corresponde per- 
fectamente á la deformación que habría podido producir un 
aparato usado desde un tiempo inmemorial en algunas tribus 



RAZA MALAYA 



del interior de Borneo, aparato que >1. A. B. Meyer ha dado 
ii conocer recientemente. 

Por lo tanto es evidente que un aparato de este género 
era el usado por las tribus que emplearon dichas cuevas para 
sus sepulturas. Quizás se aplicaba dicho instrumento con tanto 
mas cuidado y constancia, cuanto el sujeto pertenecía á una 
familia mas poderosa, lo cual nos explicaría la exagerada de- 
formación de algunos cráneos femeninos negritoides allí en- 
contrados. 

Habiendo revuelto y confundido los huesos, al recogerlos, 
hay pocos maxilares inferiores que hayan podido ser unidos 
con certeza á sus cráneos correspondientes. Los maxilares per- 
tenecientes al tercer tipo que es el Malayo, son notables por 
sus proporciones macizas ó compactas; en general la rama as- 
cendente que está acodada en ángulo recto, tiene una anchura 
considerable. 

El prognatismo del maxilar superior varía en proporcio- 
nes notables; es con frecuencia en extremo grande en el ter- 
cer tipo ó Malayo. 

Se echan de menos en casi todos los cráneos los incisi- 
vos y caninos superiores; y si en algunos quedan uno ó dos, 
dichos dientes están limados en punta obtusa, siguiendo poco 
más ó menos el uso de los Negritos de Mariveles. He indicado 
anteriormente las lesiones que les ocasionaba dicha práctica. 

Sus molares son muy fuertes, y están provistos de tubér- 
culos pequeños y con frecuencia carecen de ellos; esto es lo 
ordinario en todos los pueblos del Archipiélago; la caries es 
también muy frecuente entre ellos. 

Los huesos de las extremidades y del tronco indican una 
raza vigorosa y bien configurada. Dos de los húmeros están 
perforados; en muchos de ellos el fondo de la cavidad ole- 
craniana es muy delgado. Ninguno de los femurs tiene la 
forma de columna, las tibias son, en su mayor parte, lige- 
ramente platycoeraéticas. Uno de los peronés está muy des- 
viado do su eje. 



4f. 



i'himkha partk. etnología 



Los huesos recogidos en las grutas del Carabao y de Le- 
vante son los siguientes, en calidad y en uuinei'ü. 

Húmeros • . . 8 

Cubitos 2 

Radios 3 

Feraurs 8 

Tibias 9 

Peronés 1 

He aquí las longitu<ies medias de dichos huesos, y las re- 
laciones que guardan entro sí. 



Húmero 
Cubito. 
Radio . 
Fémur. , 
Tibia. . 
Peroné. 



LüNGrruD 






MEDIA. 


MÁXIMA. 


MÍNIMA. 


Milímetros. 


Milímetros. 

318 


Milímetros. 


308 


293 


237 


252 


223 


238 


256 


220 


413 


435 


i 393 


349 


362 


330 


353 


» 


1 >^ 



ÍNDICES. 

Húmero . . . . = 100, Radio = 77.27 

Fémur = 100, Tibia ....•= 84.50 

Fémur = 100, Húmero. . . . = 74.57 

¿A qué pueblo conviene pues atribuir los cráneos de las 
grutas de Levante y del Carabao en vista de los que aca- 
bamos de exponer? 

Parece estar, fuera de duda que dichas cuevas eran des- 
conocidas de una gran parte de los habitantes de aquella 
región; y es muy posible que bajo la impresión de una de 
esas tradiciones á las cuales se han sobrepuesto las prácti- 
cas del catolicismo, sin destruirlas, que algún pescador bícol 
haya depositado á veces alguna ofrenda en tan antiguos osa- 



RAZA MALAYA 



rios. Pero lo que si parece del todo cierto es que todos los 
mencionados civiiieos han sido colocados allí en una época 
lejana. La conquista política y la religiosa habiendo corrido 
parejas en las Filipinas, y siendo la inhumación una práctica 
de cuya ejecución se encargaron con solicitud y vigilancia 
los Misioneros, debemos decir (jue el servirse de las grutas 
de Levante y del Carabao como de morada sepulcral, fué an- 
leri^r ;í la llegaija ;í estas islas de los Españoles: de lo con- 
trario no se comprendería el porque los cadáveres hubiesen 
sido trasportados en banca á un punto tan cercano al sur- 
gidero m;ís frecuentado de la provincia. Por otra parte la 
presendia de! luion excavado en la pared O. de la cueva de 
Levante parece indicar que ésta ha servido de habitación, 
quizás en la época en que sus habitantes se servían aun de 
los dientes del animal del rayo. Así llaman los insulares 
de .Mindanao á las herramientas de piedra pulimentada. D. 
Sebastian Vidal distinguido Fitólogo y Director de la Flora 
de Filipinas, ha encontrado en dicha isla varios ejemplares. 
No he oido decir el que se hayan hallado en Albay. Las ex- 
cavaciones que no pudimos practicar en el pavimento por es- 
tar cubierto de estalagmitas, proporcionaría sin duda alguna 
interesantes aclara( iones sobre el ptirticular. Empero es cierto 
que la cueva de Levante no ha servido de habitación de nin- 
gún ser vivient(^ después que se depositaron en ella cadáve- 
res; ponjiie la disp(jsicion de los esqueletos en la superficie 
del suelo, y el estado de conservación de la mayor parte de 
los cráneos, no pueden conciliarse bien con dicha suposición. 
El estado de los cráneos mis antiguos y la naturaleza de 
su deterioro demuestran por otro lado que no se remontan á 
una muy distante antigüedad, y que el daño experimentado 
es sin duda debido á la humedad. No obstante, su conser- 
vación, (jue es muy diversa, prueba que las cuevas han ser- 
vido de sepultura durante un período bastante prolongado. 
Los 39 cráneos recogidos (unidos á algunos restos que he- 
raos tenido que dejar por precisión en la gruta de Levante) 



48 rniMi-HA partií;. etnoloPtIa 



indican que la población que se servia de dichos osarios era 
poco numerosa. 

Ademas la diversidad de tipos, el pequeño número de su- 
jetos y el estado de los cráneos nos lleva á la misma con- 
clusión; á saber que las cuevas de Levante y del Carabao, 
servían, antes del siglo XVI, de sepultura á una tribu (ó á 
muchas, poco importantes) de raza Malaya, la cual compren- 
día en su seno algunos individuos Indonesianos. Esta tribu 
se habia asimiladado una gran porción de elementos de la 
raza Negrita. Empero no habia aun tenido lugar la fusión com- 
pleta de dichos tres elementos tan distintos entre sí: quizás 
se retardaba dicha fusión á causa de sus diversas costumbres y 
no se verificó hasta mas tarde después de la supresión de la 
esclavitud y mediante la concentración de las tribus en pueblos; 
todo lo cual tuvo lugar después de la conquista Española. 

La deformación de estos cráneos (parecida á la de los de 
Lanang y de Nipa-nipa recogidos por M. F. Jagor) el aplana- 
miento tan marcado de la región occipital, que forma una su- 
perficie cuadrilátera inclinada de alto abajo y de atrás para 
adelante, ¿se reproducen por vía de herencia y de un modo 
algún tanto atenuado en la población actual, ó bien por el 
contrario, el aplanamiento occipital que se observa en los Bí- 
coles (como también en otros indios) es producida por pro- 
cedimientos especiales? Parece imposible el responder con cer- 
teza á estas preguntas. Se sabe no obstante positivamente que 
en muchas regiones (por ejemplo en el Departamento del Alto 
Garona de Francia, á causa de la deformación llamada tolo- 
sana) han desaparecido las deformaciones cranianas con la su- 
presión de los medios que las ocasionaban. Por otra parte, en 
la provincia de Albay como en las otras de Filipinas, he pene- 
trado en sus moradas á todas horas y jamás he visto que los 
niños fuesen aplicados á una práctica que tuviese por objeto 
la deformación del cráneo: el niño indígena descansa sobre una 
estera ó petate ó en una hamaca ó litera y toma la posición 
que mas le agrada. Debo añadir á lo dicho, que he habitado 



HAZA MALAYA Í'J 



durante algún tiempo en casa de un empleado Español, padre 
de dos niños habidos en matrimonio con una India, la cual 
tenía el occipital aplanado. Los dos jóvenes mestizos presenta- 
ban, entre otros caracteres indios, dicho aplanamiento, ape- 
sar de que su padre tenía gran cuidado de preservarles de 
todos los usos y prácticas que pudieran hacer mas notables los 
caracteres del cruzamiento con los cuales habían nacido. 

El cruzamiento de los Españoles con las Indias (Bícoles, 
Tagalos etc.) es eugenésico y produce numerosos mestizos, los 
cuales presentan caracteres antropológicos más bien juxta- 
pucstos, que confundidos. En tales mestizos la nariz, es recta; 
los ojos ni tienen oblicuidad ni repliegue falciforme, que son 
caracteres Europeos: la rudeza del pelo, el aplanamiento poste- 
rior del cráneo, la delicadeza de las extremidades, son los de 
los indios: ademas la eminencia de los pómulos es notablemente 
menor, el prognatismo alveolar y el grosor de sus labios están 
asimismo lijeramente rebajados. El mestizo tiene en sus pri- 
meros años una fisonomía del todo Europea y su color es cla- 
ro. Los caracteres de la cara tornan al tipo indio, mas tarde; 
empero el aplanamiento del cráneo se manifiesta desde el na- 
cimiento, de lo cual acabo de citar dos ejemplos. La sección 
transversal de los cabellos afecta diversas formas en un mismo 
sujeto, siendo triangular, circular y lijeramente elíptica como 
en el individuo mestizo Español y de madre Negrito-Visaya; 
dicho sujeto presenta ademas una notable porción de sangre 
Negrita: y á no haber sujetado su cabellera cuidadosamente 
por medio de trenzas, se hubiera arrollado á modo de rizos 
muy ensortijados. 

Tagalos. 

Todo lo dicho anteriormente de los Bícoles se aplica igual- 
mente á los Tagalos. Agrupados éstos en torno de Manila, 
en las provincias más civilizadas de Filipinas, en número ma- 
yor de 1.200,000 algunos de entre ellos se inclinan á adop- 
tar las costumbres y los usos de la vida Europea. Muchos, des- 



J'RIMERA PARTE. ETNOLOGÍA 



pues (Je liiiber seguido sus cursos en el Ateneo y en la Uni- 
versidad de Manila, llenan diversos cargos secundarios de la 
Administración y de la Justicia: otros ingresan en la Academia 
militar y sirven de oficiales de la tropa indígena. Varios jó- 
venes Tagalos que actualmente estudian en las Universidades 
y en las Academias de Música de Europa, no se muestran 
inferiores á sus compañeros, de raza blanca. Los Tagalos dan 
un buen contingente de individuos al Seminario de Manila, 
del cual salen los sacerdotes indígenas. 

Visayas. 

Los Visayas, esparcidos en número de dos millones en las 
islas de este nombre, tienen también sus colonias en las cos- 
tas de Mindanao, colonias que son antiguas, pues en su ma- 
yor parte han sido fundadas en el siglo XVIÍ por los religio- 
sos Españoles. Tomados en conjunto, son los Visayas menos 
civilizados que los otros Indios. Algunos de entre ellos y en 
especial los de Bohol tenían fama de abatir á los piratas Mo- 
ros y de serles superiores en valor. Un escritor Español cree 
que la superioridad de los piratas era debida á una ley, la 
cual prohibía el reducir á la esclavitud y el vender los Mo- 
ros prisioneros con lo cual se quitaba á los Indios el estímulo, 
el cual era el que daba á sus adversarios gran aliento é in- 
trepidez. Esta opinión es difícil de sostenerse. 



Pampangos, Pangasinanes é Ilocanos. 

He podido hacer algunas observaciones acerca de dichos 
Indios que se hallaban casualmente fuera de sus provincias, 
las cuales no he podido visitar. Estos individuos, según mi 
parecer, deben lo elevado de su talla á la sangre Indonesiana, 
la cual parece observarse en el centro de la mitad norte de 
Luzon en varias tribus independientes ó recientemente some- 
tidas. 



RAZA MALAYA 



Cimarrones. 

El Sr. Jagor habla de dicha tribu en su obra «Viajes por 
Filipinas» y la coloca en la ladera del monte Iriga, provincia 
de Camarines S. 

Tinguianes. 

Los Tinguianes ó Itauegs lindan al N. y al O. con los 
Búsaos, cerca de llocos S. en la cordillera de Tila, que está 
en el distrito de Lepanto: también los hay en gran parte de 
la provincia del Abra. Son de un color bastante claro. 

Ifugaos. 

Los de esta tribu viven en la cordillera de los Garaballos 
occidentales, en las vertientes que miran del lado de Nueva- 
Vizcaya, orilla izquierda del río Magat y iMisiones del Ituy son 
colindantes con los Silipanes é Isinayas, situados al N. y S. O. 
de iNueva-Vizcaya viven en especial en las Misiones de Paniqui. 

Gatalanganes. 

Los Gatalanganes demoran en el brazo oriental del río lla- 
gan, al N. de la provincia de Nueva -Vizcaya. 

Manguianes. 

Residen los de esta tribu en la isla de Mindoro, al S. del 
rio Pinagraaglayan, que desagua en el mar por la costa orien- 
tal de la isla. Son de ojos oblicuos, de nariz roma y de pó- 
mulos salientes; su frente es achatada y el color de su piel 
aceitunado. 

Tercera, sub-raza: Malayo -Mora. 

Afortunadamente describe también en su preciosa Memo- 
ria el Dr. Montano algunas de las tribus pertenecientes á este 
grupo, y así daremos á conocer las observaciones recogidas 
por tan ilustrado señor al recorrer aíjuellas comarcas. 



PlilMIÍHA PAIiTlv. ET\OLO(;r.\ 



Malayos ó Moros de Joló (Orang Islam, 
Orang-Sulu). 

Como recuerdo de pasadas guerras de la metrópoli dan 
los Españoles el nombre de Moros á los Malayos mahometa- 
nos del archipiélago. Este nombre ha sido adoptado en to- 
dos los dialectos de Filipinas, y aun los mismos Moros se ape- 
llidan con frecuencia con dicho nombre. 

Detenidos los Moros por ios Españoles en su movimiento 
conquistador hacia el N. los puntos extremos que ocuparon 
en dicha empresa fueron la isla de la Paragua y el tercio me- 
ridional de la banda oriental de Mindanao. En dichos dos pun- 
tos sólo existen en grupos que no son compactos, ni de im- 
portancia. Son muchos más en número y mns poderosos los 
de la banda S. de Mindanao, y en especial los de la cuenca del 
río Grande y los de las cercanías de las lagunas situadas al N. 
del mencionado río. Pueblan ademas los Moros, Banguey, Ba- 
lábac, las costas de Borneo y todo el archipiélago de Joló. 

La isla de Joló colocada en medio del archipiélago de este 
nombre, ha sido en todo tiempo el centro político, religioso y 
comercial de todos los Moros. Y aun hoy dia apesar de que 
España desde 1876 ocupó dicha isla é impuso al Sultán su 
protectorado, con todo los demás sultanes y dattos de la gran 
región indicada antes le respetan, al menos de palabra. 

El tipo de los Malayos de Joló se halla modificado en pro- 
porciones muy diversas por dos elementos distintos y opyíes- 
tos: por el indio ó Malayo de las islas Filipinas y por el 
árabe. 

Hasta estos últimos años, los Moros en general y los Jo- 
loanos en particular, ejercían en las costas de Filipinas, in- 
clusas aún las de Luzon, continuas piraterías y atropellos. Si 
los Moros hubiesen conservado tan solo para sí los esclavos 
que de este modo adquirían, la población de la isla de Joló se 
vería hoy solamente formada por una mezcla de Indios. Em- 
pero los piratas vendían una gran parte de dichos esclavos. 

Aunque guardan un estrecho parentesco con los indios, con 



RAZA MALAYA 



todo los Joloanos se distinguen de ellos con toda claridad, 
por varios rasgos y caracteres. Pues son los Moros más ro- 
bustos, si bien de una estatura inferior á la de los Bícoles. 
El primero de dichos caracteres está en relación con el género 
de vida que observan, el cual está raás lleno de aventuras y 
de actividad, que el de los apacibles Bícoles. La inferioridad 
en la taila de los Joloanos se debe á que circula por sus ve- 
nas una porción mucho menor de sangre Sinense; no porque 
dichos individuos no existan en Joló (pues ellos han pene- 
trado aun hasta en el palacio del Sultán), sino porque son 
monos en número que en Luzon y hallan más dificultad para 
contraer sus nupcias. 

Los Joloanos se distinguen ademas de los Indios por los 
caracteres siguientes. Por la carencia de pómulos salientes: 
prognatismo alveolar y dentario también mucho menor. Su 
cara está menos deprimida, y su nariz es mas saliente. Tie- 
nen monos pronunciado el repliegue falciforme, el cual á ve- 
ces es nulo. El eje transverso de la abertura palpebral es me- 
nos oblicuo en los Moros que en los Indios: dicha abertura 
presenta una f ^rma amigdaloide y es mucho raás redonda que 
la de los Indios y de los Chinos. Su pelo es mucho más fino, 
y tiene una sección reniforme y no triangular. Sus cejas es- 
tán poco pobladas. 1*^1 color do su piel es frecuentemente más 
claro que el de los Indios, acercándose menos que en ellos 
al amarillo y gris ceniciento. Liman transversalmente los dien- 
tes incisivos y caninos, ya en su superficie anterior ya en 
su borde inferior. 

El elemento árabe ha modificado mucho menos al tipo Jo- 
loano. Los sujetos de aquella raza en número insignificante, 
no habrían dejado ningún vestigio de su presencia en aquel 
archipiélago, á no haber ocupado en su mayor parle los pues- 
tos y empleos más distinguidos, los cuales son los únicos que 
entre ellos dan opción a la poligamia. No son tan raros como 
eso los sujetos que ostentan raás ó menos dichos caracteres 
árabes, y en algunos hasta llega á reproducirse el tipo ori- 



54 PRIMERA PARTE. ETNOLOGÍA 

ginario con toda fidelidad: es un ejemplo de esto, uno de los 
panditas ó sacerdotes Joloanos, jefe de una de las familias 
mas antiguas de la isla. 

Malayos, ó Moros del seno de Dávao. 

Los moros de esta tribu residen desde Baguan cerca del seno 
de Mayo, hacia el N., hasta Dáron, al S. de Dávao. Añade el 
Dr. Montano que ocupan las costas, las embocaduras de los 
ríos y las islas, ejerciendo una influencia opresiva hasta en 
sitios que están bastante internados; ellos se oponen cuanto 
pueden á la comunicación de las tribus salvajes Indonesianas, 
ya sea con los colonos Bisayas establecidos en las costas, ya 
también con las autoridades Españolas de D ívao. Se han cons- 
tituido como intermediarios obligados de los cambios que ve- 
rifican los comerciantes Bisayas con los Infieles; monopolio lu- 
crativo que reemplaza para ellos la piratería por mar, después 
que los Españoles se han establecido en el seno de Dávao. Es- 
tán tan aferrados al Islamismo como los Joloanos, si bien son 
menos audaces y menos observantes de las prescripciones del 
Koran. Son gente sin letras; sólo algunos panditas leen y es- 
criben, y esto con dificultad, el dialecto joloano, el único co- 
nocido de todos los Moros. 

No he visto entre los Moros de las diversas localidades del 
seno de Dávao esos tipos finos, de frente levantada y nariz 
recta, como los de Joló, debidos sin duda á una mayor ó me- 
nor proporción de sangre árabe que corre por las venas de 
éstos. Empero este tipo fino es aún bastante raro en Joló, y 
él no debe ser suficiente para distinguir los Moros de Dávao 
de los Joloanos. 

Los de Dávao difieren de los de Joló por la sangre Indo- 
nesiana que poseen, debida á la unión verificada después de 
la compra ó del robo de las mujeres pertenecientes á las tribus 
del interior. Esta mezcla es causa de que se rebaje su índice 
cefálico de 84.67 á 81.94, y que se eleve su talla á 1573™". 
en vez de 1526 milímetros, que es la media de los Joloanos. 



nAZA MALAYA 55 



Estos moros forman la transición entre los Malayos del S. 
de las islas Filipinas y los Indonesianos de Mindanao, como 
también el de ciertos Pampangos é Ilocanos entre los Indios 
y tribus Indonesianas de Luzon. 

Moros ó Islames del rio Grande. 

Los Moros de esta tribu viven en la gran cuenca del río 
Grande, extendiéndose hasta la laguna de Malanáo y á lo largo 
de la bahía Illana. Son en todo semejantes á los de Joló, y 
así omitimos la descripción de sus caracteres. 

Sánguiles. 

Son los Sánguiles una tribu que radica en el N. E. de 
Sarangani. 

Kalibuganes. 

Son los moros del seno de Sibuguey. 

Sámales-Lauts. 

Son los de esta tribu Moros que residen en las costas de 
la isla de Basílan. 

Yacanes. 

Forman otra tribu del interior de la isla de Basílan. 



^-^^^-^Sifgi- 



R \7.A MAT, \VA 



A1]LA IN.'^ O 



:rj^za.. 



Malava. 



de nofíiiiü. 



NOMBRK 

que se Icsdásegnn 

Ja loi'iiliihid (MI 

que losiiloii. 

1 Atas 

2 lia vas 



Mosliza < 



3 Ilclapaancs. 



í Gaddanes. 



5 Ilonsotes. 



6 Baluíías. 



7 Dumagas. . 

8 Il.ilnos. 

9 .Maiiguianes 

10 Isinayos. . 

1 1 Gintiaanes 
I? Al lailanes. 

13 Apagaos. . 

14 Calatangis 

:5 Adaiifítas. 



1''! AI)úiilon.. 

17 Caladas. . 

18 Qniniifíanes 
l'J Caliii''as. 



20 Buquil.. . 

21 Aripas. . . 

22 Igorroles. 



LITIAR E\OrE HABITAN. 



De los bosques de Cainari- 
nos S. 

De las rnárK'enes d(>l río liaron, 
verlieiili's occidenlales de la 
Si(Mra Madre del lado de 
Nueva Vizcaya, Isabela y Ca- 
pa van. 

Viven al E. de los Biisaos- 
coMfirnan al S con los Igur- 
rolrs de Benjiuely al N. con 
los Giiiiiaan(^s 

Desde el río Máuat al río Cbico 
de Cai-M.yau; viven al N. de 
los Ifujíaos 

Cara!)ailus S y de Baler, Ca- 
sigúran del Disl." del Prín- 
cip'. 

Cordillera E de Nueva Éeija, 
Tayabas, Zainbales. montes 
orientales de ambos llocos 

Desde Baler y Ca-^igúran hacia 
el N., costa (bd Pacífico. 

Pon vecinos de los Iloniioles. 

I.' de Mindoro: viven entre 
Abra, Ilog y í'inamalayan. 

I.» de Panay. 

Provincia de Abra. 

I " de Panay 

Desde llocos N. hasta lo más 
alio de la gran cordillera. 

I.-' de Panay 

Del extremo N de la cordillera 
dt> los Caraballos occidenta- 
les 

Zanibales. 

De ^'aláneír. cañadas del río 
Chico p.-irtido de Ilavts. 

Nueva Vizcaya 

Del N de los Calañas, entre 
el río Grande de Cagayan, y 
el Aliubiir ó Apayao 

I •' de Alinduro; en las cerca- 
nías de Ba-C()o y Suíiáan. 

De las inmediaciones de Ta- 
bang. 

Del monte Iriga, provincias 
d'> Cainarinos !^., Abra, Pan- 
í-'asitian. Nueva Vizcaya, 
Zambales, Pampanga etc. 



8 



PniMEn PARTE. ETXOTOGIA 



no 



S-J^ZJL, 



NOMBRE 

qnose les da sopun 

lii localidad en 

que residen. 

23 Taghanúa. . . 

Vi Tan d oían os . 
25 Tinilianos. . 



Mestiza / 2G Bulalacaunos 
de ncfírito. 

" 27 Buriks. . 



Malaya. 



Mestiza 
de chino. 



Árabe é 
Indonesia- 
no. 



28 Búsaos 



1 Bícolcs. 

2 Tagalos. 

3 Bisayas . 



4 Pampangos . 

5 Pangasinanes 

6 Ilocanos. . . 

7 Cimarrones . 

8 Tinguianes. . 



9 Ifugaos .... 

10 Catalanganes 

11 Manguianes . 



1 Moros . 

2 Moros. 



3 Moros 



4 Sánguiles . . . 

5 Kalibuganes. . 
6 Sámales, Laiits. 
7 Yacanes . . . . 



LUGAR EXülE HABITAN. 



En las islas entro Paragiia y 
Calarniancs. 

De la costa O. ih^ la Paragua. 

De la parte oriental du la Pa- 
ragua. 

Del N. (le la Paragua y grupo 
de las Calamianes. 

Vertiente O. de los Caraballos 
occidentales, distrito de Le- 
pante. 

Cerca de Benang, al N. de los 
Buriks. 

Albay, ambos Camarines y 

parle de Tayabas. 
Manila y centro de Luzon. 
Islas Bisayas y algunos pueblos 

de las costas de Mindanao. 
Provincia de este nombre. 
Provincia de esle nombre. 
Provincias de este nombre. 
Camarines S. monte Isarog. 
De la cordillera Tila, distrito 

de Lepanlo y en la provincia 

de Abra. 
Misiones de Ituy y Paniqui: 

Caraballos occidentales. 
Del brazo oriental del río lla- 
gan. 
En Mindoro al S. de Pina- 

maláyan y en la isla de Si- 

buyan. 

Joló y su arcbipiélago. 

Islames desde Bagukn, cerca 
del seno de Mayo hacia el 
N. hasta Dáron al S. de 
Dávao. 

Río grande, Malanao y bahía 
Illana, 

NE. de Sarangani. 

Moros del seno de Sibuguey. 

I.* de Basílan, en las costas. 

I», de Basílan, en el inte- 
rior. 



neo 



) RKLATÍVO A LOS Í\DÍC!:S Y DI.MENSÍONCS 



98.51 
107.97 
104.94 

99.27 

102.04 

102.72 

99.75 



108 99 
105 16 
103.59 



103.78 
107 26 
99 19 
103.52 
104 70 
102.39 

104 48 
106 03 
103 04 



11 06 
11.13 

12 01 
10.59 



15.03 
15.02 
1598 
14.14 



11 77 15-81 

14.32 18 13 

10.44 i 1Ü06 

i 

» » 

1175 lo 64 

10 81 1S.21 

10.84 lt>^2 



13,78 


» 


» 


» 


16 92 
22 66 
14.59 


lo 44 

13 69 
¡ 14 65 



16 93 

19 28 

20 91 
17.57 


16 52 
18.41 
16.00 


I) 
18 79 
17 92 
16.07 


» 


» 


>i 


» 



11 68 


15 91 


15.04 


12 43 


16.80 


16.80 


10.84 


14.67 


14 45 


11 57 


1574 


„ 


11 74 


16.45 


» 


11 47 


15 02 


» 


11 08 


1519 


15 27 


11.81 


15 70 


1591 


10 43 


14.70 


14 54 



17 83 
19.03 
1697 
18.04 

18 99 
16.10 



21 52 

22 39 
23.68 
21.51 




20.81 
22 72 
18.41 




22.82 
22 02 
22 42 




" 





23 06 
23 93 
2218 
21.75 
23 41 
20.89 



18.74 I 22.84 
19.28 23.86 
18 22 I 20.99 



13 años. 



CUADRO SINÓPTICO 

K\ IX CUAL IIEVSUMI- EL Dn. .MONTANO LAS üliSEKVACIONKS POii ÉL VLIUI-iC\UA-5 EN LO IIELATIVO A LOi IXDICK-i V DIMENSIONES 

DE LAS ACTUALES RAZAS PU.H'INAS. 



L 



Negrilos .... 


18 t Media. 

Máxima. 

Mínima. 
12 ? Media. 

MíKima. 

Mínima. 




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77 09 
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71.38 
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70 98 
80 57 
62 50 


69.31 
74.05 
61 31 
72 04 
93.07 
60.90 


x.,»l 


mi 1 


M.jio 


Plf 


91 67 
122.80 

82 00 

96 02 
105.40 

88.09 


1483.3 
1575.0 
H25 
1431.6 
1183 
13.30,0 


96-71 
106 67 
90,20 
92,08 
97,73 
88,00 


32.89 
33.33 
31 21 
31 32 
33 40 
29 76 


93 01 tO.OO 
108 20 30 04 

83 13 17 10 

92 39 18-10 
100 00 31-28 

83,53 43 33 


65.93 
7118 
61-99 
63 14 
70-08 
62.12 


106.31 
105 80 
101,75 
103 02 
107 19 
100.30 


11.72 

¡9.83 
12.03 
11-02 
12-09 
10.52 


15.02 
10.31 
11 95 
1341 
13.98 
11.53 


11.66 
13 90 
13.33 
13.19 
16.67 
13.33 


1683 
17-73 
11.33 
17.98 
18.81 
16.68 


22 27 

23 93 
20.74 
21 08 
21 53 
22.60 




Mamánua. . . 


19... 


83.35 






64 28 


73 91 


1150.0 






■ ■ 


















Ncjtriios mes- 
tizos lie Alliay. 


6 6 Media. 

Máxima. 

Mfaimo. 
1 9 ■ • . 


8S.81 
91.43 
81.98 
88 49 


57.26 
il.ll 
53-03 
54 55 


0915 
70 37 
66 32 
76 74 


68 59 
72.97 
60-07 
65,07 


92.67 
102 38 

88.64 
107 ..40 


1.503,6 
1501.0 
1399,0 
1382,0 


84 94 
88 14 
80.73 
72 92 


33 15 

30 lio 

31 74 
36 03 






101 85 
100.58 
97.93 


11.72 
12.10 
11.13 
1143 


13.73 
16.83 
15 03 
13 92 




17.83 
21 60 
1023 
18 67 


22.11 

24.53 
21 56 
22.07 




Súmales . . . 


2 6 Media. 
Máxima. 
Mínima. 


8188 
86.11 
77.66 


65.99 
67 69 
64.29 


57.29 


07 77 
67 81 
07.74 


SO 42 
80 83 
80 00 


1579,0 

loso 

1478,0 


87,76 
90,91 
84 02 


31 83 

32 45 
31.25 








99.75 
102 81 
90 67 


10.^9 
11-37 
9-82 


13 n 
16 01 
14.23 


13.57 
1189 
12 20 


17.86 
18 87 
10.83 


23.42 
21-70 
22.11 




Bagobo. . . .1 I 6 ■ . . II 


81.46 


60.00 


66.50 


69.66 


77.78 


1338,0 


85 97 


34 40 


84-71 


3104 


07.52 


105 98 


11 18 


13 22 


11.03 


17.23 


22.13 




(jiiiangíis. . .. 


1 6 Media. 
Máxima. 
Mínima. 


80 73 
Ü2 86 
76.76 


59 41 

01 48 
50 84 


69 64 
7128 
67 50 


69 08 
72 41 
04 33 


79 74 
88 37 
05.39 


1631,3 
1716,0 
13-10. 


83 05 
89,47 
77,30 


32 84 
34 50 
30.53 


84-90 
87.30 
80 90 


48,83 
51 35 
.16.73 


66 81 
72 72 
0298 


103 82 
107.03 
101.04 


11,19 
11 36 
11,01 


16.04 
13,90 
1131 


15 38 
16.88 
11.58 


18 63 
19.81 
17.19 


22 34 
24 03 
21-28 




Alíis del Apo . 


6 . . . 
i . . . 
6 . . . 


83 53 
82 2S 
79 41 


60 34 
64 08 
58.19 


58 58 
65 14 
64.21 


«4.79 
66.06 
68 15 


81 08 
78.43 
97 14 


1118 
1688.0 
1103,0 


89 47 
90-13 
86 28 


31 30 
31 81 
33 81 


92 59 
9o"o7 


15.30 
50 39 


69.23 
66".i3 


103 04 
93.71 
IOS 34 


11 83 
11.11 
li.lO 


10.44 
16 00 
15.91 


13 91 
14.81 
1195 


10 73 
17.18 
16 37 


23 08 
21.33 
20.36 


10 allos. 
Adulto. 
13 años. 


Tagacaolos. .■ 


2 í Media. 
Máxima 
Mínima 


80.79 
84. 4 i 

77.14 
76.47 


54 9U 

55 25 
54 S5 
59.84 


69 95 

70 79 
69 11 
65 39 


72 21 
74.08 
70 40 
76.92 


85 52 
8605 
85 00 
91 67 


1391 
1622,0 
1506 
1341,0 


86 45 
88 13 
84.73 
88 89 


33 02 
33 66 
32 14 
31.69 


86.65 
90,12 
83 18 
83 33 


48 41 

49 36 
47-47 
49 22 


08 25 
70-78 

03 72 

04 39 


100 83 
103 37 

98 09 

101 42 


11 07 
11.11 
10.73 
11 Oi 


15-51 
10-31 
11-73 
13-81 


11 67 
15 29 
14 08 
13.12 


17 82 
17.88 
17.76 
16 78 


22 10 
22 81 
21.30 
20.51 


Niño. 


Tagotaua... 


i . . . 
5 . . • 

¿ . . . 


80 33 
77 22 
80 12 
71 81 
77 19 


55 86 
60 61 
00 77 
58 39 
53 91 


69.05 
07.09 
08 42 
66-82 
62.45 


76.19 
68.35 

70 92 

71 11 
71 97 


93 18 

82 50 
87 18 
87.81 
100.00 


1565,0 
1340.0 
13o0 
1180,0 
1110,0 


87 72 
87 27 
81 33 
83,78 
83 33 


39 19 
3311 
33 60 
32 91 
29 73 


87 06 
89 53 
91,31 
82-50 

88 89 


38.21 
49 48 
18 53 
49 ^1 
.15.95 


67-30 
67 ,39 
69 21 
66,71 
04,71 


102 13 
101 51 

101 11 

102 02 
96.40 


12 13 
11 37 
II 40 

10 81 

11 20 


17 73 
1339 
16 77 
13 93 
16-01 


13.82 
1194 
15 41 
13 21 
15.30 


19 08 
17 80 
10.33 
1351 
17.57 


27.25 

21 43 

22 06 
20 68 
20.72 


Adulto. 
18 años. 1 
13 aílos. 1 
13 añ.-i!. 
7 ailos. 


Matiübos del 
Senu de Dávao 


;t i Media. 

Máxima. 

Mínima. 
14... 


77 90 
78.38 
77.20 
83.72 


58.63 
61. i8 
66.62 
62.99 


71.31 

7'2.9T 
68.00 
67.55 


79.34 
81.75 
75.86 
70.83 


93.47 
97.61 
95.00 
8I.J0 


1616 6 
17«6,0 
1320.0 
1368 


89.11 
90.00 
88.68 

87.72 


33 39 
33.85 
32.90 
34.12 


90.02 
92.11 
89-13 
83-71 


49,53 
51 03 
18 03 
4828 


67.00 
08 19 
05 52 
70.68 


101,41 
105 84 
103 68 
102.08 


11.33 
11 09 
10 86 
10-52 


15 16 
15.39 
1190 
15.31 


13 90 
13.39 
12.02 
14-51 


17.11 
17 83 
16 78 
17.99 


22 73 

23 31 
21.99 
22 06 


Tipo oscuro. 


Manobos del 
pío Agúsaii. . . 


6 a Media. 
Máxima 
Mínima. 

í, . . . 


X2 52 
86 11 
7912 
87.35 


58.68 
02.88 
57.01 
58.20 


76.37 
81.11 
74.74 
61.89 


72.07 
76.39 
68.59 
60.21 


93.39 
100.00 
88-10 
80.81 


1518 
1330,0 
1498,0 
1300.0 


S8.60 
93.80 
82.31 
87.07 


34.88 
36-65 
32 31 
33.38 


87 85 
92 78 
82 35 
92.31 


60 31 
51 79 
19,54 
18-08 


09 31 
73 29 
05 37 
09-11 


101,30 
100 02 
102 14 
100 77 


10 94 

11 59 
1035 
U-OO 


13.27 
13.11 
13,10 
10,38 


13.33 
15 81 
13.69 
13 16 


18.37 
19-21 
17.30 
16.92 


23.16 
21 00 
21 43 
21.M 


Niño mestizo 
de Negrito. 


iMandaJas. . . 


2 £ Media. 

Máxima. 

Mínima. 
2 9 Media. 

Máxnna, 

Mínima. 


81.26 
82.86 
79.07 
85 86 
90.62 
81.11 


58.15 
60.00 
50.30 
53.73 


68.88 
69.23 
68.53 


74.13 
75.80 
72.41 
72.10 
75.86 
71.92 


90.80 
90.91 
90.70 
87.18 
87.18 
87.18 


1578 
1625 
13.12,0 
1456,0 
1023 
1418,0 


80.12 
86.79 
85.43 
83.42 


31 85 
3231 
31-39 
31 38 


9ü20 
92.31 
88.10 


18 78 
48 95 
48 02 


05.28 
00 00 
01-50 


99 31 
103 11 

93 95 
103 00 
101,15 
101.55 


10 92 
10.08 

10 77 
10,70 

11 04 
10 18 


15,13 
16,26 
1501 
1507 
15 37 
11,78 


14.15 
15 08 
13 23 
16.39 


18.00 

18 15 
17 86 

19 26 

20 10 
18.12 


22 30 
22 S2 

22 38 
22-08 

23 11 
21 16 


Bilanes .... 


3 9 Media. 

Míixiíiia. 
1 Mínima. 
' i . . . 
1 fi ■ . . 
6 . . . 
\ í . . . 


81. IS 
8:1.33 
80.12 
82 64 
77.65 
77 78 
79.05 


51.65 
59.09 
50.37 
60.10 
54.02 
62,31 
53.07 


74.90 
79 21 
07.82 
03.73 
01.00 
65.00 
57.71 


71.97 
74.47 
70,00 
73.19 
75.70 
65.72 
09.34 


89.78 
100.00 

32.50 

89.19 
100.06 

89.19 
103.43 


1170.8 
1580,0 
1390 
1308,0 
1265 
1230,0 
1073,0 


83.13 

93*68 
81.09 
79.38 
89.01 


31 32 

33,20 
30-04 

32 16 
32 62 
31-48 
32 06 


80,59 
92 00 
87 69 
92 98 


(883 
47.83 
18 80 
13-62 


65 87 
60 91 
70-06 
73 06 


100 81 
101-81 
98 99 
102-17 
101-19 
lili 80 
100.28 


10 69 

11 80 
9 81 

11 13 

11 07 

12 00 
10.25 


15 18 
16-45 
14 30 
15-79 

16 97 

17 01 
10 22 


10 67 

12"67 
15 68 
16.00 
16.31 


19.63 

17'25 
10.09 
17 20 
17.24 


22.90 
21.46 
21.63 
22 81 
20.10 
21.20 
22 83 


14 ai'ios. 
12 alies. 
12 años. 
8 años. 


Kalagnn . . 


11 .6 . . . 


79.46 


54 80 


78 92 


70 19 


102.30 


1663.0 


88-33 


3393 


91 16 


49-37 


68 73 


105 10 


11 89 


16.62 


14.12 


17 54 


24 02 




A£la6 de Cania 
i'iiies S., Luzoii 


¡2 6 Media. 


81 29 


60.73 


67.62 


71.39 


93.97 


1550.0 


89.33 


31.21 


89 73 


30 19 


67.72 


106.79 


11 29 


13.71 




1768 


21 01 




Bicales . 


ü 6 Media. 
Mfixima. 
Mnooin. 

'"'Ka. 
[ Mínima. 


86.63 
92 9i 
81.11 
86 60 
91.18 
82 3b 


50.79 
02.31 
56 .OS 
00.09 
60.07 
55.00 


72.10 
90.25 
59.56 
69.31 
82.08 
00.01 


71.96 
73.94 
67.74 
69,89 
7241 
67.74 


80.51 
100,00 


1383.3 
1653 


90.73 
91-83 
80.88 
85.32 
93.38 
79.40 


32 23 

34 14 
30 36 
32. S6 

35 26 
30 91 


8935 
90.00 
88 75 


48 21 
48 83 
17 S5 


07 61 
70 19 
65 2! 


104,36 
107 27 

98.B1 
107.97 
101.94 

99.27 


11 49 
12.18 
11 06 
11.13 
1201 
10.39 


13.33 
13.90 
15.03 
13.02 
1598 
14.14 


15.41 
17-32 
1378 


18 03 

19 36 
16 93 

19 28 

20 91 
17.37 


32.81 
3128 

21 52 

22 39 
23.08 
21.61 




79.59 
86.38 
94.74 
77.53 


1472 
1503.8 
1610 
1115.0 


Tagalos. . . 


/ 4 s Media. 

Máxima. 
¡ Mínima. 


83.69 
89 03 
80.65 


59.70 
01.88 
57.04 


68.43 
72.82 
61.56 


68.06 
71.28 
61.29 


82.52 
88.37 
60.00 


1580.0 
1633 
1305.0 


83-28 
88-93 
75-11 


32 18 
34.02 
29 94 


92.22 
93.90 
89 19 


47.44 
48-61 
16.51 


69,98 
71,13 
67.55 


102.01 
102.72 
99 73 


11.77 ! 16.81 
14.32 18 13 
10.11 1306 


16 92 
22 66 
11.59 


16 32 
18.41 
16.00 


20-81 
22 72 
18.11 


13 años. 


Bisayas. . . 


1 2 i Media, 
) Máx.ma. 
{ Mínima. 
|l 6 . . . 


87 54 
89 63 
85 46 
82.35 


64 88 
59.84 
02 40 


07 00 
65 50 
61.56 


68 02 
65 30 
74 28 


71.30 
82.61 
60.00 
85.00 


1301 
1.312 
1-190 
1338,0 


87 09 

80 43 

81 34 


3l'52 
33,76 
M.16 


93'!70 
91 38 
83.70 


48'48 
10 91 
50 52 


71 22 
71 13 
07.60 


IOS 99 
105 16 
103.39 


11 "73 ' 13 64 
10 81 13.21 
10.81 10 52 


ISM 

13 69 

14 65 


18*79 
17 92 
10-07 


22*82 
22 02 
22 42 




Paagasíiian. 


15... 


83.78 


00.69 


09 04 


S7.74 


I 75.00 


1630,0 
























Paaipaagü . 


16... 


77 29 


59.14 


68 39 


76 92 


82 22 


1639,0 














'. i '. 










llocanos . . 


i 3 6 Media. 
1 Máxima. 
) Mloií„a. 


80 78 
89 41 
85.22 


63.95 
05-3S 
01.31 


06.11 
70 31 
OS 23 


71 26 
76.60 
65 79 


86.71 
91 10 
80-42 


1619 
1083 
1382-0 






: 








: ! : 


: 








Mestizo de Ne 
grilo-Bisaya . 


■|1 9 . . . 


87.88 


52.31 


65.00 


63 44 


102.85 


1 1125 


















. 








Me.vtiicu de Uis 
paoo Neg.-Bis. 


■¡. 9 . . . 


89 37 


49.56 


56.09 


«2 93 


77.30 


1195,0 


















, 








Joloaaos . . 


1 ti 6 Media. 
\ Máximit. 
Mínima. 
■U t Media. 
f Máxima 
1 Mínima. 


84.07 
87 88 
78.89 
80.72 
.93 83 
[77.14 


02.47 
74.50 
56.0. 
513 
58.33 
50.4 


70 53 
73 03 
00.40 
09 57 
7584 
07 22 


73 65 
78.77 
7123 
69 96 
77 93 
60.53 


80.00 
1 93.24 

76.00 
i 85-03 

91.43 

73 91 


1,326 
1,392 
1188 
1130.3 
1105 
1398,0 


82-08 
88 89 
77.53 
85.52 
88.40 
78 83 


33.67 
.35 18 
32,46 
32 90 
31,19 
30,36 


83,64 
94,67 
79.04 
93,21 
9412 
93,21 


48-34 
49-93 
47.23 
49.20 
51.20 
47 21 


09 68 
71 98 
09,18 
08.27 
71,21 
63.33 


103.78 
107 26 
99 19 
103..32 
101 70 
102.39 


11 68 

12 43 
10 84 
1157 
1171 
1147 


15 91 

1080 
11.67 
15 74 
10.45 
15 02 


15.04 
16-80 
1443 


17 83 
19.03 
1697 
18.64 

18 99 
16.10 


23 06 
23 93 

22 18 
21.75 

23 41 
20 89 




Moros de Da 


VD 5 Media. 
Máxima. 
Mínima. 


181.94 
86.11 

76 27 


50 11 
62 9f 
65 81, 


71.26 
69.77 
69.31 


7345 84.50 
78.37 93 33 
63 02 75 47 


1.373 
1025 
1509.0 


89..39 
92.96 
82.76 


3308 
3, al 
32 23 


87 39 
92 68 
82 50 


47 41 

48.02 
40-20 


70 18 

71 37 
68 99 


104 48 

106 03 
103 04 


11 08 
11.81 
10 13 


15 19 
15 70 
14.70 


15 27 18.74 1 22.84 
15 91 19.28 1 23-86 
14 51 1 18 22 1 20 99 


-- 



I 













SEGUNDA PARTE 



ETOLOGIA 

ó SEA 

DESCRIPCIÓN DE LOS USOS Y COSTUxMBRES 

DE L.-VS DIVERSAS RAZAS Y PUEBLOS DEL ARCHIPIÉLAGO 

-•«»»(!» ■ — 



SECCIÓN 1/ 

USOS Y COSTUMBRES ETC. DE LAS TRIBUS INFIELES 
BÁ ESTAS ISLAS 

.¿h íffl L intentar describir la variedad de costumbres que 

pn iMÍ presentan las extensas islas del Archipiélago en sus 

4 "'3^'* diversas razas y múltiples cruzamientos que de ellas 

\ han surgido, seguiremos los estudios etnográficos que 

. mas recientemente se han hecho, para la redacción de 

esta Memoria, como fruto y compilación de lo que se halla 

de más averiguado en los primeros historiadores y analistas 

del Archipiélago üüpino, y de más discutido y cierto en los 

estadistas antropólogos modernos. 

Preséntase en primer lugar la raza de los aborígenes, que 
viene conocida con el nombre general de Negritos. Esta 
raza primitiva que, acosada por las sucesivas incursiones de 




STvairXDA PMITE. ETOLOr.IA 



los iiKÜos del Pacííico, ó raza liuionesiana, hallamos en gene- 
ral reliratia á los montes interiores y escabrosidades de la 
Luzonia, aparece taiubien en Mindanao como núcleo m;ís no- 
table, en torno á la laguna de Mainit, y generalmente en toda 
la parte N. E. de la isla, corriéndose además á lo largo de 
la costa del Pacífico hasta Tago. 

La segunda raza, ó sea la Lidonesiana, hizo también pe- 
sar su yugo avasa lador sobre los aborígenes de Mindanao, 
como en el resto del archipiélago, estableciéndose definitiva- 
mente tras largas luchas, en los puntos que aquellos desaloja- 
ron, ó sea toda la contracosta del Pacífico al S., desde Tago 
hasta las vertientes del monte Apo, y extendiéndose desde 
ambas islas Sarang^nes por casi toda la costa occidental, y por 
la península de Sibuguey hasta Dapitan. Los nombres princi- 
pales de las tribus (|ue ocupan estas vastas localidades son 
los de Sámales, Bigobos, Guiangas, Tagacaolos, Manobos, Maa- 
dayas, Bilanes, Súbanos, Tirurayes y otros. 

Finalmente la raza Malaya envió en épocas mas posterio- 
res á los creyentes del Coran, que mezclados ya con los In- 
donesianos, por su espíritu de proselitismo y vida errante y 
pirática, no podían tardar en infestar con su pestilencial doc- 
trina las ricas comarcas del Archipiélago filipino. Tal suerte 
le tocó á la famosa bahía de Illana (Mindanao), donde se situa- 
ron para extenderse progresivamente por toda la cuenca del 
río Grande v laguna de Malanao, donde son conocidos con 
el nombre general de Moros y con el de Kalaganes, Sangui- 
les, Kalibuganes, Sámales y Yacanes en algunos puntos de 
las costas é islas del Sur. 

Con este orden cronológico con que fueron apareciendo 
las diversas razas, reseñaremos los puntos culminantes de sus 
usos, ritos y costumbres. 



-SS! ^W.\*í' »>•» M^>»f»V»AÍjJ*»»^MJ^g ^jy-^*^^ !^^- * ^**^:^ ^^^^ — ' ;^^^- ' " ^ * ?~-= ^^^^^ 



NEGRITOS 



/r^fjpS marcadísimo en los Negritos, cualquiera que sea 
pVt Ip'a el nombre con que se los designe, y los países en 

Á .^<7^ que moran, la inclinación á la vida nómada á la 
I ^ que tienen una tendencia irresistible. Asi andan siem- 
pre errantes- por la fragosidad y espesura de los montes, 
reunidos en pequeños grupos de familias, cobijándose donde 
les coja la noche bajo la copa de algún árbol, ó alguna clioza 
de cuatro palitroques. 

«Andan constantemente desnudos sin más que una estre- 
cha faja de trapo que, rodeada á las caderas y cruzada por la 
entrepierna á manera de suspensorio, les sirve para ocultar 
imperfectamente sus órganos genitales. Las mujeres suelen usar 
con el propio objeto una especie de delantal, hecho con la 
corteza de algunos árboles. Los adornos, por los cuales se 
muestran mucho más solícitos que por el vestido, consisten 
en peines de bambú con algunas cerdas de jabalí, anillos de 
cerda con tiras de piel de murciélago para las piernas, colla- 
res de alambre, de latón, y á veces con cuentas de vidrio, 
brazaletes, y aros de alambre de hierro ó latón para las ore- 
jas, y algunos utensilios raros para el tabaco y el buyo he- 
'•lios con los niamentos de distintos pándanos. Acoslumbraa 
además ú pintarse todo el cuerpo, aunque no tan generalmente 



'!'( SEGUNDA PARTE. ETOLOfilA 



como los igorrotes de la cordillera occidental de Luzon. Dicha 
operación la ejecutan por medio de un pedazo de caña muy 
aguzada, con la cual se hacen grandes incisiones y abultadas 
cicatrices, si bien otras veces emplean pequeños alfileres que 
dejan señales muy poco marcadas y apenas perceptibles á no 
ser á corta distancia. Los dibujos se componen constantemente 
de líneas rectas.» — Jordana, Bosquejo, Parte primera, Secc. 
5.^ n." 3. 

No usan lanza y rodela como las demás tribus salvajes, 
sino arco y flechas en cuyo manejo son muy diestros, y algún 
bolo ó cuchillo. Gomo no tienen morada fija, no hacen semen- 
teras, ni cuidan animales domésticos: viven de raices y de 
la caza, y también se dedican á extraer miel, cera y bejuco 
que cambian por arroz, y otros efectos de los cristianos cuyos 
dialectos entienden. 

Hay entre ellos muy pocas señales de religión, y solamente 
observan algunas prácticas que indican la creencia en ciertos 
espíritus. Sus diversiones se reducen á una acompasada danza 
ejecutada en círculo, y golpeando el suelo con los pies al 
son de monótonas canciones. Sus matrimonios, cuyos ritos 
son muy varios según ios países que habitan, son indisolu- 
bles, y no suelen practicar la poligamia. Tienen mucho res- 
peto á los muertos, y cercan sus sepulturas, avisando á las 
tribus inmediatas para que no las profanen inconscientemente. 
Son tímidos y de carácter apacible, pero se muestran recelo- 
sos con los indios cristianos que suelen maltratarlos. No ha- 
cen muertes por capricho, y por adquirir nota de valientes. 
Son amantes de su independencia hasta el punto de que nunca 
ha sido posible reducirlos á la vida social y política: y si por 
la violencia se les quiere conquistar, se defienden y vengan 
robando y destrozando los sembrados de los cristianos, ó asal- 
tando de noche sus pueblos. Las condiciones de su carácter 
son, al parecer de muchos, mejores que las de los Igorrotes, 
y demás tribus de origen malayo que habitan los bosques de 
estas islas. 



r.SOS Y COSTUMBRES 



Negritos de la cordillera oriental al N. de Luzon, 
* llamados Dumagas. 

Hé aquí como los describe el P. Yillaverde á la pág. 14 
de su Informe publicado en el «Correo Sino-anamita» (Ma- 
nila 1879). 

«Poco es lo que puedo decir acerca de esta primitiva raza 
de Filipinas, cuyos individuos son conocidos también con el 
nombre de negritos. Ocupan, ó mejor dicho, recorren toda esta 
cordillera, exceptuando la parte que habitan los ibilaos, sus 
enemigos mortales. Hállanse también aetas en los montes de 
Bataan y de Zambales, y en algunos otros de estas islas. Esta 
raza es muy poco numerosa relativamente á la extensión que 
recorre. A manera de fieras, pasan la vida errantes por los 
bosques, en grupos de algunas familias, unidas entre sí con 
los vínculos del parentesco. Cuando se detienen en algún lugar 
por algunos dias, se cobijan, no en chozas que merezcan esto 
nombre, sino bajo cuatro palitroques, ligeramente cubiertos de 
algunas hojas ó ramas, colocadas de cualquier modo. Este tra- 
bajo es ejecutado por las mujeres solamente, sin que los varo- 
nes se atrevan á tocar ni siquiera un palo, por cierto temor 
supersticioso de que les venga la muerte ó algún otro mal ter- 
rible. Asi también, y por el mismo temor, jamás siembran la 
menor planta de utilidad, ni crian ningún animal ni ave do- 
méstica, manteniéndose solamente de la caza, que es el único 
trabnjo á que se dedican; y cuando en sus expediciones vena- 
torias no pueden coger pieza alguna, se alimentan de raíces ó 
del corazón de algunas plantas. Sus armas únicas son el arco 
y la (lecha, á no ser que se hagan con algún bolo ó cuchillo 
en sus excursiones á los pueblos cristianos; no usan lanza ni 
rodela, como las demás razas. Cuando tienen comunicación 
con estos pueblos, se dedican también á recoger miel, cera, 
bejucos y otros objetos vegetales, que cambian por arroz, ta- 
baco y algunas telas, con que se cubren con más decencia que 
otros infieles. 



66 SEGUNDA PAUTE. ETOI-OHIA 

Son de carácter pacífico y tímido; no causan muertes por 
capricho, ó por adquirir nota de valientes, sino sólo para vei\- 
gar alguna injuria, ó defender sus personas ó territorio de 
gente extraña y enemiga; existiendo, como es natural, gran 
diferencia entre los más internados é incomunicados, y los que 
tienen frecuente trato con los cristianos, siendo éstos más so- 
ciables, y de hábitos menos duros y agrestes. Son bastante 
dóciles, si se les trata bien, y se amo'iJan fácilmente á tratar 
con los cristianos; y apesar de la vida selvática que llevan, 
más propia de bestias que de seres racionales, se descubre 
en ellos mayor inteligencia que en los individuos infieles de 
la raza malaya; siendo una de las pruebas de esto, que apren- 
den con mucha faci'idad el lenguaje de los malayos, sin que 
éstos puedan entender el de los negritos, que es por cierto muy 
diferente. 

Sus matrimonios son perpetuos é indisolubles hasta la muer- 
te, á diferencia de otras razas, que se casan y descasan cuando 
quieren y como quieren. Es muy singular el modo que tienen 
de realizar el contrato del matrimonio. Preparada gran abun- 
dancia de caza por el joven pretendiente, reunidos los padres, 
parientes, y amigos de los contrayentes, se coloca de pié la 
joven á una distancia de unos cincuenta metros, teniendo de- 
bajo del brazo un bulto esférico, hecho de hojas de palmas. 
Entonces el varón le dispara una flecha embotada. Si acierta 
á dar en di( ¡lo bulto, pasando por él la flecha, sin tocar á la 
mujer, quedan unidos en perpetuo matrimonio; pero, en caso 
contrario, quedan imposibilitados para contraerlo. IMas es tan 
certero el tiro de estos negritos, que, según me han dicho, 
sucede muy rara vez no den en el blanco; y por lo tanto, 
apenas se da el caso de no llevarse adelante el matrimonio 
convenido. 

Mucho se ha dicho sobre sí entre estos negritos existen 
ó no creencias acerca de alguna divinidad, y de la inmorta- 
lidad del alma; pero, por mas que algunos se empeñen apa- 
sionadamente en uegarlas, hay pruebas muy fundadas de que 




NEGRITOS 



I sos Y COSTUMBRES 



realmente tienen conocimientos sobre estas importantísimas 
cuestiones de la religión; si bien sus ideas en este punto, 
como en otros muchos, son obscuras é imperfectas, y se ha- 
llan mezcladas con gravísimos errores. En primer lugar seim- 
pre que matan alguna res, cortan un pedacito de ella, antes 
de venderla ó comerla, tirándolo hacia el cielo, y diciendo 
en alta voz: «Esto también para tí.» Lo segundo, se abstie- 
nen escrupulosamente de muchísimas cosas y de ocupaciones 
muy útiles y de gran conveniencia, por temor de la muerte 
ó de otros males terribles. Lo tercero, cuando muere alguno, 
abandonan á toda prisa el lugar de! finado, después de ha- 
ber cubierto ligeramente el cadáver, y colocado obstáculos 
en todas las avenidas que dan al sitio del difunto, para que 
no se acerquen animales; fijando también ciertos signos para 
que no entre persona alguna en aquel recinto. Tienen por 
muy sagrado dicho lugar, castigando con la muerte á todo el 
que tenga la osadía de traspasar el entredicho. Con el fin de 
evitar este castigo, y para que nadie se acerque, dan aviso á 
los demás de los grupos inmediatos, y á veces á los mismos 
tribunales de los pueblos cristianos. ¿Qué significa esta cere- 
monia singular, y respeto al lugar del difunto? ¿No puede 
inferirse que lo hacen por temor al espíritu salido del cuerpo? 
¿No puede colegirse de todo cuanto hacen, y dejan de hacer, 
que temen y respetan á algún espíritu superior? Yo lo tengo 
por indudable; ya por lo que acabo de exponer, ya por otras 
vanas observancias y supersticiones, que he oido de ellos á per- 
sonas fidedignas, y que omito por no extenderme demasiado.» 

Negritos Balugas. 

Se extienden por toda la cordillera oriental de la provin- 
cia de Nueva-Écija, los montes de Maubán, y otros pueblos 
de layabas, varios puntos de la cordillera de Zúmbales, con- 
finantes con las provincias de la Pampanga y Tarlac. 

El Sr. Jordana á la pag. 51. de su Bosquejo, los describe 

en esta forma. 

9 



fiS SEGUNDA PARTE, ETOLOGIA 



«Sus condiciones morales son variables, pues en tanto que 
unos se presentan sumisos, pacíficos y hospitalarios, son los 
otros sanguinarios y feroces. Los primeros, comunicativos, acu- 
den con frecuencia á los pueblos cristianos á verificar cam- 
bios de cera por telas, sartenes, abalorios de colores, á que 
son muy aficionados, y otros objetos semejantes. No atacan 
generalmente á los cristianos á no tener algún motivo de re- 
sentimiento, más esto no impide que á veces aprovechen la 
ocasión de hacer daño impunemente, como ha sucedido en 
ciertos casos, en que han dado muerte á los náufragos, que 
han tomado tierra en las playas que habitan. Los más cerca- 
nos á los pueblos cristianos y de índole más apacible, se so- 
meten voluntariamente á una especie de esclavitud que sobre 
ellos ejercen algunos indios, á quienes llaman sus amos. Á 
éstos les traen la caza después de haber consumido lo nece- 
sario para su sustento, así como la cera y la miel, les ayudan 
en las faenas agrícolas, les acompañan en la pesca y otros va- 
rios trabajos, siendo mezquinamente recompensados con algu- 
nas telas ú otros objetos de .escaso valor. Como carecen de 
casa, viviendo errantes por la costa y los bosques, aprove- 
chan cualquiera concavidad del terreno ó de las rocas para 
guarecerse de las inclemencias del tiempo. Los hombres se ci- 
ñen desde la niñez en los brazos y piernas unos alambres que 
jamás se quitan, y á falta de ellos emplean cuerdas, de las 
cuales penden algunas conchas ú otros objetos análogos. De 
esto resulta la deformación de la parte oprimida en la cual 
queda una incisión profunda, que á su entender tiene la vir- 
tud de comunicarles fuerza y agilidad. No se les conoce reli- 
gión alguna. Sus enlaces se verifican á capricho, cualquiera 
que sea el grado de parentesco ds los contrayentes, y sin que 
preceda formalidad de ninguna clase. No practican, sin em- 
bargo la poligamia. Los mas salvajes, que habitan en lo más 
recóndito de los bosques, son crueles, indómitos, cobardes y 
sanguinarios, y careciendo de toda virtud, hasta venden sus 
propios hijos, habiéndose dado el caso de trocarlos por un 



usos Y COSTUMBRES íifl 

caban de arroz. Todos tienen una agilidad pasmosa para ca- 
minar por los bosques y trepar á los árboles; conocen admi- 
rablemente los montes, rios y sitios, y cruzando por sende- 
ros, sólo de ellos conocidos, salvan distancias considerables 
en muy corto tiempo. Firmemente adictos á su vida indepen- 
diente, son inútiles todas las tentativas para su reducción. En- 
tre ellos no existe autoridad alguna, y únicamente suelen de- 
mostrar alguna deferencia y respeto á los mas ancianos. ^^ 

Negritos llamados Attas de la cordillera central 
al N. de Luzon. 

Al P. Pedro de Medio, Gura párroco de Maiaueg (Gagayán ), 
debemos la relación de estos negritos, y es como sigue. 

«Los Negritos ó Attas, como aquí se les llama, son de 
ordinario de estatura un poco mas baja que los Indios y los 
Galingas: sus pómulos son más salientes y su color bastante 
mas oscuro, aunque no tanto como los de la raza etiópica. 
Su cabello es ensortijado y lanoso, tanto en hombres como 
en mujeres. Estas tienen por gala el dejarlo crecer en todas 
direcciones alrededor de la cabeza, sin recojerlo ni hacerlo 
tender hacia la espalda, sino en la misma dirección á que 
apunta cuando nace. Gomo es tan ensortijado, nunca aparece 
más largo de una cuarta, aunque muy espeso, resultado for- 
mado á manera de agreste aureola que les da un aspecto muy 
particular. El vestido se reduce á un delantal que se arrollan 
á la cintura, más ó menos sucio de ordinario, y de color lo 
mas chillón posible los pocos días que se conserva nuevo. 

Los varones en tiempo de calores son poco exigentes en 
materia de vestir, pues creen regalar ya mucho á su cuerpo 
adornándole con el simplicísimo bajaque. En tiempo de frios 
se envuelven con un pedazo de condiman, arrollándoselo á 
guisa (le manta, lo que tiene mas bien pretensiones de tra- 
pos, más ó menos sucios. 

En el comer son tan fáciles de contentar como en el ves- 
tir. Las espesuras del bosque les proveen de raices, tubrr- 



70 SEGfN'DA PAIiTK. ETOLOCIA 



culos y hortalizas en caotiíJad suficiente para aplacar los nci;ís 
imperiosos ataques del hambre, y cuando quieren regalarse 
más, se dedican á la caza de venados, cerdos de monte, y 
hasta pájaros que matan con flechas, en cuyo manejo son 
diestros, pues no abandonan el arco desde su niñez. El robo 
también es para ellos un muy socorrido medio de manten- 
ción, por lo que puede muy bien contárseles entre las pía- 
gas que deben temer los agricultores en estos pueblos. 

• Aunque los Calingas deben ser calificados como holga- 
zanes en alto grado, pero brilla con mucha mas intensidad 
este carácter en los Negritos, que pueden considerarse como 
el tipo viviente de la holgazaneria. Hay algunas rancherías 
internadas en dilatados bosques, cuyos habitantes se toman 
la molestia de cultivar alguna sementerilla en las proximida- 
des de algún estero, pero en cantidad tan mezquina, que mas 
bien parece cosa de juego. Maiz es quizá lo único que siem- 
bran, pero hay. otros que no entienden de eso, y á caso sean 
los mas. Una vez abierta cualquier sementerilla, es de rigor 
que al poco tiempo la abandonen. 

Aunque la inclinación dominante en los Negritos, es la 
vagancia por la espesura de los bosques, todavia podemos dis- 
tinguir dos clases de Negritos cuanto á este particular. Unos 
del todo nómadas ó errantes, y otros constituidos en pobla- 
ción, que siempre es un reducido grupo de casas. Tienen es- 
tos pequeños ranchos su gobernadorcillo y diminutos oficia- 
lillos de justicia, los que son elegidos, al menos en los pun- 
tos visitados por el que esto escribe, por el Gobernadorcillo 
del pueblo á cuya jurisdicción pertenece, pero cuidando que 
la designación recaiga en el que de común acuerdo suelen 
traer ellos elegido de antemano. Alguna vez ha sucedido que 
un indio cualquiera, listo y atrevido, que con frecuencia se 
dedica á recorrer sus ranchos y hacer tratos con ellos, ha 
armado caballero á uno de sus devotos negritos. Y ya con 
este nombre es luego reconocido y respetado de los demás. 
Aun esta clase de negritos de que hablamos, suele con mucha 



I sos Y COSTUMBRES 



frecuencia mudar el sitio de sus sementeras y habitaciones ó 
chozas. 

Otros Negritos hay de todo punto errantes por las espe- 
suras del bosque, en número de una ó dos ó pocas mas fa- 
mih'as, y cobijándose por la noche bajo un techo improvisado 
de cañas y yerbas, ó bien únicamente en la copa de algún 
árbol, ó aunque sea á campo raso en tiempo de secas. 

Hay Negritos que se van á vivir en las proximidades de 
algún rancho de pueblos cristianos, con el objeto de ejecu- 
tar en sus casas ó sementeras algún pequeño trabajillo, como 
el de pilar arroz, cuidar de los sembrados, ú otros por el 
estilo. Mas esto sólo es temporalmente, y cuando tienen nece- 
sidad de maiz, que es en lo que suelen pagarles los cristianos 
su trabajo, ó también con alguna vara de condiman, ú otro 
género de tela de colorin, mas de escaso valor. Tampoco se 
desdeñan de recibir como pago, algo de vinarayang, que 
sobremanera les gusta. 

En sitios donde el terreno se presta, es frecuente que es- 
cojan los puntos mas elevados para construir en ellos sus 
pequeñas viviendas, que al año sin falta quedan deshabitadas 
por la inveteradísima costumbre de estos infieles de no estar 
fijos en ningún paraje. 

Por lo que toca á las costumbres é inclinaciones de los 
Negritos, no es fácil averiguar otras mayores intimidades, por 
andar de continuo errantes, sin que nadie sea testigo de sus 
acciones mas que ellos mismos. Puede asegurarse que por lo 
general son menos dados al asesinato que los infieles llamados 
Calingas, y de costumbres menos feroces, asi como también son 
mas cobardes y fáciles de amansar; aunque en lo reducirse á 
poblado y hacerse cristianos son tan duros de cabeza como 
pueden serlo los Calingas, si es que no lo son todavia más. 

Hay entre ellos alguno que otro asesinato, siempre á trai- 
ción, y sería posible hubiese más de lo que se supone por 
la particularidad de no saberse lo que harán en sus soleda- 
des. Tienen como los Calingas la feroz costumbre de aban- 



HEOUNnA PAUTE. .ETOLOr.IA 



donar los enfermos de peste, como la viruela y el cólera- 
morbo. Así es que con facilidad pueden ios cristianos, cuando 
en sus ranchos se introduce la viruela, hacerse con algún 
chiquillo negrito de los abandonados vivos por sus padres 
salvajes, pero en realidad pocos son los que lo hacen, por- 
que de ordinario suelen hallarse muy internadas y alejadísimas 
de la población cristiana dichas rancherías. Los enfermos de 
otras enfermedades ignoramos como serán cuidados, pero cual- 
quier cosa no buena puede suponerse de estos infelices. 

Su religión ofrece poca materia sobre que hablar, y aun 
no falta quien dude de que tengan alguna. Supersticiones ais- 
ladas y vanas observancias tienen, mas no se sabe que adoren 
divinidad alguna. Por su roce con los cristianos hay muchos 
que creen que hay un Dios, pero sin rendirle culto. Si se les 
habla de hacerse cristianos, suelen contestar cbn frecuencia 
que entonces ya no habría quien buscase la cera que sirve 
en las iglesias, creyendo al parecer que ellos son los únicos 
de quienes semejante artículo procede. También es para ellos 
muy socorrida la respuesta de que quieren seguir con las 
costumbres de sus mayores. Si se les pregunta á donde váii 
á parar las almas de sus semejantes después de la muerte, 
dicen que al bosque, donde se figuran que andan vagueando 
como ellos, por la espesura de las selvas. 

En el caso raro de que haya alguno que quiera hacerse 
cristiano, es sobre toda ponderación difícil hacerle aprender 
lo más necesario y rudimental de la doctrina, á causa de lo 
escaso de su inteligencia, que es de lo ínfimo de cuantas ra- 
zas existen en el país. 

Es bastante frecuente que los cristianos compren algún 
niño á sus padres negritos, los que crían sin darles la menor 
educación, teniéndolos como verdaderos esclavos toda su vida, 
si no es que ya adultos se escapan al monte, aunque estén 
bautizados en su niñez, como no es raro que suceda. 

Por lo demás, si bien de esta raza no son de temerse en 
los pueblos cristianos los homicidio? que á cada paso come- 



usos Y COSTUMBRES 73 



ten los de las varias rancherías de infieles, son empero tam- 
bién bastante dañinos en general, sin ofrecer apenas ventaja 
alguna por su grandísima holgazanería, consistiendo el mal 
que hacen, en robos frecuentísimos de frutos y animales, que 
á mansalva pueden hacer, por lo acostumbrados que se hallan 
á las espesuras del bosque, cuyos andurriales conocen como 
si palmo á palmo lo tuvieran medido.» 

Negritos de Camarines Norte. 

El R. P. Fr. Ensebio G. Platero, Cura párroco de Polangui 
(Albay), nos da noticias detalladas de estos negritos en una 
relación que es del tenor siguiente. 

«El verdadero negrito, pequeño, de pelo fuerte y crespo, 
de cuerpo rechoncho, con barba y vello en el pecho los hom- 
bres, y muy cubierto de vello el pubis en ambos sexos, muy 
desarrollada musculatura, cabeza redonda y pequeña, y muy 
prominentes las posaderas por la costumbre de andar cor- 
riendo por los montes, de agujereada nariz por la ternilla y 
agujereadas las orejas, es el que puebla los montes de Cama- 
rines Norte en número aproximado de ochocientos á mil: se 
corren por Ragay á los montes de Pasacao, Macabobos y Pan- 
taon, y van á unirse por Pulangui con los negritos de este 
pueblo, Iraga, Bulú, y montes del partido de Tabaco. 

Los llamados negritos de las estribaciones del Isaróg en 
Baáo, pueblos de Lagonoy y Sironca, ya son de raza mezclada 
por cruces entre los cimarrones y las mujeres negritas, ha- 
biendo producido unos morenos más altos, pero más débiles 
que los negritos, lampiños, y de pelo poco rizado. Mas como 
viven casi como los negritos, siempre errantes, y tienen más 
afinidad de raza con ellos, y usan el mismo idioma, mezcla de 
tagalo y bicol con uso de voces que me parecen bárbaras, hay 
que decir de unos y otros lo mismo. 

Son dóciles, haraganes, necios, despiden de sí un olor 
nauseabundo que recuerda al del macho cabrío, no edifican 
mas casa que una choza con palos delgados y altos como unas 



SEGT'NDV PARTE. ETOLOOIA 



dos varas y media que clavan á cuatro ángulos, los revisten 
á los lados y por e! techo de ramaje de palma, y á la altura 
de unos dos pies colocan el piso de palitroques delgados y 
algo separados; no cultivan el campo, ni hacen mas siembras 
que algún camote, se dedican á la caza de venado, puerco de 
monte, y monos, con su única arma, la flecha, que manejan 
con destreza; no crían otro animal que el perro, al que no 
mantienen mas que con los intestinos de las piezas de caza, 
cortezas de camote asado, y algún coco crudo; así que están 
flacos y miserables, pero son grandes corredores y no cesan 
de ladrar, quizás estimulados por el hambre. 

Viven desnudos los hombres, ya anden por el monte ó ba- 
jen á poblado, lo que raras veces hace el negrito de pura 
raza, y frecuentemente el mestizo de la parte del Isaróg, el 
que también anda desnudo por el monte, pero al bajar al 
llano vá vestido, como el cimarrón; el varón no lleva otra 
prenda de ropa que una cuerda atada fuertemente á la cin- 
tura, pende de ella por delante un vendolete de tela ordina- 
ria, ancha como cuatro ó cinco dedos, la que pasan por la 
entrepierna para mal encubrir los órganos sexuales, y atan el 
extremo de esa faja ó venda por detrás de la cintura. Las 
mujeres usan una especie de delantal circular con que cubren 
el vientre y nalgas. 

No usan ropas de abrigo, y en sus casas cuando duermen, 
se acuestan sobre el piso de palos ó cañas, sin petate ni estera; 
y para que los cínifes no los atormenten, ni el frió de la noche 
los dañe, mantienen fuego constantemente debajo de la casa, 
por lo que materialmente se tuestan, y tienen toda la piel 
llena de escoriaciones escamosas muy repugnantes, y están 
llenos de animalejos parásitos. 

Cuando la falta de caza les produce hambre, se presentan 
á beneficiar abacá, ó ayudar á la cosecha del arroz, y traba- 
jan por la comida en los abacales, por algunos manojos de 
arroz recien cortado en las sementeras: pasan dos y tres dias 
casi sin comer, y vuelvan otra vez á trabajar. 



usos Y COSTUMBRES 



Aunque tienen para entre sí el idioma particular ya dicho, 
en el trato con los pueblos se acomodan á su idioma, así que 
no es fácil estudiar su dialecto. 

Son de tan pocas luces, y tan incapaces que no cuentan mas 
que liasta diez, y eso ayudándose despacio de la tlexion de 
los dedos de la mano: usan las palabras correspondientes á 
la idea de Dios, alma, vida futura y otras, porque las copian 
de las gentes del pueblo con quienes se rozan, pero á esas 
palabras no corresponde en ellos idea alguna; asi que las em- 
plean con ninguna oportunidad, y dan notable incoherencia 
a su conversación. 

Al nacer sus hijos, la madre suele parir sola; y sin avisar 
ni aun á su compañero, hace esta operación junto á un ar- 
royuelo ó manantial donde se baña con su cria, evacuándole 
allí el cordón umbilical que corta con los dientes, y dentro 
del baño se arranca materialmente ella misma las secundinas, y 
vuelve á su casa como si nada hubiese ocurrido. A los pocos 
dias de nacido el negrito, ya acompaña á su madre en sus ex- 
cursiones; la madre se cr'uza una como banda de tela sucia, la 
anuda por el hombro pasando la mitad por el sobaco opuesto, 
y en la espalda coloca allí metido como en un morral al ne- 
grillo, quien depone allí las materias fecales que corren á lo 
largo del cuerpo de la madre, sin que esta se cuide de lim- 
piarse, ni limpiar el trapajo que guarda tanta suciedad: cuan- 
do el negrillo llora, ó la madre tiene necesidad de evacuar 
sus pechos grandes, caidos, de tejidos blandos y grasicntos, 
sin parar ni dejar de correr, hace girar la banderola hasta 
colocar lo de atrás adelante, se afianza el negrillo al pezón, y 
cuando se satisface vuelve á correrse la banderola para que 
el negrillo quede á la espalda. 

A estos hijos les dan el nombre del sitio ó planta á cuya 
proximidad nacieron, de algún ave ó insecto; pero cuando de 
ocho ó diez años en adelante van con los padres al llano, y 
han de comunicar con los pueblos, entonces les ponen un nom- 
bre de cristiano. 

10 



SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 

Para los casamientos hay pocos trámites y ceremonias; los 
padres ajustan el número de flechas y arcos, y cuchillos de 
trabajo, — en bicol siindang — , que han de dar en dote; los 
hacen ó se los proporcionan, los dan en dote á los padres de 
la desposada, y recibidos estos objetos, hacen como que escon- 
den á la novia, mandan al novio buscarla, y encontrada por 
61, la trae en brazos ó al hombro, y queda hecho el matri- 
monio, que mas fácilmente también y con trámites mas ex- 
peditivos se deshace. 

Suele tener el negrito mas de una compañera á un tiempo, 
pero una es la verdadera esposa; la otra ú otras son tenidas 
como esclavas, y suelen ser las que quedaron sin compañero 
por muerte de éste, y las parientas que fueron repudiadas y 
no han contraído nuevo enlace. 

Lo mas serio entre estos es el entierro de sus cadáveres: 
cuando ocurre una defunción, se avisan unos á otros, acuden 
los de las cercanías, y llevan las piezas de caza que hicieron 
en el camino, y llegados donde está el cadáver, que colocan 
en una corteza gruesa de cierto árbol, y arrancan entera, 
lo envuelven en ella, cierran las extremidades con una mezcla 
de tierra y brea, con cuya operación queda herméticamente 
cerrado el cadáver, y aguanta insepulto muchos dias: llega- 
dos al punto donde está el cadáver, celebran sus comilonas 
y se emborrachan con tuba: agotados los recursos proceden 
al enterramiento, que hacen en fosa vertical, colocando al 
muerto de pié; cubren con tierra el agujero que practicaron 
debajo de la casita, queman esta encima, y se dispersa la 
tribu. 

No tienen guerras, ni luchan entre sí, ni con los del pue- 
blo; algunas veces los mestizos de las cercanías del Isaróg son 
perseguidos por los cimarrones; entonces se defienden, pero 
débilmente y á traición. 

Negritos en Isla de Negros. 

Los datos concernientes á estos negritos lo debemos á la 



t:sos y costumbres 



amabilidad del P. Fr. Cipriano Navarro, religioso Recoleto, 
cuya relación es como sigue. 

«Al N. de la isla, y en la parte del Oriente, existen va- 
rias tribus de Negritos que vagan errantes por los montes de 
dicho territorio, de piel negra y de cabello crespo, y de 
cuerpo muy raquítico. 

Keligion. Puede afirmarse que ninguna tienen: únicamente 
en el contrato matrimonial usan de una formalidad muy ori- 
ginal por cierto. 

El novio pretendiente se presenta á hora determinada, 
donde ella y sus padres se encuentran, no en vivienda, por- 
que carecen de ella, y por lo regular es debajo de un árbol. 
Habiendo comido lo que hayan tenido, se levanta la novia y 
echa á correr por el bosque, y el novio vá en pos de ella; si 
consigue cogerla, suya es, y el matrimonio queda efectuado. 
Con estos requisitos puede el novio tener las mujeres que 
quiera. — En dicho país al que se muere no lo entierran; los 
animales del bosque tienen derecho á devorarlo. 

Estos desgraciados seres humanos gustan de cosechar sin 
sembrar; cuando los cristianos tienen en sazón el palay y 
demás frutos, caen por la noche sobre las sementeras, y ro- 
ban cuanto pueden. 

No tienen lugar ni hogar doméstico; corren de dia por los 
bosques, y donde les coge la noche duermen recostados (por 
lo regularj en los árboles. Carecen de todo trato con sus se- 
mejantes, y únicamente consiguen los cristianos alguna cor- 
respondencia con ellos en tiempo de la cosecha de la cera; 
y según el informe de los cristianos, son muy mentirosos y 
desleales en sus contratos. 

Yo de mí sé decir que he visto un negrito, que lo traté per- 
fectamente bien de palabra y de hecho, quien en vista de esto 
prometió visitarme, pero después de esta entrevista, ya no le 
vi más el pelo. Únicamente se pcode sacar algún partido de 
esta raza, cuando tanto los hombres como las mujeres sou 
de corta edad, según dos casos que se rae han ofrecido en 



'9. SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



el Ministerio, y que por ellos tal vez se pueda sacar una con- 
secuencia honrosa y favorable hacia esta raza tan degene- 
rada; y que, como uno de ellos precisamente indica, en 
la juventud poseen sentimientos nobles, y muy generosos, y 
honrosos en extremo. 

Es el primero la existencia de un negrito cristiano llamado 
Joaquin, quien bautizado siendo párvulo, estuvo al servicio de 
un matrimonio español en la provincia de Cebú, bajo cuyo 
dominio paternal vivió más de 20 años, sirviendo á sus amos 
con fidelidad y cariño; mas luego que su amo murió, trasladó 
su domicilio á los bosques de Escalante, habitando siempre 
en las faldas del cerro solitario llamado Pinac, situado al in- 
terior del río Danao, y viste (según se dice) pantalón y ca- 
misa de manta, y lleva al cuello un rosario de cuentas de 
cristal. Y apropósito de dijes, estos igorrotes no usan adornos 
de abalorios y alambre al estilo de la Paragua. 

Con intento y eficacia, y poniendo en juego todos los me- 
dios imaginarios, procuré ver y tratar con el expresado Joa- 
quin, pero todos ellos fueron infructuosos. De todo lo que se 
deduce, que esta raza no hace paces, ni se casa con el lucero 
del alba. La amistad en los de su raza, la entablan sangrán- 
dose los brazos, y chupándose mutuamente uno la sangre del 
otro, y á esta amistad dan el nombre de Sangdogó, recibiendo 
la etimología de la palabra dogo, bisaya, que en español sig- 
nifica sangre. 

El segundo caso es de una negrita párvula, de unos cua- 
tro ó cinco años de edad, á la que puse por nombre Cie- 
menlina; y apadrinada por una familia española de algún ran- 
go, vivia en compañía de sus padrinos alegre y contenta. 
Esta noble y religiosa familia marchó después de algún tiempo 
á la Península, y habiendo pasado algunos años en Cádiz, 
murió en dicha ciudad la señora; y tan inmensa fué la pena 
y dolor de la referida negrita, que á los seis dias falleció de 
sentimiento. 

Las armas que usa esta raza se reducen á la flecha. 



usos Y COSTUMBRES 70 



Cuenta la tradición de esta raza, que navegando S. Fran- 
cisco Javier por el canal de Cebú, arribó y fondeó en el río 
de Jilubaán (hoy Calatrava), donde existían millares de estos 
negritos; y que los encontró tan hostiles y tan opuestos á 
abrazar nuestra religión, que el Santo arrebatado en santo celo, 
les tiró el Cristo á la cara, y que esta maldición del Santo 
dio por resultado el que se dispersara en tribus errantes, y 
que hasta hoy no hayan podido levantar pueblo, barrio ó 
ranchería estable y permanente. 

Cuando padecen necesidad, dan sus hijos menores ó pár- 
vulos en cambio de artículos para la vida, ó de algún uten- 
silio ó herramienta como bolo, hacha etc. etc., con cuyo co- 
mercio los cristianos hacen un negocio redondo, pues luego 
vuelven á vender estas criaturas á los españoles á un gran 
precio.» 



"-%^^"^^^^r* 










INFIELES DE LA RAZA INDONESIANA 



J^. ^^ lENDO muy varios los ritos y cosíunabres de las dife- 
p(^ r^% rentes tribus infieles que á la r¿íza indonesiana per- 
X "^^ tenecen, nos limitamos á dar una idea de lo que se 
\ ^ refiere á cada una de ellas en particular. Al efecto 
1 aprovechamos las noticias que de estas gentes nos dan 
los PP. Misioneros de la Compañía de Jesús que las evange- 
lizan en Mindanao, donde exclusivamente habitan, tomadas 
de diferentes relación 3s y cartas de los mismos á sus Supe- 
riores, y estractadas por un Padre de la misma Compañía. 

Sámales. 

Los Sámales, ó sean los naturales de la isla de Sámal, si- 
tuada en el seno de Dávao hacia el N., y en frente de la 
cabecera, llegan apenas á mil habitantes, repartidos en siete 
grupos, ó rancherías. En cada una de ellas hay un capitán, 
ó anciano, á quien todos obedecen, siendo el de la ranchería 
de Casulucan como el Datto, ó Superior de toda la isla, aun- 
que mas bien es nominal que efectivo. 

Son altos, fornidos, de buena musculatura, trabajadores, y 
menos fieros que algunas tribus vecinas del Mindauao, con 
quienes conservan inmemorial animosidad. 



usos V COSTUMBRES .S I 



Su ordinaria ocupación es la de hacer pequeñas barquillas 
muy bastas de los troncos de los árboles abiertos á lo largo 
y excavados.. Extraen también la sal por evaporación del agua 
del mar, hecha legía y puesta en ollas: recojen el balate y 
el camote en abundancia del que se alimentan ordinariamente, 
pues el palay apenas se da en su terreno, generalmente muy 
seco y falto de lluvia. 

En cuanto á religión, pocos indicios dan de ella, prac- 
ticando solamente algunas ceremonias supersticiosas que han 
visto entre los moros. Desde que conocen á los cristianos se 
han procurado una especie de pandita, con que remedan nues- 
tras procesiones, y el uso do candelas encendidas, para dar 
culto, según dicen ellos, al dios de la isla. 

En una islita madrepórica cerca de la costa tienen un ce- 
menterio dispuesto en la cavidad de una pequeña gruta. Sobre 
unos soportales de palma brava, consérvanse hasta que el 
tiempo las corrompe las cajas mortuorias, hechas de dos mi- 
tades de tronco de árbol excavado, que atadas con fuertes 
bejucos, guardan los restos mortales. Cada año, acabada la 
cosecha, van los Sámales á visitar estos sepulcros, dejando en 
ellos las ofrendas de sus frutos. 

Bagobos. 

Los Bagol)Os habitan en las faldas del volcan Apo en nú- 
mero de unas 12.000 almas, repartidos en tantas rancherías 
como ríos bañan estos frondosos bosques, que son muchos. 
Son de ref^ular estatura, siendo muy raro encontrar un bagobo 
cojo, tuerto, manco ó mal formado, pues cuando nace un 
niño con algún defecto físico notable, no le dejan vivir. Los 
Bagobos son trabajadores, y aunque amigos de tenor esclavos, 
ordinariamente los quieren para sacrificarlos. En sus guerras 
usan la lanza, campilan, flecha y algunos ya tienen armas de 
fuego. Gonoralmente matan á traición, su política y gobierno 
suele informarlo el principal ó Dato de la ranchería respecto 
de los suyos. Arreglan sus cuestiones conforme á las tradicio- 



82 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



nes que conservan de sus antepasados y á sus creencias supers- 
ticiosas, apoyándose muchas veces en el derecho de la fuerza. 
Son muy rebeldes á la redención y al Bautismo, .por no dejar 
los sacrificios humanos que tienen muy en uso. Los Bago- 
bos no fabrican ídolos. Creen que tienen dos almas, de las 
cuales la una dicen que va al cielo y la otra al iníieruo. 
Adoran y sacrifican al demonio, para que les deje vivir, pues 
la muerte, enfermedades y otros accidentes desagradables de 
la vida, dicen que vienen de él. Entre otras supersticiones 
creen que no se puede subir al volcan sino se hace antes un 
sacrificio humano á Mandarangan que según ellos tiene allí su 
asiento y que necesita beber sangre humana. Mandarangan 
tiene también mujeres y es el primer demonio, y el volcan le 
pertenece como boca ó camino del infierno. En los sacrificios 
pronuncian estas palabras: Solo dini Mandarangan, gui- 
numan diponoc ini manobo, que en su idioma quiere decir: 
come Mandarangan, y bebe la sangre de este hombre. 

Creen ademas los Bagobos en otros demonios á quienes 
llaman Calambusan, Camalay, Tagamaling, Siring, Abac, etc. 
admiten también una divinidad que reside en tres sujetos ó 
personas, que llaman Tiguiama, Manama y Todlay, las cua- 
les están en el cielo como tres hermanos. En Tiguiama di- 
cen que reside el gran poder; Manama es el que conserva, 
premia y castiga, y Todlay dicen que preside los casamien- 
tos, en los cuales le ofrecen buyo y morisqueta. Creen ade- 
mas en Todlibon, siempre virgen, que dicen está en el cielo 
y es esposa de Todlay. Dicen que Tagadium y Lumabat su- 
bieron al cielo en vida con un enjambre de abejas blancas, 
que encontraron yendo á paseo. Entonces dicen que se en- 
grandeció el mundo, que Dios había hecho primero peque- 
ño. El canto del limócon es para ellos la voz de Dios, que 
les advierte los peligros que esperan. Cuando canta á la de- 
recha, es de buen agüero, y siguen caminando sin miedo; 
pero si canta á la izquierda, no se atreven á pasar adelante. 
Por lo dicho se ve que los bagobos de esta Misión de Dávao 



fSOS Y COSTÜMBRKS 



tienen alguna idea de Dios y de la Trinidad, que ellos dis- 
tinguen con los nombres de Tiguiama, Manania y Todlay. Tam- 
bién parece que Todlibon se refiere á la Virgen Santísima, 
y que bajo formas más ó menos adulteradas conservan en el 
fondo algunas otras nociones de la primitiva Religión. 

Tagacaolos. 

Los Tagacaolos son tantos en número como los Bagobos 
y capaces también de instrucción, como la generalidad de los 
indios. Son mas f¿íciles de reducir porque no son tan bárba- 
ros ni están tan pegados á sus supersticiones. En sus nacimien- 
tos, y casamientos no tienen ceremonia particular. Los viu- 
dos de esta raza no pueden volver á casarse sin haber ma- 
tado antes ó satisfecho una regalar cantidad. Por esto se dan 
frecuentes guerras entre ellos, y se dice que los viudos son 
los más valientes, porque no vuelven á casa sin matar an- 
tes para salir de su viudedad. 

Los Tagacaolos viven en Malalag y como si fuesen cosa 
primi capieiitis^ sin respeto alguno se les esclaviza fácilmente 
sin que pueda impedirlo la autoridad del distrito cuya ac- 
ción no llega al interior de las selvas. Moros, Galaganes y Cu- 
lámanes se ocupan de ordinario en estas ilícitas compras y 
ventas, y en su defecto los mismos Tagacaolos del monte se 
compran y venden unos á otros. Esto hace que vivan en con- 
tinua zozobra y como á salto de mata,, fabricando su» vivien- 
das en alto, como palomares ó en medio de inaccesibles es- 
cabrosidades. No siempre es operación fácil la caza de escla- 
vos. Valiéndose de engailos y sorpresas suelen coger fácilmente 
á los viejas, mujeres y niños, matando antes á los que pue- 
den hacer resistencia, como acostumbran, teniendo lugar á 
veces unas escenas muy trágicas y desgarradoras. Por lo di- 
cho se ve que los Tagacaolos necesitan mucha protección, pues 
es su raza no inferior á las demás; y en general son mu- 
cho más blancos que los Manobos, Bagobos y Bilanes, mas 
aun<iue seaa muchos en número, pues sólo en Malalag, Ma- 



R'i SEOÜNDA PARTE. ETOLOOTA 



lita y Lais se cuentan 7.*¿80 almas, sin embargo como viven 
desparramados y se aman tan poco entre sí, que á veces aun 
los mismos parientes ^e venden unos á otros, resulta que 
vienen á ser considerados por los moros 6 infieles de otras 
razas como el árbol caido del cual todos hacen leña. Sin em- 
bargo Moros, Manobos y Bagobos respetan á los Tagacaolos de 
Malalag, como si los 186 nuevos cristianos que hay allí fue- 
ran otros tantos soldados. Todas estas razas tienen su pro- 
pio idioma y respecto á su disposición física y moral, en 
general se puede decir de ellos lo que de las otras razas de 
Filipinas de condiciones mas favorables. 

Gruíangas. 

Son estos indios tanto en tipo como en costumbres muy 
parecidos á los Bagobos. 

Tagabauas. 

Son una especie de mestizos de Bagobo, iManobo y Taga- 
caolo; pues tienen mezcla de sus costumbres, y si en algo se 
diferencian, es en ser mas miserables y sobre esto, muy pocos 
en número. 

Manobos. 

Los Manuba, según los naturales ó Manobos como lo in- 
dica su nombre, son gente que vive junto á los ríos. Habitan 
en la cuenca del Agúsan, comprendida desde Butiian hasta 
Gandía ú Oloagúsan, origen ó cabeza del Agúsan. Es una de 
las razas más numerosas de. la isla; raza fiera y veleidosa, 
fácil de reducir, difícil de conservar; suspicaz con los suyos 
y sospechosa al propio tiempo para los otros: de ordinario 
forma sus casas en las copas de los árboles -cercanos á los 
ríos. Su religión es muy parecida á la de los Mandayas, de 
la cual mas abajo daremos una larga relación. Aunque no 
viven errantes como los Mamánuas, con todo cambian ordi- 
nariamente todos los años el lugar de su vivienda,- para.for- 



usos Y COSTUMDRES 85 



mar nuevas sementeras; por cuya razón carecen de estabili- 
dad y asiento, por carecer del atractivo de una propiedad 
arraigada y estable. Cuando muere alguno de los de su casa 
dentro de ella, la abandonan por el mero hecho de la defun- 
ción; y si es estraño el difunto, exijen á su familia el va- 
lor de la casa desalojada. Yiveii de ordinario en rancherías, 
cuyo jefe ó bagani sigue con ellos un sistema patriarcal ó de 
familia. Parecen como divididos en dos tipos; el primero está 
caracterizado por una talla elevada, con una conformación 
casi atlética, frente ancha y despejada; nariz aguileña lige- 
ramente encorvada, cabellera algo rizada y barba poblada, 
siendo el color de su piel bastante claro. El segundo tipo 
tiene la piel muy oscura y una talla mucho menor que la 
anterior, su nariz es recta, y más corta. Estos dos tipos ex- 
tremos, que son harto frecuentes; se combinan, en la mayor 
parte de los individuos, para formar un tipo medio, que pre- 
senta caracteres más sobresalientes entre los Manobos de Dávao 
que en los del Agúsan. Sus vestidos, adornos, armas etc. 
son muy parecidos á los de los Manda yas, á excepción de 
las sartas de abalorios, pues entre los Manobos son aprecia- 
dos los de color negro, y despreciados entre los Mandayas, 
optando por los de color á escepcion del verde y amarillo. 

Viven también los Manobos, aunque en número muy in- 
ferior, al N. de la bahía de Malálag en el cabo de san Agus- 
tín y entre las razas pertenecientes al distrito de Cottabato. 

Mandayas. 

Los Mandayas son una raza noble, pacífica, obsequiosa, 
díjcil, sumisa y sufrida; muchos tienen la barba poblada cuyos 
pelos se arrancan con pinzas ó con los dedos; tienen la nariz 
Jarga y aun aguileña. Su color moreno, y algunas veces blanco, 
hasta rubio. Déjanse crecer el cabello como mujeres. Su en- 
tendimiento es claro y despejado por lo general en los niños. 
Son hospitalarios y amigos del trato social. Se gobiernan por 
Gobernadorcillo, principales, tenientes, jueces y alguaciles. El 



86 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



que más se ha distinguido en la ranchería por su influencia, 
suele ser el Harihari (reyezuelo) ó el Tigulang (anciano); á 
quien obedecen todos y van á consultar, inclusos el Gober- 
nadorcillo y principales; él es quien declara la guerra á los 
demás. En su ranchería él es quien pide satisfacción de los 
ultrajes: y él por Gn es quien falla en última apelación, des- 
pués de oido el parecer de los principales, los pleitos de sus 
subordinados. El principal suele ser señor de un determinado 
número de sácopes de su ranchería. 

Por lo general, aspiran los parientes á vivir siempre reu- 
nidos, y esta es la razón por la cual conservan tan arraigadas 
sus tradiciones. Tienen sus códigos legal y penal tradicional, 
del cual no les es lícito separarse; sucediendo lo mismo con 
sus creencias y ritos religiosos. Respecto á estos últimos, su 
apego á ellos es tal, que creen van á morir si los abandonan, 
y se hacen cristianos. 

Reina en ellos la idolatría, la poligamia y la esclavitud. 
Su diuata ó manaug consiste en un pedazo de la madera 
desbastada del bayog reservada exclusivamente para este uso, 
pintado con la savia de la narra, y á modo de figura hu- 
mana hasta el pecho. En vez de ojos le colocan la encarnada 
fruta del magubajay. El manaug varón se distingue del ma- 
naug hembra por la supresión de la peineta. A sostener su 
culto se dedican con esmero, movidos del interés que de ello 
reportan, las bailanes ó sacerdotisas. 

Las funciones religiosas se dividen en sacrificios y en fun- 
ciones puramente ceremoniales. Los sacrificios pueden ser hu- 
manos ó de simples animales. Los sacrificios humanos existen 
solamente entre los que no pertenecen á nuestra Misión, y 
los baganis: estos últimos acostumbran cuando quieren ensa- 
ñarse en alguna víctima especialmente si es cristiana, abrir 
un hoyo, meter dentro al que han de sacrificar, de modo que 
quede enterrado solamente hasta la cintura, y después de ha- 
ber bailado á su alrededor todos los de la ranchería, van á 
clavar en su cuerpo la lanza ó el balarao^ presentándose aU 



tSOS Y COSTüMUnES 87 



gunas veces durante el banquete, como plato escogido, las 
entrañas crudas del hombre sacrificado. 

Tan repugnantes escenas no se presencian sino algunas 
veces entre aquellos bárbaros; lo más ordinario son los sacri- 
ficios de animales; pero antes de describirlos, haremos notar 
que los Mandayas creen en dos principios buenos, que son 
Mansilatan y Badla, padre é hijo, y en dos principios malos 
Pundaugnon y Malimbog, marido y mujer. El Busao entre 
ellos, no es más que una virtud que se desprende de Man- 
silatan, y se participa á los baganis para comunicarles valor: 
cuando uno sufre dolor de cabeza cree se le mitigará, si in- 
voca á JMansilatan y á Badla; lo mismo sucede cuando preten- 
den alejar las otras enfermedades, en especial la epilepsia y 
la parálisis: entonces obsequian las bailanes á los principios 
buenos, hiriendo á los ídolos de los principios malos, mien- 
tras cantan, bailando y estremeciéndose á la vez, los siguientes 
versos: Minosad si Mansilatan. Bajará del cielo Mansilatan; 
Opiid si Badla nga magadayao niangdiinia: Luego Badla 
arreglará la tierra. 

El primer sacrificio y más solemne para ellos es el Bililic. 
Para celebrarlo se reúnen diez ó doce bailanes ó más según el 
esplendor que se pretende dar á la fiesta, y habiéndose levan- 
tado de antemano el altarcillo del diuata en frente de la casa del 
que paga el gasto de la función sale el dueño de ella con un 
gran cerdo, y se lo presenta á las bailanes delante de un nu- 
meroso concurso de 100 ó 200 invitados á la función. Colocado 
el cerdo en el altar, lo rodean al instante las bailanes rica- 
mente vestidas, luego dos mandayas tocan con el guimbao 
(tamboril], las piezas consagradas á los diuatas, cuyo compás 
van siguiendo las bailanes con los pies y bailando alrededor del 
altar, cantando juntamente el Miminsad. Tiemblan estreme- 
ciéndose de pies á cabeza, é inclinándose de un lado á otro, 
van describiendo con sus evoluciones varios semicírculos; le- 
vantan su mano derecha al sol ó á la luna, según sea de dia ó 
Uc noche rogando á la intención del que ha hecho celebrar 



88 SKfiTNnA PART E. ETOI.OfilA 



aquel Balilic: inmediatamente l)aila la principal separándose 
de las demás, hiere con sa balarao (especie de puñalito) al 
cerdo colocado sobre el altar, y es la primera que participa 
del sacrificio aplicando su boca á la herida, chupa y bebe la 
sangre del animal vivo aún, y en pos de ella siguen las de- 
mas haciendo lo mismo. Si dicha operación llega á provocar 
nauseas á alguna de ellas, ya es mala bailan. Luego vuelven 
ú su lugar, repiten el baile, tiemblan y eructan, se sientan 
Juego, hablan con Mansilatan que dicen les ha bajado del cielo 
para inspirarles lo que luego inmediatamente profetizan, y 
suele ser el anuncio de una buena cosecha, ó la curación de 
alguna enfermedad ó algún triunfo sobre los enemigos. Así 
concluye el Balilic: se limpia el cerdo, se ofrece partera! ídolo, 
y se corona la función con una borrachera. 

Otro sacrificio es el Talibong. Para celebrarlo levantan cua- 
tro altares en forma de rectángulo cuyas esquinas se adornan 
con flores, colocando en medio de estos cuatro altares, una caña 
gruesa de tres brazas de largo con sus hojas. Inaugurada la fun- 
ción al son del guimbao ó tamboril salen tres ó cuatro bailanes 
bien vestidas, quienes organizan un baile al rededor de dichos 
altares. Al cabo de cuatro ó cinco vueltas se sientan á la vez, 
tiembhin, eructan prolongadamente, siguiéndose luego un si- 
lencio sepulcral, en cuyo tiempo fingen el descenso de Mansi- 
latan y su conversación con ellas. Entonces se les infunde el 
espíritu profético al que adoran luego, y le ofrece cada cual 
su pollo asado y partido, juntamente con algunos camarones, 
los cuales mezclan con buyo hecho con tabaco, cal, fruta y hoja: 
después de esta ofrenda repiten su baile siéntanse, tiemblan, 
eructan como antes, escuchan á su dios, anunciando la buena 
cosecha, la curación de la enfermedad, el buen viaje, y luego 
sigue la acción de gracias en el festín y la borrachera de cos- 
tumbre. El Pagcayan lo celebran de esta manera, cogen lo que 
ellos llaman bobo (insirumento de pescar) y cubriéndolo con 
hojas de árboles, meten dentro de él siete buyos ya prepara- 
dos, un vaso de tuba y siete cangrejos: colocado en medio de 



usos Y nOSTüM 89 



la casa lo dejan así por el espacio de tres días y tres noches, 
Ea la madrugada del cuarto dia, al despertar, principian to- 
dos con grande algazara y gritería á destrozarlo con los sun- 
danes, echando los restos á puntapiés fuera de casa. Con esto 
piensan impedir los males que les amagan, en especial la en- 
fermedad de la epilepsia. 

Para celebrar el Cayag se reúne la gente con gran gritería 
á eso de las diez de la mañana, y plantan una caña gruesa y 
verde, y cuelgan de ella un grueso racimo de bonga. Inmedia- 
tamente aparecen tres bailanes con su pollo cada una, llevando 
la principal el balarao en la mano, cantan, bailan y tiemblan 
como de costumbre, ofrecen luego los tres pollos al sol con 
puñados de arroz, que esparcen al aire, y la que trae el ba- 
larao se arrima á la caña, y destroza con dicha arma la fruta 
tierna de la bonga, mientras tanto las otras, retuercen el pes- 
cuezo de los pollos, chupan su sangre, los pelan, y después 
de asados, ofrecen una partecilla á su dios, y lo restante se 
lo comen, bebiendo tuba hasta la embriaguez. 

Creen ademas, y ejercitan por medio de sus bailanes, la 
palraomancia y la palomancia; en la primera miden sus armas 
blancas, cuales son el sundan, balarao y lanza: si al medir 
sobra del palmo, es buena señal, pero si falta, es mal agüero; 
en la segunda miden por un número determinado de oscilacio- 
nes; si sobran, buena señal, si faltan, mal éxito se aguarda. 
Creen además en la dirección del humo que despiden las en- 
trañas de las víctimas, cuando no hace viento, y el Pagtalí, 
que consiste en un palo, del cual pende un hilo, en cuya extre- 
midad, atan un pequeño tizón de fuego, y según el movimiento 
que tome perpendicular ó paralelo al sujeto que lo lia hecho 
girar en forma de círculo, la empresa ha de ser favorable ói 
desgraciada. 

En cuanto á los agüeros del Limocon; especie de paloma, 
silvestre, estas son sus creencias: si el Limocon canta en frente 
del sujeto, por el lado derecho, debe prepararse muy bien, 
para que pueda defenderse de sus enemigos: si por el lada 



90 SEGUNDA PARTE. ETOLOCrlA 



derecho de la espalda enfermará pronto; si por la parte anterior 
del pecho, retroceda al instante porque es inminente el peligro; 
si canta cuando se halla el sujeto al umbral de la puerta de al- 
guna casa, va á morderle algún animal dañino: si estando de- 
bajo del tejado canta el Limocon, huya, pues el peligro es 
inmediato; si canta estando el sujeto entre dos árboles, los 
enemigos le preparan una emboscada. Cuando por el camino 
encuentran algún animal muerto, retroceden inmediatamente 
para evitar la muerte. Y en todos estos casos de mal agüero 
del Limocon, vuelven al lugar de su salida, para estampar la 
planta del pié derecho sobre la ceniza, á fin de que en ella 
queden sepultados para siempre los males que les amenazan. 

Guando sobreviene algún eclipse de sol ó luna, creen que 
una taníntula ó culebra lo va á comer, y para impedirlo, á fin 
de que no se perpetúe la oscuridad, hieren los árboles con ca- 
ñas; ó bien con gran gritería hombres, mujeres y niños, co- 
gen y disparan flechas al animal, y animan al sol ó á la luna 
con estas palabras: Pagcatato7t cay ampo: abuelo^ déjate 
per. Cuando hay temblor, creen que junto al tronco de la 
tierra se ha reclinado un gran cerdo que llaman Baybiilan, el 
cual con su movimiento hace estremecer la tierra. Entonces se- 
agacha todo el mundo al suelo; y con repetidas voces preten- 
den apaciguar al Baybulan y reducirle á la quietud. Otros creens 
que hay un caimán escondido en el centro de la tierra y que 
al desperezarse la sacude. 

En las rancherías mas supersticiosas, frente de cada casa, 
se halla un altar con su ídolo lleno de ofrendas. Entierran sus 
rauertos dentro del bosque en los agujeros de las peñas, donde 
depositan el cadáver. Junto á él entierran sus armas y escudo con 
una olla de morisqueta, para que tenga con que defenderse y 
de que comer durante el viaje. Los Manobos construyen nueva 
casa cuando ha muerto alguno en la antigua. Y si hay epide- 
mia, abandonan la ranchería, y van á situarse en otro lugar. 

Dentro de sus casas y á una altura proporcionada colocan 
á su ídolo bajo dosel colorado, rodeado con fruta de la bonga 



usos Y COSTUMBRES 



y pendiente de su cuello una bolsita llena de arroz, todos los 
días al anochecer, mientras se prepara la cena, suele tocarse al 
diuata, y una bailan bien vestida acompañada de sus discípulos 
salen para dar tres ó cuatro vueltas alrededor de la sala, can- 
tando en el entretanto estas oraciones: «Situados entre el bien 
y el mal, rogamos al libertador á que baje del cielo en este 
gran dia, para nuestro bien». Luego se sientan, estremecen y 
eructan prolongadamente, repitiendo la misma función hasta 
que la cena esté del todo preparada. 

Durante sus veladas de la noche cuentan los padres á sus 
hijos varias anécdotas curiosas acerca del Asuang (hechicera) 
del Tagamaling (gigante), del Gucu (enano), y de los dichos 
de las viejas. 

El Mandaya tiene la costumbre de no vestir á sus hijos va- 
rones hasta la edad en que pueden ya ayudarle en el trabajo. 
Las niñas suelen vestirlas antes ó al llegar al uso de la razón. 
Sus nombres adquiridos á la edad de cuatro años, son ó algún 
apodo ó el nombre trocado de algún Santo cristiano: v. g. Osto 
por Fausto, Talion por Pantaleon, Gol-las por Nicolás etc. Los 
hombres visten una especie de zaragüelles, y una camisita que 
les llega hasta la cintura, abierta por delante del pecho. Las 
mujeres visten el ajábol por saya, y la camisa como los hombres. 
Ambos se adornan con abalorios, manillas en los brazos, y to- 
billos, cascabeles, patenas, etc» Las bailanes se distinguen por 
su jubón encarnado. Cuando visten de gala, se adornan la cin- 
tura con cascabeles, muelas de cerdo, caimán y hazecillosde hier- 
bas olorosas: el cuello y el pecho con sartas de abalorios, collar 
de oro, patenas de plata fabricadas y labradas por ellos mismos. 
Adornan el pecho, las manos y pies, con gruesos anillos de 
alambre y de taclobos de cierta clase que llaman damas, y cierta 
planta negra, que se cria también en el mar, llamada sagay- 
say. Cuando salen de viaje van armados de sus lanzas, sun- 
danes, balaraos, y escudos: y en sus casas suelea tener ademas, 
arco y flechas para defenderse de los famosos baganis, asesinos 
de profesión. 

Í2 



^"^ SKaiJXDA PARTE. ETOLOniA 



Los Biíganis se distinguen en su vestido según el núnaero 
de sus asesinatos. Los que han cometido de cinco á diez muertos, 
llevan en la cabeza pañuelo encarnado; los que de diez á veinte, 
pañuelo y camisa colorada, los que de veinte en adelante, pa- 
ñuelo, camisa y pantalón encarnado. Luego que han consu- 
mado su crimen, cortan un mechón de cabellos de la víctima 
para engalonar el borde de su escudo, y cuentan el número 
de mechones. Usan coraza de tres dobles de bejuco partido, 
con que defienden su pecho y espaldas; cuando son persegui- 
dos, entorpecen el paso de sus enemigos clavando en el suelo 
puntas de caña de diversas longitudes, y preparan en forma 
de lazos unas flechas dentro de arcos ocultamente disimulados. 
Colocan sus casas en puntos estratégicos y casi inaccesibles, 
en lo más alto de las colinas y en las copas dé los árboles. 
Acometen por lo general á la madrugada, pero antes se cer- 
cioran de la probabilidad ó certeza que puedan tener del buen 
éxito de su empresa. Preparan celadas en lugares de espesos 
y altos matorrales junto al camino, y cuando no pueden saciar 
su venganza en el enemigo, blanco de sus iras, la sacian ver- 
tiendo la sangre de sus inmediatos ó próximos parientes, ó 
la de sus amigos ó individuos que encuentran de su ranchería. 
Entre los baganis se encuentran algunos antropófagos, los 
cuales arrancan las entrañas palpitantes de la víctima, y se 
las comen juntamente con carne de cerdo y pollos con camote 
ó morisqueta simplemente. Muy cebados deben de estar los 
baganis para que corra riesgo la vida del P. Misionero. Con 
todo no han dejado de pensar alguna vez en hacer tapa de sus 
carnes, pero nunca lo han traducido en obras. 

Casi todas las muertes entre los Mandayas traen origen de 
las deudas ó de las mujeres. El marido debe antes comprar su 
mujer á los padres de ella sirviéndoles en primer lugar por 
espacio de cuatro ó seis años, de donde se origina la costumbre 
semejante á la de los cristianos de estos países, y que tanto 
persiguen los PP. Misioneros, de trabajar y vivir los novios en 
casa de los padres de la novia. Si el esposo es de los que 



rsos Y cosTU.\rBREs 93 



Jkiman dacunglao (hombre respetable), entrega por la mujer 
hasta seis esclavos siendo uno el número de la compra. Eq 
caso de no poder pagar, cede su persona y la de sus futuros 
hijos. Los hijos, nietos, etc. del esclavo pertenecen al dueño 
como la fruta del árbol. Ademas de los esclavos regala el 
pretendiente de cuando en cuando cerdos, tuba, arroz, pla- 
tos, bolos y lanzas á los padres de la pretendida. El varón 
que rompe los esponsales, pierde por el mero hecho todo lo 
entregado; la mujer que los rescinde, debe volver lo que han 
recibido sus padres, y ademas entregar un esclavo en sustitu- 
ción de su persona. El casamiento entre los Mandayas, se ve- 
rifica entregándose el esposo á la esposa, y vice-versa un pu- 
ñado de morisqueta, en señal de que se han de sustentar mu- 
tuamente. Este se verifica en todas las mujeres que toman. 
Si los padres que han vendido á la mujer mueren, el hermano 
mayor como heredero le sustituye en sus derechos. El hijo ma- 
yor siempre cuida de los haberes de sus hermanos menores, 
durante su minoria. 

El manda ya no reconoce la moneda, y si admite la plata, es 
para fabricar las patenas y otros objetos de lujo, con que adornan 
á sí y embellecen sus armas. En vez de moneda se acostumbra 
entre ellos la permuta de los objetos. Un esclavo vale 15, 20, ó 
30 pesos, conforme la edad y robustez del individuo. Creen que 
es un deber vengar las injurias, aunque sea con muerte del in- 
juriador; pero antes apelan siempre al juicio y fallo de un juez 
de paz. La venganza suele durar por el espacio de varias ge- 
neraciones. El mandaya que murmura gravemente de otro y 
llamado á juicio no alega pruebas convincentes, incurre en la 
multa de 15 pesos; el que hiere levemente á otro, paga 5 pe- 
sos, y ha de entregar el instrumento. Si la herida es grave 15 
pesos y el instrumento. Sí muere el herido, el agresor ha de 
entregar tres esclavos; si es persona notable seis esclavos. La 
afrenta cuesta 5 pesos; el robo de un peso cuesta al ladrón 
;^»0 pesos y un esclavo, de lo contrario queda el constituido es- 
clavo. El que deflora á una doncella, paga á los padres de ellos 



SEr.T'N'DA PARTE. ETOLOr.IA 



30 pesos y un esclavo ó la vida; el adúltero ha de pagar al 
marido propio 60 pesos y dos esclavos ó la vida. El deudor 
que se niega á pagar lo sentenciado por primera vez, es conde- 
nado á pagar el doble en la segunda; si apesar de esta no paga 
]a deuda, si es que lo valga, lo satisface con la esclavitud ó con 
la vida. Se da plazo ó término por medio de un bejuco par- 
tido, con tantos nudos como pesos ó dias se quiera significar. 
El culpable en un juicio carga con las costas de él. Los legu- 
leyos visayas hacían pagar dos reales por cada juicio, y por 
cada pleito bien terminado 5 pesos. Los Mandayas son muy 
aficionados al buyo y á mascar tabaco, y mezclando este úl- 
timo con el among de la enredadera denominada balanguina, 
componen el limutacan; mezclan también su buyo con el ca- 
ningag, especie de canela basta que abunda mucho en este 
país. Con el among se ennegrecen los dientes como el azabache: 
ésta es la única pintura con que se adornan los Manobos, pintan 
ademas sus pechos, espaldas, brazos y piernas. 

Bilanes. 

Viven de ordinario en las cercanías de la laguna de Bu- 
luan y en los montes situados entre dicha laguna y los del 
seno de Sarangani. Es la raza mas explotada de los demás 
y la más degradada en lo físico de todas ellas, á excepción de 
los Mamánuas. 

Viven muy retrahidos y temerosos; pero son de un carác- 
ter muy dócil y amable, por cuya razón su reducción sería 
sumamente fácil á quien lo intentare. 

Existen también Bilanes en dos de las islas de Sarangani, 
los cuales mantienen buenas relaciones con los demás de su 
raza y con los Manobos que habitan en la costa de Culáman. 
Su amistad es buscada por las razas mas influyentes de Minda- 
nao, ya sea por su proverbial valor personal, ya porque tie- 
nen continuo trato y comunicación con los cristianos y con los 
chinos de Dávao y Cotta-bato, no menos que con los bar- 
cos balleneros y otros buques extranjeros, que con más ó mé- 



USOS Y COSTUMBRES í^ñ 



nos frecuencia recalan en dichas islas, y con los cuales hacen 
su tráfico de armas de fuego, que venden á los Culáraanes y 
éstos á su vez á los moros del Río-grande: alíanse ademas 
con los moros de Sarangani para piratear contra los Tagabe- 
lies. Entre las dos islas de Bálud y Tumánao exisliríin unos 
1.500 bilanes. 

Tagabelies. 

Son una raza que vive en la parte occidental de la laguna 
de Buluan, entre Cotta-bato y el Río-grande. Es raza indómita y 
belicosa, enemiga de los Moros, Tirurayes y Manobos, que vi- 
ven á su rededor. 

Usan flechas envenenadas, cuyo tósigo confeccionan de un 
modo análogo á los indígenas del Orinoco para su veneno lla- 
mado Ciirarí. 

Fácilmente se prestarían á la vida social y cristiana, si 
encontrasen una protección segura contra los Moros de la con- 
tra-vertiente de la izquierda del Pulangui, los cuales hacen sus 
correrías y se establecen á veces en su mismo territorio. 

Dulanganes. 

Los Dulanganes viven en los bosques y montes á unas 15 
leguas de Tamontaca. Son muy salvajes y feroces en tanto que 
los mismos moros les llaman gente mala, y no se atreven á 
meterse con ellos. Van completamente desnudos, y para lo más 
indispensable usan cortezas ú hojas de árbol. Su alimento es la 
caza de monos, culebras, jabalíes, y raices, no tienen casa; vi- 
ven en cuevas ó en los troncos de los árboles, y sus armas sue- 
len ser flechas envenenadas. 

Monteses. 

Los monteses del 2." Distrito de Mindanao se dividen en 
dos clases; los unos colindantes con los Manobos de la parte 
del Agusan, participan casi totalmente de su modo de ser ha- 
bitual, social y religioso: éstos ocupan la parte comprendida 



96 SEGüN'D.*. PARTE. ETOLOPrlA 



entre Gingoog y NasipiL Los segundos son los naonteses pro- 
piamente dichos de los montes y valles de Tagoloan. 

Manguangas. 

Esfa raza, como lo indica su nombre, vive de ordinario 
en el bosque en los afluentes de la izquierda del río Salug: es 
raza belicosa y que vive en continuas reyertas con los Manobos 
y Wandayas del Agusan, con los Moros del río Hijo y los Ba- 
gobos del monte Apo. Su carácter es simpático y fácil su re- 
ducción á poder disponer de personal suficiente para realizarla. 
En lo restante son parecidos á la raza Mandaya. 

Atas. 

El nombre de esta raza derivado de la palabra (hataas alto) 
nos indica ser gente que vive en lo más alto ó interior de los 
montes. Residen de ordinario en los que se hallan situados en 
las cercanías occidentales del Apo. Son muy belicosos, en es- 
pecial contra las razas Mora y Bagoba. 

Los Atas ocupan los montes N. O. de Dávao, y sus fron- 
teras por el S. E. llegan hasta los Bagobos, Guiangas, y Manda- 
yas y por el N. O. hasta los Manobos de las vertientes del 
Agusan, hasta los Súbanos de Cagayan y Maguindanao del Pu- 
langi, de los tres Distritos Surigao, Misarais y Cotta-bato y res- 
pectivas misiones de Butuan, Balingasag y Tamoutaca. 

Raza Subana. 

Son los Súbanos una raza degenerada, pero pacífica y su- 
frida. Su religión y su culto se reducen á muy pocas prác- 
ticas: creen tan solo de un modo vago en el diuata, idea 
oscura de Dios, al cual tienen mucho miedo. Los esplotan al- 
gunos que hacen las veces de sacerdotes, pues creen que sus 
palabras son palabras de la divinidad. Tampoco tienen ídolos 
y son sobremanera supersticiosos. 

Antes que muera el enfermo, se reúnen en torno suyo 
sus parientes, y asi que espira, lloran todos con grande gri- 



rSOS Y COSTUMBRES 97 



tería. Uoa vez sosegados limpian el cadáver con sola agua y 
io visten de blanco; y á proporción de su riqueza, envuelven 
la cabeza y ataúd del difunto con más ó menos piezas de coco 
crudo, los parientes todos del difunto contribuyen con algo 
según el cariño que profesan al finado. 

Tienen el cadáver en sus casas por espacio de 24 horas, 
y trascurrido este tiempo lo enlierran cerca de sus moradas ó 
chozas. A los diez dias de la defunción hacen los funerales, 
que más bien deberían llamarse borracheras. Gomen en abun- 
dancia arroz, gallinas, puerco etc. y beben hasta embriagarse 
un líquido formado con arroz fermentado. Al llegar á la casa 
del difunto, dejan los parientes y convidados las armas en 
manos del dueño de la casa, el cual las esconde, sin que nadie 
las toque. 

Castigan con rigor al que comete algún desmán con las 
mujeres. 

Para contraer matrimonio se reúnen en casa del Timoei 
ó Mandarín los pretendientes y parientes; así reunidos les 
señala los derechos que deben pagar por dicho contrato: pa- 
sados unos dias vuelven á juntarse en casa del Timoei, y una 
vez satisfechos los derechos estipulados en la primera asam- 
blea, los entrega íi los parientes de la novia, y con esto que- 
dan ya casados y unidos con el vínculo matrimonial. 

Rige entre estos infelices la poligamia: el hombre que 
quiere otra mujer debe hacer lo siguiente: 1.° pagar los de- 
rechos á los parientes de la mujer que desea tomar. 2." 
edificarla una casita ó choza pajiza. 3." visitarla de tres en 
tres dias: con esto queda autorizado para tener una segunda 
mujer. 

El matrimonio se disuelve entre ellos con devolver la mu- 
jer los derechos que pagó su marido, si se disuelve por culpa 
de ella, y en perderlos ó en no poderlos recobrar, y si se 
rescinde el contrato por culpa del marido. 

Sus castigos se reducen á pagar cierto número de piezas 
de ropa, seguu la falta ó delito. 



98 SEatlXDA PARTE. ETOLOGIA 



Tienen mucho respeto á los ancianos, y en calidad de tales 
son admitidos en sus juntas ó bicharas aunque sean pobres. 

Son extremadamente cobardes, y por esta razón no tienen 
guerras entre sí. 

Hay entre ellos muy buenos mozos, fornidos y de faccio- 
nes muy afables y agraciadas. 

Su traje lo componen un calzón estrecho ú ancho con ador- 
nos y bordados y una chaqueta moruna, pero algo diferente; 
la chaqueta es común á los hombres y á las mujeres, empero 
éstas no la llevan tan abrochada como los hombres y sus man- 
gas son estrechas: en vez de pantalones usan las mujeres pa ■ 
tadiones cortos y estrechos, que son una pieza de ropa tejida 
por ellos con el filamento del coco y arrollada en su cuerpo 
del abdomen á la rodilla. x\o usan calzado alguno. Añaden 
como ornato de sus vestidos sartas de abalorios y manojos de 
cascabeles. 

No tienen otro apero de labranza que una especie de ha- 
cha con un mango de madera tosco y grueso, ademas el bolo 
ó machete, que es su apero principal. 

Sus enseres de cocina son una olla ahumada y sucia y al- 
gún carajay ó sartén. 

Conservan el arroz en unos tambobos ó canastos grandes, 
fabricados con cortezas de árboles, con las cuales tejen tam- 
bién sus salacots ó sombreros. 

Son de poca capacidad intelectual; también son pedigüe- 
ños, envidiosos, y sucios; pero afables y de buena condición. 



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INFIELES DE LA RAZA MALAYA 

■ <?€g*®^SI» 






^¿'^ M UNQUE hay notable diferencia en los usos y costum- 
pri ^í bres de las diferentes tribus de infieles de la raza 
n "Sjrf^ Malaya, todas cpn poca diferencia convienen entre 
I sí en su modo de vivir, que si bien no siempre puede 
llamarse enteramente salvaje, tampoco merece el nombre 
de racional y civilizado; porque, ademas de ser sus costum- 
bres sumamente groseras, rudas y contrarias á la recta razón, 
les es hasta desconocida toda subordinación propiamente tal á 
ningún jefe ó superior, no pudiendo, en consecuencia, ser di- 
rigidos á un bien común. Viven, pues, sin formar verdadera 
sociedad, agrupados en rancherías por lo común reducidas, sin 
otro vínculo de unión que los lazos del parentesco, la identi- 
dad de lenguaje, de usos y de costumbres. Por lo demás, entre -r 
las de diversas comarcas, barracas ó montañas, suele inter- ^ 
ponerse un abismo de enemistades, odios y guerras intermi- 
nables, las cuales se suscitan también con frecuencia entre las 
familias de una misma ranchería. 

Para mayor comodidad de los lectores, las reducimos á 
varios grupos según las montañas y países que habitan. 

Forman pues el primer grupo las que habitan la cordi- 

l'cra central y Caraballos occidentales de Luzon, y son los 

!3 



i 00 iíPtUnda parte, etologia 



Igorrotes, los Burik, los Busaos, ios Tinguianes, los Itetapa- 
aiies, los Guiíiaanes, los Apayaos, y los Adángtas, en los 
límites de ambos llocos, distritos de Bontoc, Benguet y Le- 
panto, y de las provincias del Abra, Union, y Pangasinan. 
Comprende el segundo grupo las que pueblan las vertientes 
orientales de la misma cordillera, que caen á las provincias de 
Nueva-Vizcaya, Isabela y Cagayaii, á saber: los Calingas, los 
Aripas, los Calauas, los Gaddanes é Ifugaos. El tercer grupo 
lo componen las tribus salvajes que ocupan las montañas del 
Caraballo Sur que forman límite con la provincia de Nueva- 
Écija, y se extienden por el Caraballo de Baler hasta Casi- 
guran en el distrito político-militar del Príncipe: tales son 
los Ibilaos é Ilongotes, los Catalanganes y los írayas. El cuarto 
grupo la de los cimarrones que viven en el Isarog de Ca- 
marines al Sur, é islas Catanduanes. El quinto el de los 
Búquiles y Manguianes en la isla de Mindoro. Forman el 
sexto grupo los infieles de la Paragua é islas Calamianes, lla- 
mados Tagbauúas, Tandolanos, Tinicianos y Bulalacaunos. El 
séptimo grupo es de los Isinayes, Allabanes y Catatanguis en 
la isla de Panay. Finalmente el octavo grupo lo forman los 
infieles de Joló y Mindanao, denominados Moros, Kalaganes, 
Sanguíles, Kalibuganes, Sámales-Laut, y Yacanes. 

Desentendiéndonos de los habitantes de las islas Marianas 
y Carolinas que no pertenecen á nuestro propósito, ponemos 
en último lugar los pueblos cristianos repartidos en todas las 
islas, que reservamos para la 2/ sección de esta segunda 
parte. 

PRIMER GRUPO. 
Igorrotes. 

El nombre de igorrote es en Filipinas sinónimo de in- 
fiel, con el cual se designa cualquiera de las razas é indivi- 
duos, bien sean salvajes, ó bien sean reducidos, que no han 
abrazado la Religión cristiana; ó que después de bautizados se 



usos Y COSTUMBRES 



han remontado, y hecho cimarrones. No obstante esta acep- 
ción general de la palabra igorrote, tiene otra mas determi- 
nada con la que se designa las tribus infieles de este nombro, 
de las que ahora tratamos. 

Entre estas mismas tribus hay grande variedad; porque 
aunque todas las que se conocen con el nombre de Igorrotes 
en el sentido determinado de esta palabra, tienen unos mismos 
caracteres físicos, unas mismas creencias, y un mismo idioma, 
las costumbres son distintas en los que viven en el llano y 
los que viven en los montes. Así se observa que los igorrotes 
de los montes siguen usos y prácticas no conocidas de los que 
habitan las llanuras, y que el cariícter pacífico de éstos, mu- 
chos de los cuales están ya reducidos, y son tributarios del 
Gobierno, contrasta notablemente con la fiereza indomable de 
los primeros. 

Como juzgamos digno de especial atención el estudio de 
este pueblo, cuyas costumbres salvajes y supersticiosas tan mal 
se compadecen con el adelanto relativo de sus industrias, y 
con la laboriosidad de su carácter, creemos oportuno trascri- 
bir íntegra la parte del Informe del dominico P. Vi lia verde 
ya nombrado, relativa á los usos y costumbres de estas gen- 
tes, cuyo interesante relato, que proporciona noticias curiosí- 
simas á los etnólogos, es como sigue. 

Ocupaciones de los igorrotes del Quiangan y comarcas 

limítrofes. 

«Ya llevo indicado, que los igorrotes viven sin formar so- 
ciedad digna de este nombre, agrupados en rancherías, ge- 
neralmente reducidas; si bien en las montafías menos ásperas 
donde se dedican al cultivo del arroz, suelen ser bastante ex- 
tensas, hallándose ademas algunas otras muy numerosas en 
lo más grueso de la cordillera, según he oido á personas fide- 
dignas que las han visto. En el Quiangan, que es una do las 
barrancas algo espaciosas y suaves, llegan algunas á noventa 



102 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



Ó cien casas, otras tienen de treinta á setenta, y otras menos. 
Las casas siguen todas el mismo modelo arquitectónico, nada 
bello en verdad, pero que tiene la disposición y solidez su- 
ficiente para impedir que entren en ellas las rachas de agua 
y de viento. Son cuadradas, de cerca de tres metros por cada 
lado; están sostenidas por cuatro tocones, de un metro de 
altura ó poco más, que sin estar apenas metidos en tierra 
sostienen firme la casa, apesar de la fuerza de los vientos. 
La mayor parte son de tabla tosca; las hay también de caña, 
pero con el piso de tabla. 

Los igorrotes del Quiangan y otras comarcas vecinas so 
dedican con preferencia al cultivo del arroz, donde quiera que 
el terreno lo permite, es decir, siempre que pueda llegar á 
él el agua de algún manantial. Como el terreno nunca ó casi 
nunca es llano, suplen esta falta formando en él varios esca- 
lones más ó menos altos, llamados pilápileSy todo con el fin 
de hacer algunas superficies un poco llanas, en donde pueda 
sembrarse arroz y conservarse constantemente el agua, según 
lo exige esta planta gramínea. Lo siembran precisamente por el 
mes de Enero ó Febrero, ó sea cuando, ha cesado ya la época 
de las aguas, porque, según parece, y por su especial calidad, 
muy bueno en sí y de grano muy grande, no da resultados, 
sembrando cuando lo hacen los cristianos del valle; de suerte 
que dejan pasar las lluvias abundantes, y aprovechan solamente 
el agua de los altos manantiales, conducida á las sementeras con 
mucho trabajo y no poco artificio, hijo de la necesidad. Por 
esta causa pierden sus cosechas ó recogen muy poco en los años 
de sequía, sin contar que la plaga de ratones muy grandes, que 
existe en los montes, se las merma muchísimo, á pesar de las 
exquisitas precauciones que toman para extirparlos. 

Volviendo á los pilápiles, que son el único medio de ha- 
cer regable y anegadizo el terreno inclinado de los montes, 
no es fácil comprender el trabajo que suponen. En las incli- 
naciones más suaves son de tierra á manera de ribazos, cuya 
altura varía desde medio metro hasta metro y medio. Cuando 



usos Y COSTUMnr.ES 10o 



el terreno permite esta clase de piidpiles, lo cual sucede ra- 
ras veces, se considera magnífico y de fácil trabajo. Lo más 
ordinario es que exija püdpiles formados de piedra, á manera 
de diques algo inclinados li icia arriba, debiendo ser tanto más 
elevados y frecuentes, cuanto mayor sea el declive de la mon- 
taña. Llegan á veces á más de cuatro metros de altura, aunque 
en el Quiangan no los he visto tan altos; lo que sí pude obser- 
var muy bien, es que en muchas partes es mayor su altura que 
lo ancho del espacio comprendido entre unos y otros. Y no 
se detienen los igorrotes ante trabajos tan colosales para ellos; 
lo malo es que ya no encuentran terrenos semejantes con 
agua más arriba, si no comprándolos á precios fabulosos, por 
estar todo ocupado y ser de propiedad particular, la cual nunca 
se pierde, aunque los terrenos queden incultos durante mu- 
chas generaciones. 

Los igorrotes jamás hacen uso del arado al cultivar las 
tierras; todo lo ejecutan á fuerza de brazos con unas largas 
palas de madera. Estas faenas tan duras comienzan en el 
Quiangan por Setiembre, y terminan por Enero y Febrero, que 
es la época de la siembra, sin contar que antes se ocupan 
en despejar el terreno de la fuerte maleza que crece en los 
cuatro meses que descansa, y que, después de sembrado el 
arroz, tienen que estar limpiíndolo conlinuamente hasta de las 
menores yerbecitas, que de lo contrario servirían de madri- 
guera á los ratones. ¡Cuan caro les cuesta el poco arroz que 
comen! Y después de emplear en ello la mayor parte del año, 
no les basta para el mantenimiento, supliendo esta falta con 
préstamos horrorosamente usurarios. 

Los más pobres y los de rancherías de otros montes muy 
ásperos sólo se mantienen de camote; pero en cambio es sin 
comparación menor su trabajo, que lo hacen ordinariamente 
las mujeres. El camote que se da en todas partes, aun en 
montanas sumamente fragosas, es también el recurso de los 
holgazanes. Éstos son á la vez los que suelen robar el arroz 
de los graneros ágenos; y los cuadrúpedos y aves domésticas 



i04 SIíPtUNDA PARTB. ETOLOrTl». 

que crían los demás con gran cuidado, son la gente mala dv¡ 
país, como dicen los igorrotes. Yo me admiro como éstos pu- 
diendo mantenerse tan fácilmente del camote, gabe, ó maiz, 
se dedican á trabajos tan duros y pesados por un poco de 
arroz. Entre sus costumbres más que bárbaras y vicios gro- 
seros resalta el hábito del trabajo, siendo cosa vergonzosa entre 
ellos no comer arroz; y el que lo tiene se cree rebajado, si 
planta camote. 

Artefactos y relaciones industriales entre estos igorrotes. 

Existen entre ellos herreros que saben templar el hierro 
y labrarlo; hacen sus hachas especiales, muy toscas, pero que 
les sirven al mismo tiempo de azuela y escoplo; bolos ó cam- 
pilanes muy cortantes, que se embotan fácilmente por no te- 
ner acero; y finalmente, lanzas con unas navajitas para se- 
gar el arroz. Las gansas (1) tan del uso de los igorrotes, 
así como las mejores lanzas, creo se fabrican en una ran- 
chería muy numerosa del llamado valle de Japao al N. del 
Quiangan. Ademas de la gansa también suelen usar una es- 
pecie de flauta de caña, que tocan con las narices. Del al- 
godón que recogen, hacen las mujeres ciertas telas gruesas 
y estrechas, de que forman sus toneletes ó pampanillas, y una 
especie de chaleco, ó chaqueta sin mangas, que usan en el 
invierno. Los igorrotes que comen con cuchara, á diferencia 
de los naturales del llano, que lo hacen con los dedos, las 
fabrican á veces con ciertas labores y varios relieves en el 
mango, formando á menudo figuras muy obscenas: asimismo 
esculpen groseramente los ídolos de sus falsas divinidades. 

Para sus faenas de sementera tienen en uso y costumbre 
reunirse en grupos de seis, diez y aun veinte individuos, 
todos parientes ó amigos, que un dia trabajan para uno, y 
otro dia para otro; proveyendo de comida á todos aquel para 



(1) La gansa es un instrumenlo músico, que usan los igorrotes, parecido 
tina pandercla ó paudorO; líoclio onliuariauíente de hierro (N dd E ) 



usos Y COSTUMBRES 105 



quien trabajan. Los más pudientes buscan jornaleros =í cuenta 
(le gallinas, pollos ó de arroz, estando la comida á cargo del 
que los cDnduce. Del mismo modo se sirven de cambios, 
como los indicados, en sus escasas compras, ventas y domas 
tratos indispensables á la vida. No quiero omitir que los i^-or- 
rotes del Quiangan compran hasta la leña, por ser de pro- 
piedad particular todos los bosquecillos cercanos. Con ocasión 
de sui casamientos, defunciones y por otros varios motivos, 
tienen frecuentes reuniones y convites en que comen carne 
de pollos y gallinas, cerdos y carabaos (1) viejos procedentes 
de los pueblos (^j, con el acompañamiento indispensable de la 
embriaguez, causada por una bebida que usan, hecha de agua 
y arroz algo cocido y fermentado; bebida repugnante, por- 
que causa una embriaguez rabiosa, origen de muchísimas des- 
gracias. 

Nobles y plebeyos. 

Ya tengo indicado al principio que los igorrotes viven sin 
rey ni roque, como suele decirse; ninguna carga soportan, 
á nadie pagan tributo, siendo cada uno rey absoluto de su 
casa y persona. Y aunque esta independencia individual sea 
una de las principales causas de su mísero y casi anárquico 
estado, es lo cierto que existe entre ellos como una de sus pa- 
siones más dominantes. Mas, aunque asi sea, hay también en- 
tre los mismos á su modo cierta clase de nobleza que envuelve 
en sí mayor ó menor prestigio y autoridad moral sobre los 
tenidos por plebeyos. Fúndase en el poder de las riquezas, 
recibiendo mayor realce, si el rico ha adquirido la nota de 
valiente matando, y cortando cabezas; y no importa que es- 
tas muertes las haya ejecutado á traición; pues esta fealdad y 
bajeza, que tanto repugna al corazón noble y levantado de las 



(1) Búfalos .lo Filipinas (N del E ) 

(2) Las cuadrillas de rateros de los pueblos cristianos, se dedican al abi- 
gealo de cslos animales, parle di^ los cuales venden á los ifrorroles á bajos 
precios. (N. del E ) 



100 SRñUXDA PARTE. ETOLOGIA 



sociedades civilizadas, no se conoce en los igorrotes; antes 
muy al contrario, tienen costumbre de acometer siempre por 
las espaldas, no haciéndolo de frente, si no cuando á ello se 
ven obligados. 

Digo, pues, que los igorrotes pueden subir de la clase de 
plebeyos á la de nobles, adquiriendo riquezas y haciendo os- 
tentación de ellas ante los demás, en la forma siguiente: el 
candidato para noble anuncia de antemano su intento u los 
de su ranchería y aun á los de las inmediatas, y al punto sa- 
len todos con gran contento y entusiasmo, por las comilonas 
que esperan. Se dirigen á bosques muy lejanos, y escogiendo 
el árbol más corpulento y de buena madera, forman de su 
tronco una figura ridicula, que semeja un gran cuadrúpedo, 
tendido hacia arriba, y con las extremidades cortadas. Con- 
forme van labrando este signo de nobleza, van matando y co- 
miendo cerdos y carabaos^ que paga el futuro noble con gran- 
des muestras de generosidad. Concluido el artefacto, le dejan 
en el bosque, y se vuelve la gente á las rancherías con grande 
júbilo, comiendo carne de cerdo, ó de carabao, siempre que 
hacen alto; todo á costa del que trata de hacerse noble. Ter- 
minadas las faenas del campo, vuelven de la misma manera 
al bosque, para llevar á la ranchería el signo anteriormente 
labrado, que llaman tagabi; y entonces es cuando el candi- 
dato echa la casa por la ventana, como suele decirse, con 
el fin de adquirir nota de espléndido ante sus futuros inferio- 
res. Después de comer hasta el exceso, y de ejecutar mil ce- 
remonias ridiculas, cargan sobre los hombros el tagabi, y co- 
mienzan á caminar muy despacio al son de la gansa con grande 
algazara; y para mayor ostentación de riquezas va el futuro 
noble derramando arroz por el camino. Dejan el tagabi en el 
bosque, volviéndose á sus casas hasta el tercero ó cuarto viaje, 
en que llega á la ranchería en medio de un entusiasmo in- 
descriptible. Colocado el tagabi debajo de la casa del noble, 
empieza una nueva comilona mucho mayor que los anteriores, 
en la que se consumen muchos cerdos y carabaos, hasta que 



rSTS y COSTUMBRES 107 



se despide la genle ebria y llena de carne hasta las fauces. 
La nobleza, pues, de estos igorrotes les cuesta cara, gastando 
en adquirirla su hacienda; si bien después vuelve á ellos con 
usuras. Para sostener su prestigio sobre los plebeyos ó po- 
bres, repiten de vez en cuando algún convite, siempre mez- 
clado ó envuelto en supersticiones groseras, sin olvidar la in- 
dispensable embriaguez que es un honor entre ellos. 

Cuando por esta ú otras causas matan algún carabao, es 
horripilante el modo de hacerlo, y es como signe: amarrado 
el animal en frente de la casa del que lo da, dispuestos ios 
convidados, y se entienden por tales todos lo que quieran par- 
ticipar, preparados estos cuchillo en mano, esperan impacien- 
tes que el dueño descargue el primer golpe sobre la cabeza 
de la víctima. Pado éste, arremeten como lobos carnicero», á 
fin de arrancar una buena tajada, que llevan á sus casas. En 
un abrir y cerrar de ojos, desmenuzan el carabao, que, pa- 
taleando V bramando, pasa instantáneamente á manos de sus 
voraces enemigos, en medio de horrible confusión y espantosa 
gritería. Se enfurecen cuando no pueden coger nada; se ar- 
rebatan unos á otros, si pueden, la parte ya tomada; los mas 
osados amedrentan á los mas tíuiidos con el cuchillo, á fin 
de que abandonen la presa; y casi siempre se hieren algunos 
por el afán de comer un poco de carne. Pero es costumbre 
de que el que quede herido se aguante, por que se considera 
la acción involuntaria. Se llevan hasta la suciedad de los in- 
testinos, como cosa que les gusta mucho. La nobleza, asi ad- 
quirida y conservada, dura sólo mientras duren las riquezas, 
(|ue las m.;is veces no pasan ;í sus hijos; bien que ^*stos se 
llaman siempre hijos de nobles, de lo cual se precian mucho. 

Veneración á los ancianos, consideración á las mujeres, y 
respeto ó desconfianza entre ellos. 

Veneran mucho fi los ancianos hasta con temor supersti- 
cioso, según he llegado n comprender; y la causa es, por ser 

estos sus sacerdotes y adivinos, y los intérpretes de sus cos- 

l't 



inS SEOT'NDA PARTE ETOLOniA 



tumbres idolátricas, á que están aferradísimos. Este es el cír- 
culo en que se encierra la autoridad de estos ancianos, sin 
que llegue á tocar, á no ser indirectamente, la independencia 
individual en los usos de la vida. En los casos de invasión de 
enemigos influyen raoralmente, siguiendo los igorrotes á los 
más caracterizados y valientes, guiados en esto más bien por 
espíritu de propia conservación que por respeto y acatamiento. 
Por lo demás, si alguno no quisiere concurrir por temor ú 
otro motivo, nada le resultaría, sino rubor y vergüenza de 
que hacen mucho caso. 

Las mujeres son muy consideradas y respetadas, tanto, que 
en casos de guerra entre familia y familia, ranchería y ran- 
chería, ó entre comarcas, los igorrotes del Quiangan no se 
meten con las mujeres ni con los niños, vengándose única- 
mente en los varones de mayor edad. Están, pues, libres para 
ir donde quieran sin temor alguno. 

Es costumbre entre los igorrotes tener por insoportable 
el menor castigo corporal, y no solamente esto, sino que ape- 
nas pueden sufrir palabras que entre los cristianos pasan casi 
inadvertidas. Y aun en las bromas es sumamente peligroso 
meterse unos con otros, en especial si son extraños ó no em- 
parentados. El igorrote es y se cree un rey absoluto, vengando 
con su inseparable lanza la más leve ofensa, no sólo contra 
su persona, sino también contra su casa y hacienda. En «el 
trato que necesariamente han de tener con los demás son muy 
mirados y recelosos, especialmente con los extraños. No quiere 
decir esto que sean de finos modales, pues son desconocidas 
entre ellos hasta las palabras de saludo, portándose como bes- 
tias mudas, cuando se encuentran; sino que, en su rudeza 
suma, temen comprometerse por cosas que no les importan, 
y porque conocen que, si ellos no saben sufrir, sucede lo mismo 
á sus semejantes. 

Aunque veo soy ya pesado en demasía, mas en mi empeño 
de no omitir nada importante que conduzca al objeto de este 
informe, voy á poner algún ejemplo de casos sucedidos, para 



T'SOS V r.OSTUMBT^KS 100 



que se comprenda lo iracundos que son estos igorrotes, y lo 
poquísimo que saben sufrir de sus semejantes. Acampada una 
expedición militar en una de estas montañas, varios igorrotes 
principales bajaron á presentarse al jefe, llevando algunos re- 
galos. Con esta ocasión ocurrióle á alguno de la expedición 
chancearse con un viejo, tirándole algún tanto de los pocos 
pelos que en la barba tenía. Esto bastó para que se enfure- 
ciese, aun en medio del campamento, y diese el grito de guerra 
á los demás que, como presentados amigablemente, no lleva- 
ban lanzas. Con todo, se armó una gran confusión, acudiendo 
más igorrotes, teniendo que desplegarse las fuerzas v andar á 
tiros hasta que los ahuyentaron; todo, por una broma insigni- 
ficante. Este caso lo oí á personas que lo vieron. 

En otra ocasión, y en una ranchería algo retirada del Quian- 
gan, sus individuos no querían pagar vasallaje, ni asistir á 
algunas obras que se hacían; mandáronse en consecuencia, 
algunos soldados del fuerte para obligarlos á obedecer. Mas, 
al llegar á la ranchería, sólo encontraron un anciano; todos 
los demás habían huido. Ocurrióle á un soldado burlarse de 
ciertas figuras de ídolos, tratando ademas de cogerles alguna 
gallina en castigo de su rebeldía. Entonces el viejo, echando 
fuego por los ojos, trató de clavar el puñal en el pecho del sol- 
dado, sin que le intimidasen los fusiles y las bayonetas. Otros 
casos semejantes podría contar, y referir desgracias ocurridas 
en expediciones por cosillas de esta naturaleza, en especial 
cuando se insulta en lo más mínimo á las mujeres; pero rae 
parece que lo dicho bastará para comprender que no es fácil 
tratar con estos igorrotes, sin conocer á fondo sus instintos 
y carácter, y para entender la razón de que los misioneros 
casi tengamos miedo á que haya en las misiones destacamen- 
tos de tropa, apesar de que, por otra parte, y obrando con 
cordura, podrían fomentar grandemente la reducción de estos 
infieles. 



''^ SEGfXDA PARTE. ETOLOaiA 



Hducacion que dan d sus h'jos. 

Para poner mas en claro lo que acabo de referir sol)re 
la fiereza de carácter de estos igorrotes, conviene señale la 
diferencia que hay entre los que sólo se mantienen de camote 
en las montañas mas ásperas y lejanas, y los que están ha- 
bituados á las trabajosas faenas del cultivo del arroz. Sin em- 
bargo, aun éstos son bien duros de pelar, tratándose de los 
del N. y E. de la cordillera. Los del Sudoeste, aunque sólo 
se dedican á sus huertas de gabe y camote, son mas tí¡ni- 
dos y blandos, según pude observar en los viajes que hice 
por sus montañas. 

Ya desde que nacen, se acostumbran á seguir su volun- 
tad en todo, por la pésima educación que reciben de sus pa- 
dres. Estos, que repugnan como la muerte el más leve do- 
minio de parte de los extraños, se someten como esclavos ai 
capricho é insolencia de sus hijos. Mandan en casa, y si al- 
guna vez no acceden sus padres á sus tonterías y caprichos, 
se ponen á llorar de rabia, y en seguida van los padres á 
acallarlos, haciéndoles mil caricias y concediéndoles por aña- 
didura lo que piden. No los azotan ni castigan, como hacen 
los naturales cristianos. Pero, ¿qué digo azotarlos ó castigar- 
los? El más leve pescozón está en desuso entre los igorrotes, 
y sería muy mal visto y criticado por los demás, si se lle- 
gase á observar alguna vez. A lo más que llegan, las madres 
especialmente, es á darles algún grito, cuando los caprichos 
son demasiado repugnantes y en perjuicio de los intereses 
de la casa. Pero nada adelantan con esto, porque entonces 
lloran con mas fuerza, si son pequeños; y si son grandeci- 
tos, cogen piedras ó lanzas y acometen á sus padres, baciéu- 
doles huir de casa, á donde no vuelven, sí no cuando los ven 
apaciguados y tranquilos. Parece increíble que unos hombres, 
tan duros y crueles para con los extraños, sean tan sensibles 
y cariñosos para con los suyos; sin embargo, así es, y así lo 
acredita la experiencia. También las íieras, apesar de sus íhá- 



T'SOS V COSTT'MBnKS 



lil 



tintos sanguinarios, auiaa Lieruaaiüute a sus liijos, y exponen 
Ja vida por ellos. 

Matrimonios, 

No merecen el nombre de tales los enlaces que celebran 
estos igorrotes; pues con la misma facilidad con que se casan, 
vuelven á descasarse, buscando otras mujeres, y éstas oíros 
maridos. Apenas habrá un igorrote, llegado á la vejez, que no 
haya cambiado de mujer una ó más veces. El más leve dis- 
gusto, el menor capricho, una sola palabra, basta muchas veces 
para deshacer el contrato; pero el motivo más poderoso y ge- 
neral de descasarse para el varón es la esterilidad de la mu- 
jer, y para ésta la pereza ú holganería del marido. 

El varón para casarse debe hacer algunos regalos bastante 
costosos en telas ó cosas semejantes, á los tíos de la mujer, 
y a falta de estos, á los hermanos ó primos. Cuando trata 
de casarse con otra, porque se le ha muerto la primera, o 
porque quiere abandonarla, debe volver á hacer dichos re- 
galos á los mismos, añadiendo un carabao en pena de la falta 
de respeto á la difunta, ó del abandono, si vive. Los mismos 
regalos ha de hacer á los tíos, hermanos o primos de la se- 
gunda, y así sucesivamente. Los gastos y comilonas, que en 
tales ocasiones están en uso, corren también, á cuenta de los 
varones. Estos gastos parece que debían retraerlos de cambiar 
tan fácilmente de mujer; pero les hacen poca mella, porquj 
son muy tercos y caprichosos. 

Justicia, defensa y pengan^a entre los igorrotes, ó sea, la 
lanía de cada uno. 

No existiendo entre ellos ninguna autoridad superior, que 
los deÜenda ó pueda castij^ar sus mutuas agresiones, ^súplese 
de algún modo esta falta con la lanza de cada uno; aunque, 
puesta en manos de gente tan feroz, es causa á su vez de in- 
üniLas desgracias y crueldades, (jue por necesidad deberían ani- 



II? SEauxn.A. PAnTE. ETOLOfíTA 



quilarlos, andando el tiempo, si Dios en su inefable providen- 
cia no les deparase oportuno remedio. 

Á cada homicidio cometido, aunque sea involuntario, si- 
gúese inexorablemente la venganza de igual por igual, que 
ejecutan los parientes del muerto en el autor ó en alguno 
de sus más próximos allegados: entre los igorrotes es la ven- 
ganza como un rigoroso precepto que lian de cumplir. Cuando 
un plebeyo ó villano, como ellos dicen, mata a otro villano, 
la justicia queda satisfecha con la muerte de otro de la misma 
condición. En el caso de que el muerto sea principal 6 no- 
ble, no encuentran los allegados de éste equivalencia en la 
venganza, matando al agresor, si es villano, ó á algún pa- 
riente de la misma categoría, pues dicen que ¿cómo ha de 
haber equidad, si sólo matan lo que es semejante á un perro? 
Por lo tanto, miran si entre los parientes del villano existe 
algún principal, para ejecutar en él la venganza, y si no 
existe, despreciando matar á los que tienen como perros, es- 
peran á que algunos de estos asciendan al puesto de princi- 
pales. Resulta pues, que un hecho aislado é individual pasa 
siempre á ser cuestión de familias, cuando no envuelve á toda 
la ranchería, como sucede con harta frecuencia. Vengada la 
muerte ó muertes con otras iguales en número y categoría, 
suelen componerse y hacerse amigos los individuos de una 
misma familia, y aun los de una misma ranchería, ya por es- 
píritu de propia conservación, ya porque se cansan de andar 
en continuos recelos y sobresaltos, con los perjuicios consi- 
guientes en sus cosechas é intereses. Por lo demás, entre los 
de diversas montañas ó comarcas, y especialmente entre los 
que se dedican, unos al cultivo del arroz, y otros al del ca- 
mote, existen odios y guerras interminables, cada vez más 
encarnizadas, saliendo á matar hombres, como irían á cazar 
venados ó javalíes, y llevándose después las cabezas de los 
degollados á sus rancherías, para hacer grandes fiestas y co- 
milonas, honrándose con la nota de valientes, y orlando el 
frente de sus casas con las calaveras de los asesinados. 



rSOS Y COSTUMBRES 1 I ii 



Tratándose de heridas que no son mortales, ó de otra 
clase de agresiones, se componen fácilmente con el resarci- 
miento de los daños causados. Puede ahora calcularse lo fre- 
cuentes y multiplicadas que serán las muertes y guerras, aun 
entre familias de una ranchería, teniendo en cuenta el egoismo 
é independencia de esta bárbara gente, la manera bruta de 
vivir, sus embriagueces tan comunes, y que tienen por honra, 
sus errores groseros, sus idolatrías y siispersticiones. 

Torpe y grosera idolatría entre los igorrotes. 

Estos hombres, que, por su modo de vivir, más parecen 
fieras del bosque que seres racionales; éstos, cuyas privacio- 
nes y mísero estado sólo puede conocer bien quien los haya 
visto muy de cerca, viven sumidos en las más densas tinie- 
blas de ignorancia, y envueltos en crasísimos errores, tan 
palpables, tan absurdos é inconexos, que más bien parecen 
fábulas y cuentos de chiquillos, que ideas y conocimientos de 
hombres de juicio y razón. 

Yo me he propuesto algunas veces seguir el curso de las 
historias ó cuentos de estos igorrotes, y al notar á cada paso 
contradicciones monstruosas y transiciones violentas, les ha- 
cía preguntas, para ver si podía seguir el hilo del discurso; 
pero siempre en vano, porque me contestnban que no sabían 
el por quó de esos tránsitos y contradicciones. Con todo, nó- 
tase en algunas narraciones haber poseído estas razas, en ge- 
neraciones remotas, conocimientos astronómicos notables, prin- 
cipalmente de los signos de! zodíaco. Y aun pienso que pro- 
fundizando en el sentido de sus historietas, que pasan de ge- 
neración en generación, mediante una especie de versos tra- 
dicionales que cantan con mucha frecuencia, podría quizás 
hallarse con bastante aproximación la época de la llegada de 
la raza malaya á estas Islas. 

Fíjanse mucho en las manchas y fases de la luna, te- 
niendo en esto muchas vanas observancias. Creen que algunos 
planetas influyen más ó menos en las operaciones del liom- 



il.'l STir.T'VDA PATíTK. FlTOr^OniV 



bre. Observando la diversa posición de la luna, suponen ser 
dos realidades distintas, marido y mujer, cuyos hijos mayores 
son los demás planetas que aparecen más grandes á nuestra 
vista, siendo los menores en edad las demás estrellas del fir- 
mamento. Deberán suponer otros dos soles por la n)isma ra- 
zón; pues estos igorrotes arreglan fácilmente las cosas y re- 
latos, colocando en ellas, como base, un macho y una hem- 
bra que llaman marido y mujer; porque á todo lo que se pre- 
senta ó su vista de mucho bulto y gran eficacia, parece que 
atribuyen inteligencia. Hasta cuando ven dos peñascos ó dos 
montes notables, pero semejantes y juntos, los creen así en mu- 
tuo maridaje. 

No hay fenómeno notable en la naturaleza, que no se les 
inspire serios temores, que los tienen esclavizados y encade- 
nados en todos sus movimientos y operaciones; si bien en- 
cuentran un remedio universal en los sacrificios de aves, cer- 
dos y carabaos, cuyas entrañas observan vanamente antes de 
introducirlos en sus voraces estómagos. 

Ponen ó creen en dos lugares á donde van, dicen, des- 
pués de muertos. Para los que mueren de muerte natural y 
ordinaria, le suponen en la tierra y hacia el Norte, llamando 
á este lugar Cadüngayan, palabra con que designan la re- 
gión septentrional. Dicen que habitan allí los muertos, reu- 
nidos en un bosque de ciertos árboles, que, aunque de dia 
aparecen como tales, en llegando la obscuridad de la noche, se 
convierten en casas semejantes á las de los igorrotes vivos. 
Aseguran que tienen huertas de camote y otros vegetales, y 
que comen las almas la sustancia invisible de los animales, 
arroz y otras cosas que les ofrecen los parientes vivos. Asi 
mismo dicen que el vino que beben los vivos sirve de bebida 
á los muertos, á cada cual lo que le corresponde según su 
estado. Afirman que los que roban ó matan sin motivo al- 
guno, reciben aquí su merecido; y que si alguno muere sin 
recibir venganza, seguirá en los pueblos de los muertos la 
misma condición de vivo, pagando allí su delito con algún 



rSOS Y COSTUMBRES Mi 



lanzazo que le dará alguno de los difuntos. Llegada la histo- 
ria á este extremo, á que sólo llega algún viejo más sabio, 
no responden con acierlo á reflexiones que se les hace. Si 
pasan adelante, no hacen más que destruir lo primero con 
monstruosas contradicciones. 

Refieren que algunos de aquel lugar volvieron á visitar 
los lugares y rancherías de los igorrotes vivos: uno de aque- 
llos, cuenta, que se vino con su mujer á visitar á los suyos, 
quienes los mantenían con la flor de harina de arroz. Can- 
sados ya los parientes de tanto gasto, ios embarcaron, no sé 
en donde, yendo á parar á uno de los montes de los Mayo- 
yaos al Oeste de Cauayan en la Isabela. Sentado el varón so- 
bre un peñasco, y á la sombra de un árbol, cayó sobre su 
cabeza el excremento de un ave que allí posaba. De cuyas 
resultas, y continuando allí sentado, nació en su misma ca- 
beza un árbol que llaman balisi, de cuya corteza hacen sus 
toneletes ó pampanillas los igorrotes pobres. Este árbol creció 
tanto que se hizo muy corpulento, existiendo aún sobre el 
igorrote sentado. A éste, y creo que á su mujer, representan 
dos idolillos, que suelen tener los igorrotes en la entrada 
de sus graneros, como guardianes y protectores del arroz, á 
quienes ofrecen ó ponen delante un poco de harina de arroz 
en las fiestas que hacen terminada la recolección, mientras 
ellos se hartan de carne de cerdo y de carabao, y se em- 
briagan hasta el último grado. 

A los que mueren de lanza ó de cualquiera otra muerte 

violenta, ó repentina, así como á las mujeres que mueren de 

parto, les señalan como último destino el cielo ó lugar de los 

dioses, á que ellos dan culto, y entienden por cielo ó lugar 

de los dioses las estrellas y planetas, especialmente el sol. 

Cuentan el origen de esto del modo siguiente: el Señor del 

sol, que llaman Mananahajiit, ordenó que ciertos igorrotes 

fuesen á matar á otro, por no se qué delito, quedando, en 

consecuencia, el igorrote delincuente muerto y sin cabeza. El 

señor Mananahajut movido, parece, de misericordia, envió 

15 



11(1 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 

á su mujer, Bugan^ con el encargo de convidarle y conven- 
cerle con dádivas y halagos, para que subiese a! cielo. Pero 
el alma del igorrote rehusó los halagos é ir al cielo, á pe- 
sar del buyo ó betel, tabaco y vino que se le daba; por pa- 
recerle muy extraña aquella mujer vestida de especial ropaje. 
La señora de Mananahajut que notó esto, se despojó del 
vestido, quedando casi en completa desnudez, que es como 
acostumbran ir los igorrotes, acariciando ademas al igorrote 
muerto y ofreciéndole placeres sin fin en el cielo. Satisfecho 
con esto el igorrote, la acompañó en seguida al cielo, siendo 
recibido con grandísima alegría por parte del señor Mana- 
nahajut, quien le regaló con grandes comilonas, fiestas y bai- 
les. En esto, y no se en qué más, se fundan los igorrotes 
al decir que los alanceados van al lugar de los dioses. Pero, 
aunque en el referido lugar son felices, según ellos, hacen 
consistir esta felicidad en hartarse de carne de cerdo y de 
carabao, y en beber y embriagarse del vino que ellos hacen. 
Ni para sus dioses, ni para las almas de los muertos, ni para 
los que viven en carne mortal, alcanzan mayor objeto de fe- 
licidad que los deleites carnales. 

Las prácticas y ceremonias que usan con los muertos va- 
rían mucho, según que estos hayan fallecido de muerte natu- 
ral, ó de muerte violenta. Con los primeros gastan cuanto tie- 
nen y no tienen, recorriendo la comarca, buscando cerdos, ca- 
rabaos, y vino, con lo cual dan de comer y de beber á toda 
la parentela; porque creen que las almas de los animales que 
ellos comen, son el recurso y alimento de los que van al 
Cadungayan ó Norte. Tienen el cadáver cuatro, seis, diez y 
aun quince dias sin enterrar, sentado debajo de la casa; todo 
según la posibilidad y clase del finado; cuanto más principal 
sea, tanto más tiempo está sin ser enterrado. Pero cuando en- 
tierran los otros que van al cielo, en especial los troncos de 
los cuerpos, cuya cabeza se llevaron los enemigos matadores, 
sólo matan un cerdo, que comen algunos más antiguos y más 
prácticos en los ritos que ejecutan; porque dicen que á los 



usos Y COSTUMBRES 117 



del cielo no les sirven las almas de los animales que come 
su parentela. En cambio las de los que matan y comen los 
asesinos en las grandes fiestas que celebran, cuando se ador- 
nan con la corona de valientes, sirven para las almas de los 
que decapitaron. 

Dicen que los igorrotes mueren dos veces, entendiendo por 
una de ellas, cuando enferman. Afirman también que las almas 
no van inmediatamente á sus destinos definitivos, sino que se 
quedan por de pronto más ó menos tiempo en lugares cercanos, 
saltando de peñasco en peñasco y de árbol en árbol, mante- 
niéndose de los residuos y despojos que pueden coger, entrando 
de noche en las casas. El objeto de quedarse de esta manera 
es para ver si pueden llevarse consigo las almas de sus allega- 
dos, á fin de vivir en compañía el marido de la mujer, y la mu- 
jer del marido, los hijos con los padres ó vice-versa. En conse- 
cuencia, creen también que las enfermedades consisten en que 
el alma del enfermo se salió del cuerpo, atraída ó violentada por 
la del pariente fallecido. En virtud de esto, cuando caen enfer- 
mos de cierta gravedad, llaman al curandero ensalmador, para 
que haga volver al alma, y dé salud al cuerpo. 

Estos curanderos que, según comprendo, son un atajo de 
embusteros y estafadores, curan de la manera siguiente: ape- 
nas entra el curandero en la casa del enfermo, se le entrega 
un pollo, que mata en nombre y honra de la vieja y señora 
del Cadiingayan; observa el estado de la hiél, inmediatamente, 
pero después de haber mirado muy bien al enfermo, dice el 
pronóstico en los términos siguientes, ó en otros parecidos: 
« el alma de este enfermo está en tal ó cual parte, por haber 
visto á la de su abuelo, mujer, hijo, padre etc. Para conse- 
guir que vuelva se necesitan tantos cerdos y algún carabao, 
para que así se determine á volver con gusto.» Prepara, pues, 
la familia con gran diligencia lo recetado, buscándolo, si no 
lo tiene á mano. Muertos los animales recetados, ó mientras 
Jos están matando, el curandero llama al alma con la punta 
de una lanza, para que baje por ella hasta el enfermo. La in- 



118 SECUNDA PARTE. ETOLOGfA 



vita á bajar, diciéndolo que tiene tantos cerdos preparados, 
tantos carabaos y tanto vino; á voces coge la gansa, y pro- 
duce con ella un ruido atronador, que no se cómo no rompe 
la cabeza del enfermo; otras anuncia que ve al alma en tal 
parte, que ya está bajando, que ya la dejó el espíritu de su 
abuela, hasta que al fin, que ya entró en el cuerpo, y por 
lo tanto que sanará el enfermo. Mas, como este sólo cura ó 
muere cuando Dios así lo dispone, sigue muchas veces tan 
enfermo ó más que antes; llaman pues, otra vez al curande- 
ro, ó á otro más afamado, si le hay, y se repite la misma 
operación: «el alma de este enfermo, dice se volvió á mar- 
char; la detiene en tal parte el espíritu tal; se ha acostum- 
brado, al parecer, á la otra vida, ó quiere irse con su mujer 
difunta: se necesitan más cerdos y más carabaos, para hacerla 
bajar.» Después de todo, el enfermo muere, si está de Dios, 
habiendo gastado los de la casa cuanto tenían. Esta es la prác- 
tica de curarse los enfermos, á costa de los cuales comen y 
beben los sanos, llevándose el curandero carne para muchos 
dias, ademas de la paga correspondiente. En las exequias queda 
la familia por lo regular enteramente arruinada, cuya hacienda 
ó sementeras suelen arrebatar los prestamistas usureros. 

Crédito y fé que dan ¿os igorrotes á los sueños. 

Á cierto igorrote, que me refería con notable sencillez va- 
rias de las cosas expuestas, le dije: ¿Pero tú crees en esas 
necedades que no sirven más que para arruinaros? A lo que 
respondió: «No sé, Padre, lo que habrá de cierto en las cosas 
que cuentan otros, porque yo no las he visto. Lo que sí creo es 
lo que vi muy claro una vez que estuve enfermo, por un año 
ectero. Soñé que mi alma habia subido al cielo; allí comía y 
bebía muy bien; vi á otros igorrotes que hacían lo mismo, co- 
miendo y bebiendo hasta emi)riagarse; sus casas eran como 
las nuestras, y los que van allí sin cabeza, por habérselas cor- 
tado los Mayoyaos, tenían otras, aunque muy pequeñitas. Cuando 
disperté, después de haber soñado todas estas cosas casi no 



rSOS Y COSTT'MIillES ll'J 



quería comer, y deseaba morirme.» Hé aquí el principal mo- 
tivo del embaucamiento y pertinacia de los igorrotes en sus 
groseras y torpes prácticas idolátricas. Los sueños que creep 
ser como cosa sobrenatural, tienen fascinados á todos, especial- 
mente i'i los más sencillos. Por eite medio, en que tanto puede 
influir el demonio, se hallan encenagados y sumidos ea los er- 
rores más torpes y absurdos. Obran á su impulso, y hacen ó 
dejan de hacer lo que les dicta la vanidad, ó artificio de la ima- 
ginación loca, excitado por el padre de la mentira. 

La dureza y empederuimiento que se nota en estas razas, 
y su adhesión y aaior á sus prácticas groseras de idolatría, 
lo atribuyo á que estas cosas son muy conformes con sus pa- 
siones y vientre, y principalmente á que las confirman como, 
verdaderas y buenas con la evidencia aparente y especie de 
visión que producen los sueños más ó menos vivos, á los 
cuales dan fe y crédito, como á principios revelados por sus 
divinidades del infierno. Sueñan lo que obran y ven obrar, y 
obran y creen lo que sueñan. Así se explica ser casi inútil 
tratar de convencer con razones á los igorrotes del mal ca- 
mino que llevan, no encontrándose otro medio, en lo humano, 
de hacerles abandonar paulatinamente su infidelidad, que la 
educación de los niños y jóvenes. 4«ií, y no de otra manera, 
se ha introducido, generalmente hablando, el cristianismo, la 
verdad, la civilización entre los demás naturales sometidos. Si 
obrando de este modo, vienen á decir cuatro necios ({ue se 
impone la religión más bien que se persuade, se les deja, como 
á quienes no saben lo que dicen, ni lo que es efecto de la ver- 
dadera caridad para con el prójimo. Ellos, en cambio, tratan 
de imponer á la sociedad principios disolventes, poniendo al 
frente de la enseñanza hombres que profesan doctrinas absur- 
das, inq)ías é irreligiosas. 

La embriaguei en los if^orrotes. 

Creyendo estos que la felicidad y bienestar d3 sus dioses y 
antepasados consiste en llenar el vientre de la sustancia abs- 



1"?0 SIíPtUNDA P.-VRTR. ETOLOr,ÍA 



tracta y como espiritual de los pollos, cerdos y carabaos vie- 
jo?, cuya carne comen ellos, y pensando ademas que enlra, 
como parte integrante de la felicidad de los mismos, el beber 
hasta el exceso de lo abstracto de un vino que llaman bu- 
bud, claro está que serJn muy diligentes y fervorosos en be- 
berlo en concreto hasta embriagarse, si pueden, en obsequio 
de los que veneran como á unos borrachínes y tragadores de 
marca mayor. Según esto, se comprenderá fácilmente que, 
lejos de aparecer la embriaguez como un vicio entre los igor- 
rotes, lo tendrán, por el contrario, como una virtud y un me- 
dio eQcaz para aplacar en sus temores á sus mentidas divini- 
dades, y como una grande honra en su vanidad, que la tie- 
nen muy grande en aparecer ebrios, aunque á veces no lo es- 
tén de veras. Así, por ejemplo, para librarse de los efectos 
del rayo, no encuentran mejor remedio que ofrecer lo abs- 
tracto del vino, bebiéndolo ellos en su ser natural; porque 
dicen que esto le gusta mucho, y que, bebiendo del bubud, na 
come hombres. 

Este vino ó bubud, tan del gusto de los igorrotes y de 
sus divinidades, lo hacen del modo siguiente: primeramente, 
á una puequeña cantidad de harina de arroz mezclan un jugo 
muy acre y fuerte, que extraen de una enredadera: hecho 
esto y secada la harina al sol, tienen ya lo que puede lla- 
marse levadura, la cual conservan con esmero. Cuando quie- 
ren hacer vino, cuecen bastante cantidad de arroz con agua 
solamente, que es lo que se llama morisqueta; ésta secada 
también al sol, y mezclada de algunos polvos de la dicha le- 
vadura, la introducen en una tinaja proporcionada, que cu- 
bren perfectamente, dejándola de esta manera ocho ó más dias. 
Con esto entra en fermentación, resolviéndose en un líquido 
de sabor muy desagradable, entre ácido y picante, que es lo 
que llaman bubud, y que les sirve para beber ó comer, pues 
como ellos dicen, tiene come y tiene bebe. Este líquido no 
causa una embriaguez propiamente tal, sino más bien rabia 
muy furiosa que con nada se aplaca. 



l'SOS Y COSTUMBRES 121 



Lo hacen y usan siempre que pueden, y en todos sus sa- 
crificios, pero especialmente y sin falta en los casos siguien- 
tes: Primero, al comenzar las faenas de sementera, en que 
cada hijo de vecino mata y come los cerdos ó carabaos, que 
consiente su posibilidad y estado. Segundo, en los casos de 
grave enfermedad y su curación, según queda explicado. Ter- 
cero, cuando cometen algún asesinato, en cuyo caso tienen 
grandes fiestas y ceremonias con que se coronan de valientes, 
matando y comiendo lo mejor que tienen ó encuentran pres- 
tado, ofreciendo todo esto, junto con sus bailes y grandes 
embriagueces, al alma del asesinado, cuya cabeza, colocada 
en la punta de una pica, es el principal trofeo y punto cén- 
trico de la inmunda orgía. Por esta razón, aun los allegados 
del muerto, que buscan venganza inexorable, parece respetan 
estas fiestas y bullangas feroces, no procurándola hasta que 
hayan cesado. Cuarto, antes de comenzar la siega del arroz, 
en que hacen lo mismo que al comenzar las faenas de labranza. 
Quinto, verificada la recolección, una vez metido el arroz en 
los graneros, en cuyo caso, por el contento de entrar la época 
del descanso, y para conseguir de sus dioses la conservación 
y aun el aumento de lo recolectado, brincan y bailan, co- 
men y se embriagan, que es un gusto para ellos, y un hor- 
ror y espanto para el que lo presencia. Sexto y último, en 
una especie de cuarentena ó cuaresma, que celebran en ho- 
nor del dios Baco, en cuyo tiempo las comilonas y las em- 
briagueces llegan hasta el último grado, originándose de aquí 
enemistades sin cuento y muertes numerosas y otras mil des- 
gracias, que suceden las más de las veces entre parientes y 
amigos. 

En todo esto que he narrado rae refiero á lo que hacen los 
igorrotes de las montañas: pues los de esta IMision de Ibung, 
situada en el llano, no hacen ni sombra de lo que ejecutan 
aquellos. Se van acostumbrando á vivir subordinados, á se- 
mejanza de los cristianos. 



122 SEGUNDA PARTE. ETOf.Or.íA 



Divinaciones y vanas observancias que arruinan y llenan 
de deudas á los igorrotes. 

Todas las varias y multiplicadas especies de superstición, 
que distinguen los moralistas, se hallan entre estos igorrotes, 
pero en sumo grado, y de la manera más torpe y grosera, 
y casi siempre en perjuicio de sus intereses y bienestar material. 
Pero es el caso que, después de tan dura y férrea esclavitud 
de íinimo, que se extiende á todas sus operaciones externas, 
de ordinario sólo encuentran motivos de temor en todas sus 
cosas. 

Para librarse de estos temores, tienen un libro, que sabe 
leer todo igorrote; lii)ro que, si á su primera, segunda ó ter- 
cera lectura, no predice bonanza y aplacamiento de la ira de 
sus divinidades, la predice la cuarta, quinta ó demás sucesivas 
veces que se lea. Pero debe advertirse que cada vez que se 
lee cuesta dinero, que con frecuencia se eleva al valor de un 
carabao, ó de un igorrote vendido: este libro y esta lectura 
son las entrañas observadas de todo pollo ó animal que comen. 

Su aruspicismo se reduce por lo común á observar el es- 
tado de la hiél del animal que matan. Si según sus observa- 
ciones les parece que la hiél indica bienes ó feliz suceso en 
los negocios que emprenden, ya no matan mas pollos ni cer- 
dos, á no ser por otro motivo; pero, si sale mal el negocio, 
repiten la matanza de animales hasta que al fin salen con la 
suya, si bien á costa de sus intereses; porque los pollos ó 
cerdos, que suelen pedir en préstamo, los han de pagar á 
pesó de oro según las horribles usuras que reinan entre ellos. 

Ahora bien: ¿quién podrá calcular el sinnúmero de veces 
ú ocasiones en que creen necesario hacer uso de este augu- 
rio, para librarse de las mil y mil tonterías que les causa 
temor de muerte, enfermedad ó algún otro perjuicio en sus 
bienes de fortuna? ¿Quién podrá numerar los pollos y otros 
animales que matan con motivo de sus viajes á partes algo 
lejanas, en que temen alguna lanza enemiga; ó por razón de 



USOS Y COSTUMBRES 153 



SUS dolencias ó las de su familia, ó bien cuando les sorprende 
en sus faenas el canto de un inocente pajarillo, arco-iris y 
otros efectos naturales? En fin, es una verdadera compasión 
ver tan ciegas á estas infelices gentes, que para todos estos 
males imaginarios buscan el remedio en lo que, por otra parte, 
es causa para ellos de una interminable serie de deuda?. 

Usuras exorbitantes entre los i garrotes. 

Es costumbre inmemorial entre los igorrotes y de todos 
recibida y practicada, que un pollo prestado y no devuelto 
dentro de cierto tiempo produzca una gallina ó lo equivalente, 
esto es, que hay que devolver una gallina por él, si desde 
que se prestó hasta que se devuelve pasó tiempo suficiente para 
hacerse gallina; así pues, basta un año para convertirse en ga- 
• llina. Si tardan más en devolverlo, de manera que se calcule 
que á haber vivido, hubiese puesto huevos y criado pollos, 
sube á un cerdo de mediano tamaño. Si pasa otro año más, 
conviértese en uno de los mayores cerdos, y finalmente, se 
hace un carabao, pasado el tercer año desde que se realizó 
el préstamo. Para este efecto no se paran en si es macho ó 
hembra el viviente prestado; pollo ó polla ha de producir una 
gallina, un cerdo ó un carabao. De una manera análoga dis- 
curren en otra clase de empréstitos. 

Segundo principio igorrotal sobre la justicia conmutativa: 
las deudas de los padres pasan á sus hijos, y si no los tie- 
nen, á sus más allegados y á los hijos do éstos: aunque no 
hayan participado de lo prestado, ni heredado hacienda al- 
guna de sus mayores. Todo esto es constante práctica sin que 
nadie murmure de nadie, si no á lo más de su mala suerte; 
porque dicen ser costumbre entre ellos; y en siendo costum- 
bre, basta para que se venere y acate sin respirar; además, 
tjue todo el (|ue presta hace lo mismo, sucediendo muy fre- 
cuentemente ({ue el que es deudor para con unos es acree- 
dor respecto de otros. Los más desgraciados son los huérfa- 
nos, cuvos nadres havan tenido enfermedades largas, en las 

lü 



1:24 SEGUNDA PAUTB ETOLOÍÍÍA. 



quo se cargan de infinitas deudas por los muchos pollos que 
tienen que matar, siguiendo el impulso de sus costumbres su- 
persticiosas. 

Tiene esta iniquidad una trabazón y una causa perenne 
que la aumenta. Los ricos, que son los nobles ó principales, 
están como buscando ocasión de poder prestar de estas cosas 
á cuantos pidan; los pobres son más fáciles en pedir pres- 
tado, ya porque lo encuentran £in dificultad, ya porque no 
les han de estrechar para que paguen pronto; pues el nego- 
cio de los usureros, que no hacen más que hartarse de carne, 
embriagarse y pasar la vida sin trabajar, consiste en que 
tarden en pagarse las deudas. Toda la carga, pues, va á los 
huérfanos, que tienen que pasar casi toda la vida sudando 
sangre en los pueblos cristianos, para pagar el sinnúmero de 
carabaos que les piden, por los pollos y cerdos que sus pa- 
dres gastaron en sus necias prácticas. Estando yo en la mi- 
sión de Quiangan, vino un joven neófito á decirme que se 
bajaba á los pueblos. ¿Qué vas á buscar allí? le dije, — Voy 
á trabajar para pagar las deudas que tengo, porque si no 
lo hago, temo me maten ó me vendan. — ¿Qué deudas son 
esas? — Las que contrajo mi padre, estando enfermo, por los 
pollos y cerdos que gastó para curarse. — ¡Es cosa dura que 
tengas que pagar tú los caprichos de tu padre! — Es costum- 
bre nuestra. — Y ¿cuánto tienes que pagar? — No lo sé bien; 
todos me piden, y calculo serán unos cuarenta carabaos. — • 
Este neófito bajó á los pueblos hace muchos años; ha estado 
trabajando más que un negro; pagó muchas de sus deudas, 
cargándose con otras nuevas, electo de seguir las costumbres 
y prácticas igorrotales; y aunque muera de viejo, jamás las 
podrá pagar todas. Así es como los ricos ó principales tie- 
nen esclavizados á los pobres. 

En otras comarcas más al interior de las montañas y ha- 
cia el distrito de Japao, en que por la distancia no pueden 
ó no se atreven los igorrotes á pasar á trabajar á los pueblos 
cristianos para pagar sus deudas, un poco de camote, media 



usos Y COSTUMBRES 12c 



ganta de arroz, ó un, pollo, es causa frecuentísima de que 
sea vendido el deudor ó sus hijos como esclavos. Ciento de 
ellos pasan á la Isabela todos los años, en donde se compran 
ó venden ocultamente por cien pesos y algún carabao cada 
uno. El valor, pues, de un poco de camote, de un puñado 
de arroz, de un pollo, sube hasta cien pesos, más algún ca- 
rabao; y lo que es más, al valor de un hombre. Tales usu- 
reros, que para contar una docena tienen que hacerlo por 
los dedos de las manos, y si pasa de diez el número, se sien- 
tan en cuclilas para contar por los de dedos de los pies, no 
pierden la cuenta de los pollos que prestan, ni de un solo 
camote que entregaron.» (1) Hasta aquí el P. Yillaverde. 



Completamos el estudio de esta interesante raza con la 
descripción que de ella nos hace el Sr. Jordana á la pág. 56 
de su Bosquejo, en un todo conforme con lo que nosotros 
mismos hemos observado en una ranchería de igorrotes, y sa- 
bemos por referencia de otras personas, y en particular del 
mismo P. VillaverJe con cuya confianza nos honramos. 

«Los igorrotes, dice el Sr. Jordana, son corpulentos, robus- 
tos y bien formados, de color moreno tirando á cobrizo, ojos 
grandes y rasgados, los pómulos de la cara muy prominentes 
y el pelo largo y áspero. Los hombres no llevan más trajo que 
un taparrabos (baliaque) do lienzo ó de corteza de árbol, y una 
manta de llocos sobre el hombro, con la cual envuelven el 
cuerpo cuando sienten frió. Los del territorio de Benguet sus- 
tituyen el bahaque por otra manta, ordinariamente de color de 
plomo y con rayas negras, la cual ciñen á la cintura, pasando 
por entre las piornas uno de sus extremos que sujetan en la parte 



(1) Cuentan por los dedos hasta ol número de diez solamcnlo, la cual ope- 
ración repiten cuantas veces sea necesaria. Tamltien se sirven de nudos ((ue 
hacen en un cordel para osle ohjelo. Los años los cuentan por las coseelias, 
y los meses por las lunas: no disliiigueri los días entre sí, las horas las (íx- 
presan señalando la altura del sol. No conocen ni usan ningún í,'t1nero lie es- 
critura. [N, de¿ E.) 



A2n SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



posterior. Las mujeres gastan una chaquetilla de cualquier gé- 
nero, atada con unos cordones, y una especie de saya corta 
ó tapis de corteza de árbol, ó en su lugar una manta de coló, 
res vistosos. Estas y aquellos, suelen pintarse el cuerpo con di- 
bujos azulados. Los hombres lo verifican en los brazos, piernas 
y pecho, pero las mujeres suelen concretarse á las manos y bra- 
zos hasta los ho!i)bros. En las manos llevan todos sin excepción 
una figura parecida á un sol, y los demás dibujos consisten en 
rayas estrechas ó anchas, y en franjas formando imgulos. La 
operación de pintarse (tatuaje), se ejecuta pinchando la piel con 
dos ó más agujas gruesas unidas y mojadas en un tinte com- 
puesto de aceite y tela de algodón azul, quemada y pulverizada. 
Hechos los dibujos frotan la piel con el tinte indicado, sobrevi- 
niendo una inflamación, después de la cual las heridas se cica- 
trizan y la epidermis queda lisa, apareciendo las líneas hechas, 
con un color azul sucio que jamás desaparece. Es común á am- 
bos sexos el uso de pendientes de oro, cobre ú otras materias. 
Los de las mujeres tienen por lo general desmesuradas propor- 
ciones. También llevan collares de abalorios ó de monedas 
y aros de cobre en los brazos y las piernas. Su arma ordinaria 
es el talibóu, ó boning que es una hoja de dos cortes con 
punta roma y mango de búfalo, de la cual se sirven para todas 
las faenas ordinarias; pero los igorrotes que habitan más al 
interior ó que son de carácter belicoso, usan constantemente 
la lanza ó pica, llamada ordinariamente gayang, sirviéndo- 
les de arma arrojadiza, que manejan con gran precisión á cor- 
tas distancias. La aligiia, que es otra de sus armas de com- 
bate, consiste en una especie de hacha sumamente afilada y 
muy ancha, con uno de los ángulos posteriores prolongado en 
forma de pico agudo, que clavan en la cabeza que de un sólo golpe 
cercenan. Como arma defensiva les sirve un escudo estrecho 
y prolongado llamado calata ó calasag. En los combates los 
ataques se verifican siempre por emboscadas, si bien una vez 
empeñada la lucha sólo ceden al mayor número de los contra- 
rios. Los vencedores se ensañan cruelmente con las víctimas. 



usos y COSTUMBRES 127 



A pesar de esto, prefieren la paz á la guerra, que sólo empren- 
den para satisfacer venganzas. 

Los igorrotes sometidos á las autoridades españolas son dó- 
ciles y sumisos, dedicándose <í la caza y al cultivo del camote, 
gabe, ube y palay, que con la carne de carabao ó búfalo y do 
cerdo, constituyen su alimento. Tampoco repugnan la carne de 
perro y caballo, y antes por el contrario, la apetecen bastante 
aunque se halle en cierto grado de putrefacción. En las faenas 
agrícolas, el hombre labra la tierra y construye los cabitis ó 
paredes de piedra que sostienen las sementeras; la mujer des- 
empeña los demás trabajos y ¿íun sustituye al hombre en los 
de servicio público. Los niños mayores acompañan á sus ma- 
dres al campo, y entre tanto el marido cuece el arroz y las 
viandas, y entretiene á los niños en lactancia dándoles con su 
propia boca morisqueta mascada. Las casas de los igorrotes in- 
mediatas á los pueblos cristianos, son como las de éstos, de 
caña y cogon; pero siempre sucias y pequeñas. Las de los que 
viven en el interior de las montañas están hechas de madera de 
pino y tienen una forma piramidal, prolongándose la cubierta 
hasta cubrir la mitad de los pies derechos en que se apoyan, 
los cuales no son troncos enteros de árboles, sino tablones de 
un decímetro de grueso. Como no tienen ventana alguna, ni más 
abertura que una pequeña puerta á la cual se sube por una es- 
calera de mano, y como los igorrotes usan para alumbrarse teas 
de pino que todo lo ennegrecen, presentan tales viviendas un 
aspecto muy desagradable, despidiendo un olor tan repugnante 
y característico que se percibe en todos los objetos de la perte- 
nencia de aquellos. La misma incuria reina en lo relativo al 
aseo personal, pues los igorrotes no se lavan, ni se mudan las 
pocas prendas de su uso hasta que se caen á pedazos. Como 
consecuencia de tanto abandono, la piel de estos infieles apa- 
rece constantemente cubierta de empeines y otras enfermedades 
cutáneas 

Existen también entre ellos algunas industrias. Con las cor- 
tezas de balcte y pilicau fabrican telas y cuerdas; con la ma- 



1-28 SErrT-XDA PAIíTE. ETOLOfíIA 

(lera de madasang tambores y otros objetos; con la de diver- 
sas especies arbóreas, escudos, platos y cucliaras; con cañas y 
bejucos los cestos de diversas formas, llamados cabayaiig, sa^ 
cufit y rangaya, así como salacots ó sombreros; con barro, 
ollas y las pipas llamadas cuacos; coa cobre, pipas, a-ros para 
líis piernas y brazos, y el instrumento musical llamada gansá^ 
que tiene la forma de una cazuela y produce el sonido de unos 
platillos cascados; y con hierro, los cuchillos y las puntas de 
las lanzas. Funden además el oro que recogen de entre las are- 
nas de los arroyos ó extraen de los minerales, sirviéndoles de 
artículo de comercio con los cristianos (1). El uso del buyo no 



(1) De un iiianuscrilo antiguo del Archivo de los PP. Dominicos de Ma- 
nila, lomamos algunas cosas acerca del modo de explotar algunas minas que 
hasta el presente usan los igorrotes. Dice así: 

«El modo que tienen de sacar el oro los igorrotes, ya se ha dicho en 
este escrito, que es al modo indial sin azogue, y con solo el beneficio de 
los labaderos de los ríos. No se puede ya dudar de la existencia de sus 
íiiinas, y excavaciones en lo interior de sus montes. En ellas van cavando, 
y minando el terreno, poniendo puntales y tablones para que no se des- 
plome; y alumbrándose con teas de pino, que allí está abundante, van si- 
guiendo la veta. La tierra, que sacan mezclada con el oro, la machacan, y 
hacen polvo, y lo llevan al rio á labar en platones de madera al prop(5sito, 
en cuyo fondo se hunden las hojuelas, y granitos de oro, como mas pesado, 
y esto lo'hacen con mucha flema, y desperdiciando mucho tiempo y oro, como 
se supone. A las bocas de las minas tienen puestas sus chozas ó casas los 
dueños, y señores de ellas para guardarlas, y no dejan entrar sino sus criados, 
y esclavos, que son infieles comprados en tierra adentro; y los castigan con 
•azotes, palos, corbas, y muerte, si roban, si huyen, y no obedecen á sus amos, 
que les dan de comer. Todo el oro que sacan en sus minas y ríos, es de lo que 
llaman en polvo; pero raras veces lo bajan así á vender á los cristianos; pues 
estando en polvo, fácilmente se ve si tiene alguna mezcla. Pasando un copo 
de algodón, una pluma, ó un pañito por este oro en polvo se quedan pegadas 
alli las arenas, tierra, y partículas de cobre, si las tiene, sin pegarse el oro, 
por ser mas fino, y pesado. No es fácil engañarse con este oro en polvo, y 
por eso bajan muy poco. 

Lo regular es venderlo en planchas, ó texos, para que haya mas lugar al 
engaño, y á la mezcla, que suelen hacer con plata, ó con cobre colorado. He 
visto varias veces, que nadie quiere trocarles sus pastas de oro por ser bajo, y 
mezclado, y entonces se van á un lugar apartado de los pueblos de los cristia- 
nos, y con un motoncito de estiércol de animales, encienden su fuego hacién- 
dole viento, y meten alli su oro bajo entre dos tiestos de olla ó tinaja por 
espacio de una noche, echándole un puñado de sal, que le dá un color mas 
encendido, haciendo esto tres ó cuatro veces hasta que quede más purificado, 
encuentren comprador. No todos los compradores tienen piedras de toque, y 



t'SOS Y COSTUMBRES 1'23 



es conocido entre los igorrotes, pero tanto ios hombres como 
las mujeres fuman tabaco en pequeñas pipas, sirviéndoles para 
llevarlo el upit^ especie de oajita semejante á una cartuchera 



punías de olro oro para hacer la comparación, y toque; pero todos tienen la 
facultad para partirlo con un cuchillo, ó machacarlo con un martillo, y por 
la rajadura se conoce la bondad del oro, porque si es áspera, desigual, y á pe- 
dacitos, tiene aun mucha mezcla, pero si el corte es liso y de un mismo co- 
lor, y dócil á los golpes, entonces es ya el oro bueno. Como los cristianos do 
las Misiones han llevado muchos chascos con estas pastas de oro mezcladas 
con plata, y cobre de los Igorrotes, no quieren venderles sus animales, y ro- 
pas sino es por plata acuñada, por ollas de cobre, ó por cuchillos de acero, quo 
ellos misinos hacen. 

Y aquí ya tenemos otros metales á mas del oro, que trabajan estos infieles- 
al parecer industriosos. Pero á la verdad ellos no tienen otra industria, y otra 
gracia para emplearse en esto, sino que como otros Indios cristianos se han 
dedicado ;í plantar arroz, algodón, caña-dulce, cazar venados, y pescar en los 
mares y ríos, cada uno según la proporción de su terreno, así los Igorrotes; 
porque su terreno montuoso apenas permite otra cosa, se han dedicado, por 
conservarse, al oficio de los metales, de que abundan sus montes. Efectiva- 
mente tienen sus minas de cobre, de donde sacan el mineral mezclado con» 
tierra, lo ponen al fuego hasta que se derrita, corra, y se separe de la tierra, y. 
cuando ya está un poco purificado, lo machacan, y funden, dándolo forma de 
vacija, ó caldereta, que sirve para cocer la carne, y moris(iueta sin peligro de 
quebrarse, como el barro. Pero esto lo haceil de un modo muy basto, sin arti- 
ficio, ni puliinionto. No gastan ellos yunque, martillos, ni limas. Lo marti- 
llan con piedras duras, consuinieiuio en esto mucho tiempo, y tierna; y como 
no lo Silben purificar bien, saltMi unos tachos ó peroles muy bastos, y feos, de- 
un color obscuro, muy parecitlo á nuestros cuartos; pero los indios de los- 
montes los estiman por no tener otros mas fuertes, y les sirven por los ca- 
minos. De este cobre de los Igorrotes enviaron porción á Manila en ticmpO' 
del Gobernador Anda. (D. Simón de Anda y Salazar, 1762 — 17()4.) 

Los cuchillos, hachas y lanzas también las hacen ellos de los peda- 
zos de arado, y carajayes quebriidos, que compran á los cristianos por 
un precio bajo. No benefician minas de hierro en sus montes, ni lo com-^ 
pran á los cristianos por ser mas duro que el acera colado de los arados, 
que se ablanda, y se une mas fácilmente que el hierro en bruto. Pero la 
ciencia de estos herreros no ha llegulo aun á bíicer una pieza compuesta conio^ 
llave, pesador, o' hacha con ojo, ponjue no tienen linhis, yun<Lues, ni moldes 
para esto. Usan para fuelle de unos troncos enteros y agujereailos [)or dentro. 
A fuerza de tium[»o. y de carbón de pino, sa(;a(i siis lanzas y cuchillos grue- 
sos mas bien tentplados y fuertes que los bolos, qut; hacen en Manila; y por 
eso los estiman mas- los cristianos, comprándolos á los infieles. Debemos su- 
poner, y confesar, que ellos desperdician mucho de estos tres metales oro, 
cobre y acero, por hacerlo todo sin instrumentos, ni arte especial; y acabe- 
mos hacienilo esta rellexiitn; si lo« Igorrotes trabaja.sen, y beneficiasen sus 
minas con aquidlos cautlales, y auxilios, con que se benefician las de Amé- 
rica ¿cuanto más oro sacarían? Escederia sin duda conio ciento á uno. Cada 



130 SEaTXDA PARTE. ETOLOGIA 



de bejuco ó madera, que llevan pendiente de unos cordones 
á modo de bandolera. 

Por lo que se reflure á sus ideas religiosas, se sabe que 



año venden como 50 inil pesos en oro á los crisüanos de llocos, Pangasinan, 
Pampa nga, y Misiones, pues si lo beneficiaran con método, y tesón, impor- 
taría su oro según la dicha cuenta muchos millones por todo. 

Lo que dicen algunos Autores de Filipinas, que en nuestros tiempos no 
se saca la vigésima parte del oro, que anliguamentc se lograba, que las minas 
están gastadas, que los Españoles han dejado á los naturales en el xstremo 
de la miseria, y que Dios no sembró el oro en estas Islas, para que las espa- 
ñoles lo disfrutasen, sino para que los naturales lo fuesen cogiendo poco á 
poco á migajas para su conservación; y que los Igorrotes, y no otros tienen 
especial gracia para sacarlo, con otras cosas á este tenor, son estas unas vul- 
garidades de risa, é indignas de poners?, en las historias. La naturaleza siem- 
pre es igual, y aun pródiga en sus producciones, y Dios le ha dado unos recur- 
sos inagotables. Siempre manan las fuentes, las selvas producen árboles, los 
rios peces, y la tierra continúa con su yerba verde. La habilidad de los Igor- 
rotes consiste, en que sus cerros, y vertientes son por lo común estériles, 
no tienen arboledas, sino algunos pinares; por esta razón es allí poca la 
caza, y la pesca, ni pueden hacer buenas sementeras por ser tierra que- 
brada Sólo abundan de metales, peñascos diferentes, gredas, salinas, y oíros 
mixtos, que no se hallan en las playas. La necesidad de mantenerse les obliga 
á sacar el oro, y trocarlo por bastimentos y ropas, que compran á los 
cristianos, como son vacas, carabaos, puercos, pescado seco, sal, miel, galli- 
nas, vino, mantas y ceñidores, petates, balanzas, cauas, platos, linajudas^ 
alambres gruesos, de que hacen manillas, piedras, y abalorios para gar- 
gantillas, cajas de madera, y otras cosas que necesitan, y todo lo com- 
pran con su oro. Pues si lo beneficiaran con mas arte, y constancia ¿cuánto 
mas podrian suministrar á esta Isla, á China, á Batavia, y Curoinandel de 
lo que ahora dan, que no es poco?» 

Hasta aquí el manuscrito. — Y á propósito de las minas de oro de que 
habla, observaremos que en el río Agno de Pangasinan se eoje mucho oro 
entre sus arenas, que los indios extraen por medio de un hierro imantado, 
lo cual prueba la existencia de las minas de oro en los montes de los Igor- 
rotes, donde están los manantiales de que procede. Y si estos no cultivan las 
minas ni extraen de ellas tanto oro como en los tiempos á que se refiere 
este manuscrito, es porque carecen de medios para explotarlas, y por eso 
sin duda, agotado este recurso, se dedican al cultivo de la tierra en la forma 
que declara el P. Villaverde. Por lo demás nosotros hemos visto ejemplares 
preciosos de oro de los montes cuyas minas esperan quien las espióte con 
mejor éxito que los Igorrotes.— Diremos, no obstante, que las arenillas de 
oro del río Agno parece ser de muy pocos quilates, como se ve por algunas 
monedas de cuatro pesos y dos pesos que antiguamente circulaban, acu- 
ñadas por los indios en troqueles de barro. El Sr. Chaves, último alcalde en 
propiedad de Pangasinan, mandó hacer de estas arenillas de oro del rio Agno 
unas pulseras para su señora, una de las cuales conserva como grato re- 
cuerdo de su gobierno en aquella pruvincia. 



i'í^os Y cosTfiínriES 



reconocen la existencia de un Sér Supremo v de ciertas di- 
vinidades secundarias, cuyo número y nombres varian en las 
diversas rancherías (2). Los amtos vienen á ser unos espíritus 
buenos ó malos, que á las órdenes de la divinidad suprema 
procuran al hombre el premio ó el castigo, y unas veces ca- 



(2) He aquí lo que sobre el particular nos dice el P. Buceta en su Diccio- 
nario geográfico ele. de Filipinas. (Madrid 1850.) «Reconocen un sér supremo 
al <iue lo consideran todo subordinado, y tienen cierta idea de la inmorta- 
lidad del alma. Tributan culto á diferenlei ídolos, que no dejan de tener 
por inferiores al grande Hacedor de todas las cosas. Como ellos no creen 
posible vivir sin mujer, á cada Dios dan también una Diosa. Las tribus 6 
rancherías de Ilamunt y Allasanes adoran un ídolo que llaman Cabiga: su 
esposa es Bujan, palabra que tiene mucha conexión con la de Buhay que 
en Tagalo significa vida. Los Gaddanes tienen un Dios llamado Amanobay 
cuya esposa es Dalingay. Los Ifugaos y la mayor parte de los Jgorrotes 
adoran á Gabunian; atribuyéndole dos hijos llamados Lumabil, y Cabigat, y 
dos liijas Baingan, y Daungan, de quienes producen otros y los consideran 
progenitores de todo el género humano. 

Llaman á la lluvia Pati y la miran como una divinidad bienhechora, íi 
que dirigen plegarias. Balitoc, Piit, Sanian. Linian, Tatao, Banguiuis, Se- 
jat, Batacagan, Sadibubu, Oasiasoias, Dalig, las diosas Libongon, Tibagon, 
Limoan y otras divinidades, tienen siempre idénticas razones de adoración 
y se hallan representadas por figuras de madera, colocadas en diferentes 
posiciones: las más veneradas son aquellas que tienen la cabeza apoyada so- 
bre las manos y los codos sobre las rodillas; porque asi representan el 
reposo y la beatitud; sin embargo hay algunos ídolos que están en pié. 

No hay entre ellos templos ni sitio alguno de reunión destinado al 
culto. Sus funciones son de familia, y se limitan á regocijarse ó afli- 
girse juntos. Cuando uno de los parientes se halla enfermo ó fallece, 
se llama á una anciana, especie de sacerdotisa, á quien consultan sobre 
las consecuencias que han de seguirse al suceso ocurrido ó que puedo 
ocurrir. Llega ésta, se coloca bajo de un grande árbol viejo muy co- 
pudo; tiende un paño 6 estera en el suelo; pone en medio un gran 
plato 6 gamella de una sola pieza de madera; hace que le conduzcan 
un búfalo y lo degüella, haciendo numerosas y estravagantes contorsio- 
nes: recoge la sangre del animal en la gamella, la mezcla con la de 
una gallina, y á veces con la de un javalí pequeño, alterna las cere- 
monias y los gestos con frecuentes libaciones de licores fermentados he- 
chos del jugo de plantas y frutas que no dejan de producir su efecto; 
dando á la agorera el mayor fervor y agitación: entonces con los gestos 
más desordenados, coge una cabeza de cenlo dispuesta de antemano para 
la ceremonia: en seguida se cubre la cara y cabeza convulsivamente: baña 
luego con la sangre de las víctimas un ídolo llamado Anito, y en me- 
dio de una perturbación inexplicable, levanta cada momento las manos 
al cielo, y fuera do sí csclama con voz terrible: Siggam Cambuniam, 

17 



132 SEfTl'NDA PARTE. KTOLOrTÍA 



recen de forma material, niientras que otras consisten en tos- 
cas figuras de madera representando hombres en pié y más 
comunmente sentados, con los brazos apoyados sobre las ro- 
dillas y la cabeza entre ambas manos. No existe entre los igor- 
rotes indicio alguno de verdadero culto. Sus ceremonias reli- 



Siggam bulam, navoig. ¡Siggam aggéu! que significa ¡ Oii tú Dios! ¡oh 
tú luna brillante! ¡oh tú estrella! Después de esta invocación principia 
á profetizar, y cuando ha concluido lo que tenia que decir, coge una 
escoba que moja en una vasija llena de vino de coco, y rocía á todos 
los asistentes. Esla os la señal de la conclusión de la ceremonia, entre- 
gándose después todos á comer y beber con esceso, hasta el extremo 
de embriagarse completamente, de cuyo estado no salen sino proclamando 
su convicción de que las ' predicciones de la sacerdotisa son infalibles. 
Cuando muere un hombre, se juzgan en el deber de aplacar su sombra 
sacriíicando tantas víctimas, como dedos abiertos le han quedado en la 
mano al exhalar su úllimo suspiro 

Varias de las tribus salvajes adoran al sol, y tributan una venera- 
ción profunda á los demás astros en general; pero ninguno de ellos 
forma objeto particular de devoción que pueda llamarse culto. Rinden 
honores verdaderamente divinos á las almas de sus difuntos padres. Ha- 
rneándolos Anitos, con lo que les asemejan cá los nonos de los tagalos. 
Los Apayaos cuelgan ' en los muros de sus casas ó chozas las armas y 
ornamentos de sus difuntos parientes, y los conservan, rodeándolos de 
diferentes figuras hechas de juncos pintados de encarnado. A los lados 
de estos trofeos, cuelgan esteras escogidas, formadas con diversos tegidos 
de la corteza de Afiitag. Este conjunto no deja de ser interesante y de 
valor. Una vasija de tierra de forma particular pende de la parte inferior 
de estos trofeos, y sirve para las libaciones del vino, que ofrecen á Anito, 
implorando su protección en la celebración de las fiestas. Jamás se ha 
podido conseguir de estos salvajes la cesión de una de dichas armas ú 
ornamentos, desechando todo precio, por creer que, si se deshacian vo- 
luntariamente de ellos, Anito les castigarla con enfermedades ó con la 
muerte, pues vigila sin cesar sobre todas sus acciones. Cuando truena, 
creen que Cabiiniang se halla irritado, y para apaciguarlo le sacrifican, 
un puerco. Tributan acciones de gracias al arco-iris, después de las tem- 
pestades. Cuando se proponen emprender un viaje, encienden una ho- 
guera y observan la dirección del humo; si es opuesta á la que inten- 
tan tomar, desisten de su proyecto. Si algún ave atraviesa el terreno que 
quieren invadir, observan cuidadosamente su color y su especie, deduciendo 
de esto el éxito de su empresa: si hallan alguna culebra, el presagio 
es de lo mas funesto, y se retiran con precipitación, porque se conven- 
cen de un peligro eminente. Y ¿se estrañará que pueblos y hordas sal- 
vajes crean en los buenos y malos augurios, cuando á pesar de la os- 
tentación de luces é ilustración preconizada de la Europa, adolece aun 
de numerosas supersi ¡cienes?» 



rsos Y cosTUNfnr.E? 



glosas consisten en cañaos ó Gestas de familia, en las cuales 
no se admite personas extrañas, y que se celebren con objeto 
de impetrar al auxilio de los anitos ó para aplacar su cólera 
y conjurar una desgracia. Una enfermídad, la muerte de al- 
gunas reses, una defunción, la aparición de cierto pájaro, el 
cruzar una rata el camino cuando van de viaje, el deseo de 
realizar una venganza, levantar una casa, la celebración de 
una boda, y otros motivos análogos, bastan para organizar 
un cañao, en el cual desempeñan un papel importante las ani- 
teras, viejas repugnantes que, fingiéndose inspiradas por el 
anito, ejecutan ridiculas ceremonias y declaran lo que los es- 
píritus les han comunicado. Sus prescripciones son ejecutadas 
con escrupulosa exactitud. El medio para captarse la bene- 
volencia de los anitos suele consistir siempre en sacrificios de 
reses, gallinas ó pollos, ejecutándose debajo de un árbol exis- 
tente en cada ranchería que se considera como sagrado. Las 
aniteras, después de repetidas y abundantes libaciones con ¿>ast\ 
licor procedente de la caña dulce, prorumpen en exclamaciones 
extrañas y gestos ridículos, consumando en seguida el sacri- 
ficio, después del cual todos los concurrentes se entregan á la 
más abyecta embriaguez. Los cañaos destinados á celebrar 
los triunfos sobre las tribus enemigas, se llevan á cabo toda- 
vía entre los igorrotes que habitan fuera de los distritos mi- 
litares y lejos de la acción de las autoridades, en algún sitio 
público de la ranchería, en donde, después de depositar en 
el suelo las cabezas de sus contrarios y de consumir algunas 
reses y muchas tinajas de basí, bailan todos completamente 
ebrios alrededor de los sangrientos trofjos, con descompasa- 
dos gritos, ridiculas gesticulaciones y contorsiones violentas. 
Estas salvajes orgías se repiten por más ó menos tiempo, según 
la importancia de la victoria. Las fiestas que no tienen carác- 
ter religiosp y cuyo único fin es el esparcimiento del ánimo, 
reciben el nombre de regnas, si en ellas toma parte toda la 
ranchería, y el de biim.'iquil si se reducen á una sola familia. 
En ellas son admitidas las personas extrañas, i quienes ob- 



ni SEGUNDA PARTE ETOLOrjlA 



sequiim con esmero, y se ejecutuD danzas y cantos al compás 
del gansá, instrumento de cobre cuya forma lieiuos indicado 
anteriormente, del siilibao, tambor da madera que se toca 
con los dedos, y del pacong, caña partida en dos lengüetas, 
que golpeada con la mano produce un sonido particular. Los 
cantos son siempre monótonos y discordantes, convirtiéndose 
en verdaderos alaridos y salvaje gritería cuando los motiva al- 
guna empresa guerrera. Las danzas se ejecutan colocándose 
en círculo con los brazos abiertos y saltando alternativamente 
sobre uno ú otro pié, de modo que siempre tienen uno en 
el aire, ó poniéndose enfrente unos de otros, hombres y mu- 
jeres, moviendo precipitadamente los pies sin levantarlos del 
suelo, mientras el cuerpo permanece derecho, y trasladándose 
por el citado movimiento de los pies de derecha á izquierda. 
Las mujeres llevan siempre un pañuelo cogido por arabas pun- 
tas, con el cual hacen ademan de ocultarse. Como el ejercicio 
indicado es muy fatigoso, los bailarines se renuevan por parejas 
con mucha frecuencia. En las rancherías más salvajes los hom- 
bres danzan de igual manera, imitando con sus lanzas y es- 
cudos un combate 

Los medicamentos de los igorrotes se reducen á ciertas 
platas, cuyas virtudes son conocidas por los ancianos y ex- 
perimentados. Otras veces se valen de amuletos y aniterías, 
haciendo abluciones y orando al cerdo ó pollo, que después 
engullen los que asisten al enfermo. Cuando la enfermedad es 
grave y no cede al tratamiento empleado, se hace preciso un 
cañao, en el cual interviene la anitera para aplacar á los ani- 
tos y conseguir el alivio del paciente. La epidemia de virue- 
las es muy frecuente y produce muchas víctimas entre los igor- 
rotes. En tales casos abandonan consternados á los enfermos 
y hasta se ausentan de las rancherías. Para la curación de 
las calenturas intermitentes usan la corteza de una planta lla- 
mada uplay. » — Hasta aquí el Sr. Jordana. 



usos Y nosTT-MunEs 135 



Buriks. 

En inmediato contacto con los verdaderos igorrotes, y en la 
misma vertiente O. de los Caraballos occidentales, encuéntranse 
los infieles denominados Buriks, que constituyen la mayor parte 
de las rancherías del distrito político-militar de Lepanto, lin- 
dando al N. con los Busaos, al E. con las cumbres de la cordi- 
llera, al S. con los Igorrotes y al O. con los pueblos cristianos 
de la provincia de llocos Sur. Los Buriks son más robustos y 
vigorosos que los igorrotes, y tienen la costumbre de pintarse 
el cuerpo figurando una cota de malla, asi como culebras en- 
roscadas en los brazos y piernas. Algo más apacibles y huma- 
nitarios que sus vecinos, no difieren, sin embargo, de ellos en 
cuanto á sus costumbres y creencias religiosas. 

Son diestros herreros y forjadores, fabricando excelentes 
hachas ó aliguas, que encuentran salida aun fuera de su país. 
La ranchería de Bugiás es muy conocida por los cuchillos de 
su mismo nombre, por sus vasijas de cobre y por las pipas 
de cobre y de arcilla, que se elaboran en ella con rara perfec- 
ción. Igualmente trabajan los Buriks el oro, que extraen de los 
filones de cuarzo ó lavando las arenas de algunos ríos. Con él 
hacen cadenas y pequeños adornos, no siéndoles desconocido 
el arte de mezclarle la plata que el comercio les proporciona. 
Antes de que sociedad alguna española emprendiese la explo- 
tación de las minas de cobre de Mancayan, los Buriks las be- 
neficiaban ya por medios tocos, pero muy ingeniosos (1). 
(Jordana pág. 64.) 



(1) El Sr. Lacillo, en su follólo Tierras y Rajas. Iiablando de la explota- 
ción de estas minas por los igorrotes, dice lo siguiente: 

«Las minas de Mancayan, que hemos descrito en otra parte de esta 
obra, eran ya conocidas por los habitantes de Lepanto, que extraían de ellas 
grandes cantidades de mineral. Más adelante veremos que en el desarrollo 
de esta industria se ha querido fundar una hip<'»tesis opuesta á la que hace 
íi los igorrotes originarios de los chinos. Creemos que este punto es de gran 
interés etnológico, y por eso, como por lo ingenioso de los procedimien- 
tos, vamos á trascribir los pírrafos <lo un artículo publieido en la Re- 



13(1 SEHT'NDA P\nTR. KTDF.O'WN 



Busaos. 



Los Busaos lindantes al N. y O. cun los Tiiiguianes, al E. 
con ios Itetapaanes, y al S. con los Buriks, no se distinguen 
de estos últimos sino en que llevan en las orejas grandes aros 
de cobre, ó en su defecto unos [)edazos de madera de bastante 



vista Minera, que da noticia de esa industria que tan bien habla en fa- 
vor de ese pueblo nómada. Según el citado trabajo, copiado por Jagor eri 
su obra, los terrenos de Mancayan estaban «antes divididos en parcelas de 
extensión varia y distribuidas entre las rancherías sogun el número de ha- 
bitantes; los límites se guardaban cuidadosamente. La pertenencia de cad.v 
ranchería se subdividía entre determinadas familias, y por eso presentaban 
estos pueSlos mineros el aspecto de activas colmenas. Para el beneficio diú 
mineral se servian del fuego, encendiéndolo en ciertos puntos, á fin de. 
fraccionar aquel, valiéndose déla fuerza expansiva que origina al vaporizarse; 
el agua contenida en sus intersticios y empleando además instrumentos 
de hierro. La primera separación de la mena se hacía en las mismas ga- 
lerías; se dejaban la ganga en el suelo y lo levantaba tanto que las lla- 
mas del fuego encendido después, llegaban hasta la bóveda. A causa de 
la naturaleza de la roca y por lo imperfecto del procedimiento había fre- 
cuentes hundimientos. La mena se clasificaba en rica y en cuarzosa: la 
primera se fundia sin más operación previa y la segunda se sometía á una 
tostion muy fuerte y duradera que motivaba la evaporación de una parte del 
azufre, antimonio y arsénico, y después se practicaba una especie de destila- 
ción de las piritas de cobre y de hierro, que quedaban adheridas á la super- 
ficie del cuarzo y podían separarse en su mayor parte. 

Los hornos de fundición consistían en una cavidad en el suelo arcilloso, 
de 0">, 30 de diámetro por 0"S 15 de profundidad. Una abertura cónica in- 
clinada 30° respecto del boyo y abierta en piedra refractaria á la acción del 
fuego, llevaba dos tubos de caña, á cuyas extremidades inferiores se adop- 
taban dos troncos de pino huecos; á lo largo de su cañón corrían dos discos 
cubiertos con hiervas secas ó con plumas para conducir el aire necesario á 
la fundición. 

Cuando los igorrotes beneficiaban cobre negro ó cobre nativo, evitaban 
las pérdidas por oxidación introduciéndolo en un crisol de buena arcilla re- 
fractaria en forma de casco, que les facilitaba asimismo fundir el metal en 
los moldes hechos con la misma arcilla. Después de disponer el horno lo 
cargaban con 18 á 20 kilogramos de mineral rico ó ya tostado, que según 
los ensayos hechos por Hernández contiene un 20 por 100 de cobre; tal 
procedimiento está conforme con las prescripciones científicas, pues el mi- 
neral queda asi siempre junto á la boca de los tubos, ó sea bajo la directa 
acción del aire atmosférico; pero los carbones se pegaban á lo largo de las 
paredes del horno, formadas por piedras sin enlace, amontonadas una so- 
bre otras y del tamaño de O"", 50. Después de encendido el fuego y cuando 
las corrientes de aire empezaban á actuar, se desprendían densas columnas 
de humos amarillos, blancos y anaranjados, procedentes de la evaporación 



I'^í(lS V COPTrMBr.ES 



poso que les alargan la ternilla inferior ha<íta cerca del hom- 
bro. Su latuaje se limita á los brazos, en los cuales se pintan 
flores, y cubren la coronilla de la cabeza con un casquete de 
madera ó de bojuco de forma cilindrica, adornado á veces con 
plumas. Son tan industriosos como los Buriks. En Benang fa- 
brican buenas aliguas, y por lo común cuidan bien sus semen- 



parcial experimentada por el azufre, el arsénico y el antimonio, que no ce- 
saltan hasta pasada una hora; cuando se formaba sólo ácido sulfuroso tras- 
parente, el color alcanzaba su iírado máximo y entonces se retiraba el pro- 
ducto su'ípcndiendo la fundición Aquel consistia en una escoria, ó mejor 
en los mismos fra^'inentos de mineral introducidos en el crisol, que á causa 
dví la sílice contenida en la gant^a se convortian por la descomposición del 
sulfuro metálico en una masa porosa (no podían trasformarsc en combina- 
ciones escoriosas y en silicatos por falta de las bases y del grado de color 
necesarios), y ademas también en una piedra impura de 4 á 5 kilóg. de peso 
con un 50 sí nn GO por 100 de cobre. 

Se reunían algunas de estas piedras y se fundían á una alta temperatu- 
ra, separando así de nuevo gran parlo de los tres cuerpos volatilizables ya 
citados. En los mismos hornos colocábanse verticalmcnte las piedras ya so- 
metidas antes al color, y se hacia de manera que estuviesen en contacto con 
el aire, y los carbonos se disponían junto á las paredes del horno, resultando 
como escoria, después de una d sólo media hora de fundición, un silicato de 
hierro con antimonio y algo de arsénico, ó sea una piedra con 70-75 por 100 
de cobre, que partían en discos muy delgados (piedras de concentración) uti- 
lizado las caras de enfriamiento. En el piso de la cavidad quedaba, después de 
desazid'rar más ó menos la masa, una cantidad mayor ó menor de cobre ne- 
gro, siempre impuro. 

Las «piedras de concentración» obtenidas por este segundo procedimien- 
to, volvían á someterse á la acción del color, separándolas con copas de 
madera á 11 n de que no se aglomeraran los productos de la fundición antes 
de ser purificados por el fuego. 

El cobre negro resultante de la segunda carga, y las piedras fundidas, se 
somelían junios en el mismo horno á una tercera, colocando fragmentos 
para disminuir los inlersiicios y añadiendo un fumJenle De aquella resul- 
taban una escoria de liierru silieatado y un cobre negro que se echaba en 
moldes de arcilla, vendiéndose después en (d comercio. Este cobre negro con- 
tenía de 92 á Oi por 100 de cobre, y lo impurilicaba un carbonato del mismo 
metal reconocible por su color amarillo. El óxido aparecía siempre en la 
su'perlicie á causa del enfriamento lento, lo que no podía evitarse á pesar 
de todas las precauciones adoptadas al efeclo, por ejemplo la de sacudir con 
ramas verdes la parte expuesta á la oxidacioa. Cuando el cobre tenía que 
emplearse para fabricar calderos, pipas y distintos objetos de uso doméstico ó 
de adorno, (¡ue hacen los iporrotes con grande habilidad y admirable pacien- 
cia, se somelía á un proecdimienlo eonsislente en disminuir la cantidad 
de combustible y aumentar la eorricnle de aire á medida que la fiindii-ion lo- 
ral)a á su tt'-rmino. lo cual molivaba la desaparición de los carbonalos » 



138 SEGUNDA PAUTE. ETOLOGIA 



teras. Por la costumbre indicada de usar grandes aros de cobre 
en las orejas, suponen algunos que estos salvajes deben pro- 
ceder de una mezcla de indios con individuos de Vanikoro, 
Tahití y otros archipiélagos del océano Pacífico, arrojados á las 
costas de Luzon por las tempestades. (Jordana pág. 65.) 

Tinguianes. 

Al N. y O. del territorio ocupado por los Busaos viven 
los Tinguianes ó Itauegs, los cuales se encuentran en inme- 
diato contacto con ios pueblos cristianos de la provincia de 
llocos Sur y extienden por el interior hasta la cordillera del 
Tila, en el distrito político-militar de Lepanto, ocupando ade- 
más una gran parte de la provincia del Abra. Hay quien ase- 
gura que descienden de los chinos, en razón á su color bastant'í 
claro, á ciertos rasgos de su fisonomía y al traje que usan. Al- 
gunos de ellos tienen la nariz alta y aguileña, ojos inteligentes 
y el ángulo facial bastante recto. Distínguense adem.ís de los 
salvajes inmediatos por su carácter, virtudes, comercio é indus- 
tria, hasta el punto de que debe considerárseles tan civilizados 
como los indios cristianos. Los Tinguianes son pacíficos, sumi- 
sos y laboriosos. Los hombres llevan unos pantalones largos y 
una chupa cerrada por delante; algunos usan faja y un pañuelo 
atado á la cabeza á manera de turbante, con las puntas col- 
gando por detrás. Las mujeres una chaquetilla y un zagalejo 
á semejanza de las igorrotas, con la diferencia de que suele ser 
blanco. Otras veces usan ricos vestidos con bandas bordadas de 
color blanco y encarnado, y van invariablemente adornadas con 
unos manguitos de abalorios de colores, que se extienden desde 
el puño hasta el codo. También se adornan las piernas de una 
manera parecida. Dichos manguitos se los ponen cuando niñas 
y jamás se los quitan, de modo que al cabo de cierto tiempo 
les oprimen de tal manera los brazos que les producen heridas 
ó una hinchazón extraordinaria en las manos. La cabeza se la 
ciñen con una especie de banda. Hombres y mujeres son lim- 
pios, y viven tranquilos en sus pueblos dedicados á la agricul- 



usos Y COSTUMBRES ¡ :^9 



tura, ea la cual sobresalen, á la cria de ganados, pues poseen 
grandes piaras de búfalos, caballos y bueyes, y á la industria, 
siendo hábiles en la fabricación de objetos de barro y de varias 
telas. A los Tinguianes atribuyen algunos el brillo manufactu- 
rero de las provincias de llocos Sur y Norte. Con los indios 
cristianos mantienen un importante comercio de arroz, ganado, 
cera, oro y maderas, que truecan por los demás artículos que 
necesitan. En sus creencias, costumbres y gobierno se aseme- 
jan á los igorrotes. (Jordana pág. 66.) 

Itetapaanes. 

Confinan al E. con los Busaos, al N. con los Guinaanes, y al 
S. con los Igorrotes. Son de color más oscuro que sus vecinos, 
y su aspecto es repugnante y sucio. Llevan en la cabeza, como 
los Busaos, un casquete de bejuco. Guando bajan á los pueblos 
cristianos, los ocupan en el desmonte ó desbroce de las se- 
menteras, y en otras faenas. 

Guinaanes. 

Confinan al O. con los Tinguianes sus enemigos á quienes 
molestan con frecuencia destruyendo sus sembrados: al N. 
tienen á los Apayaos y al S. los Itetapaanes. 

Apayaos. 

Se extienden desde los últimos pueblos cristianos de llocos 
Norte hasta lo más alto de la cordillera y vertiente oriental de 
la misma que mira á la provincia de Cagayan, y confinan al 
S. con los Guinaanes. Son pacíficos, laboriosos y aseados. Sus 
casas, cuadradas y altas, están regularmente construidas y 
amuebladas. Comercian en cera y cacao con los Ilocanos. 

Adangtas. 

Estos infieles ocupan las estribaciones del monte Adang 

junto á la extremidad N. de los Caraballos occidentales. 

IS 



140 SEGUNDA PARTE. ETOLOCIA 



Lo mismo que las otras tribus de que hemos hablado, se 
asemejan á los demás igorrotes por su carácter, costumbres 
y otras prácticas. 

SEGUNDO GRUPO. 
Calingas, (i) 

«La gran cordillera central que recorre esta provincia, (Ca- 
gayan) así como también la de la Isabela, de S. á N., se 
halla sin interrupción poblada de numerosas rancherías de 
infieles salvajes, y en absoluto independientes entre sí y de 
toda otra autoridad. Se hallan muy diseminadas estas ran- 
cherías, y más ó menos distantes unas de otras, ocupando mu- 
chas de ellas sitios muy ventajosos para la agricultura. La 
extensión de la cordillera central es muy grande, pues con 
respecto á su anchura, hay parajes en que quizá no baje de 
diez leguas, si es que no pasa. Abundan por entre las ele- 
vadas crestas, valles, y barrancos de difícil acceso, unos por lo 
quebrado del suelo, y otros por lo espeso de sus bosques; 
pero todas las rancherías se podrían sin dificultad hallar con 
solo seguir el curso de los esteros ó riachuelos á cuyas orillas 
siempre se hallan próximas. Empero ya no son navegables 
estas vias fluviales á la altura donde las dichas rancherías 
suelen hallarse internadas, si no á lo más en tiempos de 
aguas. 

En la cordillera que recorre la costa del E. hacia el Pa- 
cífico, no hay apenas ranchería alguna de los infieles llama- 
dos Calingas, pero en cambio abundan bastante las de los 
Negritos, de los que también hay alguna que otra ranchería 
en los montes de la cordillera central, pero en mucho me- 
nor número. 



(1) Es!a relación, escrita expresamente para esta Memoria, es trabajo del 
R. P. Fr. Pedro de Medio, cura párroco de Malaueg (Cagayan) de quien ya 
antes hemos hablado tratándose de los Negritos. (N. del E.) 



usos Y r.OSTT'MRRES lil 



Muy difícil es hacer un cálculo aproximado siquiera do 
la importancia en número de la población infiel, por haber 
muchas rancherías de gentes feroces, . por completo incomu- 
nicados con los pueblos cristianos, pero no sería del todo ar- 
riesgado suponer que pasen de la mitad de la población cris- 
tiana esta provincia. 

Son los Calingas en mucho mayor número que los Negri- 
tos, hallándose las más numerosas y pobladas rancherías en el 
largo espacio de la cordillera central que existe entre el pueblo 
de Malaueg y la costa del mar de la China hacia Pamplona 
y Abulug, que es donde terminan dichas rancherías. Quizá 
pase de unas doce leguas la indicada extensión en longitud. 

Ocupan extensos y fértilísimos valles á propósito para todo 
género de cultivos. Por mas que la mayor parte de ellos son 
feroces y asesinos, cometiendo frecuentes homicidios en los 
pueblos de la costa y en los de Malaueg y Tuao, particu- 
larmente los llamados Apayaos, que deben ser los mismos de 
que la historia habla con el nombre de Mandayas, tienen 
bastante comunicación con los Ilocanos, con los que comer- 
cian vendiendo tabaco y algunos otros artículos de agricul- 
tura, por géneros y otros varios efectos. 

Con motivo de las frecuentes fechorías de asesinatos que 
en el pueblo de Malaueg cometían los dichos Apayaos, par- 
tió de allí una expedición, que sus mismos habitantes orga- 
nizaron por sí y ante sí, á las órdenes de su Gobernador- 
cilio, que después de unos tres dias de camino llegó á las 
indicadas rancherías (1). No S3 derramaron torrentes de san- 
gre de un lado ni de otro, pero los infieles seriamente pro- 
metieron no volverse Á entrometer con los de Malaueg, lo 
que en efecto han cumplido hasta el dia. Únicamente van de 
cuando en cuando á cazar á los infieles de algunas de las 
rancherías de Calingas mansos situados en la jurisdicción de 



(I) Fud csfo hacia .'I año 1875. (N. del A.) 



142 SEGUNDA PAUTE. ETOLOGIA 



este pueblo, que pagan un pequeño reconocimiento. Sin em- 
bargo, ningún indio de este pueblo se atreve á internarse hacia 
aquellas rancherías, mientras en tiempos más antiguos dicen 
los viejos que habia alguna comunicación. 

Por lo que los testigos presenciales de la indicada expe- 
dición han podido observar, hay por allí grandes rancherías, 
hasta de ochenta y más casas, lo que es raro, pues las de estos 
alrededores son siempre mezquinas en número y apariencia. 
Parece también cierto que abundan allí las buenas casas he- 
chas de madera, y mejores que las de los pueblos cristianos 
del partido de Itaves, no faltando tampoco por allí quienes 
tienen dinero en abundancia. 

Si estas rancherías pudieran amansarse, de grado ó por 
fuerza, lo que no creemos imposible, se tendría mucho adelan- 
tado para ir paulatinamente facilitando el paso á llocos por 
aquella parte. 

Es corriente entre los cristianos de por aquí el que los 
Apayaos, ó al menos algunas de sus rancherías más conside- 
rables, han sido cristianos en tiempos antiguos, y dicen que 
todavía existe por allá una iglesia, aunque no se sabe el es- 
tado en que se hallará; mas es probable que de ella no que- 
den mas que las tapias en ruinas. También es notable que 
entre ellos se conservan nombres de cristianos en ciertos in- 
dividuos, como Vicente, María etc., lo que nunca sucede en 
los demás infieles. 

Hacia los pueblos de Tuao, Pia-t, y Tabang, hay también 
rancherías de infieles mansos que con frecuencia se comuni- 
can con los cristianos. En el primero, internados en parajes 
remotos y quebrados, los hay enemigos de los cristianos, á 
los que hace unos dos años han hecho algunos asesinatos, y 
esto en el mismo casco del pueblo, y en la misma casa donde 
se habían hospedado con motivo de hallarse allí buscando algún 
jornalillo: á las altas horas de la noche mientras los dueños 
de la casa se hallaban durmiendo, les cortaron las cabezas y se 
escaparon, siendo al dia siguiente perseguidos por los cristia- 



i:SOS V nOSTíKMHHKS 1 'i3 



nos del pueblo que llegaron hasta su ranchería, y mataron á 
casi todos cuantos pudieron hallar; yendo mas tarde otra ex- 
pedición que no pudo hacer nada por hallarse ya prevenidos 
y haberse con tiempo escapado. 

Cuando cometieron aquellos asesinatos andaban los de aque- 
lla ranchería libremente por el pueblo en calidad de amigos, 
pero aun los que se dicen mansos tienen bien arraigada la 
funesta tradición de conservar en la memoria como deudas 
las muertes que se hayan hecho á los suyos, aunque fuese 
en tiempos antiguos, sin preocuparse de vengarlo precisamente 
en los autores del homicidio, sino que para ellos se paga la 
deuda en un cristiano cualquiera del pueblo de que era na- 
tural el homicida. Esto mismo hacen los de una ranchería 
con otra, y hasta los de una parentela con alguna vecina, y 
del propio rancho. De aquí parece procedieron dichos asesi- 
natos. 

No difieren apenas en nada las costumbres de los infieles 
llamados mansos, por vivir en paz con los pueblos cristia- 
nos y pagar su mezquino reconocimiento, sino únicamente en 
que las fechorías que habían de hacer en la población cris- 
tiana, las hacen tan solo con otros ranchos de la misma raza, 
y aun con otros individuos infieles vecinos suyos; por eso que 
una ranchería de los mansos del pueblo de Tuao, por ejem- 
plo, es enemiga de otra de mansos también del pueblo de 
Pia-t, haciéndose por esta razón todo el daño que pueden. Los 
Negritos, al menos los del partido de llaves, son amigos de 
la mayor parte de los infieles sometidos de estos alrededores 
y enemigos de las que lo son de los mismos. El que esto es- 
cribe encontró en cierta ocasión en la calzada á una familia 
bastante numerosa de Negritos, con la particularidad de ir to- 
das las muchachas jóvenes coronadas de flores. Preguntados 
por el objeto de aquella novedad, respondieron haber sido con- 
vidados por los Calingas de una ranchería de las que rodean 
á Malaueg, donde iban á hacer una fiesta á su manera, con 
motivo de haber salido á cazar dichos Calingas á sus cnerai- 



SEOíTXDA PARTR. ETOLOiíIA 



Í50S de otra distante ranchería, aunque no explicaron bien si= 
hablan logrado ó no la rauerte de algún eaeraigo. La fiesta 
se hace lo mismo, y hasta dicen que si al poco de concluida 
alguna de semejantes expediciones no se hace la fiestecilla se 
les hincha después la barriga. 

Los cristianos del partido de Itaves, que todavía tienen 
bastantes resabios de Calingas, se unen fraternalmente con los 
de estos llamados amigos para hacer sus íiestecillas en el caso 
de expediciones á las rancherías de los fieros, en las que tara- 
bien suelen ir los cristianos acompañados de Calingas ene- 
migos de aquellos que van á combatir. La fiesta se reduce á 
reunirse buen número en alguna casa; sacrificar y comer en 
grande cerdos ú otros animales de sabrosas carnes, alternando 
con sendos tragos de Vinarayang, bailotear desaforadamente. 
y pasar el dia con grande regocijo entre canciones y voceríos 
salvajes. Los héroes son obsequiados y coronados por las mu- 
jeres de las rancherías amigas, reunidas allí fraternalmente 
con los demás adalides. 

No consta que los infieles de esta provincia sean idóla- 
tras, por mas que entre ellos abunden las supersticiones y 
vanas observancias. Hasta los hay que creen en un Dios, lo 
mismo que los Negritos, preocup mióse muy poco por lo que 
á Religión concierne. Uno de los casos en que más abundan 
sus prácticas supersticiosas es en lo que se refiere á curar en- 
fermos, por lo que también hay alguno que otro cristiano que, 
aquejado por alguna larga y molesta enfermedad, se va á que 
le curen los Calingas. 

Por el pronto practican con sus enfermos todas las inep- 
cias que se acostumbran entre estos cristianos ignorantes. 
Además es muy frecuente entre ellos, sin escepcion de razas 
ni rancherías, el consultar la voluntad de los espíritus por el 
ministerio de las viejas. Mucho pudiéramos hablar sobre ello; 
pero nos limitaremos á referir un hecho presenciado por dos 
indios que viajaron á una distante ranchería de las sitas en 
la jurisdicción de! puí^blo de Malaueg. 



sos Y COSTUMBRES 145 



Llevaron á la casa donde ellos se hallaban dos niños en- 
fermos, con el Qn de curarlos ó saber su enfermedad. Los 
embadurnaron bien con aceite, sentándose al poco una vieja 
cercana á ellos. Entonces le sucede á la vieja lo que con expre- 
sión clásica de estos monteses dicen de «que penetra su inte- 
rior una cosa que no se ve; » aunque es frecuente digan 
también que se les introduce el alma de algún muerto. En esta 
disposición empezó á temblar con violencia, hacer horribles 
visajes y hablar con voces y formas extrañas, pareciendo como 
que lloraba con un lloro indefinible, poniéndosele asimismo 
de un color muy encendido la cara. Los cristianos ignoraban 
la significación de lo que pronunciaba, pero los infieles lo 
entendian perfectamente, y era lo que se referia á la curación 
y clase de enfermedad de los niños. Se pusieron luego los cris- 
tianos á rezar, y entonces sufrió la vieja como una gran vio- 
lencia, prorumpieiido en seguida en copiosísimo sudor, parán- 
dose las revelaciones por efecto de las palabras proferidas en 
el rezo de los cristianos (1). 

Lo más notal)le del caso es que pasado aquel poseimiento, 
la vieja no recuerda absolutamente nada de cuanto le pasó ni 
de cuanto dijo, porque tampoco habló con conciencia de lo que 
decia, y tanto esta inconsciencia, como lo de cesar el oráculo, 
mientras las oraciones cristianas, dicen que es fenómeno cons- 
tante; y en este caso al ver los infieles la interrupción de las 
revelaciones hicieron salir de allí á los cristianos. 

Ya se ve que el caso, tan antiguo aquí como la existencia 
de las razas infieles, es idéntico en el fondo al de los espiritis- 
tas, que tanto dan que decir en Europa. 

Son muy dados también estos Calingas á hacer horósco- 



(1) Tamltion es cierto que cuando quieren consultar por cualquier mo- 
tivo un oráculo, llaman al diablo dan(lo ¡íolpes en un plato, lo que sirve 
de señal para que el espíritu acuda y se introduzca en el cuerpo de la 
vieja. Kn el caso de ir á una expedición, se van presentando uno por um» 
al oráculo los varones, y aquel que el espíritu en la vieja dice será muerto ó 
lierido, ya no va á la expedición. 



146 SErxUNDA PARTE. ETOLOrrlA 



pos por medio del reconocimiento de las rayas de la mano. 
No desprecian tampoco el canto de las aves, por el cual augu- 
ran la suerte que han de tener en sus viajes aventureros á 
buscar enemigos, cuyas cabezas puedan presentar como glorio- 
sos trofeos. 

Se dedican también á buscar yerbas, que venden ó pro- 
curan también para los cristianos, con fines especiales. Asi 
tienen yerbas que ellos reconocen, las que dicen ser buenas 
para hacer valientes en la caza los perros, dándoselas en la co- 
mida. Para captarse el amor de alguna mujer que les ha en- 
trado en deseo, también buscan ciertas yerbas, comprándolas 
á veces bastante caras á sus embusteros embaucadores y cor- 
religionarios. No acabaríamos nunca de enumerar la infinidad 
de errores que á sus pobres ánimos tienen dominados. 

Hemos dicho ya que son muy aficionados al asesinato, que 
á cada paso está sucediendo entre ellos. Si un Calinga, por 
ejemplo, sabe que otro, quizás vecino suyo, tienen relaciones 
con su hija, ó con otra pariente suya, aunque sea bastante 
lejana, y no le gustan aquellas relaciones, busca alguna ocasión 
en que pueda acometerle á ocultas por la espalda, y lo alan- 
cea ó le corta la cabeza. Nadie le molesta gran cosa por el 
pronto, pero en la primera ocasión, aunque sea después de lar- 
gos años, los parientes del difunto, vengan el asesinato, ma- 
tando al agresor, ó á un pariente suyo, por mas que no sea 
muy próximo, resultando de este nuevo asesinato nueva deuda, 
y asi interminablemente. 

Cada pequeño rancho tiene un jefe, que entre ellos se 
llama mengaly y es escogido entre los que hayan cortado más 
cabezas de rancherías de enemigos, significando valiente la 
palabra mengal. Su gobierno dura con él mientras vive, pero 
es muy corta su vida de ordinario; porque sí alguno de sus 
subordinados tiene alguna cuestión en que quede mal contento 
del mengal, en la primera ocasión muy resueltamente le quita 
del medio. Y cuando nó, su grande afición á consolidar la 
fama de valiente y allegar más y más trofeos en cabezas cor- 



T^'SOS Y COSTUMBRES 



tadas, es ocasión de que en sus aventuras pierda su cabeza en 
vez de cortar la de otros. De tantas veces como van por lana, 
algunas salen trasquilados. 

Por lo demás, no es grande el poder de uno de estos va- 
lientes para con sus bárbaros subditos, quedando la libertad 
personal en su mayor amplitud, y haciéndose la justicia cada 
cual por su cuenta. En el caso de un homicidio, el mengal 
procura componer las partes, sin castigar al culpado, y el ar- 
reglo, cuando se lleva á cabo, consiste en que el homicida pague 
alguna cosa á los parientes del muerto, v. g. un cerdo, uno ó 
más utensilios de cocina, alguna cantidad de arroz ó de maíz, 
etc. según lo que los agraviados pidan. Si el asesino se con- 
forma, quedan en paz, ó «con el corazón limpio,» como ellos 
dicen, mas en el caso contrario procede la venganza cuando la 
ocasión S'^ presente, en las condiciones que ya quedan indicadas. 

En materia de casamientos son los Calingas muy poco ata- 
cados de escrúpulos, pues se casan y descasan con la mayor 
facilidad del mundo. Cuando el varón se cansa de su esposa 
la despacha, dejando, empero en su poder el mezquino dote 
que le dio al casarse. Cuando es la mujer la que quiere des- 
hacer el casamiento, cada uno se lleva consigo lo que trajo 
al matrimonio. Esto de descasarse es frecuentísimo entre ellos. 
Calinga muy joven h=>mos visto que ya se habia casado cuatro 
veces, viviendo las cuatro mujeres. Los Negritos sus vecinos, 
hacen enteramente lo mismo. 

El traje de los Calingas viene á ser el mismo que el des- 
crito al hablar de los Negritos: no usan sombrero de ninguna 
especie, sino que se limitan á cubrirse la cabeza con algunos 
hojas anchas de cierta clase de palmas, cuando el sol ó la llu- 
via les molesta. Andan como los Negritos en solo bajaque, me- 
nos cuando el frió les incita á añadir algún trapo, arrebuján- 
dose en algún pedazo de manta. Cuando no pueden hacerse con 
bajaque de más lujo, se lo procuran ellos mismos arreglando la 
corteza de un árbol, que convenientemente machacada y co- 
sida, puede hacer sus veces. 

19 



1''í8 SKr,T'\n\ PARTE RTOLOr.IA 



El tipo fiel Calinga ps muy parecido al del indio, pero algo 
más blanco que é?te. Hay entre ios Calingas gente de facciones 
muy regulares y finas, así como nervudos y robustos mozos, 
aunque no llegan á los europeos. Las mujeres suelen ser tanto 
ó más agraciadas que las indias, si bien muy sucias, así como 
Jos varones de su raza. Éstos suelen dejarse crecer el cabello, 
cortándolo tan solo por la parte delantera de la cabeza basta 
la raiz de la frente, trayéndolo unas veces suelto hacia la es- 
palda y otras recojido por cima de la cabeza. Las mujeres lo 
tienen largo como las indias, y se lo arrollan alrededor de la 
cabeza. 

El traje de las mujeres consiste en un tapis arrollado á la 
cintura y un bajaque interior, usando algunas camisa muy 
corta y trasparente, y prescindiendo otras de ella. Suelen traer 
al cuello abundancia de adornos de abalorio, que lo forman 
unas cbinitas blancas y negras que ellos aprecian mucho, pero 
que en realidad son de poco valor. Algunas hay que tienen en 
su misma piel abundancia de dibujos en los brazos, los cuales 
dibujos se los hacen punzando el cutis con una aguja hasta 
empezar á salir la sangre, y ahumando luego las partes recien 
heridas, con lo que aquello no se quita nunca. 

Al igual que los Negritos, tienen los Calingas la costumbre 
ó superstición de abandonar á los enfermos graves en el caso 
de peste, dejándolos que solos se mueran como perros. Con 
Jos variolosos hacen lo mismo, menos en el caso de que no 
presente el enfermo síntomas de mucha gravedad, y en alguno 
que otro raro. En los demás abandonan al enfermo y la casa 
donde se halla, marchándose á otro punto lejano. 

Entre los cristianos de esta provincia es muy raro que haya 
algún caso de la horrible enfermedad de la lepra, que es sa- 
bido consiste en irse carcomiendo la carne del paciente en los 
puntos donde ataca el mal, hasta quedar el enfermo en el hueso 
vivo y perecer sin remedio. Esta enfermedad es frecuente en- 
tre los Calingas, y á los desdichados que llegaron á tal des- 
gracia, los llevan sus parientes y vecinos al interior del bos- 



rSOS Y COSTUMRR'^.S 



que, les hacen allí una cliocita, dejándoles alguna cosa para 
comer durante un tiempo limitado, y allí se mueren comple- 
tamente desamparados de auxilio humano. 

Otra de las costumbres feroces, grandemente arraigadas y 
extendidas entre los Calingas, es la del infanticidio. Suelen ma- 
tar á todos ó casi todos los hijos ilegítimos. Aun los legítimos 
son con frecuencia víctimas de su ferocidad, ya porque á los 
padres les parezca tener demasiados hijos, ya porque el párvulo 
haya salido hembra, que luego no les servirá para trabajar, ya 
también por algunas otras señales, que ellos en su preocupación 
juzgan como de mala suerte. 

Con frecuencia las mismas madres son las que matan á sus 
hijos que han dado á luz siendo solteras ó viudas, y cuando 
no ellas, sus padres ó parientes immediatos. La forma más or- 
dinaria en que lo hacen es introduciendo al niño en una pe- 
queña tinaja, la cual cierran en seguida fuertemente, enter- 
rándola luego y asfixiándose así la criatura. Algunas veces 
también los matan haciéndolos pedazos con instrumento cor- 
tante. Algunos cristianos han conseguido salvar á estos niños 
próximos á ser víctimas de la ferocidad de sus salvajes pa- 
dres, pero tampoco faltan casos en que éstos digan que pre- 
fieren matar á sus hijos antes que entregarlos á un cristiano. 

No debemos olvidar, al tratar de dar á conocer las cos- 
tumbres de estos infieles, su afición á las fiestas y jolgorios. 
Cada ranchería, por pequeña que sea, tiene una fiesta al año, 
acudiendo á ella los infieles de otras rancherías no muy le- 
janas. Suelen ser antes del tiempo de la recolección de sus 
cosechas de arroz, teniendo por objeto el que la cosecha no 
se pierda. Para ello no imploran la clemencia de divinidad 
alguna, si no que se limitan á «hacer la fiesta,» es decir, á reu- 
nirse en gran número, meter gran ruido, comer hasta saciarse 
y cantar y bailotear sin límite alguno más que el de su vo- 
luntad. Acostumbran en estas fiestas, que Wdmdin pattung, á lle- 
var grandes envoltorios de morisqueta, y tirarlos y echarlos a 
perder, cada uno el suyo. 



■150 SE^rUNDA PARTE. ETOLOGIA 



Hace también su gran papel un brevaje que llaman bassi, 
hecho por ellos de la caña de azúcar, con el que en gran nú- 
mero se embriagan. IJe aqui se siguen en las dichas fiestas pen- 
dencias, y riñas, y homicidios en abundancia. 

Es también tiempo señalado en sus supersticiones el de la 
recolección de las cosechas de arroz, para hacer algún asesinato 
entre los inÜeles ó cristianos enemigos suyos. 

Todas las referidas atrocidades, repetimos que lo mismo 
existen entre los infieles tributarios que en los independientes, 
pero ha desaparecido, por la misericordia de Dios, de los 
pueblos cristianos, mediante la enseñanza de la Religión cató- 
lica, que en sus ánimos se ha ¡do infiltrando por la incesante 
predicación y enseñanza de los Ministros. Miserias y pecados 
hay entre los indios, como entre todos los demás hombres; 
pero esto no se debe á su catolicismo, sino á su flaca condi- 
ción de hijos de Eva; antes al contrario, lo malo que tengan 
es precisamente por lo deficiente de su catolicismo, por lo que 
dejan de cumplir de los preceptos y enseñanzas déla religión, no 
por su causa. Mas siempre qu3da una gran distancia entre los 
infieles dejados á su ignorancia y bárbaras supersticiones y cos- 
tumbres, y los cristianos entre los que se desconocen sus in- 
fanticidios, persecuciones y venganzas bestiales, y demás igno- 
minias del género humano. ¡Bendito sea el nombre de Cristo 
á cuyo potente, suave y benéfico influjo, como desaparecieron 
los horrores del antiguo paganismo, han desaparecido tantas 
crueldades y abominaciones de entre estos hijos de España!....» 

Aripas. 

Difieren poco de los Calingas que se hallan más al N. y 
viven en Jas inmediaciones de Tábang: unos y otros lindan por 
el O. con los Apayaos que, como hemos dicho se extienden 
hasta la opuesta vertiente. Los que caen á este lado, de la 
cordillera, son en sus instintos idénticos á los Calingas. Pare- 
cen ser los Aripas los llamados Calingas mansos de que nos 
habla el P. Pedro de Medio en la relación anterior. 



usos Y COSTTTNrnnKS 



151 



Calauas. 

Viven en las alturas inmediatas al pueblo de Malaueg, y 
las cañadas del río Chico, en el partido de Itaves (Cagayan); 
y según el Sr. Jordana, se hallan comprendidos entre los Gad- 
danes al S., los pueblos cristianos al E., los Calingas al N., 
y los Guinaanes al O. de donde se infiere que esta tribu in- 
fiel, lo mismo que los Aripas, no se diferencian de los Calin- 
gas, bajo cuya denominación están comprendidos todos ellos. 
Si hemos de creer al Sr. Jordana, cuyas noticias sobre el par- 
ticular no siempre son exactas, difieren éstos de los Aripas por 
su índole, y por sus rasgos físicos: lo cual por otra parte 
nada tiene de particular que así sea. Lo mismo opina el P. Bu- 
ceta tratando de estos infieles. 

Gaddanes. 

Se hallan situados al N. O. de los Calauas, y confinan por 
el O. con los Itetapaanes con quienes tienen mucho parecido, 
así en sus costumbres como en el color de la piel más oscuro 
que el de los demás salvajes. Son sucios y estúpidos, más pa- 
cíficos y de fácil reducción. Según el P. Buceta, son de pe- 
queña estatura, ojos redondos, nariz grande y aplastada. Usan 
las mismas armas y traje que los Itetapaanes que viven en la 
vertiente opuesta. 

Ifugaos. 

Siéndonos completamente desconocida esta raza, consulta- 
mos á un Religioso amigo nuestro, que hace muchos años ad- 
jninistró en el pueblo de Carig de la Isabela, quien encon- 
trando bastante exacta la relación del Sr. Jordana que copia- 
mos al pié de la letra, nos hizo algunas observaciones que 
ponemos aquí por via de nota. La relación de que hablamos, 
dice así: 

«Recorriendo de S. á xN. la misma cordillera por la falda 



152 SE'ÍTTXnA PAUTE. ETOLOr.IA 



oriental, ó sea por las vertientes que caen á ias provincias 
(le Nueva- Vizcaya, Isabela y Cagayan, encuéntrase otra serie 
(Je tribus muy distintas entre sí. 

La de los Ifugaos abraza un gran número de rancherías 
que se extienden por la orilla izquierda del río Magát, con- 
finando con las misiones de Ituy y con Silipanes é Isína- 
yeSy reducidos ya (1), que están situados respectivamente ha- 
cia el N. y el S. O. de la provincia de Nueva- Vizcaya. Los 
Ifugaos son de carácter sanguinario, y aunque tienen gran- 
des siembras de arroz, no renuncian al hábito de guerrear 
con sus vecinos, y sobre todo con los Gaddanes, que están 
al N., y ocupan el territorio de las misiones de Paniqui 
que les pertenecía. Gustan del feroz placer de asaltar á los 
pasajeros para robarlos y asesinarlos, y aun se dice que les 
cortan 'a cabeza, chupan la sangre y adornan sus casas con 
tan horribles trofeos. Suelen ponerse en las orejas un arete 
de bejuco por cada asesinato que cometen, y para consumar 
sus crímenes se emboscan y permanecen ocultos acechando 
la ocasión propicia. Sus armas son la lanza, la flecha y el 
arco, el cuchillo llamado bujías y la aligua. También ma- 
nejan con gran destreza el lazo, con el cual enredan á la 
víctima y la derriban, sin darle tiempo para la defensa. Su 
carácter belicoso llega al extremo de estar en continua lucha 
entre sí mismos, como sucede entre los Mayoyaos y Quian- 
ganes. Por sus caracteres físicos se asemejan á los Japoneses, 
suponiendo algunos por tal motivo que son mestizos de dicha 
raza.» (2) 



(1) Eslan reducidos en su mayor parte de los cuales se ha formado la pro- 
vincia de Nueva- Vizcaya. Los Silipanes son fieros y sanguinarios^ como los 
Ifugaos, y son muy semejantes en sus costumbres á los Ibilaos de quienes ú 
continuación hablaremos. (iV. del E.) 

(2) Así lo aürma el P. Buceta. [N. del E.) "' 



usos Y COSTUMBRES 153 



TERCER GRUPO. 
Ibilaos é Ilongotes. 

Con estos nombres se designan dos tribus de salvajes crue- 
les y sanguinarios instaladas en las montañas del Caraballo 
Sur, que forman el límite N. de Nueva-Écija, y las del Cara- 
ballo de Baler. Difiriendo muy poco entre sí, son aplicables 
á ambas las noticias que vamos á insertar. 

El P. Villaverde que ha vivido cerca de ellos muchos años, 
los describe así en su ya citado Informe. 

«Los ibilaos, dice, llamados también ilongotes, son suma- 
mente cobardes; pero al mismo tiempo los más traidores y famosos 
por sus crueldades. Son enemigos formidables de los negritos á 
quienes persiguen de muerte. También están en continua guerra 
los de unas rancherías con los de otras. Generalmente viven en 
rancherías pequeñas de diez, quince ó veinte casas. Van armados 
de pies á cabeza, esto es, usan el arco y la flecha, como sus 
vecinos los negritos, y además la lanza, la rodela y el campilan 
de los igorrotes de la cordillera Central. Cultivan sus huertas 
de camote, gape (1), maíz, cebollas y ajos, y tienen también 
su cosecha, aunque escasa, de arroz de secano, sembrado en los 
sitios algún tanto despejados de los bosques. Se ocupan también 
en recojer miel y cera, en hacer tejidos bastos y ciertos harne- 
ros ó cribas de bejuco, que venden ó cambian en los pueblos 
cristianos; pero, sobre todo, se dedican los varones á la caza y 
á ejercer sus crueldades y asesinatos; unas veces entre los de 
la misma raza, otras entre los negritos, y otras en los cristianos 
no amigos de las comarcas limítrofes. 

Estos tigres se dedican á verter sangre humana, más por 
motivos supersiiciosos y cierta necesidad, atendido su modo do 
vivir salvaje, que por aparecer valientes. Entre ellos es como 



(1) Caladium sagUtcefoUum de Linneo, cuya raiz y hojas son comcsliblea 
(N. del E.) 



154 SKr.ÚXDA PARTE. ETOLOOIA 



un requisito indispensable para todo el que liaya de casarse, 
ofrecer á la mujer, como el don miis estimable, un dedo, una 
oreja ú otra parte del cuerpo de alguna persona ya asesinada. 
Así es que, según las exigencias de esta feroz y bárbara cos- 
tumbre, se juntan unoscon otros para poder ejecutar sus cri- 
mines horrendos, por aquello de que hoy por mí y mañana por 
tí, y llevan los padres á sus hijos, aún pequeños, en sus expedi- 
ciones para enseñarlos y ejercitarlos en cortar siquiera la ca- 
beza de los ya asesinados por ellos. Cuando se les muere alguno 
de la familia, como padre, hijo, mujer etc., salen también á 
vengar estas muertes naturales, quitando la vida á víctimas ino- 
centes; y finalmente, hacen lo mismo después de la recolección 
del arroz, para dar gracias á sus divinidades del infierno por 
los beneficios recibidos. Y lo peor de todo es que es casi impo- 
sible castigar a estos bárbaros sanguinarios, por la espesura 
de los bosques en que viven y por las púas y trampas que 
colocan en los pasos indispensables; teniendo la astuta costuiíi- 
bre de no caminar muchas veces por los mismos sitios, para 
evitar se hagan veredas visibles que puedan dirigir á sus horri- 
bles moradas.» 

Es curiosa la relación del Sr. Jordana en que con toda 
minuciosidad nos describe las armas que usan e.^tos forajidos, 
y la forma en que preparan sus emboscadas cuando desean 
sacrificar algunas víctimas humanas. 

«Noticiosos, dice en su Bosquejo (pág. 74), por sus espías 
de alguna ocasión propicia para cortar la cabeza á un cristiano, 
se convocan para un dia dado y señalan de antemano el lugar 
en que deberán reunirse todos los que van á tomar parte en la 
empresa. Cuentan después el número de los convidados, que 
nunca debe bajar de ochenta ó ciento, y el iniciador tiene el 
deber de explicar detalladamente todas las circunstancias por 
las cuales es de esperar un éxito satisfactorio. Indica el sitio en 
que deben emboscarse, el número de cristianos que van á pasar 
por él, las armas que llevarán, hace resaltar la seguridad del 
triunfo, y jura por último que si sus cálculos salieren fallidos, 




Lit. de E Carmelo 



IBILAOS 



t'SOS Y GOSTUxMDRES 



matará al primero que se presente, aunque sea su propio padre, 
juramento que le exigen sus compañeros, pues no quieren verse 
burlados. Si esto último llega á suceder, el asunto suele ter- 
minar con la muerte del iniciador, por lo cual se comprende 
las precauciones con que procederán al urdir sus infernales 
proyectos. Una vez llegada la ocasión oportuna, toman todas 
las armas de que pueden disponer, tales como el campilán, 
la lanza, el arco, las flechas y el escudo. El campilán es un 
cuchillo en forma de machete, y de pié y medio de longitud 
próximamente, que adquieren siempre en sus tratos con los 
cristianos. Los ílongotes adelgazan la hoja á fuerza de desgas- 
tarla, la afilan con esmero, sustituyen el primitivo puño por 
otro formado con pedazos de cobre de vasijas viejas, lian á él, 
para afianzar mejor el arma, algunos trapos que atan con una 
cuerda fina á cuyo extremo hay un anzuelo para la pesca, y 
resguardan la hoja con una vaina de madera á la cual va 
unido una especie de cinturon que ciñen al cuerpo. La lanza 
tiene el asta de unos dos ó tres metros de longitud y de palma- 
brava, terminando en una punta de hierro de tamaño y forma 
variable, pues unas veces tiene la figura oval prolongada y 
otras la de arpón sencillo ó doble. El arco es de palma-brava, 
de unos dos metros de longitud, completamente liso, más 
grueso por el centro que por las extremidades, y la cuerda 
es un fuerte filamento de corteza de árbol. Las flechas tie- 
nen todas el asta de caña, de un dedo de grueso, llevando 
encajado en uno de sus extremos un palo corto, al cual está 
sujeta la punta de hierro, cuya forma y dimensiones son varia- 
bles. El extremo opuesto del asta lleva siempre dos medias 
plumas para dar dirección á la flecha y una pequeña incisión 
en que se afianza la cuerda del arco en el acto del disparo. 
Usan los ílongotes dos clases de flechas, unas para la caza y 
otras para el combate. El hierro de estas últimas es de longi- 
tud muy variable, pues mientras las hay que miden un decí- 
metro, son otras sumamente pequeñas. Su forma es de hoja 
sencilla ó formando arpón, y á veces colocan espinas en la 



20 



156 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



base para hacer más dolorosa la herida. No tienen, sin em- 
bargo, la costumbre de impregnarlas con sustancias venenosas. 
Las flechas de caza son semejantes á las anteriores, pero la 
punta es estrecha y arponada, con una prolongación en la 
parte inferior que se introduce en una concavidad del asta. A 
esta última se sujeta el arpón por medio de una lazada de 
cuerda muy delgada, que rodeando la espiga del arpón y el 
asta, hace que ambas partes permanezcan unidas y en una 
misma línea. La espiga del arpón sirve también para unirlo 
al asta por medio de un grueso cordel arrollado á ésta. Al 
penetrar la punta de la flecha en el cuerpo de la res, se es- 
curre la lazada que sostiene el arpón deshaciéndose el artifi- 
cio con que está sujeto, y por su propio peso cae el asta al 
suelo, desarrollando el cordel y quedando el arpón clavado 
en la res. Esta en su huida, engancha en las malezas la caña 
de la flecha que va arrastrando y no puede proseguir en su 
carrera á causa del dolor que le produce el arpón, siendo fá- 
cil entonces apoderarse de ella. El escudo es de madera muy 
porosa, liso y teñido de encarnado oscuro, de más de un me- 
tro de longitud y de unos tres decímetros de anchura, con 
un agarradero en el centro de su parte interna. Sírveles para 
cubrirse y defenderse de las flechas y golpes de los contra- 
rios, en el caso rarísimo de una verdadera lucha. 

Con las armas indicadas, provistos de alimentos y ceñida 
la cabeza con una banda ó trapo que les sirve de distintivo 
para reconocerse entre sí, avanzan cautelosamente por la es- 
pesura de los bosques, hasta que llegan á la proximidad del 
punto designado para la emboscada. Acechan desde lo alto de 
un árbol todos los alrededores, y cuando aJv|c.ieren la convic- 
ción de que no han sido vistos, ni se oye el menor ruido, se 
dividen en dos grupos, que se colocan á uno y otro lado de 
la senda por donde deben pasar los cristianos que esperan. 
Cada bando se divide en tres filas. Los individuos de la pri- 
mera ocultos entre el cogon, se sientan á tres ó cuatro pasos 
de la senda con el campilán y el escudo en la mano; los de 



TJSOS Y COSTUMIÍREí? 157 

Ja segunda se sitúan en igual forma un poco más atrás, pre- 
parados con la lanza, y por último, los de la tercera se colo- 
can á la espalda de pié y con el arco y las flechas, por si 
fuese necesario su uso. En esta ¡disposición permanecen largas 
horas sin hacer el menor ruido ó movimiento, después de bor- 
rada toda huella por la cual pueda descubrirse su presencia. 
Aparecen, por fin, los caminantes, que siempre suelen ser doce 
ó más, provistos de armas semejantes á las de los salvajes; 
pero que, sin sospechar la inminencia del peligro, marchan, 
confiados y á la desfilada, por no permitir otra cosa la senda. 
El perspicaz oido de los Ilongotes percibe pronto la proximi- 
dad do gentes, y toda la partida se prepara, en su consecuen- 
cia, para el ataque. Este tiene lugar en el preciso momento 
en que el último de los caminantes llega al centro de la em- 
boscada. Levántase entonces de súbito una salvaje gritería. 
Los cristianos, sorprendidos, apelan á la fuga, arrojando cuanto 
llevan encima y sin hacer uso de sus armas, no cesando en 
su precipitada carrera hasta que se encuentran por lo menos 
á una legua de distancia. Allí se miran atónitos unos á otros, 
prorrumpen en exclamaciones y lamentos, notan la falta de 
uno ó varios compañeros y prosiguen luego imperturbables su 
camino hasta el primer pueblo, en donde dan parte del su- 
ceso, refiriendo comunmente alguna hazaña suya que jamás 
debe tomarse como artículo de fe. La fuga de los cristianos 
favorece mucho el intento de los Ilongotes, pues como los que 
van delante son los primeros en huir, difícilmente pueden es- 
capar los últimos sin recibir un golpe mortal. El desgraciado 
que se siente herido por un golpe de lanza, asestado por lo 
común en la espalda, cae al suelo inmediatamente, y entonces 
comienza la fiesta triunfal de los Ilongotes y el cruel martirio 
de la víctima. Todos le rodean con grande algazara y des- 
compuestas danzas, y le van clavando uno á uno sus lanzas 
en el cuerpo. Por último, cuando todavía conserva un resto 
de vida, uno de los agresores le corta la cabeza, la arroja al 
aire y todos se precipitan á cogerla, reputándose como más 



158 SEGUiNDA PARTE. ETOLOGIA. 

bravo al que consigue apoderarse de ella. Unas veces la aban- 
donan al lado del inanimado tronco y otras la llevan á la 
ranchería para proseguir en ella su horrible fiesta. Los indios 
cristianos aseguran que los Ilongotes acostumbran á comerse el 
corazón y el hígado de sus víctimas cuando los sangrientos 
despojos de éstas están todavía palpitantes; pero dicha aseve- 
ración no ha sido comprobada todavía. 

Las mismas prácticas que acabamos de referir, observan en 
sus luchas con cualquiera otro enemigo». 

«En la vida doméstica, dice el mismo autor, presentan 
muchos puntos de contacto con los indios cristianos. Sus 
casas son de caña y ñipa, cogon ó anajao, el piso es de 
bejuco perfectamente unido y las paredes suelen estar reves- 
tidas de corteza de árbol. Apúyanse sobre troncos, y para 
eviíarse el corte, acarreo y erección de los mismos, suelen 
utilizar cuatro árboles convenientemente situados, á los cua- 
les despojan de las ramas que pueden estorbar la construc- 
ción, y con ellos por base forman á bastante altura la casa, 
que es siempre de pequeñas proporciones. A pesar de esto, 
en cada una de ellas habita toda la familia, juntamente con 
asquerosos perros, sin el más ligero asomo de limpieza, de 
suerte que en tales viviendas se percibe siempre un olor re- 
pugnante, que se hace característico en los habitantes y en todos 
los objetos de su pertenencia. 

Los enseres domésticos se reducen á una vasija de co- 
bre, una especie de sartén de hierro, una cuchara de cor- 
teza de coco, colocada al extremo de un mango de madera, 
un coco hueco para beber y un recipiente para el agua, que 
consiste en un trozo largo de bambú. Sobre el piso de la 
casa forman con tierra un fogón, en donde cuecen sus ali- 
mentos, sirviéndoles de olla para cocer el arroz ó el maiz 
un grueso cañuto de bambú. Cuando necesitan luz artificial 
la alimentan con resina, y para encender fuego se valen de 
dos pedazos de caña que frotan fuertemente entre sí hasta 
que entran en combustión. Unas cestas de bejuco colgadas 



t550S Y COSTUMBRES i 59 



del techo y las paredes, algunos cuernos de venado y mul- 
titud de mandíbulas de jabalí, juntamente con alguna piel de 
venado que les sirve de cama, completan todo su ajuar. 

Su alimentación es sana, componiéndose de la caza que 
les proporcionan los bosques y que comen asada, de peces 
que extraen de los ríos y charcos, y arroz, maiz, camote, 
gabe y otras plantas y raíces alimenticias que cultivan en 
abundancia. Para la caza se sirven de la flecha, de los per- 
ros, por los cuales son muy apasionados aunque los tienen 
flacos y hambrientos, y de redes hechas con los filamentos 
procedentes de varias cortezas de árboles, que colocan en los 
parajes en que las reses suelen tener su salida. Con los per- 
ros ahuyentan las reses, las cuales van á parar ó la red, en 
la cual quedan sujetas hasta que reciben la muerte por los 
mismos perros ó por un golpe de lanza. Aun cuando son 
indolentes por lo general, cuidan sin embargo bastante bien 
sus sementeras, y sobre todo las de tabaco, el cual, á pesar 
de su inferior calidad por la mala semilla que emplean, no 
es del todo despreciable y constituye un buen artículo de co- 
mercio con los pueblos cristianos. 

Carecen de juegos, de escritura, y tienen escaso conoci- 
miento de los sonidos musicales, tanto que no usan más ins- 
trumentos que una especie de pito y otro formado de un pe- 
dazo de caña bambú, al cual adaptan en sentido longitudinal 
unas cuerdas, que sacudidas con el dedo producen un ruido 
sin sonoridad ni armonía. Al son de esos dos instrumentos 
danzan y gritan sin el menor gusto y afinación. 

Temerosos del agua, asegúrase que no hay uno que sepa 
nadar, circunstancia á que en muchos casos han debido su 
salvación los indios cristianos. 

Creen, lo mismo que los igorrotes, en su Ser Supremo, 
creador de todo lo existente; pero ni tienen ritos ni forma 
alguna de culto. Todas sus ceremonias religiosas se reducen 
á sacrificar en obsequio á la divinidad algún cerdo ó gallina 
que engalanan á su manera y que consumen los presentes, 



160 SEGUNDA PARTE. ETOLOaiA 



después de ciertas danzas y gritos alusivos á su idea. En 
cambio tildan á los cristianos de idólatras, porque según ellos, 
adoran á muchos dioses que se fabrican de madera á su 
capricho. 

Entre ellos no existe la poligamia. El que desea obtener una 
compañera se conviene en primer lugar con la elegida, é in- 
mediatamente se trata el asunto por las familias de ambos. Los 
padres de la novia ponen á ésta un precio, que suele consistir 
en varios meses de servidumbre del pretendiente ó en un cierto 
número de reses ó gallinas, á lo cual suele añadir la interesada 
la petición de algunas cabezas de cristianos ó de enemigos de 
su familia. Cumplido el contrato más ó menos fielmente, pues 
no siempre es posible satisfacer el capricho de la novia, se se- 
ñala el dia de la unión, siendo convocados á la ceremonia los 
deudos y amigos de ambas familias, los cuales se reúnen en la 
casa más capaz, matan ceremoniosamente algún cerdo ó gallina, 
y chillan y danzan, según su costumbre. Una vez dispuesto todo, 
los padres de los novios declaran ante los concurrentes que desde 
aquel momento queda legitimada la unión de los dos jóvenes, y 
en seguida se consumen las viandas, quedando terminada la ce- 
remonia. El que enviuda, ya sea de uno ú otro sexo, está fa- 
cultado para tomar otra mujer ó marido. Parece que las mu- 
jeres guardan completa fidelidad á sus esposos, y que las sol- 
teras tienen en estima y procuran conservar su pureza. Cuando 
los casados tienen algún hijo, asisten á la madre mujeres prác- 
ticas y al quinto dia se pone nombre al recien nacido. El nom- 
bre es elegido por las asistentes al parto, y el hombre, durante 
los cinco dias que trascurren desde el nacimiento del niño hasta 
la celebración do la ceremonia, se procura caza con que obse- 
quiar á los concurrentes, que son los parientes más cercanos. 
Ante ellos declara si el recien nacido es varón ó hembra, y el 
nombre con que debe reconocérsele en adelante. Con esto y con 
varios cánticos y danzas termina la fiesta. 

Cuando hay un enfermo grave, después de aplicarle algu- 
nos medicamentos hechos con plañías dotadas de determinadas 



usos Y COSTUMBRES 101 



virtudes, entonan súplicas para que el paciente se cure, y 
si fallece, la lloran los parientes por veinticuatro horas, con- 
sumiendo en tanto cuanto hallan á mano por via de lenitivo 
á su dolor. Después abren una fosa al pié de la casa y en 
ella sepultan el cadáver, cubierto con alguna ropa, si el di- 
funto la tenía, lo cual no suele ser muy frecuente. 

Los hombres, que, como hemos dicho anteriormente, lle- 
van el pelo largo como las mujeres, se forman un moño su- 
jeto con un sucio pedazo de tela, á modo de tocado. Llevan 
también pendientes del cuello y de la cintura multitud de alam- 
bres y otros adornos semejantes, como sartas de semillas, de 
frutas, cuentas de vidrio, etc.; poniéndose asimismo, en los 
brazos, aros muy ceñidos de alambre dorado. No usan vestido 
alguno, á escepcion de un trapo muy estrecho que colocan en- 
tre ambas piernas, sujetándolo por delante y por detrás á la 
cuerda ó alambres que llevan en la cintura. Algunos de los 
más pudientes suelen tener un pantalón, una chaqueta ó ca- 
misa y un salacot, adquiridos de los cristianos á costa de mu- 
chos railes de hojas de tabaco. Las mujeres gastan el zagalejo 
ó tapis al igual de las indias cristianas, pero las piernas y 
el cuerpo quedan completamente al descubierto. Se adornan 
como los hombres, y como ellos manejan también las armas. 
Las hay que poseen alguna saya corta y estrecha, y alguna 
camisa de india, pero son pocas; no porque no les agraden ta- 
les prendas, sino por los altos precios que por ellas les exi- 
gen los cristianos. Los niños y niñas van completamente des- 
nudos, y llevan sus correspondientes armas, de las cuales no 
se separan ni un instante, desde el momento que tienen fuerza 
bastante para manejarlas. Los adultos conservan también sus 
armas constantemente, aun cuando no tengan que apartarse 
mucho de la casa, prueba indudable de la desconfianza mutua 
que entre ellos reina. Las mujeres ayudan á los hombres en 
las faenas del campo, en la casa y hasta en los combates. 

El espíritu belicoso de los Ilongotes no se ejercita única- 
njente contra los cristianos, sino también entre sí mismos. El 



í^jÍ segunda parte, etologia 



más frivolo pretexto basta para que suscite una querella entre 
una ranchería compuesta de quince ó veinte familias y otra 
de igual ó mayor número de individuos. De la querella se 
pasa á las amenazas y de éstas á la emboscada, pues jamás 
pelean frente á frente. El resultado de todo viene á ser la 
muerte de uno ó más individuos, y como una vez cortada la 
cabeza á uno, la ranchería á que pertenece tiene forzosamente 
que tomar venganza, la querella se hace interminable pasando 
de generación en generación, sin que se olviden jamás del 
número de cabezas que deben reivindicar. Esta guerra feroz 
concluye generalmente por aniquilar ambas rancherías, y los 
pocos individuos que sobreviven se agregan á otra tribu, sin 
renunciar por eso á la venganza en tanto quede algún des- 
cendiente de sus contrarios. Las cuestiones particulares entre 
dos familias se ventilan de la misma manera, sin tomar parte 
los demás individuos de la ranchería. A pesar de lo expuesto, 
amigos y enemigos se asocian sin reparo alguno cuando se 
trata de combatir contra los indios cristianos ó contra los 
Dumagas, sus vecinos. 

Las rancherías de los llongotes están situadas en el inte- 
rior de los bosques y en la cumbre de cerros perfectamente 
escogidos para que les sirvan de atalaya, y á la vez de de- 
fensa natural por su difícil acceso. Abrazan, sin embargo, el 
terreno necesario para el cultivo. Los habitantes de las ran- 
cherías inmediatas á los pueblos cristianos son los que están 
en directas relaciones con los vecinos de éstos y que llevan á 
cabo los tratos cooierciales con los mismos; pero los de las 
rancherías más apartadas jamás han tenido roce alguno con 
los indios civilizados, ni aun con muchos individuos de su pro- 
pia raza. La tendencia á huir del trato de los cristianos es 
innata en los llongotes, y prescindirían de él en absoluto, si 
no les fuera de todo punto indispensable para adquirir el hierro 
para sus armas y otros artículos que no pueden procurarse 
en los bosques. 

Temen mucho á los españoles y su pavor es inünito cuando 



T;S0S Y COSTUMUHES 1H3 



divisan un soldado. Las armas de fuego son las únicas que 
les intimidan, pues en el manejo de las blancas se conside- 
ran superiores. Tienen la idea de que la bala de un fusil pro- 
duce los efectos del rayo y que puede alcanzarles aunque es- 
tén ocultos tras de una roca. Sumisos en apariencia cuando 
se encuentran delante de un misionero ó de un español cual- 
quiera, hacen mil protestas de obediencia; pero estas duran 
sólo el tiempo preciso para recibir algunas dádivas, pues en 
cuanto estas terminan se acaba su humildad y van desfilando 
uno á uno sin volver á presentarse ni á acordarse de sus pro- 
mesas. 

Á pesar de su ferocidad y de la confianza que pudieran 
tener en la impenetrabilidad de los bosques, en cuanto oyen 
el estampido de una arma de fuego se dispersan precipitada- 
mente sin hacer la menor resistencia. Cada casa ocupa una 
altura de difícil acceso, ya por las cortaduras de las rocas, ya 
por la espesura del bosque que la rodea, y sólo queda practicable 
una senda tortuosa y áspera, que tapizan de erizadas púas y 
de otros artificios semejantes ocultos entre la hierba, á fin de 
que los invasores reciban dolorosas heridas en los pies, que 
por de pronto les dejan fuera de combate, si no les producen 
más fatales consecuencias. Como estnn vigilantes noche y dia, 
es imposible sorprenderlos, y cuando • fuerza enviada por las 
Autoridades avanza para castigarlos por cualquier hecho cri- 
minal, huyen precipitadamente por sendas ocultas, se guare- 
cen en los bosques lindantes, y desde allí observan á sus per- 
seguidores y aun les hablan, sin que sea posible alcanzarlos. 
Aquellos hacen algunos disparos sin resultado, ó al menos sin 
que pueda jamás saberse si lo han tenido, y cuando persis- 
tiendo en el ataque encuentran, después de largas pesquisas, 
algún claro por donde poder andar y llegan por fin al bos- 
que en que los Ilongotes se ocultaron nuevamente, éstos han 
desaparecido ya todos, no quedando más recurso que el de 
quemarles las casas, cuya pérdida les es poco sensible. 

Cada ranchería nombra de entre sus individuos más carac- 

21 



ir.'i SEGUNDA. PARTE. ETOLOGIA 



terizados un jefe que dirime las cuestiones que surjen, casti- 
gando á veces con el bejuco. Su autoridad, sin embargo, no 
siempre es acatada, y con mucha frecuencia se hace caso omiso 
de sus mandatos, acudiéndose para legitimar los actos y resol- 
ver las diferencias al derecho del más fuerte. La paternal au- 
toridad de los ancianos es la más respetada; pero éstos son 
los primeros que procuran conservar incólumes las costunibres 
tradicionales, manteniendo á la tribu en el estado mas abyecto 
de barbarie.» 

Irayas. 

En las márgenes del Harón, al N. de los Ilongotes, en las 
montañas que caen á la parte más septentrional de Luzon, 
viven los Irayas en sociedad con los Dumagas de los alre- 
dedores y aun á veces con cristianos remontados; denomina- 
ción que se aplica á los que se refugian en las montañas para 
burlar la persecución de las Autoridades. Sus casas tienen la 
techumbre plana y están construidas con bambúes partidos; 
dejan crecer libremente la yerba alrededor y echan todas las 
inmundicias á través de las cañas que forman el piso de sus 
habitaciones. En su adorno de tatuaje adoptan únicamente com- 
binaciones de líneas rectas ó curvas á semejanza de los Negri- 
tos. Afables y hospitalarios, se prestan gustosos á servir á los 
forasteros, á quienes obsequian con esmero. 

Aparte de algunas parejas de dioses, acerca de cuyas rela- 
ciones y atributos nada ha podido averiguarse, los Irayas ado- 
ran particularmente las almas de sus antepasados que, con el 
nombre de anuos, colocan entre sus divinidades inferiores. Estos 
son los genios tutelares de la casa, en un rincón de la cual 
hay siempre una vasija en que tiene su morada el anito, y 
que por tal motivo, es objeto de la veneración y respeto de 
todos los individuos de la familia. El suelo que está debajo 
de la casa sirve de sepultura y se halla consagrado á otros 
anitos, como lo indican diferentes signos. De igual privilegio 
disfrutan la entrada junto á la puerta, la meseta de la esca- 



tlSOS Y COSTUXfRRES 16r 



lera, bajo techado, la choza donde trabajan los herreros, v 
sobre todo, la plazoleta señalada con casitas en forma de al- 
tares que hay delante de cada casa. También hay anitos pro- 
tectores de las cosechas en cuyo honor se celebran fiestas. 

Tienen sementeras bastante extensas, para cuyo cultivo se 
sirven del búfalo; pero que no rinden todo el producto debido 
por falta de esmero y asiduidad en las labores. Protejen, sin 
embargo, los arrozales y tabacales de las inundaciones por me- 
dio de diques; persiguen en los ríos á los peces grandes con 
armas agudas, y saben pescar con redes. Teniendo provistos 
sus graneros hacen frente á la escasez producida por las pla- 
gas de langosta y otros accidentes, y en todos los actos de su 
vida muestran una previsión y un dominio de la naturaleza 
superiores á la que se observa entre los Dumagas. (Jordana 

pág. 78.; 

Gatalanganes. 

Los Gatalanganes establecidos en el brazo oriental del río 
de llagan difieren poco de los Irayas; pero en su fisonomía se 
descubren rasgos que indican que por sus venas corre algo 
de sangre china. Confirma también esta suposición su índole 
especial; pues en tanto que los Irayas son atentos y obsequiosos, 
son los Gatalanganes poco hospitalarios. iMénos indolentes que 
aquellos, tienen sus campos limpios de yerbas y piedras, y 
aun cuándo carecen de animales de labor obtienen cosechas 
más abundantes que los Irayas. En trajes y adornos apenas 
se diferencian ambos pueblos, pero sí en sus dibujos de ta- 
tuaje, en los cuales los Gatalanganes emplean caracteres áa 
escritura que parecen chinos ó japoneses. Tampoco hay dife- 
rencia esencial ea sus creencias religiosas, si bien entre los 
Gatalanganes se tributa cierto culto á la divinidad suprema, á 
cuyo efecto tienen toscos templos y pequeños monumentos. 
(Jordana púg. 79.^ 



166 ST'r.T'XDA PMtTK KTO:.Or,[A 



CUARTO GRUPO- 
Cimarrones de Isaróg (i). 

«Es el indio cimarrón del Isaróg de raza igual á la del in- 
dio de, pueblo ó civilizado, pero más desarrollado, más fuerte, 
más oscuro de color, pelo lacio que se dejan crecer y cortan 
por igual en redondo á la altura de la ceja por delante, for- 
mando un casquete natural, porque por detrás lo cortan en 
dirección á la parte inferior de las orejas; pueblan el monte 
Isaróg en número de ocho á diez mil; viven entre ellos des- 
nudos, llevando bajaque ó taparrabos los hombres, y una faja 
de percal las mujeres, á modo de tapis para cubrir desde la 
cadera al medio muslo. 

Fabrican casas como en los pueblos, siendo buenas y fuer- 
tes en su clase las de sus principales, y reducidas y senci- 
llas, de caña y techo de cogon ó de hoja del coco las de los 
pobres. 

Se dedican al plantío de abacá, caña de azúcar y raices, 
tubérculos y algún tabaco; y el abacá, azúcar en caña y el ta- 
baco lo ofrecen en venta en los pueblos del llano, á los que 
diariamente bajan por la noche cargados con esos frutos, y 
vuelven al monte cargados de arroz, alguna tela ordinaria y 
pescado salado. Gomo al bajar á los pueblos van vestidos al 
uso de estos, no se les conoce si son cimarrones, * mas que 
por el tono peculiar con que hablan el bicol; como se les con- 
sidera gente enemiga, no se les deja discurrir por el pueblo, 
hacen sus transacciones en las cercanías del pueblo, donde les 
esperan los logreros y les tienen preparados ya los bastimentos 
que necesitan, que los pobres cimarrones pagan bien pagados, 
porque los géneros que ellos llevan al pueblo son cotizados á 
precio bien bajo. Van á los pueblos armados del minasbad, 



(l) Esta relación ha sido escrita expresamente para esta Memoria por el 
R P, Fr. Eusebio G. Platero. 



r?os Y cosTf'Mnr.Ks Ifi'i 



bolo ó cuchillo gigantesco, de tres cuartas de largo y aun más, 
de cortante filo, de temple dado y bien probado por ellos, y de 
bastante peso: es arma que manejan desde jóvenes con admi- 
rable destreza; de un tajo separan de su tronco la cabeza de 
un carabao; dado en medio del lomo de un toro, lo dividen 
en dos cortando hasta los intestinos. 

No tienen animales de labor ni de carga, y sólo crian los 
domésticos, perro, puerco y gallinas; para celebrar sus fies- 
tas de familia y sus convites de bodas ó funerales, bajan al 
llano un grupo de cimarrones á altas horas de la noche, rom- 
pen la cerca de un corral de ganado vacuno ó caraballar, os- 
tigan á los animales en dirección á sus rancherías, y se lle- 
van en pocas horas un ganado entero, que en pocos dias han 
consumido en sus francachelas. 

No hacen vino, ni suelen comprar alcohol en los pueblos, 
pero tienen grandes cocales, y la mitad de ellos los destinan 
á la producción de la fruta, la otra mitad a la extracción del 
licor tuba, el que ligeramente fermentado beben hasta embria- 
garse, y entonces se ponen frenéticos á bailar y danzar; con- 
siste su baile en un ejercicio de esgrima por demás violento, 
acompañado de horribles ahullidos del bailador, quien si ve sa- 
lir al baile á otro sin previo aviso, arreiuote con él y suele 
morir alguno de ellos ó los dos á la vjz apenas embestidos; 
si este caso llega, la pelea se generaliza, porque los parciales 
ó parientes de uno y otro se encuentran y baten hasta quo 
se cansan; entonces se producen muchas víctimas. Cuando 
un jefe de rancho ó capitanes se imponen y no permiten 
el abuso de la tiibay sus bailes son siempre danzas guerreras, 
raras veces alterna en el baile la mujer, y cuando lo hace 
es quedándose parada en pié cerca del danzador que entonces 
se anima, hace voltear en vertiginoso giro su minasbad des- 
nudo, gesticula de una manera feroz, y sus movimientos son á 
compás del canto bárbaro, pero algo rítmico: á este canto lo 
llaman auit. 

Tienen por jefes á los más audaces ó más valientes del 



1fiS SKr.I'XDA PARTE. ETOLOrTlA 



rancho y su jefatura suele durar mientras viven, si cuando 
dejaron de imponerse por la fuerza ó destreza, saben dominar 
por su prudencia; los de las rancherías situadas al pié del 
Isaróg y en las cercanías de los pueblos, las autoridades se 
renuevan ó reeligen por designación de las principabas de los 
pueblos el dia en que el Alcalde ó Gobernador de la provincia 
va á hacer las elecciones, que entrega un bejuco en señal de 
autoridad al que la principaba del pueblo le designa; pero es 
autoridad esta que respetan los suyos sólo por temor á los 
pueblos sus vecinos. 

Los de estas rancherías de las cercanías de los pueblos son 
menos salvajes que los del monte alto, son los interinediarios 
entre los pueblos y los propiamente dichos cimarrones del 
monte alto, y sufren igualmente las vejaciones de los pueblos 
que los acosan y la tiranía que ejercen los de arriba, quienes 
los intimidan y tienen á raya en sus complacencias con los del 
pueblo, porque así conservan un como campo neutral entre 
ellos y los pueblos para el caso de una batida, en la que 
son siempre víctimas estos neutrales. 

Por la situación especial de éstos y procurar congraciarse 
con los pueblos del llano, llevan sus hijos recien nacidos á las 
parroquias para que se les bautice, y aun pagan el tributo ó 
impuesto personal que no llega á las arcas del Tesoro, porque 
generalmente no se les empadrona, y las autoridades provin- 
ciales los consideran como simples reducidos, no como contri- 
buyentes. 

Unos y otros", los de las cumbres y las faldas del monte, 
usan el lenguaje civil y religioso del pueblo, tienen todos nom- 
bres de cristianos, tienen ideas bien distintas de nuestra reli- 
gión; y son sin embargo infieles recalcitrantes; no quieren so- 
meterse á nadie, ni por nada. 

Ademas del cuchillo minasbad usan como armas ofensivas 
la flecha de una y tres puntas, de caña ó palma-braba, algo 
quemadas para darlos dureza, y saturadas de jugo venenoso de 
plantas que ellos conocen; las heridas de estas flechas envene- 



usos Y COSTUMBRES 1 fif) 



nadas, aunque leves en sí, son mortales por la ponzoña que 
inoculan; usan la lanza corla, que adornan con fleco de abacá 
suelto, teñido de negro, encarnado y amarillo que ponen en el 
punto de unión entre la moharra y el mástil. Como armas 
defensivas tienen la rodela de madera, y visten un chaleco de 
cuero de carabao revestido interior y exteriormente de un te- 
jido burdo y blando de abacá; del mismo material es el cas- 
quete con que cubren la cabeza. 

Cuando están en vindicta con los pueblos por algún ao-ra- 
vio recibido, son crueles en sus represalias; matan al pri- 
mero que se echan á la cara, varón ó hembra, indio ó espa- 
ñol; los pueblos más castigados en este sentido son Mabato- 
bató, Tiganon y Goa, 3íanguirin, Calabanga y Bombón. Las 
depredaciones y robos de ganado son frecuentes ademas de 
estos pueblos, en los de Baao, Pili y hasta las cercanías de 
la cabecera. 

Son monógamos, paro repudian frecuentemente á sus mu- 
jeres y toman otras, que á veces son repudiadas por otros 
que toman también á las repudiadas de aquellos, pero los 
hijos casi siempre siguen al padre. 

Entre éstos se cree en agüeros, tienen pájaros de agüero 
bueno y malo, creen en el mal oficio de sus émulos ó ene- 
migos (guinaranan), y otras supersticiones. 

Hay que advertir que los desalmados de todos los pue- 
blos de Camarines Sur, algunos de Albay, se refugian entre 
los cimarrones huyendo la acción de la justicia, y son los 
que hacen más daño á los pueblos, porque conservan en ellos 
relaciones de parentesco y amistad, ccmeten en ellos los crí- 
menes para cuya comisión acaudillan á los cimarrones que 
solos tio se atreverían, y el cimarrón es el que se lleva la 
culpa; estos desalmados escapados de los pueblos se hacen 
jefes de tribu ó rancho y son los que sostienen al cimarrón 
en su salvajismo. 

Los casamientos los hacen sirviendo algún tiempo el pre- 
tendiente á la familia de la mujer, roturándoles algún terreno 



170 siíridND.v PAm'E. ETOLor.ív 



y añaden en dote armas que entregan al padre de la novia; 
este en caso de repudio se queda con las armas, pero si la re- 
pudiada fué acusada de infidelidad ó desechada por estéril ó 
por enferma, vuelve el dote al marido; los que ya fueron ca- 
sados no sirven al contraer nuevos lazos, sino que sólo pagan 
dote al padre ó marido de la con que se desposan, si éstos 
se repudiaron ad inmcen, ó convienen en ello los varones, 
.aunque la mujer se resista». 



QUINTO GRUPO 

INFIELES DE MINDORO. 

Manguianes. 

La isla de Mindoro es, después de las de Luzon y Min- 
danao, la que contiene mayor número de infieles más ó me- 
nos salvajes. Los pocos pueblos que hoy dia existen en ella, 
se encuentran situados en las costas, y basta internarse un 
par de leguas para tropezar con las razas infieles, de índole 
pacífica, que se distinguen en general con el nombre de Man- 
guianes. 

Prescindiendo de los llamados Buquües, individuos mesti- 
zos, de raza Negrita, que según hemos indicado en otro lugar 
habitan cerca de Bacoó y Subaan, distínguense entre los Man- 
guianes tres castas distintas. Los que se extienden por la costa O. 
de la isla, ocupando los montes que hay desde Paluan á Iru- 
run son casi blancos, de fisonomía inteligente, cabello y barba 
abundantes, de color castaño en muchos de ellos de confor- 
mación robusta y airosa y apacible trato. Los que habitan los 
terrenos comprendidos entre Abra de Ilog y Pinamalayan tienen 
el color de cuero curtido, pelo laso, pómulos salientes, frente 
aplanada, nariz algo prolongada y fisonomía estúpida. Por úl- 
timo, desde Pinamalayan hacia el S. se encuentran individuos 
de otra casta que tienen, al parecer, algo de sangre china, no 
sólo por su fisonomía, de ojos oblicuos, nariz roma, pómulos 



T'SOS Y COSTO.MBRKS 



salientes, frente achatada y color aceitunado de la piel, sino 
también por la costumbre de dejarse en la parte posterior de 
la cabeza una larga trenza de pelo, mientras que el resto lo 
llevan, si no afeitado, por lo menos muy corto. Esta casta, 
bastante trabajadora, á juzgar por los productos que llevan á 
los pueblos cristianos, es indudablemente menos pobre que las 
anteriores. 

Existe bastante vaguedad respecto á las denominaciones 
con que las citadas castas se distinguen. Entre Socol y Bu- 
lalacao se designa con el nombre de Manguianes á los in- 
fieles que pueblan las orillas de los ríos; con el de Bangot 
á los que ocupan las llanuras; con el de Buquü á los que 
se albergan en las faldas de los montes, y con el de Beribí 
á los que se hallan refugiados en las cumbres de los mismos. 
En Pinamalayan se aplican respectivamente á los habitantes 
de análogas localidades las denominaciones de Bangot, Bu- 
qui/j Tadianan y Diirugmiin ó Buctulan. En Naujan sus- 
tituyen la última por la de Tirón, y desde este punto hasta 
Abra de Ilog sólo se aplica el nombre genérico de Manguian. 
Por último, en Magarin llaman Lactan á la casta de las lla- 
nuras, Buquü á la de las orillas de los ríos; Manguian á 
las de las laderas de las montañas, y Barangan á la que ha- 
bita los puntos más altos de las grandes cordilleras. 

Por lo expuesto se comprende que la población infiel de 
Mindoro, presenta una notable mezcla de razas. Fuera de los 
verdaderos malayos, hemos visto que los Buquil son evidente- 
mente mestizos de la raza negrita ó aeta, y que los infieles que 
habitan al S. de Pinamalayan son verdaderos mestizos chinos. 
En cuanto á los salvajes de color muy claro que habitan los 
montes de Sablayan, hay quien supone que descienden de al- 
gunos náufragos ingleses, holandeses ó americanos que en tiem- 
pos remotos arribaron á aquellas costas (1). 



(1) Un Rftlitíioso que ha administrado algunos años en las proximidades de 
Bacoo y Subaan, ha leido coa sorpresa la anterior relación que le hemos 

22 



172 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



Todos los infieles de Mindoro son dóciles y hasta tímidos, 
pues á no ser los más familiarizados con el trato de los cris- 
tianos, huyen y se refugian en sus bosques á la vista de un 
europeo. Los menos ariscos se prestan á servir de guías, y 
desempeñan su cometido con tal puntualidad, que al traspa- 
sarse de unos á otros el viajero á quien acompañan, el que 
lo entrega exige al que lo recibe la promesa de que ha de 
portarse bien y fielmente, haciendo constar al mismo tiempo 
que por su parte así lo ha . ejecutado, pues lo deja sano y 
salvo. Lo que jamás puede conseguirse, es que un guía re- 
base el límite del terreno que ocupa su tribu ó ranchería. 
Con igual escrupulosidad llevan pliegos de un punto á otro, 
siendo muy notable el que, á pesar de carecer de bolsillos, 
carteras ó ropas en que envolverlos, y no disponiendo para 
ello más que de hojas de plantas, llegan aquellos á su des- 
tino sin una arruga, sin una mancha y sin la menor seña^ 
de deterioro, aunque sea en época de lluvias. 

El traje de los Manguianes se reduce á un taparrabo de 
tela fuerte, blanca en su origen, pero de color indefinido des- 
pués por su suciedad, que les cubre desde la cintura hasta 
seis ú ocho dedos por bajo del nacimiento de los muslos. La 
cabeza va siempre descubierta, sin mas defensa que su en- 
marañado y sucio cabello, sujeto por medio de un bejuco en 
forma de cintillo. En la cintura llevan atada fuertemente una 
cuerda ó bejuco, de donde pende el giiloc ó cuchillo. Algu- 
nos llevan anillos groseros de madera pintada de encarnado, 
ó aros de alambre en la cintura y brazos; hilos triples ó 
cuádruples de cuentas azules, á modo de brazaletes, zarci- 
llos ridiculamente vistosos por su longitud, formados tam- 



presentado con objeto de que emitiera acerca de ella su autorizada opinión. 
Nos asegura que á pesar de haber recorrido seis veces la isla de T^Iindoro, lo 
es complelamenle desconocida tanta variedad de razas; afirmando que, no co- 
noce otras que la de los Buquiles, de prel morena como los Tagalos, que no 
tiene por mestizos de Negrito, y los Manguianes de color muy claro, que des- 
cribe aquí el Sr. Jordana. [N. del E.) 



usos Y COSTUMBRES 



bien coa cuentas de colores, y por último, sartas de boto- 
nes iieterogéneos al cuello. Estos adornos están reservados úni- 
camente á ios que lian tenido la suerte de adquirirlos al cabo 
de largos años de trato con los indios cristianos, y son ob- 
jeto de tanto aprecio entre los infieles, que infunden al po- 
seedor un ridículo aire de satisfacción, alimentado por las en- 
vidiosas miradas de los menos afortunados que no han po- 
dido todavía gozar de igual opulencia. Las mujeres usan una 
saya semejante á la de las indias cristianas, mientras que la 
parte superior del cuerpo va desnuda ó cubierta con una es- 
pecie de camisa muy ceñida, que pasa por bajo de los bra- 
zos y les cubre el pecho (1). 

Los 3íanguianes que habitan el territorio comprendido entre 
Abra de Ilog y Pola, son muy pobres y sus sementeras de ar- 
roz se hallan reducidas á lo puramente indispensable para su 
subsistencia. Los que se encuentran desde Mansalay á Bulala- 
cao y Mangarin, por el contrario, cultivan con abundancia ar- 
roz, maiz, cacao, café y tabaco, teniendo búfalos ó carabaos 
para el trabajo. 

Las armas que usan los Manguianes son el boloc ó guloc, 
la lanza con punta de hierro y las flechas. Estas últimas suelea 
estar envenenadas con el jugo del árbol llamado Saliigoiiy que 
someten á varias preparaciones. Casi todos tienen casas, siendo 
muy pocos los que vagan al azar por los bosques sin albergue 
fijo. Dichas casas son pequeñas y miserables, por lo general, 
construidas de caña y bejuco, y de forma completamente igual 
á las de los indios cristianos. Su ajuar se compone de algunas 
ollas, una especie de sartén, petates y algunas mesas muy pe- 
queñas; los platos de loza y los vasos de cristal son objetos 



(1) Esle refajo de que nos lialila el Sr. Jordana, lo usan solamente las sol- 
leras buquiles, y es de rigor no quitárselo ¡hasta que se casan. Cuando alguna 
de ellas (}ueda en cinta en el estado de soltera, al dar á luz, el padre da la 
muerte al recieanacido; por que dicen que no habiiMidose quitado la madre el 
refajo que le cubre el pecho, al hacerse ailulto el niño dará la muerte á su 
padre. {N. del E \ 



174 SEGUNDA P.tRTE. ETOLOOFA 



de lujo, por ellos muy codiciados, que suelen obtener en su 
tráfico con los indios cristianos á subido precio. En algunos 
puntos hay Manguianes dedicados á la fabricación de ollas y 
otros objetos de barro. 

Los alimentos consisten principalmente en arroz, gabe, ca- 
mote, ube, otras raíces y pescado. Las ocupaciones son los que 
exige su tosca agricultura, y la pesca, la caza de jabalíes, la re- 
colección de cera, para lo cual trepan por las más empinadas 
cortaduras en busca de panales de abejas, y por fin 'el corte y 
acopio de bejucos y otros productos de los montes, que llevan 
á los pueblos cristianos para trocarlos por arroz, cuchillos, te- 
las, abalorios azules, alambres, cascabeles, tabaco elaborado 
y buyo. 

Los Manguianes creen en la existencia de un Ser Supremo, 
así como en la inmortalidad del alma, pero de una manera 
vaga, que no se traduce en prácticas religiosas ni ceremonias 
de ninguna clase. Para ellos los espíritus de los muertos no se 
separan de los sitios mismos que habitaron los individuos du- 
rante su existencia, y por esta razón se creen siempre rodea- 
dos de las almas de sus padres, abuelos y demás ascendientes, 
los cuales les protegen y defienden en los peligros ó les casti- 
gan cuando se portan maL Están además sujetos, como todos 
los salvajes, á absurdas supersticiones, siendo general entre 
ellos la creencia de que en los bosques hay un pájaro cuyo canto 
es anuncio de alguna desgracia próxima, por lo cual cuando 
lo oyen, ni salen de sus casas, ni emprenden trabajo alguno en 
aquel dia. Las diversiones de los Manguianes se reducen al canto 
y baile, pero con poca frecuencia. Gomo único instrumento 
músico emplean una especie de violin de dos cuerdas, pare- 
cido al de los chinos. Sus cantares y sonatas no difieren de ios 
indios cristianos, y para pedir lluvias al Ser Supremo en tiempo 
de sequía, entonan una plegaria, á la que llaman Malagia en 
algunas localidades. 

Al acto del casamiento precede siempre el conocimiento y 
convenio do las faaii!i:is de los contrayentes. Reunidas después 



TISOS Y COSTUAÍimiCS 



éstas, los padres ó parientes más cercanos toman una olla ú 
otro objeto quebradizo, que arrojan contra el suelo para dar ú 
entender así la indisolubilidad del matrimonio. Algunas tribus 
añaden á esta ceremonia la de acostar al novio en una hamaca 
y á la novia en otra, columpiándolos después los padres respec- 
tivos, y al acercarse ambas hamacas el varón salta á la de la 
hembra, y el acto queda terminado. Después se celebra una 
fiesta en la cual se come, se canta y se baila. 

Cada tribu ó ranchería tiene un jefe, designado por elección 
ó convenio general, al cual obedecen todos respetuosamente. 
Los Manguianes más inmediatos á los pueblos cristianos suelen 
pedir al Jefe de la provincia que robustezca la autoridad de 
su caudillo por medio de un nombramiento por escrito; pero 
esta costumbre es poco frecuente y ajena en absoluto á las 
rancherías del interior. Lo que se hace por el Gobernador de 
la provincia es nombrar en cada pueblo cristiano un Comi- 
sario de Manguianes, que es algún individuo de las tribus 
más próximas, el cual sirve de intermediario para todos los 
asuntos oficiales de interés general ó local. 

Las prácticas penales de los Manguianes son muy severas 
según ellos mismos aseguran. El adulterio se castiga con la 
muerte, y tienen también establecidas penas muy duras para 
el robo, si bien entre algunas tribus, como por ejemplo, las 
que habitan cerca de Sablayan, no se aplican con grande rigor. 
En términos generales, puede decirse que en las costumbres 
de los Manguianes hay un fondo notable de rectitud y mora- 
lidad. Cumplen religiosamente sus promesas, no engañan ni 
estafan, antes por el contrario, estas prendas de gran valía, 
juntamente con su natural sencillez, les convierten en vícti- 
mas de los indios cristianos, los cuales los explotan á su antojo 
haciéndoles trabajar rudamente en sus sementeras y en el corte 
y acopio de maderas por un puñado de arroz. En sus tratos 
comerciales sufren también los efectos de la codicia de los 
indios de los pueblos, teniendo que entregar considerables can- 
tidades de cera, bejucos y demás productos, por los objetos 



176 SEatJNDA PARTE. ETOLOOIA 

insignificantes y de escasa valía que en cambio reciben. E\ 
abuso llega A un extremo escandaloso, pues además del fraudo 
comercial existe el de la servidumbre, muy extendido aun 
entre los mismos indios cristianos. Acostumbran éstos á dar 
anticipado á los Manguianes palay, telas ú otros objetos, por 
los cuales no quieren al pronto recibir retribución, conviniendo 
en que ésta se verifique por medio de trabajos en las semen- 
teras de los acreedores. Este convenio, al parecer justo, llega 
á convertir al 3Ianguian en verdadero esclavo, pues el dueño 
de las sementeras afora el trabajo á muy bajo precio, carga 
un rédito á la cantidad no reintegrada, para cobrarlo igual- 
mente en servicios del deudor, y cuando sucesivas necesidades 
vienen á exigir un nuevo préstamo, procede de igual manera, 
de modo que la deuda contraída por el Manguian aumenta 
considerablemente en vez de disminuir, viéndose aquel preci- 
sado á trabajar toda su vida por una pequeña suma que en un 
principio recibiera. Lo admirable es la buena fe y docilidad del 
Manguian, que se somete resignado á estos odiosos vejámenes 
sin resistencia alguna, cuando le bastarla la fuga para refu- 
giarse en los bosques, con entera seguridad de que ningún in- 
dio cristiano penetrara en ellos para arrancarle de su guarida», 

SEXTO GRUPO. 
RAZAS INFIELES DE LA PARAGUA Y GALAMIANE3. 

Tinitianos. 

Igorrotes (1). Piel negra, pelo crespo, estatura fornida 
y atlética y cuerpo bien formado. Existen más de 2.000 almas. 



(1) El autor de esta relación, R. P. Fr. Cipriano Navarro, religioso Re- 
coleto, que deüriendo á nuestro ruego, la ha escrito expresamente para esta 
Memoria, designa con el nombre genérico de Igorrotes, llamados también 
Bátac, á los individuos de esta raza, que habitan en Punta Tinitia de la 
Paragua, y al interior, situada al N. del pequeño golfo de Babuyán, así lla- 
mado por estar allí asentadas las islas 13abuyanes, que no deben confun- 
dirse con las del mismo nombre que se encuentran entre la costa N. de 
Luzon y las Islas Batanes. (N. del E.) 



t:sos y costumbres 171 



— Se oponen (\ recibir el bautismo por creerse indignos de tal 
dicha, y que se morirán pronto si lo reciben (1). 

Matrimonio. No admiten la poligamia y únicamente pro- 
bado el adulterio de cualquiera de los consortes, queda di- 
suelto el contrato, pudiendo volverse á casar cuando y como 
quieran. Pero esto sucede rarísima vez; yo no conozco nin- 
gún ejemplo. 

Para casarse, se reúnen el mozo y sus parientes en casa 
de la moza; (2) aquel da un convite compuesto de morisqueta, 
carne de puerco de monte y en su defecto de chongo, buyo 
y tabaco, y á la conclusión del banquete, se levanta el mozo, 
forma una bola de morisqueta y la introduce en la boca de 
ella, y si después efectúa lo propio la moza con el mozo, 
dase por terminado el contrato; é inmediatamente para cele- 
brar las bodas y establecer el pacto de amistad entre las fa- 
milias de los reciencasados, aparece en el suelo donde comen 
una tinaja de vino de arroz llamado pangasi: hoy dia quo 
aquellos salvajes se encuentran más civilizados, ha sido susti- 
tuido el pangasi (muy nocivo tomado en bastante cantidad) 
por el coquillo, vino de ñipa y anisado de Menorca que se 
sirve en vasija de cristal ó loza. 

También los pactos de amistad y correspondencia social 
se hacen en la forma expuesta, esto es, con el coquillo, mo- 
risqueta, y demás. 

No habia misionero que hubiera podido conseguir el trato 
con esta raza, y con mi constante desvelo conseguí echar la 
vista encima á dos igorrotes. 



(1) Dan culto á Mahoma, pero desconocon por completo las doclrinas 
del Corán, y solamente conservan por tradición algunas prácticas alteradas 
de aquellos sectarios. (N. del E.) 

(2) El novio indica á sus padres su deseo de contraer matrimonio con 
la jdven que pretende. Enterada de la pretensión, le dejan colocado de 
pie, á la puerta de su habitación un pono, ó tronco de plátano cortado. Si 
el plátano se seca sin obtener contestación, siM'ial es de que no accede á los 
deseos del pretendiente. Del Sr, Baanionde v ( )rle^'a en el ^. III. Tinitianos, 
publicarlo en el lomo 2.» de la «Revista «le Filipinas», pág. 95. [N. del E.) 



178 SEaUNDA PARTE ETOLOGIA 



Conocí SUS USOS y costumbres, y les preparé la morisqueta, 
y además al que me pareció más dispuesto lo nombré Capi- 
tán y rey de las selvas. A los seis días de esto se presenta- 
ron unas diez personas de diferentes rancherías y con la mo- 
risqueta y el vino, y el tabaco y el buyo, y el plátano y el 
Menorca, quedaron consolidadas nuestras relaciones, y ejer- 
ciendo mi autoridad entre ellos, nombré justicias para todas 
las rancherías, rindiendo éstas respeto y obediencia al Gober- 
nadorcillo cristiano. A los pocos dias y á altas horas de la 
noche, se me pobló la casa de igorrotes de ambos sexos, di- 
ciendo que deseaban hacer las paces conmigo. Para cele- 
brarlas no habia Menorca, y hubo que buscarlo: se encontró, 
y quedaron establecidas. Si no hubiera habido este líquido 
tampoco hubiera habido paces, y ya no los hubiera vuelto á 
ver más. 

Obedecía mi voz y la del Gobernadorcillo con una sumi- 
sión ciega. Salí de aquel pueblo, me relevó otro Padre más 
estrecho de conciencia que, deseando sin duda avanzar más 
en su civilización, suprimió el convite y Menorca para hacer 
las paces, y no consiguió ver un igorrote mientras administró 
dicho pueblo. 

2.° caso. Un igorrote sacado del bosque á los ocho aflos 
de edad y educado por otro P. Recoleto, fué bautizado y sir- 
vió perfectamente bien al expresado Padre hasta su muerte, 
en que se volvió á los bosques de la Paragua. He hablado 
con él y tratado de convencerle para que viviese conmigo, y 
no pude conseguirlo. Pues siempre, imbuido en sus supersti- 
ciones, me declaraba que si me servía, moriría él ó yo como 
se murió su amo. 

lEntierro. Cuando muere algún igorrote lo hace en una 
sobrecama, hecha de corteza de árbol, después lo envuelven 
en una angarilla fabricada de caña y bejuco, y entre gritos 
y llanto lo cuelgan en las ramas de un árbol, eligiendo para 
ello el llamado bogó, y á falta de él el ipil. Colgado en esta 
forma, si aguanta en el árbol hasta haberse descarnado el ca- 



usos Y nOSTimBRES 179 



dáver, prueba es para ellos que el difunto lo pasa bien por la 
otra vida; mas por el contrario si cae en tierra (lo que su- 
cede muchas veces) ya por que los chongos (monos) rompen 
las ligaduras de bejuco, ó porque este se pudre, es también 
evidente para ellos que el difunto no lo pasa muy bien que 
digamos por aquellas alturas. Creen que los buenos son pre- 
miados en el otro mundo y los malos castigados. Mientras per- 
manece el cadáver colgado es muy agasajado con buyo, plá- 
tanos, tabaco etc. que colocan debajo del árbol, para que el 
alma del finado atraiga las bendiciones para ellos sus parientes. 
Al momento en que el finado cae del árbol se concluyen las 
golosinas, porque ya de él nada pueden esperar (i). 

Heligion. Creen en un solo Dios Todopoderoso y en sus 
obras adoran á Él solamente (2). Como se vé por lo que prac- 



(1) He aquí algunos más detalles de esla ceremonia que describe el Sr. 
Ortega en el lugar citado. «Al fallecer, dice, cualquiera ([ue fuere de la de 
tribu, construyen una jaula de grandes maderos, en donde, por de pronto. 
lo depositan hasta que terminan sus ceremonias y lo llevan á un lugar de 
reposo. 

En osa jaula le colocan sus armas, sus herramientas y sus ropas, y arroz y 
demás alimentos, para que cuando su alma vaya por él, fenga con que vivir 
hasta entonces. Cerca de los alimentos, esparcen ceniza por el suelo, que po- 
cos dias después van á registrar, para ver si sobre ella dejó impresa el alma 
las huellas de su paso. 

Fórmanse en corro cerca del punto en que está posado el enjaulado cadá- 
ver, y cojidos de las manos, con los hechiceros y hechiceras dentro del corro, 
empiezan á entonar un monótono canto en el cual, al par de encomiar las 
virtudes del difunto, le piden á Bánua que no mate á ninguno mas, pues su 
temor á morir no es pe(|ueño. En otro corro las plañideras de oficio, (allí se 
les paga grandemente para estos casos) lloran, gritan y gimen, causando un 
crecido estrépito. 

Terminado el cántico fúnebre, conducen todos, siguiendo las lloronas de 
oficio detrás el cadáver, á cualquier lugar del bosque, y lo cuelgan de un árbol, 
en el cual ellos creen que habitan los espíritus benignos. 

Creen también que los que mueren y fueron buenos, descansan protejidos 
por los genios del bien, mientras que los malos, son rodados y agitados sin 
descanso ni lin por los malos cspíriluso. 

(2) Creen, como dice el Sr Ortega en el lugar antes citado, en un espíritu 
superior llamado Bánua, que manda y gobierna á los espíritus inferiores que 
distinguen con el nombre duDitiata. Cuando una mujer está próxima al parlo, 
el marido se pasa largas horas al rededor del lecho, que es un lancape, más bajo 
de la parle de los piús que de la cabecera, esgrimiendo el campilán, ó ouchi- 

;l>3 



180 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



tican en sus entierros, se deduce ( y así también me lo han 
dicho) que creen en los premios y castigos de la otra vida. 

No tienen sacerdotes ni sacerdotisas, y cuando hacen las 
paces (como dicen ellos) con algún Padre ó Sacerdote cató- 
lico, ese es para ellos un Dios, y le obedecen en todo cuanto 
se les mandaj en tan alto grado que ellos son muy opuestos 
á embarcarse y sin embargo yo hice que se erabarcüra con- 
migo una cuadrilla. Antes de efectuarlo temblaban convulsi- 
vamente poseídos de un miedo inexplicable. ETectuado su largo 
viaje les pregunté si habían perdido el cerote, y me dijeron 
que conmigo se embarcarían, pero que ellos solos nunca, y con 
otros cristianos tampoco. 

Usos y costumbres. Hacen vida común: todos en convoy 
talan los bosques para sembrar palay, camote y pbUanos: re- 
colectado el fruto, todos comen en refectorio ó juntos ó en 
mesa redonda (1); antes cuando todavía vivían por su cuenta y 



lio, para ahuyentar á los espíritus malignos, con el fin de que la paciente 
tenga un parto feliz. Esta práctica les es común con los ilocanos, muchos de 
los cuales hemos ohservado que practican esto mismo. IN. del E ) 

(1) El Sr Ortega copia en el párrafo aludido en las notas anteriores, una 
relación en que con respecto á este particular, se hallan los párrafos si- 
guientes. 

«Poco tiempo duró la caminata, y de pronto quedó sorprendido el R. P. al 
enconlrarse enfrente de un grandísimo camarín, construido entre campos 
de arroz ó sea palay, y que constituía por sí solo la vivienda de toda la 
tribu. 

Invitado á entrar en ella, el párrpco fué mirando y preguntando lo que 
significaba cuanto en el interior de aquel grande edificio veía, y supo y 
vio lo siguiente: 

En primer lugar, vio que la planta del único cuerpo de aquel camarín, 
estaba dividida en cuatro compartimientos de idénticas dimensiones, y que 
uno de ellos, estaba subdividido en pequeñas celdas hasta el número de 
veinte. 

En secundo lugar, supo que aquel compartimiento tan subdividido, era 
para dormitorio de los matrimonios de la tribu; que otro de los grandes, 
contiguo á este, era donde dormían las solteras y las viudas, y los otros 
dos respectivamente, para los chiquillos uno, y otro para los viudos y 
solteros. 

Después se enteró de que el trabajo se hacía en común, y el producto 
Se repartía equitativamente entre todos, .«iendo el director de las faenas 
y el repartidor y guardador de los frutos, el más anciano de la tribu. 



tSOS Y COSTUMBRES ÍSl 



riesgo, reconocían al viejo de la ranchería quien disponía de 
Jos trabajos y les administraba justicia (1). No se ha conocido 
el delito del robo: al cristiano jamás le han robado, y ellos entre 
sí como nada tienen, nada se pueden robar. Los castigos que 
el jefe de la ranchería imponía á sus subditos, era el consa- 
bido bejuco. Una pasada de 1*2 á 25 bejucazos, y cuestión ter- 
minada. Hoy día las rancherías civilizadas reconocen la auto- 
ridad del Gobernadorcillo del pueblo donde está situada la 
ranchería, y en sus reclamaciones apelan al Gobernadorcillo 
para que arregle sus cuestiones, cuando los subditos no están 



Notó también, una gran perfección y una cierta reminiscencia de ele- 
gancia en la fábrica, tanto interior como exterior del edificio, y por último, 
se evidenció de que, á pesar del odio que aquella raza profesa á los foras- 
teros, es hospitalaria y generosa. El Recoleto, fue agasajado con el lugar 
más fresco del departamento de los hombres, con el mejor peíate de 
Lejuco para cama, y habiendo respetado y vigilado con grandísimo interés 
su sueño, á la mañana siguiente, cuando lo acompañaron á la playa, cada 
individuo de la tribu, le regaló una chupa de arroz, diciéndole que así lo 
verificaban siempre que recibían una notable visita.» 

(1) He aquí como castigan ciertos crímenes según el Sr. Ortega. «Castigan, 
tlice, el incesto de una manera horrible. Sabido el crimen, hacen una estacada 
circular alrededor de un árbol, de los que habitan los buenos espíritus, y la 
rodean interiormente con una bancada, en la cual se asientan los más ancia- 
nos, constituidos en tribunal, y amarrados al árbol yacen los delincuentes, 
que son por ley imperiosa condonados á morir de una manera cruel, que des- 
cribimos á continuación. 

Construida de antemano una jaula de gruesos troncos de madera, colocan 
en su fondo grandes y pesadas piedras. Encima, y colocada boca abajo, amar- 
ran fuertemente á la mujer, y encima de ésta puesto boca-arriba, amarran así 
mismo al otro paciente, y después de maldecirlos repetidas veces y con gran- 
des gritos todo el pueblo que rodea el círculo de cañas, son conducidos en 
lina embarcación á alta mar, y sepultados vivos en las profundidades del in- 
sondable piélago. 

En cambio, el adulterio lo castigan con más benignidad, al contrario de lo 
que sucede entre otras tribus. 

Con el mismo sistema del círculo de cañas y banco circular alrededor del 
árbol, el jurado condena á la culpable á recibir tantos palos cuantos el ma- 
rido dest'c, y al adúltero, se le condena á pagar, en pena de su culpa, de- 
terminadas cantidades de víveres, de herramientas y utensilios de cocina; y 
para lavar convenientemente una mancha tan infamatoria para la tribu, sa- 
crifican un gallo, en cuya sangre mojan lodos un buyo, que mascan con ra- 
pidez, quedando ilesa, después de acabado lodo lo relatado, la honra del inari - 
do, (|ue se vá con su mujer apaleada á su casa, así como el adúltero se marcha 
también muy tranquilo á la suya». 



\R1 SEfTl'XD.V PVRTE. ETOLOOTA 



satisfechos con la sentencia de un Capitán infiel. Esto es, el 
Tribunal del Gobernadorcillo cristiano es un tribunal de ape- 
lación. 

Estas rancherías ya civilizadas obedecen todas cuantas ór- 
denes emanan del Gobernadorcillo cristiano, acuden á sus cita- 
ciones, ayudan á los trabajos del pueblo y asisten á las fies- 
tas del patrón del pueblo. 

Vestido masculino. Este consiste en un bajaque hecho de 
corteza de árbol, llevando á la intemperie el resto del cuerpo. 
El bajaque tiene también otro uso y es el siguiente. Llevan los 
Igorrotes á ambos lados ó en los dos brazos y á ellos arrolla- 
dos dos rollos de bejuco. Cuando tienen necesidad de encender 
fuego., cojen una astilla de leña, cortan con el bolo un pedazo 
de bajaque, lo aplican á la astilla, y cortando también una me- 
dia vara de bejuco, por medio del roce y frotación se surten 
de fuego en cortos momentos. 

Vestidp femenino. Un sayal de la misma materia que les 
cubre hasta cerca de las rodillas. Lo demás del cuerpo lo lle- 
van al aire libre. 

Baile, Con un tambor bailan ellos y ellas una especie de 
zapateado ó baile inglés. Este baile lo empieza un hombre y 
una mujer comenzando por los más ancianos de la ranchería, 
y asi sucesivamente yán alternando en el baile por parejas ellos 
y ellas. 

Industria. No tienen otra q^ue teñir y beneficiar el bajaque 
h,aciendo que la corteza de árbol que para ello usan, pierda 
su dureza. 

Comercio. Se dedican al corte del bejuco llamado siga 
que sirve para hacer muebles y otros usos, á la estraccion de 
la almaciga que abunda muchísimo en la Paragua, y á la cera 
de abejas que cosechan en los bosques. Dichos artículos los 
venden á los cristianos á cambio de arroz, alambre y abalo- 
ri.os que son los adornos que. usan en sus cuerpos (Ij. 

(1.) Añadimos á esta relación oirás noticias del expresado Sr Ortega^^ re- 



rsos V cosTtMnnE'? 1^3 



Tagbanúas. 

Esta es sin duda mestiza de Igorrote con visaya y habita 
errante en la multitud de islas que existen en la Paragua y 
las Calamianes. 

B.eligioiu No es refractoria esta raza al cristianismo; 
existiendo muchos cristianos, empadronados unos en la isla 
de Mastiguid y visita de Santa Mónica en la Paragua, y en 
Sinacapan, Djcabaito, y otras islas dependientes del pueblo de 
Cu I ion. 

Los Tagbanúas bautizados son á gusto de ellos empadrona- 
dos, y pagan su tributo sin esfuerzo alguno. Cuando se cele- 
bra en los pueblos de su radicación la fiesta del Santo titular, 
asisten á las funciones religiosas y contribuyen además á los 
gastos del pueblo coa un panco, pequeña embarcación tosca- 
mente construida, sujeta con clavos de madera, y el timón asi- 
mismo amarrado con bejuco. Su valor apreciativo es de 20 
á '25 pesos. En la celebración de estas fiestas presentan sus 
hijos á los párrocos para ser bautizados. Concluida la fiesta 
ya no vuelven mas. al pueblo, á no ser que alguna necesidad 
apremiante les obligue á ello.. 

Los no convertidos no van jamás á los pueblos; pero sus 
creencias son las mismas que las de los católicos. 

J^ida doméstica y civil. No tienen vivienda propia, y en 
su canasto llevan todos los utensilios de cocina. En la isla 



lativas ;í las costumbres de los Tinilianos, que copiamos al pié do la letra. 

«Cuando les sobreviene y les sobrecoje alguna cpidtmiia, construyen un 
barquilo de una pieza, como de un melro de largo, provisto de arboladura, 
aparejo y hasta de una bandenta, y cargándolo de arroz, buyo y agua fresca, 
lo ceban al mar, para que se vayan en él los espíritus malignos y no vuel- 
van mas, y tengan provisiones para el viaje. 

Curan sus dolencias empleando plantas medicinales; pero si la enfermedad 
es aguda, revisten por completo interiormente la babitacion del paciente con 
ramos de los árboles en que las espíritus buenos habitan, con objeto de que 
asistan á curar al enfermo, y construyen sacuyanes 6 barquitos petiucños, 
completamente aparejados, que cuelgan del techo, para que vengan á luibilar- 
los los buenos espíritus del mar; rodeando la cama del enfermo de huevos co- 
cidos, para que coman los espíritus allí y lo asistan más de cerca». 



iS4 SEaTINDA PARTE. ETOLOGTA 



donde les coge la noche allí duermen, fornian su tingladillo de 
palos ó cañas, y su techo de hojds, y que ustedes pasen buenas 
noches. Se levantan temprano para dedicarse á la pesca, apro- 
vechando la calma. Hay veces que también trasnochan apro- 
vechando que las tortugas avisten á las playas para poner los 
huevos y entonces las cogen para utilizar la concha. 

Usos y costumbres: son en todo parecidos á los de los 
igorrotes. 

Vestido masculino y femenino. Lo mismo que los Igorro- 
tes; mas cuando se presentan en los pueblos, lo efectúan vestidos 
como los demás cristianos; viven más en el mar que en tierra. 

Industria: ninguna. Comercio: concha, balate y cera. 

Autoridad: la de los pueblos cristianos; mas el delegado 
de ésta elegido á gusto de ellos, y habita con ellos. Los cris- 
tianos tienen además su cabeza de barangay, á quien respetan 
y obedecen. 

Casamiento. Los cristianos en la iglesia con rito católico. 
Los infieles son como los Igorrotes. 

Entierro. Los cristianos si está cerca de los pueblos en el 
cementerio, y si está distante en las playas de las islas. Los 
no cristianos efectúan esto último. No hay robos ni asesinatos 
entre ellos. Son de carácter dócil y apacible. 

Tandolanos. 

Llámanse asi de la palabra tandol punta, y tandolanos el 
que habita en la punta; y porque esta raza vive, vejeta, y 
muere en las puntas de las playas de la costa O. de la Pa- 
ragua, partiendo desde punta «Diente» hasta la denominada 
«Tularan.» Oriunda esta raza de los Igorrotes, no posee nin- 
guna de sus costumbres religiosas y civiles. Son idólatras, 
reaccionarios al trato y comunicación con las demás razas y 
únicamente cuando son impelidos por la imperiosa necesidad 
del hambre, tratan con los extraños. 

Es así mismo la raza más belicosa de la Paragua, y en 
otro tiempo fué el terror de los moros piratas, cuyas expedí- 



usos Y COSTUMBRES l'"^í: 



ciones piráticas no fondeaban jam.'ís en sus dominios á no ser 
que los malos tiempos les obligaran á ello, y siempre tenian 
que contar bajas en mayor ó menor número. Manejan diestra- 
mente el sombiling, arma común á todas las razas infieles de 
la Paragua, que usan para la caza y defensa, y los Tundo- 
lanos preparan los dardos con un veneno tan activo que en 
pocos momentos priva al hombre de la vida. 

Se alimentan de la pesca y de raíces de los bosques, usan 
ellos y ellas del consabido bajaque ó taparrabos ya explicado. 

OTRA RAZA DESCONOCIDA. 

Las tres razas expresadas eran muy numerosas al principio 
de este siglo; pero van poco á poco desmembrándose y des- 
apareciendo de la escena del mundo como por encanto; espe- 
cialmente los tandolanos. 

Al comenzar, repito, este siglo en la punta llamada Also- 
nangoan existian unas ocho cabecerías de Tandolanos, y así 
poco más ó menos en las demás. Hoy dia quizás no lleguen 
á veinte familias las que habitan en dicha costa. — Yo la he 
recorrido, y he encontrado casi toda la costa desierta; y esta 
raza es sustituida por los Tagbanúas que ya forman sus pue- 
blos, y tienen más estimación é inclinación al cristianismo. 

La causa primordial de la decadencia de estas razas con- 
siste en que tienen como una gran maldición, la enferm^'dad de 
la viruela. En tiempo de epidemia abandonan á todos cuantos 
son atacados de esta enfermedad; es tan grande el horror coa 
que la miran, que los padres abandonan á los hijos y vice- 
versa, las mujeres á sus maridos, etc. etc. sin que los atacados, 
como no sea por un milagro de la Providencia, se salven de 
la enfermedad, porque se encuentran destituidos de todo so- 
corro humano, y los que se libran tienen que vivir separados 
de los demás. Terminaré estos datos añadiendo que existo 
otra raza de infieles que vive en rancherías situadas en am- 
bas costas de la Paragua, con buenas disposiciones para abra- 



ISfi SEPtI-ND* P\11TE. KT0LOr,ÍA 



zar el catolicismo, pero los infieles que ejercen su dominio 
en ellas, por lo regular son unos taos largos, pero muy lar- 
gos (1), y llenos sus espíritus de una civilización maligna y 
egoísta; quienes de común acuerdo con los cristianos que es- 
plotan á dichos habitantes, son el mayor obstáculo á su con- 
versión. Yo no he conseguido bautizar mas que al principal 
cacique y su familia de una sola ranchería; y encontrando 
una gran distinción entre estas razas y los Aetas de Luzon 
en costumbres y en carácter guerrero y sanguinario, pues ya 
he dejado escrito que los infieles de la Paragua son sumamente 
pacíficos si se exceptúan los llamados Tandolanos: nada mas me 
ocurre que advertir sino que tienen las mismas supersticiones 
en la siembra de sementeras, recolección de frutos, etc. etc. 
los demás Bisayas cristianos. 

Bulalacaunos. 

Los individuos de esta raza llamados los Gitanos de Fi'h'pi- 
naSy son según parecer del P. Navarro cuya carta tenemos á Id 
vista, procedentes de los Tagbanúas y de los Tinitianos. La 
palabra Bulalácaon, dice, se deriva de bulalacao que significa 
cometa, por que como este aparecen y desaparecen por los 
pueblos, llevando una vida errante por las islas Calamianes. 

Las noticias que damos sobre esta extraña raza, las tomamos 
del art. IV. del escrito del Sr. Ortega del que copiamos los 
párrafos siguientes. 

«El color de esta raza es oscuro, cetrino; la nariz algo agui- 
leña, el pelo algo crespo, y en lo general tienen los varones, un 
asomo de vigote y de barba. Son de constitución delicada y 
muy ágiles, y grandes andarines, en fuerza de que no tienen 
hogar ni patria, y de que recorren la región que habitan ince- 
santemente, dedicándose al tráfico, haciendo noche en cualquier 
punto en que aquella les sorprenda. 

Su traje, consiste en una especie de túnica de tela guingon, 

(1) Hombres muy asLutos, (N. aJ E ) 



fSOS Y COSTUMBRES \R7 



y en el consabido pedazo de tela de colores con que se cubren 
lo que ofende á la vista y á h decencia. 

Constituye su alimento principal, un tubérculo llarando co- 
róte y macerándolo en el agua del mar por espacio de dos 
dias, c mibinadü con las hojas de la planta, hacen luego unas 
tortas con las que se mantienen, y á las cuales les llaiuan 
coróteSy como derivación del nombre radical 

Creen en un Dios únicOy que dispone de una multitud 
de gém'os, distribuidos a sus órdenes, para premiar la virtud y 
castigar el vicio, y sus ceremonias de culto no son aún conoci- 
das, á causa de la vida que hace esta tribu. 

Tienen á la muerte grandísimo temor, y cuando fallece alguno 
de ellos, le piden en sus cánticos fúnebres al ¿>uen Dios, que 
no quite la vida á ningún otro, prometiéndoles ser todos buenos, 
y rendirle ciego culto. 

Como consecuencia de la convicción que alientan, de que 
los genios tienen vida real en el mundo, están siempre provis- 
tos de amuletos á los que profesan un gran respeto, y en cu- 
yas virtudes tienen ciega fe, p;ira evitar toda clase de males. 

Para que l-^s guie en las prácticas de su vida, con objeto 
de tener siempre de su parte á los genios protectores^ cuen- 
tan con un hechicero-ensalmador y el cual lo mismo cura las 
enfermedades del alma que las del cuerpo. 

Curiosos exploradores que han estado en contacto con la 
raza de que traíamos, nos han mamiV'^tado la impresión hondí- 
sima qu'"- en su ánimo causó la asistencia á las ceremonias de 
unos funerales; y uno de dichos exploradores, religioso Recoleto, 
nos describió la figura del ensalmador-hechicero, en estos tér- 
minos: 

'Las contorsiones elásticas de aquel hombre, poseído, á no 
dudarlo, de que efectivamente concurrían en su persona las vir- 
tudes que la tribu le supone; su vista girando coq centellantes 
miradas en torno, á compás del ;. íntico y de las mil contor- 
siones en que se agitaba; ronquidos horribles que de su pe- 
cho se exhalaban, seguu los vaticinios, que pronunciaba casi 

'?4 



\>^9, sEr.r.vDA PAnTE. etolocua 



frenético; su poca barba, blanca por la edad; su pelo crespo, 
que se erizaba y se doblegaba, según los sentimientos diver- 
sos de que su espíritu se poseía, causaron tan honda impresión 
en mi ánimo, que todavía hoy, al recordar aquella triste y sal- 
vaje escena, creo estar en la presencia del hechicero-ensalma- 
dor, horrorizado de ver aquella satánica figura.' 

Los entierros se verifican por el mismo orden que los de 
los Tinitianos; pero en ellos, al colocarse el cadáver en la 
balanza, en vez de preguntarle si quiere ir á ser sepultado 
á otra región, ó quedarse en aquella donde dejó de existir, 
se divide la parte más dominante de la tribu en dos bandos: 
los nobles y los, principales. 

Los nobles — por ejemplo — opinan que debe ser suspendido 
el cadáver en tal punto y de las ramas de tal árbol, y los 
principales — ejemplo para el caso — deciden que debe ser se- 
pultado en su vivienda y cubierta con ramaje su casa. En- 
tonces, establecido el pro y el contra, al imprimir movimiento 
á la balanza, los principales se colocan en un lado de ella 
y los nobles ó jefes de la tribu en otro, y según del lado 
en que pesado quede uno de los extremos, aquel en que está 
el cadáver, por aquel se decide el lugar del enterramiento. 

En las bodas son también singularísimos. Antes del lazo 
conyugal, la virtud de la consorte es puesta en tela de jui- 
cio por el contrayente, y hasta que éste no está plenamente 
convencido de ella, á entera satisfacción y convicción, no 
se verifican los esponsales. 

Esta costumbre, de anticiparse las uniones á los contra- 
tos, es eminentemente rara, y casi casi, se asemeja á la que 
tienen establecida los gitanos en el viejo continente, sobre todo 
en Bohemia. 

Después de la convicción, con las ceremonias del ensal- 
mador, convidados parientes y demás amigos, se hacen los 
pactos, cambiándose la morisqueta, ó aquí el pan de la boda; 
y cuando se termina el cambio de dicho alimento, cojen en- 
trambos una olla de barro nueva, y tirándola al suelo, la ha- 



USOS Y COSTUMBRES i 80 

cen pedazos; prometiendo que se separarán únicamente, el día 
en que los pedazos de aquella olla se junten dejándola otra 
vez entera. 

Guando nace un vastago, el ensalmador ahuyenta los malos 
espíritus, y el marido espera pacientemente que terminen las 
evocaciones, y terminadas estas, la madre y el recien nacido 
van á bañarse al río más próximo, como la cosa más natu- 
ral y corriente, acompañadas del jefe de la familia. 

El mando de la tribu no se lo confian al más anciano, 
sino al que creen más hábil; con cuya práctica, se separan 
de la general costumbre de reconocer el patriarcado de la 
ancianidad, tan generalmente admitido en las otras diversas 
razas independientes que pueblan esta isla. 

Creen en la vida eterna, en los premios eternos y los eter- 
nos castigos, según las buenas ó malas obras hechas en el mun- 
do. Para ellos, q\ paraíso es el espacio, cuya grandeza les hace 
reconocerlo como la residencia del buen Dios. 

No quieren ni toleran mezclas en su raza de otra alguna; 
tanto que, en una época en la cual se intentó reducirlos for- 
zosamente á la vida social, se embarcaron con sus familias en 
pancos, y se dedicaron á piratear. Algunos se hicieron cristia- 
nos; pero sólo por temor ó para negociar con más fruto, con- 
fesando los mismos Misioneros, que no se les puede creer si ase- 
guran estar convertidos. 

Sus viviendas las constituyen unas especies de tiendas de 
campaña, fabricadas de ñipa ó de burí, que las arrollan y 
trasportan de uno á otro punto. A estos conucos ó tiendas, les 
dan el nombre de cayáng. 

Tienen una aversión grandísima á toda sumisión y depen- 
dencia, y horror tremendo á las prisiones, amantes como son 
de una indeterminada libertad. 

Esta raza, se asemeja muchísimo á otra también estraña, 
pero poco numerosa, que en los años de 18G'2 y 1863, hemos 
distinguido, tanto en BuriaSy como en Masbate, islas de esto 
archipiélago. 



100 Snr.I-NDA PAUTE. RTOLC-IA 



¿Habrá existiiio, en los primitivos tiempos de la coioniza- 
cion de Filipinas, algún picsidio entre estas dos citadas islas, 
compuesto co'no lo estaban á la sazón los de la Metrópoli, do 
pa¿'os, moros y gitanos? 

Tal vez esta raza sea originaria de la de Europa, y no pa- 
rece sin fundam-^nto para ellüá la conocida maldición del gitano 
aun en boga hoy, que dice: Termita Dios que te veas entre 
Masbate y BüRÍAS, comiendo el pan d puñados. {*) 

Cuando fallece uno de la tribu abandonan el fruto de las 
sementeras, con el íin de que tenga provisiones paca el viaje, 
y llega á tal extremo en este punto su superstición, que el grano 
de simiente con que cuentan, no lo siembran, en la segura evi- 
dencia de que obtendrnn una mala cosecha si lo h.jcen. 

Sus armas de defensa, consisten qw flecha, cm^enenidas, 
que cuidíUi con mucho esmero; lan\as, montadas en astas de 
palasang, y mmpits ó cerbatanas. 

Son aticionados ú la caza de pájaros y diestrísimos en ella, 
y tanto estos volátiles, comu \o?> puercos de monte, las tortugas 
y el balate, constituyen al alimento de lujo de los principales. 

El jefe de la tribu reparte por igual las ganancias entre 
sus administrados, reservándose el total de las deudas, que 
religiosamente satisface á los comerciantes acreedores. 

Sus faenas en el campo consisten en el cultivo y cosecha 
del palay, en la recolección de cera y de almáciga, y de- 
más géneros, con los cuales, á .:ambio de otros productos, cu- 
bren las necesidades y los vicios de su vida. 

Creen también, como excesivamente supersticiosos, y so- 
bre todo, cuando sus negocios les salen mal, en que la cul- 
pabilidad reside en el Tduo Satolonam, mal espíritu que se 
come los niños y hace mil picardías á los mortale»;, y en el 
anuncio agorero del quilit-quiíit, especie de cernícalo, que 
anuncie las desgracias y las muertes desile el alero de un 
techado. Para ahuyentar al mangaloc — espíritu malo — que- 

[*j Alusión á la ínorisquela. (N. del A.) 



L'SOS y COSTUiíDRES 101 



man_ una alga marina que tiene esa virtud; y para asustar 
y aquietar a los niños, les dicen las uiaiires que vá á venir 
el m.im.io que es el diminutivo de matuTaloc. 

Sus embarcaciones consisten en pancos de grosísima cons- 
trucción, de trozos de madera amarrados con bejucos y ca- 
lafateados con diversas clases de yescas que producen las cor- 
tezas de los árboles; teniendo una horriuie aversión á los cla- 
vos, los cuales, aunque se los regalen, no los emplean jamás 
en la construcción de sus naves, porque aseguran que son 
de malísimo agüero v un insulto al buen Dios. 

Cuando uno de la tribu padece una enfermedad que ya 
se hace un poco larga, lo llevan á otro pun'o lejano, para 
que se cure, construyéndole allí su tienda y abasteciéndole 
de provisiones. Si muere, se quema la tienda, para que la 
enfermedad mortal perezca con ella. 

No sustentan entre sí guerras de ninguna especie, ni me- 
nos contra los pueblos cristianos, con los cuales trafican; pero 
en sus encuentros con los piratas jnoros, son valientes, ar- 
rojados y decididos, provocando ellos el combate.» 

SÉPTIMO GRUPO. 
Isinayes — Allavanes Catatanguis. 

Las tribus infieles de la raza Malaya existentes en las islas 
de Pauay y Samar tienen mucho parecido en sus costumbres 
con liis de Mindoro de que ya hemos tratado, y con algunas 
de xMindanao de que abuj») hablaremos. Gomo no hemos recibido, 
y por un descuido involuntario nos hemos olvidado de pedir á 
tiempo ddtos más concretos acerca de estos infieles, nos limi- 
tamos á copiar algunos párrafos del folleto «Tierras y Razas» 
del Sr. Lacalle qie pudo observar algunos de sus individuos 
de la cordillera central de Panay. 

«En las islas del Sur, dice, encontramos multitud de gentes 
nómadas, que retiradas al interior de los bosques permanecen 
en un estado social que recuerda el de algunos pueblos de 



Í92 SEGUNDA PARTE. ETOLOGíA 

Australia. Y es lo raro, que esas tribus se han mezclado c jn 
otras que en épocas lejanas llevaron á Filipinas la representa- 
ción de razas mas cultas, de las que, por lo visto, no tomaron 
ni religión, ni costumbres. Tal sucede á infieles de Mindoro cu- 
yos caracteres físicos, bien determinados, acusan una semejanza 
con las tribus moras del Sur, bastante á demostrar su mezcla 
con los hijos del Islam. Por otra parte, vemos en Samar, costas 
salvajes cuyo origen chino no puede ser negado cuando se ha 
tenido ocasión de observar la forma de la nariz, la inclinación 
del diámetro trasversal de las órbitas, y el color amarillo de 
la piel. 

Durante los dos años que permanecimos en Iloilo, y eu las 
expediciones hechas por esta provincia, pudimos estudiar bien 
los caracteres de un pueblo que vive en la cordillera central 
de Panay, extendiéndose principalmente por las montañas in- 
mediatas á la zona de Antique. Eu Iloilo se conocen estas gen- 
tes con el nombre de monteses, y por sus costumbres, como 
por sus rasgos físicos, deben incluirse en la categoría de las 
otras razas salvajes del Archipiélago. Bien que en menor grado 
que los de Mindoro, dan testimonio los monteses de su cruza- 
miento con otros pueblos del Sur, y hay familias que recuer- 
dan exactamente las que habitan en la región oriental de Min- 
danao. Los salvajes de Panay, son de pequeña estatura; tienen 
la cabeza proporcionada á la talla; los ojos negros y vivos; la 
nariz menos aplastada que los de Luzon; la boca grande, y 
escaso prognatismo. En su piel atezada conservan, casi todos» 
señales de asquerosas enfermedades cutáneas: cubre su cabeza 
un pelo oscuro, áspero, largo y fuerte. Reflejan en sus cos- 
tumbres el dominio de pasiones y vicios que colocan á estos 
seres entre los más abyectos; y sus prácticas supersticiosas les 
inspiran repugnantes actos de feroz salvajismo. En otras tierras 
de Visayas viven castas que no hemos podido reconocer, y que 
á juzgar por lo que de ellas escriben algunos viajeros, son 
dignas de estudio minucioso.^ 



T'SOS Y COSTUMBRES I Oi' 



OCTAVO GRUPO. (1) 
Moros del Archipiélago de Joló. 

Los moros de Joló, entre todos los malayos mahometanos 
que se hallan esparcidos por varias costas é islas del Minda- 
nao, son y han sido siempre los más turbulentos y refractarios 
á la pacífica dominación de las armas españolas. Sus costum- 
bres se han manifestado siempre bajo los feroces instintos del 
pirateo y del robo. Situadas sus poblaciones, generalmente pe- 
quefias, en las llanuras bajas y cercanas al mar y en las in- 
mediaciones de los ríos, esteros y pantanos, caen de impro- 
viso así sobre descuidados é indefensos pueblos cristianos, como 
sobre las embarcaciones desarmadas, talando sementeras c in- 
cendiando casas y haciendas y cautivando las personas, para 
aumentar el número de sus esclavos. 

A la par de su barbarie anda su ignorancia. Si no son 
los Datos, ó los que constituyen una especie de jerarquía ecle- 
siástica, llamados Panditas, pocos saben leer y casi nadie es- 
cribir: por esto no tienen libros, sino es algún Alcorán v el 
Maulut, todos manuscritos y con viñetas y adornos no faltos 
de elegancia. 

Su lengua es tan especial que se necesita un trabajo ím- 
probo y una memoria de hierro para poderla dominar; pues 
más que lengua es una confusa algarabía que resulta de la 
variedad de gentes que entre ellos pulula, como son, Joloa- 
nos puros. Sámales, Malayos, Visayas, Moros mindanaos. Chi- 
nos cruzados y otras varias procedencias; consérvase sin em- 
bargo fija la escritura árabe. 

La gente común del pueblo es en general muy perezosa, 
y auníjue las mujeres se ocupan lu mismo que los hombres 
en revender lo que sobra en el tiangui» no quieren estos (ra- 



íl) Este trabajo lo debemos á la pluma del R. P. José Murgadas, dt- 
la Compañía de Jesús, que también escribió acerca de la raza Indonesiana, do 
que en su lugar hicimos mención. 



194 si:(ii'\n\ parte icroLoniA 

bajar á jornal, prefiriendo algunos irse á la pesca. Otros se 
dedican al tráfico de su comercio; de varios puntos de su 
archipiélago van y vienen en sus ligeras vintas, trayendo unos 
perlas y conchas, otros balate ó el preciado nido: también 
traen canela, mucho abacá, pieles de buey y carabao, aletas 
de tiburón y otros efectos. Son muy exigentes en el precio, 
prefiriendo volvor^e los arlículos, que han traído tal vez de 
muy lejos, á rebajar el precio en que ellos los conceptúan. 

En punto á Religión son muy confusas sus creencias, pero 
grande su repugnancia tanto á la Religión cristiana, como á 
jas otras prácticas de los infieles. Cuando se les habla en ge- 
neral de cosas buenas, est/m muy atentos, aprobándolas y con- 
fesando tener las mismas máximas; pero viniendo al santo Bau- 
tisuío, pronto se les acaba la conversación. 

Sus supersticiones son muy ridiculas: una nube que ciñe 
el monte tal, indica la muerte de un Dato; al subir al monte 
cual, se llora al llegar á cierta altura: el que puede ver una 
culebra cuando cambia la piel, se hace invisible cuando quiere 
y otras varias. En cambio ninguno de ellos sabe cuando na- 
ció Mahoma, ni tienen noticia alguna histórica, tanto sagrada 
como profana. Parece que han aprendido de los chinos el 
llevar comida á los sepulcros, los cuales abundan en los al- 
rededores de sus pueblos. Su jerarquía eclesiástica se reduce 
á varias suertes de sacerdotes llamados por orden de pree- 
minencia Sarips, Jatips y Pandiías ó Injanes. Para ser Sarip, 
hay que saber leer y escribir y por lo general haber ¡do á la 
Meca; á lo n)enos los que van allá y reúnen las otras condi- 
ciones lo son ipso fado. 

En las costumbres domésticas, la poligamiia es moneda cor- 
riente entre ellos, sólo dependiendo de los recursos de cada uno 
el mantener mayor ó menor núniero de mujeres; entre tudas 
sin embargo una sola posee la cualidad de esposa legítima. 
El casamiento, precedido de un rapto simulado de la despo- 
sada, se verifica delante del Pandita: el divorcio se lleva á cabo 
por demanda de alguna de las partes. 



usos Y COSTUMBRES 19S 



Las prescripciones del Alcorán en materias religioso-civiles 
y criminales tampoco se observan con escrupulosidad. Karas 
veces se amputa la mano por pena de un robo, ni se corta 
la lengua por la blasfemia. En cambio la pena capital se pro- 
nuncia habitualmente por toda suerte de delitos, menos por el 
de la fornicación, la cual está sin embargo absolutamente pro- 
hibida. Las mujeres de la corte se encargan de la ejecución 
de todos estos asuntos en lo tocante á las personas de su sexo. 

Á los condenados á muerte, ó el verdugo les corta la cabeza, 
ó sirven á los Datos como blanco para ensayar sus revolvers 
ó el filo de sus crises, ó también son entregados á la muche- 
dumbre del populacho que los reduce á pedazos á golpes de 
cris al compás de cierta danza, en que cada uno da su golpe 
á la víctima, siendo el rey de broma tan pesada el que vuelve 
á su casa más ensangrentado. Dichas ejecuciones son un en- 
tretenimiento de gran fiesta y algazara en la sanguinaria po- 
blación de Maibun. 

El régimen político de la Sultanía de Joló, no ha variado 
al menos en teoría, después que ha sido colocado bajo el pro- 
tectorado Español, bien que la supresión de la piratería ha 
dado un golpe de muerte á una gente cuya preponderancia 
resultaba de una lucha encarnizada contra los cristianos. 

El Sultán es siempre el soberano y el arbitro absoluto de 
las personas y de las cosas en toda la región de su mando, 
es decir de los tres grupos de islas que constituyen el archipié- 
lago de Joló. En realidad de verdad no disfruta de un poder 
tan absoluto, sino es en los distritos que forman su dominio 
privado y en los de aquellos Datos que son sus parientes ó 
aliados. Los otros distritos están gobernados de un modo casi 
independiente por aquellos que los poseen, ó sea por sus Da- 
tos hereditarios, cuyo poder es sin trabas de ninguna especie. 
Actualmente la autoridad efectiva del Sultán está muy debi- 
litada; por otro lado, aún antes de la ocupación Española de 
Joló, jamás tomaba el Sultán decisión alguna sin consultar el 

conseja de Datos ó Rumak, Bitfara, que es el verdadero poder 

25 



\% SECUNDA PARTK. RTnT.Orrl.A. 



legislativo, y en parte ejecutivo, de esta gente, de poder ver- 
daderamente oligúrquico. 

Los Datos ó señores feudales, soberanos efectivos en sus 
rancherías, tienen bajo su mando jefes inferiores de donde 
eligen los tao 7narahay (hombre bueno valiente) ú hombres 
libres; todos los demás son sácopes (vasallos) ó esclavos. 

En cuanto á su espíritu guerrero y hostil á nuestras armas 
D. Emilio Bernaldez en su B^eseña histórica del Sur de Fili- 
pinas, dice lo siguiente. 

Cada moro es un soldado armado siempre con el cris, el 
campilán ó la lanza, y á veces con una y otra arma; sin 
dejarlas nunca, ni aun en las horas de descanso, pues con 
ellas duermen. 

Y este soldado moro es astuto y fanático por sus creencias, 
terco, cobarde en campo abierto ó cuando descubre serenidad 
y decisión en su enemigo y ve fácil la escapada; pero valiente, 
arrojado y temerario hasta la ferocidad, cuando se considera 
encerrado y sin posibilidad de fugarse. Notablemente sobrio, 
se alimenta con un pufiado de arroz, con las frutas que coje 
en el bosque, las hierbas del llano ó los pescadillos del río; 
bebe el agua de manantiales más ó menos limpios y claros, y 
á falta de otra mejor, hallándose embarcado, satisface la sed 
con el agua del mar. Sumamente ágiles trepan con celeridad 
por las montañas, suben á los árboles más elevados, cruzan 
los manglares más espesos y hondos, salvan los torrentes, sal- 
tan los barrancos, y se dejan caer con el mayor aplomo de 
una altura de 15 ó 20 pies. Acostumbrados desde que nacen 
á vivir en el agua, nadan como los peces, siendo para ellos 
el pase de un río, por ancho y caudaloso que sea, la ope- 
ración más sencilla y natural del mundo; y cuando por la 
rápida corriente de las aguas no quieren ó no pueden pasarlo 
á nado, una sola caña tendida de una orilla á otra les ofrece 
un puente bastante cómodo. 

Su traje que consiste en un ancho pantalón que apenas 
les pasa de la rodilla y un largo chaquetón ó chupa con man- 



usos Y COSTUMBRES 197 



gas estrechas, en nada embaraza sus movimientos. En la cabeza 
llevan un pañuelo arrollado á manera de turbante. Los régu- 
los ó personas principales, usan las prendas de vestir de seda 
galoneadas de oro ó plata, y suelen añadir una especie de 
gabán con mangas anchas y abiertas en los extremos. Algu- 
nos tienen el chaquetón ó gabán entrelazado con mucho algo- 
don, y les sirve como de una cota. 

Las armas defensivas son: el escudo circular ó elíptico para 
medio cuerpo, ó grande para cubrir toda la persona; unos y 
otros sencillamente de madera ó forrados por el exterior de 
cuero de carabao; de este mismo cuero que, bien curado es 
sumamente duro, hacen corazas y cascos; tienen también aun- 
que pocas, algunas colas de malla. 

Las ofensivas son ó de fuego, ó blancas. Entre las pri- 
meras están los cañones de que poseen una gran variedad, desde 
el calibre de 24 hasta el de 1. Los descuidan mucho, así como 
los fusiles y escopetas, excepto alguno que otro cañón que en 
cada fortaleza ocupa el lugar prefereute, y al que miran como 
el principal, conQándole supersticiosamente la defensa y la vic- 
toria. Se les han cogido algunas veces culebrinas muy largas 
de á 4 y de á 3, y otras piezas pequeñitas que sólo admiten 
balas de á 2 y de á 1 y que llaman lantacas y usan mucho. 
Fabrican pólvora y alguna munición. 

Manejan las piezas con bastante lentitud y suelen cargarlas 
hasta la boca, haciendo uso, á falta de otros proyectiles mejores, 
de piedras, clavos ó puntas de hierro, y aun de los pedazos de 
la concha taclobo ó tacloe, que es durísima. 

Entre las cureñas, tienen algunas muy buenas y conocida- 
mente de construcción inglesa; otras son pesadas y mal fabri- 
cadas por los moros mismos y que son por lo general de la 
forma de las de plaza, con ruedas ó sin ellas; para mover- 
las, se valen de una disposición muy semejante á la que se 
emplea en los buques de guerra, por medio de motones y 
cuerdas. 

Su tiíctica artillera se reduce í\ conservar los fuegos hasta 



198 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 

que el enemigo esté muy próximo, para que, siendo de este 
modo más fácil la puntería, no se desperdicien disparos. 

En sus expediciones por tierra no suelen llevar artillería; al- 
guna vez, sin embargo, se les ha visto coaducir falconetes ó 
lantacas, de las cuales se sirven colocándolas sobre horcones 
que se apoyan en un banquillo con tres pies. 

Se ha notado por algunos con extrañeza que estas gentes 
hayan tenido y tengan artillería en abundancia; pero además 
de que la adquieren fáciliuente, cuando la necesitan, en Borneo 
y otros puntos, y de que se apoderaban de toda la que solían 
liallar en las muchas embarcaciones que apresaban cuando, más 
fuertes que hoy, ejercían el pirateo, consta que á la llegada de 
los españoles á estas Islas los indios fundían cañones en Ma- 
nila y Tondo y probablemente en Mindanao. 

Las armas blancas son: la lanza, el cris, el campilán, las 
fisgas, los sumbilines y los cuchillos. Su temple generalmente 
es bueno y se ven algunas hojas de cris llenas de preciosos 
embutidos formando aguas tan primorosamente trabajadas, 
que en nada desmerecen de las afamadas hojas de Damasco. 
Los puños son, por lo común, de madera dura sacada de alguna 
raiz; muchos hay de marfil, y algunos, para uso de los Sultanes 
y magnates, de oro macizo. 

No tienen por costumbre envenenar las puntas de las lanzas 
y fisgas, como hacen los salvajes del Norte y algunos de los 
infieles que habitan en las montañas. No hacen hoy tampoco 
uso de las flechas de que antiguamente se servían en la guerra. 

Son muy diestros en el manejo de estas armas blancas, con- 
sistiendo principalmente el mérito de su táctica, en la agilidad 
de que están dotados y que da á sus rápidos movimientos 
cierto desembarazo y soltura. El moro dispuesto á combatir, 
cubierto con su rodela y manteniendo estendido y levantado 
el brazo derecho con el campilán, cris ó cuchillo en la mano 
se agacha, se endereza de repente, gira, salta de uno á otro, 
lado con la velocidad del pensamiento, burlando así los gol- 
pes de su contrario; parece que huye, cuando de improviso 



usos Y COSTUMBRES 199 



cierra fariosamente sobre el enemií^o, y no bien ha descar- 
gado el golpe, cuando se le ve á diez pasos de aquel saltando 
y revolviéndose otra vez; todo esto acompañado de gritos 
agudos y horribles gestos que sirven, según ellos, para atur- 
dir y amedrentar al adversario. Si el arma que manejan es el 
campilán, que tiene ordinariamente en el pomo un llorón de 
cerda ó pita encarnada, mueven éste pasándolo con rapidez 
y en distintas direcciones ante la vista de aquel para des- 
vanecerlo. Cuando el arma de combate es la lanza, la arrojan 
con un lino particular, así como las fisgas y sumbilines de 
que hacen uso con especialidad, cuando desde lo alto de los 
parapetos defienden el pié de los muros para oponerse á un 
asalto. Nunca presentan caballería en las acciones; de manera 
que no debe contarse con esta arma, ni es de extrañar, cono- 
ciendo la topografía del teatro de la guerra, poco á propó- 
sito para su empleo. 

Su marina que juega un papel muy principal en las cam- 
pañas, comprende varias clases de embarcaciones con que co- 
munmente hacen el corso, y son, los Pancos, los Baranga- 
yancs, las Vintas, los Pilanes, los Lancanes y los Barotos. 

Todas estas embarcaciones tanto por su figura como por 
el número crecido de remos, concurren á que sean buques 
de primera marcha; y pudiendo armarse y desarmarse con 
facilidad, merced á su sencilla construcción, los pueden reti- 
rar y esconder sin grandes esfuerzos en los bosques ó man- 
gles, subdividiéndolos en piezas si son de las mayores. Por su 
poco calado navegan por todas partes, particularmente las Vin- 
tas que tienen suficientes con pié y medio de agua; así es que 
se las ve internarse por el más pequeño riachuelo ó estero. 

Los moros son marineros hábiles, y como al mismo tiempo 
son también excelentes nadadores, cuando la fuerza del viento 
ó un golpe de mar hace zozobrar alguna de sus embarcacio- 
nes, la tripulación se echa al agua y la endereza fácilmente. 



•200 SEGUNDA PARTE. ETOLOfilA 



Moros del distrito de Dávao. 

Son los Moros de este país de un carácter sumamente so- 
lapado, hipócritas, traidores, estafadores, suspicaces, cobar- 
des, nada serviciales, y pedigüeños hasta la última expresión. 
Muy obsequiosos de palabra, pero nada cumplidos en obra, 
desobedientes y holgazanes; son por lo tanto una gran re- 
mora de la reducción en este país. 

Los hombres visten camisa partida, calzones anchos, pa- 
ñuelo blanco ó colorado en la cabeza; van descalzos como los 
indios; llevan el cris á la cintura, la lanza en la mano y la 
tabaquera á la espalda. Las mujeres visten de blanco. Los Da- 
tos añaden al vestido de los hombres los botones en la camisa 
y el pañuelo que no sueltan de la mauo. Los que saben leer 
se llaman Panditas, y el maestro de los panditas se denomina 
Gurú. Los panditas vienen á ser como los fiscales entre ellos. 
Al sacerdote le llaman Sarip. 

El canduli sirve de rosario entre ellos. Durante el sam- 
bayafig, tiempo en que celebran su Pascua, deben permane- 
cer todos en ayuno rigoroso por espacio de siete días, sin co- 
mer más que una sola vez á la media noche, hora en que 
sorprenden dormido á su Dios. Concluidos los siete días, se 
purifican tomando un baño general, después del cual celebran 
el convite de la Pascua, comiendo el poniam (clase de sopa), 
hervida con aceite de coco. Dicho sambayang lo celebran 
en su propio langa, que es la mezquita ó camarín donde 
ejecutan sus actos religiosos. Cuentan el tiempo, no como 
los Mandayas, por lunas, sino, como los cristianos, por días 
de la semana; así es que al Lunes le llaman Sapto, el Mar- 
tes Ahat; y así sucesivamente hasta el Domingo, Isamin, Sa- 
rasa, Arobaja, Lammis y Diammat. Bautizan á sus hijos 
con agua, rezando conforme su rito, y después de bautizado 
el niño celebran su convite. Tienen también sus Novenas, en 
cuya función después de haber tocado el agung, y reunida 
la gente, el Pandita corta la cabeza de un pollo, rogando á 



usos Y COSTUMBIiES .'til 



Dios los libre de calamidades y enfermedades, rezando al tiempo 
de consumar el sacrificio estas palabras «bismil-la herrac man- 
herrac-him». Cortada ya la cabeza, y colocada sobre el altar- 
cilio debajo de un tizón encendido, adoran á su Dios. Les 
está terminantemente prohibido, no sólo comer sino hasta oler 
la carne de cerdo; desde el momento en que la huelan, creen 
que van á morir; por cuya razón, cuando se ven obligados 
á cocer su camote ó morisqueta en olla, la purifican primero, 
no sea que haya entrado en ella manteca ó carne de cerdo, 
murmurando durante la purificación las siguientes palabras: 
«At-la amo saling mohammad.» Les está así mismo vedada 
la carne de tortuga, mas no los huevos, que los consideran 
como frutas de las playas. 

El casamiento entre los Moros se verifica del mismo modo 
que entre los Mandayas, en todas las mujeres que tomen; 
pues rige entre ellos también la poligamia. Tienen cementerio 
donde entierran sus muertos, y sobre la sepultura, después 
de la inhumación del cadáver colocan un tizón de fuego so- 
bre la cabeza cortada de un gallo. 

Pagan tributos á sus Datos respectivos; los cuales lo exi- 
gen también algunas veces de los mismos Mandayas, y consiste 
ea la entrega de un jabol, un bolo y veinte gantas de palay 
por cada casado. El Dato es entre los Moros quien arregla 
los pleitos de sus sácopes, exigiéndoles por su servicio real 
por peso. Cuando las diferencias median entre Datos de dis- 
tintas jurisdicciones, esas se componen entre los embajadores 
ó Teumangun de los dos Datos. Cuando no se avienen las 
partes, y el negocio lo vale apelan á la guerra. La usura 
rige de una manera inconcebible entre ellos. Sus costumbres 
en el arreglo de los pleitos, son poco más ó menos como 
las de los Mandayas, lo mismo sucede acerca de sus creencias 
en el canto del Limoco. 

Su comercio consiste en cera, balate, carey, almáciga, pe- 
tates y biao. Admiten la moneda, pero está muy en boga, 
la permutación. Su escritura parecida al árabe es exclusiva 



202 SERÜNDA PAUTE. ETOLOrTlA 

• 

de su ritual. Se circuncidan entre ellos hombres y mujeres, 
y aun los esclavos y demás de otra ranchería sean quienes 
fueren que hagan vida con ellos. Las autoridades se compo- 
nen del Tuan ó Gobernadorcillo y su mujer Dayandayan, del 
Guano ó Teniente, Ladiamuda ó Juez 2.", Timuay ó Juez 3.", 
Sangalia ó Alguacil, Baguadato, principal ó cabeza, y Mara- 
diadinda, ó primogénito de cabeza. 

Moros del Rio-grande, Laguna de Malanao 
y Bahía lUana. 

Son estos moros altivos en extremo, suspicaces y desconfia- 
dos, fáciles en promesas vagas, difíciles en tratos concretos, que 
puedan comprometerles á la ejecución. Llevan en sus relaciones 
con los españoles cierta malicia, que sólo el tiempo enseña á co- 
nocer; perezosos, evitan el trabajo todo lo posible, y cifran su 
mayor dicha en el reposo, á lo que contribuye no poco su de- 
bilidad física; y las enervantes condiciones] climatológicas del 
país. Podria, sin embargo, sacarse algún partido de ellos para 
cultivar las tierras como lo prueban algunas haciendas próxi- 
mas á Cottabato. Pesados por demás en sus tratos, constituye 
uno de sus goces predilectos la bichara ó conversación, que 
prolongan horas y horas por el pretexto más fútil. 

De pequeña estatura y miembros endebles, conservan for- 
mas bien proporcionadas hasta los 15 ó 20 años. Los trajes que 
visten los individuos de ambos sexos son casi los mismos usa- 
dos por los naturales del archipiélago malayo: los hombres ar- 
rollan un pañuelo á su cabeza, dejando libre la coronilla y con 
la punta saliente á un lado; llevan una chaquetilla de tela blanca 
ó pintada de colores poco vivos, que les llega escasamente á 
la cintura; el patadion, tan general en los pueblos indios y 
malayos, les cubre las piernas sólo hasta la rodilla, y no hasta 
el tobillo como á los cingaleses de Ceylan; la faja es bastante 
general, y los magnates calzan babuchas. 

Sus principales armas, á las que muestran singular apego 



usos Y COSTUNrBRES ^iV?, 



son el campil.ín, sable largo de hoja ancha, muy afilada, y 
de puño parecido al del yatagán ¡dííío, con penacho de pelo; 
el cris, machete corto, de hoja muy estrecha recta ó flameada, 
con puño de marfil ó hueso y madera fcamuning) comunmente 
hecho con gusto, el puñal también recto ó flameado, el bolo 
más corto que el cris y de hoja ancha, recta siempre, y empu- 
ñadura larga y estrecha, que es el arma más usual, y les sirve 
igualmente para las pacíficas tareas del campo; la lanza con 
astil de madera ó de bambú y una larga y ancha punta flameada 
ó recta; y, finalmente, las flechas hechas de cabo negro que 
suelen envenenar. Las armas de fuego, aunque poco usadas 
entre estos moros, las tienen, no obstante, en grande estima, 
y sus lantacas, especie de culebrinas, son para los Dattos y 
Sultanes el mayor tesoro. Las tribus cercanas á la Laguna de 
Malanao, más fuertes y guerreras que las de Río-grande, usan 
corazas y capacetes; aquellas son de búfalo y bronce ó de 
cobre bastante pesadas; tienen broches en el centro, y su forma 
recuerda algo la de las romanas. El arma defensiva más co- 
mún es el escudo ó la rodela, que les sirve tambien.de som- 
brero. 

El gobierno establecido entre aquellas gentes tiene el ca- 
rácter patriarcal. La autoridad del jefe de la familia es suprema, 
y el Datto considera á sus sácopes ó vasallos como miembros 
de la suya. Los esclavos que constituyen la tercera clase, no 
son, por lo común maltratados y con frecuencia pasan á sáco- 
pes. Ambos sexos pueden reinar, habiendo sido uno de los más 
poderosos magnates del Sur de Mindanao la Princesa de Sibn- 
guey, que gobernaba en el seno del mismo nombre, teniendo 
corte en la costa oriental. Las jerarquías de Sultán y de Datto 
uo están, en realidad, muy bien deslindadas; los hay con más 
poderío entre los segundos que el que tienen los primeros, y en 
todo el Pulangui respetaban hasta ahora los Sultanes al Datto 
Utto, vencido ya finalmente y vergonzosamente obligado á reti- 
rarse por nuestros bravos soldados, que acaban de arrasar sus 
casas y cotas hasta ahora tenidas por inexpugnables. Los moder- 



-O i SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



nos inventos causan extra fieza y pavor á los moros: barcos de 
fuego llamaban á nuestros cañoneros: favorecidos, no obstante, 
por el terreno, sobre todo en pantanos, ha habido, ocasión en 
que han dado que hacer no poco á nuestros soldados. 

En toda ranchería suele haber un sacerdote, Pandita, de 
turbante y traje blanco; por lo común, ha hecho su peregri- 
nación á la Meca, y esta encargado de leer el Corán, cuyos ejem- 
plares se guardan con sumo cuidado, habiéndolos muy correctos, 
verdaderas joyas bibliográficas algunos, que datan del siglo xvi 
y XVII. El Pandita es llamado á consejo en todo asunto grave 
y empuña también el campilán, en las campañas. 

Algunos príncipes moros muestran una inteligencia bastante 
cultivada: algunos muestran afán por aprender y curiosidad 
grande hacia nuestras cosas de Europa, lo cual parece común 
á muchos pueblos asiáticos. 

Las rancherías moras de Río-grande acostumbran vivir en 
continuas disensiones, que en verdad son poco sangrienta"^: por 
esto cuentan el combate de Pagalungan, en que fueron heridos 
un centenar, como una horrible carnicería. 

Sángiles. 

Son los Sángiles moros muy pacíficos, y hospitalarios; viven 
de ordinario en el seno é islas de Sarangani. Si no tuviesen 
tanto trato con los Maguindanáos ó moros del Río-grande se- 
ría fácil el reducirlos. Mantienen buenas relaciones con los de- 
más de su raza y con los Manobos que pueblan la costa de Gu- 
ia man. 

Sámales-Laut. 

Los Sámales-Laut son una raza de moros que forman la 
parte más numerosa y más característica por su tipo de la 
población de la Isabela de Basílan. Ocupan generalmente todas 
sus costas, donde ejercen su oficio ordinario de pirata?, cau- 
tivando á los mismos cristianos de la isla, si pueden, y á los 
moros del interior, llamados Yacanes, con quienes tienen na- 



usos Y COSTUMBRES 205 



tural antipatía. Hállanse confundidos también entre ellos mo- 
ros joloanos y malayos, formando un total de 10.000 á 1*2.000 
en toda la isla. 

En cuanto á la Religión son muy poco observantes de sus 
ceremonias. Suprimen muchas prescripciones de su falso pro- 
feta Mahoma y añaden otras que no son prescritas, v. gr. no 
oran una vez al dia, casi nunca observan los viernes y jamás 
se ve que vaya uno á la Meca. Usan el Gunting y una especie 
de Bautismo que han aprendido, aunque mal de los cristianos 
cautivos. 

Para su administración preparan aceite de coco, harina de 
arroz, agua de coco y natural. Guando el niño tiene cuatro ó 
seis meses en el dia que les parece, el Imam toma un poco de 
cada cosa de las susodichas y las pone en la frente del niño pro- 
nunciando al propio tiempo algunas palabras del Koran. Ter- 
minada la ceremonia sigue la comilona, siendo el Imam el pri- 
mero á quien se debe presentar la gran bandeja de comida. 

Para sus casamientos los padres ó dueños de las jóvenes 
mas bien las venden que las entregan por esposas, pues sólo se 
conceden á los pretendientes bajo ciertos derechos señalados, 
que deben éstos pagar, mayores ó menores, según sea la fa- 
milia más ó "menos principal y ella más ó menos bien parecida: 
generalmente se exigen 30, 50 ó más pesos, ademas de los gas- 
tos del convite. 

Las ceremonias con que se celebra el casamiento son tam- 
bién originales: masca el novio su obligado buyo, sale en medio 
de los convidados, hace algunos visajes, y se pasa las manos 
por la cara; con lo cual, dicen que pide perdón á Dios, con- 
fesando sus pecados, llaman á esto magtanbat. Luego si el 
novio no ha pagado, por ser pobre, una conveniente comida, 
algunos principales presentes le dan algunos golpes en la es- 
palda con un bejuco en forma de mano más ó menos numerosos 
según lo que haya dejado de presentar para el convite. ,Va 
después el novio á lavarse los pies y vestirse de blanco, en 
saliendo siéntase sobre un petate, pone su mano derecha deu^ 



'ÍOíi PErTT'XnA PATtTE. ETOI.OGIA 



tro (le las dos manos de im principal y la izquierda eacima de 
las derechas de las demás principales. Cubre luego el Imam 
su derecha y la derecha del novio con un pañuelo blanco y asi 
juntas, pronuncian algunas palabras del Koran. El Imam levanta 
sus manos y las extiende de modo que sus palmas se miren á 
una distancia de dos cuartas y las levanta hasta la cabeza. El 
novio hace lo mismo, pero las palmas de sus manos miran á su 
rostro. Juntan otra vez al modo dicho las manos con los princi- 
pales y sigue inmediatamente la comida; terminada la cual van 
á casa de la novia, y allí se repiten con ella las mismas ceremo- 
nias que con el novio. A intervalos tocan el calintangan, y si es 
persona principal hay tiroteo, matan vaca ó carabao y convidan 
H innumerables moros. Cnanto más rico, más convidados. Suele 
haber á intervalos baile guerrero. 

En sus entierros visten á los muertos de una tela blanca 
que les cubre de pies á cabeza. Los que asisten ó visitan al 
muerto son invitados á una comida. La zanja que abnen es 
más ó menos profunda según la calidad de la persona que se 
ha de sepultar; pero siempre es de una vara y media ó dos 
varas y en forma de luna. A un lado de ella abren una es- 
pecie de cueva donde debe enterrarse el cadáver. Una vez allí 
colocan palos derechos en la cueva donde está depositado, y 
van terraplenando el hoyo mientras áo% personas aventan 
las moscas con un paño blanco para que no se acerquen. En 
los extremos de la sepultura ponen algún tabo de agua y co- 
mida; viene el Imam hace algunas preces mujammadaues, se 
acerca á la bandeja de comida que para él la han puesto y allí 
sobre la fosa se atraca que es un primor, y se retira. Termi- 
nado esto, entran los guarda-muertos (ó tunguquibul) que velan 
al muerto por espacio de algunos dias y noches vanas fami- 
lias por turno, según las facultades ó bien de la familia del 
difunto: pues son pagados con comidas y telas cada vez que 
están de guardia. Cuando ya los difuntos ó mejor sus parien- 
tes no tienen mas con qué gratificar cesan las guardias del di- 
funto. Si alguno de la familia del difunto no quiere que se 



nsos Y cosTt'MnnE5 



^07 



haga esta guardia, los Imams y algunos otros hacen correr la 
voz que el muerto ha escapado y corre por los cerros, y ater- 
roriza á los transeúntes; llaman á ese fantasma pañala, y 
hasta que se ha hecho guardia no cesan de hacer correr esta 



voz. 



Cuando se reúnen para el culto público, que es cuando les 
place, convocan al pueblo con roncos golpes que produce un 
palo sobre una especie de tambor. Comienza el Imam con voz 
triste una invocación á su Impostor y lee un trozo del Koran, 
y en el entretanto mascan buyo, hablan, se acuestan, fien, chi- 
llan... y se retiran sin haber entendido ni el Imam, ni el pue- 
blo lo que se ha leido. La fiesta principal y casi única que 
calebran es el Maulut ó nacimiento de Mahoma. Cada ranche- 
ría, y á veces hasta familia lo celebra en el dia que le place; 
deberían celebrarlo la décima noche del mes llamado Rabié 
anal que corresponde al mes de Setiembre; pero lo suelen cele- 
brar después de la cosecha. Preguntados una vez, por qué no 
lo celebran en el dia fijo, respondieron que lo celebraban cuando 
tenían para una buena comida. Suelen reunirse varios princi- 
pales con el Imam y cantan con voz lastimera que parece sale 
de una caverna, entretanto las mujeres preparan la comida. 

Son muy supersticiosos, temen mucho al Seitan (diablo) y 
procuran aplacarle. Cuando pasó por ellos la epidemia de 188'2, 
los moros de Panigayan, en quienes se cebó bastante el cólera, 
pues murieron la mitad, echaban embarcaciones llenas do co- 
mida al mar para que al encontrarlas el diablo se contentara 
con la comida. También colgaban de los árboles comida para 
el mismo objeto. En aquella ocasión el cherif se aprovechó 
bien, porque vendía agua ciara que curaba. Para ello debían 
recitar algunas preces morunas; si curaban, era por el agua; 
si no curaban, era por no haber rezado bien las preces de Mu- 
jammat. No le anduvo mal el negocio. 

También creen algunos moros que el cherif puede por sola 
su voluntad, enviar una enfermedad al que le place. Todo es 
para aterrarles y sacarles lo que quiera el cherif. Una vez que 



íi',-í SK'^tT'N'DA parte. RTOLOrirA 



sucedió eclipse de lana, los moros de Paranjaa, metieron mu- 
cho ruido con sus culintangans y otras cosas; preguntados por 
qué metian tanto ruido? respondieron que era para hacer huir 
á una culebra que se comía la luna. 

Para sus viajes largos miran el cuticaán, que es un libro 
con ciertas figuras por el cual quieren conocer si tendrán feliz 
viaje. 

El que sabe más entre ellos es el cherif, no pasa sin em- 
bargo su erudición más allá de escribir cuatro palabras en 
caracteres árabes. 

Sobre el cielo y el infierno no saben mas que su existen- 
cia: sobre el alma, casi nada saben. 

Sobre el cielo he aquí lo que me afirmaba un cherif. Hay 
siete cielos y siete infiernos para expresar los diversos premios 
ó castigos. 

I."' cielo llamado Yattu Atuan: Aquí descanso solo. 

2." cielo Firdeos: Aquí cosas buenas de comer. 

S.®"" cielo Naim: Si quiere comer es abundante la comida. 

4." cielo Ñaua: El agua tiene el sabor que uno quiere. 

5." cielo Ainum naim: Aquí muchas riquezas. 

6." cielo Salvabila: Aquí vasos de oro beber. 

7." cielo Jatard al Cots: Aquí perlas y diamantes. 

Infiernos. 

i.° Naruk Yanna: Aquí alboroto. 

2." Naruk Sacar: Máquinas y animales para atormentar. 

3.** JNaruk Sigmilti: Tormentos de la lengua. 

4." Naruk Abus: Cosas feísimas. 

5.° Naruk Jauya: Aquí se alancea. 

6.° Naruk Zaalt: Aquí se padece sed. 

7." Naruk Jamia: Aquí se atormenta con fuego. 

Así describió un Tuán... Sarib el cielo é infierno... En 
cierta ocasión se reunieron varios principales y varios Imams 
y hablando de Adán y Eva no acertaban quienes eran sus pa- 
dres y para que les instruyese sobre el particular, acudieran 



fSOS Y COSTr.^fBRES '200 



al Misionero. Ni de su Malioina sabea el dia que nació ni 
mucho menos algo de su historia. No conocen casi su Era, 
ni saben los años que tienen, y así cuentan por lunas. 

El vestido consta de pantalón estrecho por abajo y ancho 
por arriba. Las mujeres visten como los hombres sólo que se 
cubren con un manto (jabut) cosido á lo ancho; cúbrense desde 
la cabeza á los pies sujetándose debajo del sobaco, formando 
pliegues. 

Se recortan en la frente un flequillo, y se afeitan, se li- 
ñen los dientes de negro para distinguirse de los cristianos. 

Los moros Sámales visten pantalón estrecho de arriba abajo. 

No come el moro carne, si el Imam no sacrifica el animal, 
haciendo el Swnbalig. 

Es el moro de cutis bronceado oscuro, ojos negros, tiene 
las cejas poco pobladas, la barba rala, cr¿ineo aplastado en su 
parte occipital; son sucios, ociosos, inconstantes, pedigüeños, es- 
casísimos en dar, amigos de conversaciones y pasatiempos. 

Pelean sin dar cuartel, y en el ataque avanzan, se detie- 
nen, retroceden, saltan, se arrastran entre el cogon, se cubren 
con la rodela etc. 

En las guerras contra los Españoles ó cristianos, constru- 
yen fuertes defendidos por fosos, y revestidos de gruesos mu- 
ros de tierra; son fieros y audaces, y manando sangre pelean 
hasta morir en el campo impelidos por el odio al cristiano ó 
Español. 

He aquí algunos versos de un canto que me dictó un moro 
principal para que se conozca más el odio con que guerrean. 



Pagcalanta acó isa 
Salihansanan dasa 
Sabal) ann sucut dasa 
Tumulat acó salasa, 

Maluag can sanchata 
Pacucus in sacayan sa 
Bisan uay bantata 
Marayao pañab quita. 



Un canto entonaré 
Que es del Salihansanan 
Para tener suerte 
Al embarcarme el martes. 

Busca las lantacas 
Las armas en la embarcación 
Y aunque no haya enemigos 
Bueno es estar prevenidos. 



1\0 



SEaUNDA PARTE. ETOLOfilA 



Jari Salibansanan 
Malto pa Zamboangan 
Bisan nay dangan 
Mi (Id a pa subangan. 

Castila piangayn 
Simacat na tinuyo 
Catacus mangayo 
Inacnjan sa nag buno. 

Acó catcal inagbuno na 
Ampa lasa-aun co na 
Bant acó dumungu na 
Sagui na Bismilla: 

Jida manung lasap 
Magcalis samsil dasak 
Minsan co dugu nasak 
Limagut parran lisak. 



Este Salibansanan 
Va para Zamboanga, 
Aunque no baya comercio 
Volverá pronto. 

Al castila pido 
Subiré yo con valor, 
Sus armas pido 

Y le abriré las entrañas en la guerra. 
Yo siempre pelearé 

Y hasta gusto tendré si oigo 
Arrostra el peligro 

En nombre de Dios. 

Tengo gusto en hablar 
Esgrimiré con valor el cris afilado 

Y aunque mi sangre corra porelsuelo 
Tajearé al oir tocar. 



El idioma que hablan consta de palabras tagalas, hisayas y 
malayas; pero sin reparo en cambiar, quitar y añadir letras y 
sílabas. Hasta aquí el escrito del P. Mnrgadas con el cual da- 
mos ñn á la 1/ sección de esta segunda parte. fN. del E^J 



-^r-?^*^i^^ 



SECCIÓN 2/ 



PUEBLOS CRISTIANOS. 




o- 9 



i^ 



p^% ESCRITOS los caracteres de las diferentes razas y 
f/W tribus infieles que pueblan el Archipiélago filipino, 
pasamos á señalar las de los pueblos reducidos á la 
vida social y política, ó sean los cristianos, sometidos 
*■ al Gobierno de España. 

Se denominan comunmente indios filipinos, y se hallan 
distribuidos en las costas y llanuras, distinguiéndose entre sí 
por algunas ligeras diferencias en sus trajes, usos y costum- 
bres según las provincias en que habitan y el dialecto que 
les es peculiar. Tales son el tagalo, pampango y pangasi" 
7ian en el centro de Luzon, el bicol al Sur de la misma, y 
al Norte el ilocano y el cagayan. A éstos se agregan los 
indios de las islas Babuyanes y de las Batanes situadas al N. 
entre Cagayan y Formosa, y en las islas del Sur los Cebua- 
nos y Bisayas y demás islas adyacentes, y por último los de 
la isla de Mindanao. 



Caracteres físicos y morales. 

Las antiguas crónicas nos presentan al indio del tiempo 
de la conquista de regular estatura, color pardo-amarillento, 
nariz chata y pelo lacio. 

Es generalmente bien formado, y sus formas algo mas 

i>7 



■21-2 SEfrUNDA PARTE. ETOLORIA 



correctas que en el malayo. Hay síq embargo un ligero pre- 
dominio del tronco y extremidades superiores (1). La piel 
poco áspera y gruesa es generalmente moreno-cobriza: ofrece 
tonos y matices varios. El color es más pardo en los habitan- 
tes del Norte de Luzon que en los bicales que viven al Sur. El 
tono oscuro domina en las mujeres, y es propio de los más ro- 
bustos y mejor formados (2). Cubre la cabeza un pelo negro, 
grueso, recto, y extremadamente fuerte y largo. Singularmente 
es notable en las mujeres por su abundancia y longitud que 
cuando cae suelto, cubre toda la espalda y cintura. En algu- 
nas es ligeramente ondulante ó rizado, mas entonces es algo 
rubio, y no es ni tan abundante ni tan fuerte. En el resto de la 
piel se nota la falta de vello, pero se ven algunos hombres con 
señales de barba, que rasuran con alguna mala navaja de afei- 
tar, ú otro instrumento cortante: otros se entretienen en arran" 
caria con dos cañitas ó dos almejas de que usan á manera de 
pinzas. Hay algunos llamados albinos. Su piel es blanca algo 
rosada, como en los ingleses, con pecas amarillentas: el pelo es 
rubio y delgado, y despiden mal olor; ven con dificultad de 
dia claro, por que les ofende la claridad del sol. 

La cara es generalmente ancha, los labios gruesos y promi- 
nentes; la nariz achatada, ofrece poca regularidad en sus for- 
mas. En unos es ancha, corta, y notablemente aplastada: en 
otros se halla muy deprimida en su raiz, y muy ancha en su 
base, no siendo raro ver la nariz recta y bien formada. Los ojos 



(1) Uno de los caracteres más singulares que presentan estos pueblos, es 
el de tener los dedos de los pies muy separados, y dispuestos en forma que les 
facilita coger con ellos los objetos mas diminutos: cuando se le cae á un indio 
alguna cosa la coge con los pies como con las manos, y se sirven también de 
ellos para trepar por las cuerdas y descender de un navio cabeza abajo como 
los gatos. El dedo gordo de su pié está mucho más separado de los otros de 
lo que generalmente se tiene, por lo que, su punió de apoyo es mucho 
más eslenso. {P. Bujeta.) 

(2) Todos los niños nacen con una mancha más ó me'nos estensa bajo de 
IOS rifiones, y á medida que crece, el color de la mancha va decayendo, aca- 
bando por confundirse con el general de la piel que queda mucho más oscuro. 
fP. Bujeta.) 



usos Y COSTUMBRES ?!?! 



son negros y grandes, y lo mismo las pestañas: las cejas poco 
pobladas, mas la dentadura es fuerte, y bien proporcionada. 
Tal es generalmente el indio del centro de Luzon. 

Al Norte el ilocano es de alta estatura, la cara larga, la 
nariz alta y afilada, los ojos algo oblicuos, y hay más rigidez 
en las facciones cuanto más al Norte se aproximan. 

El cagayan es de formas más correctas y proporcionadas. 
Estatura regular, los pómulos poco salientes, nariz alta, pero 
un tanto corta, el color tostado y muy atezado particularmente 
los de la costa. 

El bicol al Sur, tiene el cráneo más ancho con algún aplas- 
tamiento occipital: la frente más deprimida, pómulos salientes, 
ojos oblicuos, labios gruesos, y piel amarillenta. 

En el bisaya el color es amarillo-rojizo, y el pelo no tan 
fuerte. Los ojos pequeños y de mirada viva, presentan una 
muy ligera oblicuidad. La barba poco saliente, y los pómulos 
regularmente pronunciados. Son de constitución robusta, y no 
se observa en éstos la diversidad de tipos que en Luzon. En las 
mujeres la piel es blanca, y las formas más correctas y pro- 
porcionadas que en lo restante del archipiélago. El predomi- 
nio físico y moral de la mujer tan general en estas islas, es 
más marcado en las bisayas. 

Los caracteres físicos que acabamos de describir nos indi- 
can suficientemente que predomina en el indio filipino el tem- 
peramento linfático; mas la irritabilidad de su organismo, y 
el mediano desarrollo del sistema muscular nos prueban que 
está bastante marcado en él el temperamento nervioso. El clima 
tropical, la vejetacion exhuberante, y las imponentes manifes- 
taciones de los fenómenos de la naturaleza en estos países, son 
un conjunto de causas suficientes para producir una enerva- 
ción relativa en la masa cerebral, que nos explica una por- 
ción de fenómenos fisiológicos que se observan en el indio. 
De aquí la inconstancia y volubilidad de su carácter, y su 
natural indolente y apático. El no ser muy impresionables al 
tacto, depende simultáneamente del espesor de la piel cur- 



■?14 SECUNDA PAFri'E. ETO[.Or,(A 



tida por las faenas del campo y de la pesca, y de la cos- 
tumbre de andar casi desnudos desde sus más tiernos años: 
es rara la perfección de su vista y olfato. Aunque se en- 
cuentran algunos de vista cansada, ó présbitas, no se ve un 
solo miope. Es sorprendente el alcance de su vista, particu- 
larmente en las noches oscuras. Las labores delicadísimas y 
microscópicas de las mujeres, dan una idea de su fijeza y pe- 
netración. Su olfato es tan fino que por él disciernen las cosas 
que no perciben bien por los otros sentidos, aunque para 
nosotros los europeos no sea perceptible su olor. De aquí la 
costumbre que tienen de llevar al olfato todo lo que toman 
en la mano. 

Su imaginación es tan débil y calenturienta que jurarán 
estar viendo un fantasma (asuangy alalia^ anani, ó aniani) 
que dicen los está mirando, los persigue, y aun lo palpan 
sintiendo la impresión fria y horripilante de su contacto. 

Se afectan con facilidad, si bien pasajeramente; pero son 
tan sobrios en las manifestaciones de dolor y de placer (sobre 
todo ante el español) del miedo ó de la ira etc. que da mar- 
gen á los que no los conocen muy á fondo á pensar que ca- 
recen de sentimientos. Y si bien es verdad que son resigna- 
dos y sufridos, no dejan de sentir con tanta ó mayor viveza 
que el europeo las impresiones placenteras ó dolorosas que ex- 
perimentan; mas como no se inmutan sensiblemente cuando es- 
tán bajo el influjo de una pasión por violenta que sea, y ape- 
nas se trasluce al exterior, fácilmente se engaña el más obser- 
vador, pensando que reina la calma, donde ruje sordamente 
la tempestad. Y no es que disimulen calculadamente, sino que 
está en la idiosincracia de su carácter el reconcentrarse tanto 
más, cuanto más vehemente y próxima está la explosión de la 
pasión que le domina. 

En lo cual es de notar el terrible aunque pasajero influjo 
que ejercen en él las pasiones, particularmente la ira y el miedo 
que totalmente los privan del conocimiento, perturbando ra- 
dicalmente el juicio de su razón. Asi vemos con sobrada fre- 



lisos Y COSTUMBRES '215 

cuencia y con no menos asombro, que un indio de buena ín- 
dole y de buenas costumbres, de la noclie á la mañana hace 
una atrocidad completamente inverosimil, al parecer con toda 
la sangre fria del mundo, pero en realidad sin prever las con- 
secuencias; y aunque por ventura se le pongan á su conside- 
ración, ni advierte lo que se le dice, ni para mientes en ello. 
Mas luego pasado el furor de la pasión que absorve todas sus 
facultades, y lo convierte en un verdadero loco, se reconoce 
sin dificultad, lamenta el crimen que inconsideradamente come- 
tió, acepta cualquier castigo que se le imponga. 

En las faltas de menor cuantía que comete, siente que se le 
deje sin darle su merecido, por parecerle quizá que se le des- 
precia, y no se hace caso de él; y llega á tanto su aprensión 
en este caso, que cuando se le deja impune, — por un misterio 
impenetrable de su ser, — como desesperado, y como reclamando 
castigo, se despeña y precipita, por decirlo así, en faltas más 
graves, haciéndose hasta desvergonzado y despreciativo con 
quien no le corrije; y por el contrario mostrándose sumiso y 
conmovido, servicial y aun amigo de quien paternalmente le 
castiga (í), evitando siempre el rigor y la crueldad; que esto, 
así como el despreciarlos, lejos de correjirles, los exaspera, 
irrita, y los hace vengativos, lo mismo que cuando se les cas- 
tiga injustamente. 

El miedo, otra de las pasiones dominantes del indígena, 
en tanto grado les afecta, que totalmente se desconciertan y 
atarantan como ellos dicen, mas sin inmutarse exteriormentc 
y sin que se advierta apenas en la mirada algo inquieta y 
vacilante; tanto que el más observador apenas lo advierte, 
hasta que llegado el período álgido comienzan á sudar de 
congoja, y á temblar. La sola presencia del español, le im- 
pone extraordinariamente, aunque ni se le amenace ni cas- 



(1) En el artículo r)80 del nuevo Ciídigo Penal está expresamente prohibido 
en cualquiera manera que sea castigar á los indios en la forma tradicional y 
constantemente recibida. 



216 SEOUNDA PARTE. ETOLOCIA 



tigue. Basta con alterarse ó levantarle la voz, argüirle ó apu- 
rarle mucho con preguntas, para que el miedo se convierta 
en verdadero terror, sobre todo en los indios poco acostum-^ 
brados al trato de los españoles. Este miedo ó terror del in- 
dígena nos explica satisfactoriamente muchos de sus despro- 
pósitos, contestaciones disparatadas, y contradicciones en que 
con tanta frecuencia incurren, de otro modo inexplicables. 
Mas el miedo á un castigo moderado, sólo ó acompañado de 
alguna ligera reprensión es el único estímulo para incitarlo 
al bien, y el único freno para retraerle del mal, como lo exije 
la índole especial de su carácter, servil y nada ingenuo como 
manifiesta la experiencia. 

Es verdad que rehuye naturalmente el castigo, y con todo 
el aploma del mundo entero niega redondamente la evidencia 
y tergiversando las cosas con habilidad pasmosa, confirman 
con estoica impasibilidad una mentira con otra mentira, y 
esta con otra hasta lo inverosímil; efecto de la mala educa- 
ción que los niños reciben de sus padres, pues cuando con- 
fiesan su culpa los castigan con crueldad, y cuando la niegan 
los creen estúpidamente. 

También son muy reservados con los españoles, y más aun 
con los religiosos y curas; y cuanto es mayor el respeto que 
nos tienen, tanto son menos espansivos en su trato, y así re- 
primen y moderan las manifestaciones de dolor ó de placer 
delante de nosotros por lo que nuestra presencia les impone. 
Y si pasan fácilmente de las manifestaciones de dolor á las 
de alegría y vice-versa, no arguye que sean insensibles al do- 
lor, sino que sus impresiones son pasajeras por la inmensa 
influencia que ejerce sobre ellos la imaginación como veremos 
más adelante. En prueba de que no carecen de sentimientos 
naturales aunque no los manifiesten exteriormente, observaré 
que con muchísima dificultad consienten los padres en la se- 
paración de sus hijos por largo tiempo: los crian con mucho 
mimo á su manera, y no obstante no hacen grandes demostra- 
ciones de este sentimiento cuando muere alguno de ellos, sino 



r'SOS Y COSTUMBRES 



á io sumo en los primeros momentos de haber espirado, que 
entonces suelen hacerlos extremados sin que por eso deje de 
haber alguna ficción ó exageración muy en su carácter. 

Es de advertir también cuanta sea la influencia que ejer- 
cen sobre los indios las impresiones de los sentidos, y ia ima- 
ginación, particularmente entre la gente poco civilizada, y más 
especialmente en las mujeres, que se mueven al compás de 
las impresiones exteriores que reciben, exactamente lo mismo 
que los niños de corta edad; por lo que entre otras cosas ya 
antes notadas, se dice de ellos muy gráficamente que son ni- 
ños grandes, y en todo se les debe tratar como niños. La ima- 
ginación sobre todo, cuando se hallan bajo su influjo, que es 
casi constantemente, los arrastra y trae ensimismados y com- 
pletamente abstraídos con una fuerza tal, que hablando con 
nosotros, están completamente ajenos á lo que se trata, ó se 
les dice, contestando á lo que se les pregunta, sin que apenas 
lo advierta el que no los ha tratado mucho, siendo necesa- 
rio llamarles fuertemente la atención una ó más veces para que 
vuelvan en sí, y se hagan cargo de lo que se les habla; lo cual 
también explica muchas de sus contestaciones absurdas y fuera 
de razón. Üe aquí la costumbre de los que son antiguos en 
el país de repetir muchas veces las cosas, y tratando con los 
indígenas la de hacerles repetir á ellos mismos lo que se les 
ha dicho, así como también la de no encargarles muchas cosas 
de una vez, por que todas las trabucan, y no hacen nada á 
derechas. Por lo común el contestar ellos inmediatamente ó 
no contestar nada, aun preguntados, es señal de que no atien- 
den; y cuando verdaderamente prestan atención, contestan ca- 
chazudamente; lo cual aunque contrario á la viveza de nues- 
tro carácter, se les debe sufrir y tolerar. 

El indio filipino es acaso más inteligente que los naturales 
de otros pueblos oceánicos. Es por lo general de memoria 
felicísima, y aunque tienen poca fuerza de reflexión, son 
atentos observadores de todo lo que vén: en todo se fijan, 
lodo lo averiguan, de todo se enteran, rayando en descorte- 



•218 SEarNDA parte. ETOLOorA 



sía su curiosidad y faltando por satisfacerla á las reglas más 
elementales de urbanidad. Admira el buen ojo que tienen para 
conocer instantáneamente y como por intuición, el flaco del 
español á quien han estado observando breves momentos, po- 
niéndonos un mote el más propio y adecuado, ó expresando 
en una frase gráfica y expresiva el juicio que una cosa les 
merece, celebrando la ocurrencia con donaires y risotadas, que 
irritan por lo descorteses cuando lo hacen á nuestra presencia. 

El P. Diaz en su tratado «El párroco de Indias» ( libr. 
2.° c. 4 § 1 n." 4 ) á propósito de la inteligencia de los 
indios dice que son «gente de rara habilidad y destreza, muy 
astutos y capaces;» y añade: «no habrá quien niegue ser 
verdad lo que llevo dicho». Muchas veces nos quedamos asom- 
brados de los discursos, trazas, y ardides que fabrican para 
lo que intentan en beneficio del cuerpo, al paso que los no- 
tamos rudos, rudísimos, inocentes, simples, y de cortísimos ta- 
lentos en lo que toca al alma. Dios sólo que enumera las es- 
trellas y penetra los corazones es á quien está reservado el 
reconocimiento del entendimiento de nuestros indios». Sobre 
este pasaje debo hacer algunas observaciones para precisar el 
concepto que tengo formado de la inteligencia del indio. 

En primer lugar nada tiene de extraño que no tengan 
facilidad para las cosas espirituales: 1." por la razón general 
de que aun entre los hombres de regular disposición, el que 
no tiene el hábito de tratar en alguna materia dada, se halla 
naturalmente embarazado y torpe hasta que no adquiere algún 
predominio sobre aquel asunto y se ha ejercitado suficiente- 
mente en él. 2.° Porque estando llenos de preocupaciones y 
errores acerca de las cosas espirituales como más adelante ob- 
servaremos, es de todo punto imposible que las miren desde 
su verdadero punto de vista, y su criterio ha de ser diferente 
del nuestro. Así también nosotros por la misma razón esta- 
mos generalmente torpes para juzgar de las cosas de ellos que 
nos son desconocidas, ignorando el por qué de muchas de ellas 
á pesar de nuestra ilustración é inteligencia. Si comparamos 



I.j/ Cár/neJo 



INDIO DE BAGABAG 



T'SOS Y COSTI'MBRES J 1 '.I 



á los indios con los campesinos de Europa, echaremos de ver 
que en sacándoles de sus cosas, son tan estúpidos ó más que 
los de aquí, á pesar de que la comparación es desventajosa 
á los indios, pues los de Europa tienen á su favor el influjo 
de la conciencia pública, cuya admósfera respiran, y los pone 
en condiciones más propias para comprender las cosas que se 
les enseñan, razón por la cual abunda entre aquellos el buen 
sentido de que éstos generalmente carecen. 

3.° Reconociendo de buen grado su poca aptitud para las 
ciencias, así como son innegables sus buenas disposiciones para 
las artes, como después se verá, no es lógico deducir de lo 
primero su falta de inteligencia; pues aun en Europa, unos 
maniliestan buenas disposiciones para unas cosas, y se mues- 
tran enteramente negados para otras, sin que por eso sea lí- 
cito negar á éstos buen juicio y discreción en las cosas que 
tratan. Reconozco no obstante la inferioridad y deficiencia de 
la inteligencia de los indios que ellos mismos confiesan, lo 
cual no es estraño atendido su temperamento, su natural apatía, 
lo abrumador del clima, su vida sedentaria, su ningún trato 
social, la falta de civilización, sus preocupaciones y prácticas 
tradicionales, y otras mil y mil causas que más ó menos direc- 
tamente influyen en su organismo. Agregúese á esto su falta 
de educación y la libertad salvaje en que muchos viven, y se 
mejorará notablemente la idea que de la inteligencia del in- 
dio se tiene generalmente formada; pues educadas sus facul- 
tades, dan esperanzas fundadas de poder entrar algún día en 
la senda de la civilización en que no han entrado de lleno, y 
para muchos aún permanece enteramente cerrada. 

También advertiré que no siempre son listos para las cosas 
del cuerpo, como dice el P. Díaz, ó sea para las cosas mate- 
riales; antes por el contrario en muchas cosas son torpísimos 
y obran de la manera más absurda, como se verá por algu- 
nos ejemplos y casos que ocurren todos los dias. Así sucede 
que un soldado indígena infrinje la disciplina militar sabiendo 
que tiene pena la vida, por satisfacer un capricho pueril. 



•2í?n sErTÍ'xnA parte. etolo^tIa 



Así también un ratero ó malhechor, no sé si cegado del 
interés, ó encaprichado en hacer daño a sus semejantes, se 
abalanza á herir, matar ó incendiar por robar unos cuantos 
ochavos, ó algunas piezas de ropa sin ponderar las desastro- 
sas consecuencias á que se expone, y los daños que infiere á 
sus prójimos por un interés baladí. Así por satisfacer un deseo 
de venganza, ó por un punto de su amjr propio lastimado, 
no reparan en malversar toda su hacienda en un pleito fatal, 
desoyendo los consejos de personas desinteresadas que bien les 
quieren, y siendo demasiado crédulos, hasta rayar en imbéciles, 
á los que tratan de esplotarles por este medio, perdiendo así toda 
su hacienda en breve tiempo sin lograr el triunfo que anhelan. 

De estos casos podría contar muchos el que esto escribe, y 
singularmente el de un principal que se obstinó en un pleito en 
que en dos años perdió toda su fortuna de la manera más estú- 
pida é inconcebible que imaginarse pueda, quedando reducido á 
pedir limosna, sacando en limpio tres años de prisión que tubo 
que sufrir además de la pérdida de todos sus intereses. Así tam- 
bién un cabeza de barangay, ó sea un principal, malgasta el 
importe de las cédulas personales que recauda ó difiere su en- 
trega, viéndose en la precisión de tener que abonar el 5 ó 25 p7o 
de recargo sin necesidad alguna, pagar dietas al comisionado 
de apremios, y después de andar trampeando sufriendo moles- 
tias, prisiones, disgustos de familia dos ó tres años, y llevando 
una vida agitadísima por esta causa pidiendo dinero á usura, 
y otras molestias y vejaciones que sufre, concluye porque le 
embarguen y malvendan sus bienes, ó la Administración, ó sus 
acreedores, dejando á su familia reducida á la última mise- 
ria. De estos casos se podían citar á cientos acaecidos en estos 
últimos años en todas las provincias; con la particularidad no- 
table de que tienen un Cura párroco que constantemente todos 
los domingos, les pide cuenta de las cédulas que han expendido, 
ingresos que han hecho, usos en que los han malversado, y los 
reprende y avergüenza, y aun previene con la anticipación de- 
bida, y pone á la vista los ejemplos de otros que así se arrui- 



usos Y COSTUMBRES 251 



naron; llegando el que esto escribe hasta el extremo de quitarles 
las cédulas, y mandarlas espender por su cuenta en la misma 
casa-Tribunal á personas de su confianza; de suerte que los 
cabezas de barangay ni tenian las cédulas, ni su importe que 
yo guardaba en la casa-parroquial hasta el tiempo preciso úa 
su entrega en la Administración, donde lo hacia llevar por los 
mismos á quienes confiaba el despacho de las cédulas. 

Una cosa annioga sucede á todos los demás; pues si los efec- 
tos de exportación tienen buen precio en el mercado, se dan 
prisa á venderlo todo, incluso el palay ó arroz, con lo que 
después se encuentran sin tener que comer, ni con que pagar 
sus impuestos á los cabezas de barangay que por esta causa 
salen doblemente perjudicados; pues tanto ellos, como sus su- 
bordinados en gran parte son unos manirotos, y el dinero que 
pocas veces confian á sus mujeres, en esta parte más previso- 
ras, les estorba, y se dan toda la prisa que pueden á mal- 
versarlo. 

Aun á riesgo de ser prolijo en una materia por demás im- 
portante, haré otra observación que nos da una idea más com- 
pleta del carácter del indio y de lo limitado de su inteligencia. 
Generalmente cuando está dominado por una pasión, especial- 
mente cuando se atraviesa el interés, el deseo de lucro los ciega 
en sus tratos, obrando siempre con torpeza sin igual. 

De dos maneras entiendo que se puede obrar movido de una 
pasión y particularmente del interés: de una manera cuando de 
tal suerte se mueve uno por la pasión del lucro que no deje de 
poner en juego su razón al objeto de conseguir mejor el objeto 
que se propone en un negocio cualquiera. De otro modo cuando 
en tal suerte se mueve por el interés, que el deseo inmoderado 
del lucro previene por completo el juicio de la razón, guiándose 
exclusivamente y contra toda la razón natural por la pasión ciega 
é interesada que no disimula por un resto de puilor. 

Los indios en quienes las pasiones ejercen tanto predominio 
sobre la razón que les privan en gran parte del conocimiento 
necesario para el cálculo, sin que el pudor les sirva de freno y 



SKf.rXDA PAUTE. KTOr-OriíA 



les contenga, obran siempre de este último modo con perjuicio 
del mismo negocio que persiguen. Así raras veces obran en vir- 
tud de un plan preconcebido, y lo ordinario en ellos es obrar 
sin previsión, atentos únicamente á satisfacer su pasión del mo- 
mento, sea esta la que quiera, sin calcular sus resultados. El 
razonamiento está sustituido en ellos por la rutina y por la cos- 
tumbre. No sirve llamarles la atención sobra las ventajas ó con- 
veniencias de emplear otros medios más adecuados al fin, ni 
prestan atención á lo que se les propone, porque guiados por 
sus procedimientos rutinarios y preocupados con otros pensa- 
mientos que más les impresionan, quizás se rien y burlan in- 
teriormente de nuestra simplicidad, porque ó piensan que no lo 
entendemos, ó no creen en nuestro desinterés al proponerles 
alguna mejora, siendo como de verdad son desconfiados. Así 
por ejemplo propóngaseles que en el corte del palay es más 
ventajoso el uso de la hoz que ya usan en algunas provincias, 
y hacen á ello oidos de mercader. Dígaseles que pueden cojer 
dos cosechas en un año en terrenos buenos de regadío, y di- 
cen que no es costumbre entre ellos cojer dos cosechas. 

En una palabra obran de ordinario casi mecánicamente, por 
impresiones, por ciega preocupación ó puramente movidos de 
la pasión del momento, por lo cual se dice del indio que para 
él no hay pasado ni futuro, pues ni se preocupan de lo por- 
venir, ni les sirven de escarmiento los ejemplos de los sucesos 
pasados, y es casi inútil toda observación que se les haga en 
orden á su bienestar y conveniencia, aun temporales: son en 
una palabra esclavos de sus groseras tradiciones tan difíciles 
siempre de desarraigar de un pueblo ignorante y preocupado, 
pues como más adelante demostraré estos y otros vicios y cos- 
tumbres de los indios, todos son hijos de la mala educación que 
se trasmite de padres á hijos, y no consecuencias de su natural 
que es excelente, amantes de los españoles, de una docililad 
de carácter admirable, y masa dispuesta así para lo bueno como 
para lo malo. 

Ejemplos no faltan con que comprobar este aserto; pues 



usos Y COSTLMIillES 



así como liay indígenas que educados perversamente por malos 
españoles, cuyos detestables ejemplos les han servido de norma 
de su conducta, dan quince y raya al m;ís perverso y refinado 
de los nuestros pasando de un extremo de salvajismo sin tocar 
en el medio á otro de refinamiento y malicia, así también ob- 
servamos que los pocos que han recibido una educación esme- 
rada y verdaderamente cristiana, son modelo de virtudes cívi- 
cas y cristianas. Con especialidad las niñas que desde su más 
tierna edad se han educado en los colegios de esta capital, y 
en ellos se han formado, por lo general no ceden ni en inteligen- 
cia, ni en cultura, ni en virtud y honestidad á las europeas, y 
en algunas prendas morales les hacen ventaja. También es una 
prueba de la docilidad del carácter del indio el raro ejemplo de 
haber sido conquistados juntamente para España y para la Re- 
ligión con una facilidad y rapidez sin ejemplo en la historia. 

Entrando ahora á tratar mus en particular de las incli- 
naciones de los indios, debemos observar que la contradicción 
que muchos craen hallar en sus costumbres, hasta el punto 
de asegurar que el indio es una contradicción palpitante, y que 
es imposible conocerlo á fondo, tiene más de imaginaria que de 
real y verdadera. El que esto escribe fué víctima algún tiempo 
de la misma preocupación; mas observando y estudiando atenta- 
mente y sin pasión al indio, se ve que no es tan indefinible 
como algunos, haciendo alarde de conocedores del país, dicen 
con cierto aire de autoridad que empalaga. Cabalmente es tal 
la condición del indio filipino que él mismo pone de manifiesto 
todas sus buenas y malas cualidades; y cuando trata de finjir lo 
hace tan mal, que á tiro de ballesta se descubre lo burdo de la 
trama, sus procedimientos son siempre los mismos, y á nadie que 
le haya tratado á fondo engaña sino se deja sorprender, lo que 
por otra parte es muy frecuente, dado lo rastrero de sus pro- 
cedimientos y la franqueza, la sinceridad, y la nobleza ingénita 
de nuestro carácter de españoles de que no es fácil despo- 
jarse en un pronto á circunstancia dada; mas en volviendo uno 
sobre sí, inmediatamente comprende (]uc lia sido sorprendido, 



SEGUNDA P.VRTK, ETOLCVU 



y engañado. Verdad es que el indio sabe esplotar coa mara- 
villoso instinto nuestros puntos flacos que tiene muy bien es- 
tudiados. 

Los que aseveran que el indio es indefinible y un con- 
junto de contradicciones, por lo general están preocupados en 
contra de él, y no paran mientes sino en sus faltas y defec- 
tos, sin observar ni querer ver el buen fondo de su carácter 
y sus buenas cualidades, interpretando siniestramente sus in- 
tenciones. 

Otros hay no tan preocupados pero menos advertidos que 
piensan de la misma manera por no colocarse en el verda- 
dero punto de vista en que debieran ponerse. Quiten aquellos 
la preocupación que los ciega, y coloqúense estos en las cir- 
cunstancias en que el indio se encuentra, y todas esas contra- 
dicciones caerán por su base; y con poco que se le observe 
se le conocerá tal cual verdaderamente es, y que su proceder 
es lo que podia, y por fuerza debia ser, como ya algunas 
veces hemos tenido ocasión de notar. Querer juzgar del in- 
dio, cuya educación, ideas, costumbres, temperamento etc. son 
tan varias, por las nuestras que en nada se les parecen, es 
un absurdo; y de la misma manera pudieran ellos juzgando 
de nosotros por las suyas propias, decir que eramos una con- 
tradicción palpitante, pues para ellos, aun los más ilustrados, 
son de todo punto inconcebibles muchas de nuestras cosas. 

Algunos harto preocupados contra el indio, no hacen di- 
ferencia de las diversas clases sociales, que aunque embrio- 
narias, deben tenerse en cuenta para no atribuir á los más 
civilizados y morijerados según su clase, cosas que no les son 
propias. Otros finalmente lo que una vez observaron bien ó 
mal en un indio, lo hacen^ general y estensivo á los demás sin 
motivo. ni fundamento, y por puro prurito de denigrarlos y 
hacerlos odiosos. 

Hay también la preocupación harto común de creer que 
todas nuestras cosas son lo mejor, y todo lo que ellas no sean, 
un disparate que no se debe tolerar. A^í se censuran y ridi- 



I'>OS Y COSTUMnnES 



culizan ciertas cosas de los indios, y en general de los extran- 
jeros, como si nuestras costumbres hubieran de servir de nor- 
ma y modelo para todos, y no toleramos ni vemos con bue- 
nos ojos las de aquellos. Yo evitando parcialidades, diré lo 
bueno y lo malo que en ellos he observado durante catorce 
años que los he tratado, haciendo las oportunas observacio- 
nes cuando las juzgue convenientes, de manera que el lector 
se forme una idea exacta del indio de Filipinas, hasta el punto 
de que sobre esta Memoria pudiera calcarse un sistema <le 
legislación mis en consonancia con su modo de ser, v fuera 
como el primer paso para conducirle al grado de civilización 
y de cultura á que es acreedor y lo anhela la Madre Patria. 

Población. 

La población de Filipinas muy escasa con relación al ter- 
reno, se halla naturalmente bastante desparramada en las di- 
ferentes islas del Archipiélago. Esta circunstancia influye po- 
derosamente en el estado de civilización y de cultura, y por lo 
tanto no se ha de perder de vista en ningún caso. En la isla 
de Luzoo, que es la más grande y principal de todas, aunque 
la población está algo mñs condensada, hay mucho terreno in- 
culto y despoblado, particularmente en algunas provincias, sin 
hacer mérito de los montes que solamente los salvajes habitan. 
Si bien es verdad que el núcleo de la población está for- 
mado por el elemento indígena, se ha de observar que esta 
raza se halla notablemente modificada por la mezcla de otras 
razas advenedizas, es á saber, el español y el chino, hasta el 
punto de que en muchas poblaciones es difícil encontrar puro 
un tipo del indio primitivo. Porque si bien es cierto que las 
razas estrañas de que vamos hablando, se hallan en exiguas 
proporciones con respecto á la población indígena, y que tam- 
poco tienen en este suelo la permanencia y estabilidad de aque- 
lla, sino que por el contrario están aquí como de paso, y por 
tiempo limitado; mas ya de antiguo andan diseminadas y niez- 



O'ÍG Si:r.lN-D\ PARTE KTOI,Or,I\ 

ciadas con las del país, que merced ú estas circunstancias es- 
tán alteradas en gran parte en las principales poblaciones. 
Claro es que un pueblo de estas condiciones, que se está for- 
mando para la civilización, por fuerza ha de tener una vida 
anormal, hallándose en él mezclados y confundidos elementos 
tan heterogéneos, con tanta diversidad de razas, con sus dife- 
rencias de costumbres, religión, idioma etc., solamente uni- 
dos por un régimen político, que también es muy vario, deíi- 
ciente é incompleto; hasta tanto que fundidos en uno tan di- 
versos caracteres, y encauzados por las vias de una civiliza- 
ción sólidamente fundada, llegue á formarse verdaderamente 
un pueblo que marche sin obstáculos al ideal que le trazó la 
madre Patria al cobijarlo bajo su gobierno paternal y benéfico, 
al que camina con paso lento pero seguro, gracias al impulso 
vigoroso y suave que le imprimieron las sabias instituciones de 
nuestros mayores, consignadas en el Código de legislación de 
Indias, tan sabiamente pensadas, que muchas de ellas aun hoy 
dia se adaptan perfectamente al modo de ser de estos pue- 
blos, si bien otras muchas son ya innecesarias, y deben reem- 
plazarse por otras más en armonía con las actuales necesida- 
des que ha introducido el movimiento natural y progresivo de 
estas gentes. 

Verdad es que el sistema de colonización tradicional de nues^ 
tra patria no es lo más á propósito para improvisar en pocos 
años una civilización, que por brillantes y deslumbradores que 
parezcan sus comienzos, habría de ser efímera y condenada á 
una muerte prematura sin dejar en pos de sí vestigios de su 
aparente grandeza. Nuestras aspiraciones en este punto siem- 
pre fueron más nobles y desinteresadas; y lejos de imponer 
por la fuerza á un pueblo inculto una civilización perfecta y 
acabada que no está aún en disposición de recibir, y que cho- 
cando con sus instintos bárbaros rechazaría enérgicamente, en- 
tablándose de ambas partes una lucha descomunal de éxito de- 
sastroso; hemos preferido más saviamente implantar en él la 
semilla que á fuerza de constancia y de muchos desvelos, ha 



rsüs Y cosTruBr,i;s 



de germinar y dar después frutos sazonados de bienestar y de 
cultura, no sin grande gloria de España que ve surgir del seno 
mismo de los pueblos bárbaros por ella solícitamente educa- 
dos, el árbol frondoso de la civilización, que aparece primera- 
mente en estado rudimentario é imperfecto, como es de nece- 
sidad que comiencen todas las obras del hombre, para adqui- 
rir mas tarde su completo desarrollo. 

Observando ahora la marcha del pueblo Filipino, si medi- 
mos la distancia que le separa de su punto de partida, nos 
convenceremos de que, á pesar del atraso relativo en que se 
encuentra, más aun de lo que en España generalmente se cree, 
ha recorrido ya un trayecto bastante notable en la senda del 
progreso que nuestra patria felizmente le trazara en sus co- 
mienzos. 

Y á este propósito creemos oportuno, antes de entrar en 
materia, llamar la atención del lector acerca de dos criterios 
bien distintos con que suelen mirarse en España las cosas de 
Filipinas, pues mientras que unos suponen que toca ya este 
país á la meta de la civilización europea, y que no falta sino 
darle por decirlo así la última mano; otros con injusticia ma- 
nifiesta suponen que el país está poco más ó menos en el mismo 
estado de salvajismo en que lo hallaron los primeros españo- 
los. Uno y otro concepto son exagerados, y nuestro objeto en 
el presente escrito es, no solamente dar una idea exacta de 
lo que actualmente es en realidad, por donde so echará de 
ver el atraso relativo en que aun está; sino también dar una 
¡dea de lo que fué, y de las felices disposiciones en que se 
encuentra, para que al mismo tiempo que pueda apreciarse la 
distancia recorrida, pueda calcularle lo que falta por recorrer. 
Con este objeto nos permitiremos ilustrar la opinión pública 
sobre el modo especial de ser de este país [)rivilogiado, indi- 
cando algunas de las reformas más importantes que debieran 
introducirse. (Conocedores del país que hemos estudiado con 
constante anhelo algunos años, procuraremos inspirarnos en un 

criterio justo y ecpiitativo, diciendo sin ambajes ni rodeos todo 

•29 



•2-28 si:r;t;NDA I'ahtk. etoloíua 



lo que estimamos deber decir para evitar que estraviada la 
opinión del Gobierno, se dé un curso torcido al giro de las co- 
sas de este hermoso archipiélago que se gloría de tener en 
España una madre que vela constantemente por sus intereses 
así religiosos y morales como materiales. 

Para proceder con orden en este punto, haremos por via de 
preámbulo, aunque sea objeto directo de otras secciones, una 
ligera reseña del sistema de población, administración política, 
económica y religiosa que rige en estas Islas, explicando más 
minuciosamente lo que más directamente atañe á los natura- 
les, y es más á propósito para dar una idea completa de su 
carácter, usos y costumbres, ilustración, cultura etc. etc. 



Cada una de las provincias se halla dividida en un número 
mayor ó menor de pueblos, con mayor ó menor número de 
habitantes, según la población y extensión del terreno, pero 
por regla general escesivamente grandes y apartados unos de 
otros, y con caminos ordinariamente malos, pero intransita- 
bles muchos de ellos en la estación de lluvias; pues siendo 
estas tan continuas, y cortados los caminos por numerosos 
riachuelos y presas que en este tiempo se desbordan, cuyas 
torrenciales aguas todo lo inundan, arrastrando los puentes 
provisionales que en tiempo de secas sobre ellos se hallan 
tendidos; se hace enteramente imposible su tránsito, no sola- 
mente para los vehículos, sino aun para los caballos y peato- 
nes, pues no son entonces en su mayor parte sino perpetuos 
lodazales y lagunas. 

Estos pueblos erigidos civilmente con un Gobernadorcillo, 
y aun canónicamente en parroquias con un Cura, consisten en 
un núcleo de población llamado propiamente pueblo ó casco 
del pueblo, dividido en más ó menos calles, generalmente muy 
abandonadas, á escepcion de la calle llamada procesional por 
donde se hacen todas las procesiones, que se halla regularmente 
en buen estado de conservación. Estas dejan en el centro una 
plaza donde se hallan los edificios públicos (iglesia, y casa-par- 



rSOS Y COSTUMBRES 229 



roquial, casas-tribunales y escuelasj al rededor de la cual y eu 
sus cercanías se hallan generalmente repartidas las mejores ca- 
sas de la población. 

Estas son de materiales lijeros en todos los pueblos á es- 
cepcion de las cabeceras de provincia y algunos pocos donde 
hay algo más movimiento industrial y mercantil, en que hay 
algunos edificios de manipostería con cubierta metálica ó de 
teja. 

A cada uno de los pueblos pertenecen varios grupos de ca- 
sas llamados barrios, visitas ó rancherías, según el uso de cada 
provincia, con un teniente y un alguacil de justicia. Estos bar- 
rios distan con frecuencia del casco del pueblo y entre sí hasta 
una ó más leguas, según la extensión del territorio y población 
de cada una do las provincias, sucediendo alguna vez que lo 
que se llama pueblo, es de los grupos de casas donde hay rae- 
nos gente; y en general puede decirse que más de la mitad de 
la gente que vive en el territorio del pueblo, vive en los bar- 
rios, y en el casco ó centro del mismo no vive sino la mitad, 
la tercera parte ó quizá una cuarta parte de la población. En 
las provincias más pobladas la distancia de pueblo á pueblo 
suele ser de cinco á siete kilómetros, en las menos pobladas 
de diez á diez y ocho, y en las más desiertas como Cagayan, 
las distancias son inmensas, tanto que tres ó cuatro pueblos 
tienen á mi juicio territorio suficiente para formar una pro- 
vincia. 

Los barrios de que aquí vamos hablando, no suelen ser grupos 
compactos de casas á manera de los pueblos rurales de la Pe- 
nínsula, sino ciertos sitios donde se hallan las sementeras, y á 
sus inmediaciones las casas de los respectivos dueños, colonos 
ó criados de los primeros. Con frecuencia las casas de los bar- 
rios distan mucho entre sí, de manera que al entrar en ellos, 
se le ofrece á uno una cierta porción de bosque que lo rodea y 
oculta. Por entre él un caminillo estrecho que conduce á una, 
dos ó más casas, y á su lado una huerta ó quizás una semen - 
tcrilla: después signe otra vez el bosque, ó algún pántiino, se- 



230 SKGUNDA PARTE. ETOLOCtIA 



mentera ó riachuelo, y después olra ó mus casas, con frecuen- 
cia de miserable aspecto, que mas bien son tugurios y chozas, 
más propias de bestias que de hombres, y todas desparrama- 
das, y por pequeños grupos, cuando no completamente aisla- 
das; y las pocas casas que están inmediatas entre sí, suelen 
ser de personas unidas con los vínculos de parentesco. 

De este particular conjunto en verdad pintoresco, resulta 
un verdadero laberinto de todo punto impenetrable en tiempo 
de lluvias, donde suelen guarecerse y ocultarse la gente de mal 
vivir, y los llamados tulisanes ó bandidos que tanto molestan 
á los pacíficos habitantes de los pueblos, robándoles los anima- 
les de labor que malvenden ó se los comen con notabilísimo 
perjuicio de la agricultura y de sus pobres poseedores. Es mar- 
cadísima la inclinación del indio á vivir aislado é independiente 
en su bosque á imitación de ios igorrotes; si bien es verdad 
que muchos huyen de los pueblos para ahorrarse molestias y 
librarse de las vejaciones á que por lo común están sujetos sus 
moradores. Los caracteres distintivos de esta población de las 
de Europa son, la incomunicación y poca fijeza de edificios y 
aun de sementeras en las provincias desiertas, porque abun- 
dando el terreno cultivable, donde quiera que se le antoja á un 
individuo hacer su sementera, no tiene que tomarse otra mo- 
lestia que la de despejar un pedazo de terreno, y construir en 
pocos dias con materiales muy ligeros y fáciles de encontrar, 
una vivienda miserable que su dueño abandona luego que se 
cansa de ella, sin que al poco tiempo quede rastro ni señal al- 
guna de su existencia, para construir otra en igual forma en 
otro sitio. Hay sin embargo ciertos terrenos de primera cali- 
dad que dan al dueño alguna mas fijeza con tal que tengan 
hábitos de trabajo, y no se dejen arrastrar de la holganza y 
de los vicios, y éstos son los que contribuyen á la escasa es- 
tabilidad de la población que sin esta circunstancia sería casi 
nula en muchos puntos. 

Dadas estas condiciones en que se halla gran parte de ios 
pueblos de todas las provincias con pocas escopciones, fácil- 



usos Y COSTCiflMU'S 



mente se alcanza, cuan natural sea aquí la carencia de artes y 
oficios, así como de industriales y operarios prácticos, pues 
casi todos se dedican á la agricultura, aunque en pequeña es- 
cala, por encontrar en ella la más fácil manera de llenar sus 
insignificantes necesidades. La mayor parte de los barrios tienen 
el bosque á la puerta de casa, y esto pudiera decirse aun de 
las habitaciones de cada particular, por lo que con facilidad 
suma tienen donde proveerse de lo que más necesitan, que es 
muy poco, acostumbrados como están a vivir pobrísimamente 
estos indios, dándose todo lo que más falta les hace en sus 
cercanos bosíjues, donde espontáneamente se producen plantas 
y frutos que ellos apetecen. 

Hay sin embargo algunos pueblos en todas las provincias, y 
suelen ser los más próximos á las cabeceras y los palayeros, 
en los cuales tienen intereses más fijos, en los que la gente 
careciendo de las ventajas antes dichas, y no desconociendo 
del todo las que ofrecen los productos de nuestras industrias^ 
tienen ya algunas más necesidades, y se aficionan á buscar di- 
nero con su trabajo, mientras en los demás pueblos lo estiman 
poco; y cuando lo adquieren, dura poco tiempo en su poder, 
desprendiéndose de él y empleándolo en bagatelas y cosas in- 
necesarias á su estado y condición, y en fomentar sus vicios. 
Y cuando algo lo aprecian para sus usos necesarios, no es tanto 
como el descduso de su propio cuerpo, al que no quieren mo- 
lestar por cosas que poco ó nada les interesan. 

En las provincias algo más pobladas, como es por ejemplo 
la de Pangasinan, no es raro observar que las casas se con- 
tinúan casi sin solución do un pueblo á otro pueblo á las ori- 
llas de los caminos ó calzadas; si son de mucho tránsito, y ca- 
mino de las caravanas que llevan sus productos al mercado 
de la provincia, todo él está lleno de garitas donde se espen- 
den comidas, bebidas y otros efectos para el abasto de los 
transeúntes. 



■-^'2 SEGUNDA PARTE. ETOLOGíA 



Administración política, económica y religiosa. 

Todos los habitantes de Filipinas, á escepcion de los chinos 
y 'demás extranjeros no connaturalizados en el país, se con- 
sideran como españoles por Real Orden de 1883, y legalmente 
gozan de los mismos derechos políticos que aquellos. Filipi- 
nas se considera como una provincia de España. Antiguamente 
se consideraba como simple colonia, y sus naturales eran tri- 
butarios de la nación. 

Así los chinos y mestizos como los indios, se gobiernan 
inmediatamente por munícipes de su mismo gremio con depen- 
dencia del Gobernador de la provincia que reside en la capi- 
tal, que aquí se llama cabecera; y de él dependen también 
inmediatamente todos los españoles radicados dentro de los 
límites del territorio de su demarcación, si bien deben consi- 
deraciones á las autoridades locales que le representan, cuyas 
atribuciones son limitadas, como más adelante se dirá. 

En cada pueblo erigido civilmente, que nunca bajaba de 
500 tributos enteros, ó familias, y se calcula en 3000 almas,, 
hay un Gobernadorcillo, ó pedáneo que se elije cada bienio 
por la principalía en esta forma. Todos los Gobernadorcillos 
pasados, llamados Capitanes reformados ó Capitanes pasados^ 
y los Cabezas de barangay ó principales que han desempeñado 
laudablemente sus cargos durante diez años, se sortean y se 
sacan de entre ellos seis electores. De la masa de los Cabezas 
de barangay en actual servicio, que no estén inhabilitados ó 
tengan tacha, se sacan por suerte otros seis electores que, su- 
mados con los seis anteriores y el Gobernadorcillo saliente, su- 
man el número de trece. Estos presididos por el Gobernador 
civil de la provincia, eligen dos de su misma comunidad por 
medio de cédulas escritas, resultando electos los dos que hayan 
obtenido mayoría de votos, que con el Gobernadorcillo saliente 
componen una terna, dándose el nombramiento al electo que 
reúne mejores condiciones, siendo preferido el del primer lu- 
gar en igualdad de circunstancias. A este le entrega el bastón 



lisos Y COSTUMBRES 233 



el Gobernador de la provincia; y jurado e! cargo, asume la 
autoridad y el mando. 

Si en la población hay un número considerable de mestizos 
de sangley, como acontece generalmente en todas las cabece- 
ras de provincia, y en otros pueblos, los principales del gre- 
mio elijen en la misma forma su Gobernadorcillo y ministros 
de justicia; y en el pueblo en que están radicados los chinos 
existentes en una provincia, tienen también su correspondiente 
Gobernadorcillo ó gerente, á quien inmediatamente están suje- 
tos todos los que están desparramados en los diferentes pue- 
blos que la componen, sin perjuicio de la autoridad local de los 
indígenas á quien deben obedecer y sujetarse. 

Los mismos electores del Gobernadorcillo de los diferentes 
gremios, eligen verbalmente un Teniente 1." del Gobernador- 
cillo, á quien llaman Teniente mayor, y tres Jueces, á saber: 
Juei de policía, Jiie^ de sementeras y Jue:( de ganados, de la 
misma principaba, por mayoría de votos, y levantada el acta de 
la elección á que se invita al R. Cura párroco, se eleva junta- 
mente con la terna de los Gobernadorcillos electos á la aproba- 
ción del Gobernador General del Archipiélago, así como también 
una lista firmada por toda la principaba, quede común acuerdo 
nombra los Tenientes de justicia de la población, y los Tenientes 
subalternos de los barrios en que se divide, ó llámense visitas, 
rancherías, etc. y los alguaciles. Estos tenientes y alguaciles son 
en número vario según la población y las necesidades de cada 
una. 

Los tres Jueces por el orden marcado suceden al Goberna- 
dorcillo y Teniente 1." en el mando y gobierno del pueblo y en 
todas las atribuciones que son inherentes á este cargo, y en 
defecto de estos, los Tenientes desde el 2." en adelante. 

El Juez de policía tiene á su cargo la vigilancia y policía 
de la población, tiendas y mercados, debiendo examinar el es- 
tado de las reses cuyo degüello en el matadero debe presen- 
ciar; mas ni hay mataderos en los pueblos, ni los mercados 
públicos son lo íjuc debieran ser con arreglo á la contrata, 



SKr.UNDV PAIiTE. ETOLOGIA 



ni el Juez de policía sabe sus deberes, ni hay quien se los 
advierta y haga cumplir, si el Cura párroco no se toma la mo- 
lestia de hacerlo por sí mismo. 

El Juez de sementeras es un perito oficial que tiene inter- 
vención en los embargos, subastas, y contratos de compra y 
venta de los terrenos de cultivo, siendo obligación suya me- 
dirlos, clasificarlos, y valorarlos según su cálculo pericial. 

Es también de su incumbencia hacer que ios vecinos v 
aquellos á quienes pertenece, cerquen las sementeras para que 
no entren en ellüs los animales, y la vigilancia general de las 
mismas y camiüos que á ellas conducen. 

Al Juez de ganados toca marcar el ganado vacuno, caba- 
llar V caraballar, y dar las credenciales ó documentos de pro- 
piedad de los animales, llevando un registro de todos los que se 
degüellan y cambian de dueño, para lo cual tiene un escri- 
biente á sus expensas: percibe algunos derechos de la firma de 
los documentos que libra. 

Á éstos, V demás Tenientes de justicia, y subalternos de los 
barrios, se agrega lo que se llama la principalía, cuyos indi- 
viduos tienen á su cargo un grupo de familias en número de 
unas 50, siendo obligación de éstos llevar un padrón exacto 
de todos y cada uno de sus individuos, con expresión del lu- 
gar en que cada uno vive, su edad, sexo, estado etc. a quie- 
nes distribuyen las cédulas personales de 9.' clase del 2.° grupo 
Y 10.'* clase; citan á los trabajos públicos, y responden hasta 
cierto punto de las personas de sus administrados y de sus cé- 
dulas á la Administración de Hacienda pública de que dependen 
juntamente con el Gobernadorcillo en lo que con esto se re- 
laciona; mas en cuanto á los trabajos públicos y demás car- 
gos que desempeñan, dependen más principalmente del Gober- 
nador de la provincia. 

Cada uno de estos grupos de familias ó per?ioDas que tie- 
nen á su cargo, se llama barangay, ó cabecería. No viven 
juntos en barriadas ó departamentos como antiguamente, sino 
desparramadas por la población. Los jefes de estos grupos se 



TTSOS Y COSTUMBRES 235 



llaman Cadenas de barangay . Estos tienen cada uno su es- 
cribiente pagado de su bolsillo, que se encarga de hacer su 
padrón respectivo quintuplicado, y escribir las cédulas perso- 
nales, y de impuesto provincial que pagaa por cuatrimestres 
adelantados. Tienen también un primogénito, que es como coad- 
jutor y vicegerente suyo en los negocios de la cabecería, y dos 
de sus cailianes, que así se denominan sus subordinados, de- 
putados por la Administración y nombrados por su respectivo 
cabeza, para la citación de los demás á las obras y trabajos 
públicos. Cuando alguno de estos Caberas se halla insolvente 
á la Hacienda después de poner en almoneda sus bienes, es 
responsable ñi soliciiim toda la princi palia juntamente con el 
Gobernadorcillo que prorateaa entre sí la deuda que ha con- 
traído el Cabeza insolvente. 

Estos mismos Cabezas debidamente autorizados nombran de 
sus respectivos cailianes un número de cuadrilleros, ó milicias, 
uno por cada diez mozos sorteables, á las órdenes inmedia- 
tas del Gobernadorcillo con un cabo, y usan campilan y lanzas 
para la defensa de la población: las armas están sujetas á la 
inspección y visita del Comandante del puesto de la Guardia 
civil del distrito. Hay también cuadrilleros supernumerarios, 
uno por cabecería con la módica propina de 5^ 0,l*2Vs se- 
manales, y exención del trabajo; que agregados á los de nú- 
raero, turnan por semanas juntamente con dos de los Tenien- 
tes de justicia, y dos Alguaciles, en la guarda de la casa-go- 
bierno llamada Tribunal, así como el Alguacil 1.°, y el Teniente 
1." y particularmente el mismo Gobernadorcillo, que como pe- 
dáneo tiene la obligación de estar casi constantemente en la 
casa-Tribunal del pueblo para despachar los asuntos de justi- 
cia, oir, juzgar y sentenciar los juicios verbales, instruir las 
primeras diligencias de las causas criminales, y otra multitud 
de negocios en que tiene que entender casi de continuo. 

Dan fé de todas sus providencias dos testigos acompañados 
de oficio que bu[)len por el Escribano publico, y tiene por ase- 
sor al R. Cura párroco del pueblo que les saca de muchos 



30 



236 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



apuros y compromisos, si no le ocultan la verdad, como su- 
cede con frecuencia cuando no proceden con rectitud. Para es- 
tos y otros asuntos, tiene el Gobernadorcillo un Directorcillo ir- 
responsable á guisa de secretario, que si suele estar práctico en 
la instrucción de las primeras diligencias de las causas crimina- 
les, compromete con frecuencia á su amo (el Gobernadorcillo), 
ignorante por lo común del castellano, y más aun de los graves 
asuntos que trae entre manos; con otras runchas picardías, es- 
tafas, sobornos etc. en que están muy duchos, y hacen coa 
harta frecuencia. Este tiene á sus rjrdenes algunos escribientes 
que se ocupan en hacer relaciones, estadísticas, padrones de 
contribución urbana, y de contribuyentes al Impuesto provin^ 
cial. También se ocupan en trasladar á los libros copiadores 
las órdenes, circulares, y mandamientos del Gobernador, Juez 
de 1.* instancia, Administrador de Hacienda pública, y otros 
mil y m'l documentos relativos á un sin número de Juntas lo- 
cales erigidas en todos los pueblos v. gr. de Sanidad, de Obras 
públicas etc. etc. que puede decirse que son puramente nomi- 
nales, ni es posible que lo sean en otra forma. Estas ocupa- 
ciones absorven por completo su atención, sin que muchas ve- 
ces puedan dar abasto a todo con la urgencia que se les pi- 
de, siendo responsable de todo el Gobernadorcillo, que metido 
en estos berengenales de cosas que no entiende, atosigado con 
órdenes apremiantes, y acosado con graves multas pecuniarias 
que sin piedad le imponen, no sabe á quien volverse ni á quien 
acudir, hallándose desprovisto de medios para salir de tantos 
apuros y compromisos, estando asi él como sus dependientes 
muy mal retribuidos (1). 

(1) Los Gobernadorcillos tienen, no sé en que concepto, pfs. 25 anuales 
que les pasa el Gobierno de la provincia, y además de los derechos que les 
corresponden por documentos, juicios verbales etc. que casi nunca cobran, 
tienen el 1/2 P°/o de recaudación de cédulas de 9.' clase del 2.» grupo, y sino 
es industrial, la cédula personal gratis para él y su mujer. Los Cabezas de 
barangay tienen el l'/2 P"/o de recaudación de las mismas, y la cédula gratis 
como el Gobernadorcillo. Sus primogénitos están exentos de las quintas. El 



usos Y COSTUMBRES 237 



Cada uno de ios Cabezas de barangay destina algunos de sus 
cailianes al servicio del Tribunal, que turnan semanalmente du- 
rante uno ó más años á su arbitrio, para la limpieza de la casa- 
Tribunal, despachos oficiales y urgentes de la Guardia Civil, 
correos, servicio de balsas etc. etc., que en esta forma pres- 
tan su servicio personal ó trabajo obligatorio de 15 dias, y por 
lo común los emplean en su servicio los mismos principales. 
Sobre estos tiene la alta inspección y cuidado el alguacil 1.° 
que los destina también al embargo (especie de incautación 
de hombres, animales, vehículos, comestibles, sacate (grama), 
y otras rail cosas de que tiene obligación de proveer el Tri- 
bunal, por su justo precio y según arancel, á los transeúntes, 
Cura párroco, y demás españoles de la localidad, cuya paga, 
ó no llega á mano de los acreedores, ó llega muy mermada; 
pues aunque estos servicios los paguen aquellos á quienes 
corresponde, lo que no es frecuente en las autoridades y sus 
dependientes cuando transitan por los pueblos, parte se queda 
entre las garras del alguacil y demás satélites del Tribunal, y 
parte con los mismos criados ó sirvientes que no entregan todo 
lo que reciben de sus amos, á quienes rara vez y como por 
descuido llegan las reclamaciones de los perjudicados. 



Dircciorcillo tanibiea recibe del Gobierno pfs. 25 anuales, y otros pfs. 25 los 
oüciales y escribientes que tiene á sus órdenes; y además está subvencio- 
nado por la principalía con una cantidad convencional, no sé si á título de 
gratificación. De aquí tienen que sacar los gastos de escritorio, escribientes 
particulares que cada uno de la principalía necesita para la formación de los 
padrones, el alumbrado del Tril)Utial, y las multas (juc suele imiionerles el Jefe 
de la provincia, que por sí solas exceden sin comparación á las módicas re- 
tribuciones que por un concepto ó por otro les pertencen, y no siempre re- 
ciben con exactitud y regularidad debidas, ni compensan con mucbo los des- 
embolsos y gastos que sus cargos les originan. En cambio de la cédula per- 
sonal que es gratuita, pagan contribución urbana que la gcnei'alidad de los in- 
dígenas aun acomodados no paga, por exceder la cuota que por este concepto 
debieran pagar, el impuesto de sus cédulas personales tiue no paga la prin- 
cipalía: pagan también el impuesto llamado provincial, pero estáa escep- 
Uiados de los 15 dias de trabajos públicos, así éstos como los actuales Te- 
nientes de juslicia, Alguaciles, etc. En :1 mismo caso se hallan los maestros 
y maestras, bien retribuidos por el Estado, y los sirvientes de las iglesias que 
tienen una módica asignación, es saber, dos nesos anuales cada uno. 



238 SEaUNDA PARTR. ETOLOrrlA 



Hay además en cada pueblo un Juez de Paz de nueva crea- 
ción, cargo que suele ejercer el mismo Gobernadorcillo, ó al- 
gún mestizo ó español tronado que abundan en las provin- 
cias, de los que más largamente hablaremos. 

También hay en cada pueblo un vacunadorcillo ó medi- 
quillo oficial, encargado de expedir certificos de enfermedad, 
reconocer los heridos, curarlos 6 informar de su estado en las 
causas criminales que ocurren, y vacunar á los niños: todo 
bajo su propia responsabilidad. Hay también un Maestro de 
la Escuela Normal de Manila á cargo de los PP. de la Com- 
pañía, y una Maestra titular ó simplemente examinada y apro- 
bada por una Junta Provincial de Instrucción pública de la 
Cabecera, de que son miembros el Gobernador, presidente, el 
Administrador de Hacienda, el Juez de 1." instancia, el R. 
Cura párroco de la misma Cabecera, y otros. 

En cada pueblo canónicamente erigido en parroquia hay 
un Cura párroco con ó sin coadjutor indígena retribuido por 
el propio párroco y nombrado por el Obi'?po. El párroco suele 
ser religioso de una de las cuatro Ordenes religiosas estable- 
cidas en el Archipiélago, á saber: Dominicos, Franciscanos, 
Agustinos y Recoletos, á cuya Corporación respectiva perte- 
nece la designación de los individuos que presenta el Gober- 
nador General como Vice-Real Patrono, para servir las par- 
roquias que les pertenecen, á escepcion de algunas que siendo 
de la propiedad de la Mitra, son servidas por Sacerdotes del 
Clero secular nombrados por su Obispo. 

Como aun no se ha llevado á cabo la reducción de los in- 
fieles en algunas provincias, al frente de las cristiandades aun 
no erigidas en parroquias, están en calidad de Misioneros in- 
dividuos de las cuatro Órdenes mencionadas y de la Compañía 
de Jesús, que tienen en esta Capital de Manila sus superiores 
jerárquicos llamados Provinciales, y casa religiosa, lo mismo 
que los PP. Capuchinos para las Carolinas, con un Procurador 
ó Comisario en la Corte de Madrid. Los religiosos párrocos con 
título canónico dependen del Obispo diocesano en lo que atañe 



TJSOS Y COSTUMBRES í?30 



á los asuntos parroquiales sin perjuicio de la disciplina regular 
que profesan, en lo que están completamente sometidos á su 
Prelado provincial como queda dicho. 

Es el párroco inspector local de Instrucción pública, con- 
sultor del Gobernadorcillo, y Presidente de varias juntas lo- 
cales. Los indios ven en ellos un padre, un pastor, y un pro- 
tector, y como tales han sido siempre reconocidos por el Go- 
bierno de estas Islas. 

Tienen los párrocos para el servicio de la iglesia y casa- 
parroquial, un portero, un Gscalillo, un sacristán y ocho can- 
tores módicamente retribuidos por el Gobierno. Mas como estos 
son por sí solos insuficientes para el servicio de las iglesias, 
máxime en las muy extensas y pobladas, como son en gran 
parte casi todas las de estas islas, necesitan de otros muchos 
sirvientes que el párroco subvenciona de su bolsillo, tales 
como escribientes, sacristanes y fiscalillos de segundo orden, 
amen de los sirvientes particulares del cura, los cuales no pu- 
diendo dedicarse exclusivamente al servicio de la iglesia, tur- 
nan por semanas en sus oficios respectivos, de que resulta 
un número fabuloso de sirvientes. 

La Curia episcopal en cada una de las extensas diócesis 
del Archipiélago, la componen ademas del Obispo, el Provisor 
y Vicario General, el Secretario, el Promotor Fiscal y el Notario 
con los oficiales correspondientes indígenas igualmente que en 
todas las oficinas y dependencias del Estado. En cada ciudad 
episcopal hay una Iglesia Catedral, un Seminario conciliar de 
jóvenes indígenas que sostienen los pírrocos con el 3 p'^/o ín- 
tegro de sus estipendios, amen del 5 y 10 pVo del descuento 
recientemente pedido por el Gobierno. En iManila hay además 
un Cabildo catedral con su Dean, Dignidades, Canónigos etc. 
del clero secular. 

En cada una de las provincias hay un Gobernador civil 
(ó militar), con dependencia de la Dirección de A Jministracion 
Civil de Manila, con un Secretario, un Oficial de Gobierno con 
algunos escribientes indígenas y algunos Auxiliares de Fomento. 



240 SEariNDA. PARTE. ETOLOGIA. 

Hay también un Juez letrado que, con un Promotor Fiscal 
y un Escribano público, ó Notario coa sus correspondientes 
escribientes, constituyen el Juzgado de 1.* instancia; y en 2." 
instancia dos Audiencias territoriales en Manila y Cebú. En 
cada cabecera de provincia hay una cárcel ó establecimiento 
penal. 

Además hay deputadas para la persecución de los malhe- 
chores, y custodia de los intereses del Estado, secciones de 
la Guardia Civil, y del Cuerpo de Carabineros, cuyas clases 
se componen de indígenas al mando de Oficiales peninsulares. 

La Inspección de montes tiene también el personal nece- 
sario en el actual estado de estas Islas. 

El ramo de Comunicaciones tiene en Luzon un Jefe á cuyo 
cargo está también el servicio de Telégrafos con sus oficiales, 
estafeteros, ordenanzas etc. 

Finalmente en cada provincia hay una Administración De- 
positaría de Hacienda pública con un Administrador, un In- 
terventor, un Almacenero, y el personal suficiente de oficia- 
les y escribientes indígenas. 

Corresponde á esta la recaudación de los Impuestos, el 
despacho de cédulas personales, patentes de Industria y de 
Comercio, con todas las atribuciones correspondientes, y en 
su consecuencia despacha comisionados de apremio, inspecto- 
res de patentes, pesas y medidas etc. etc., cuyos delegados, 
.gente por lo común desocupada y viciosa, molestan no poco 
á los pacíficos contribuyentes, con vejaciones y exacciones 
ilegales; y lo mismo hacen por punto general todos los ofi- 
ciales indígenas de las oficinas y dependencias del Estado, in- 
clusos los de las parroquias, y aun las curias episcopales, cu. 
yos dependientes, gente despabilada y astuta, estafan y mal- 
tratan sin piedad á sus paisanos, por supuesto sin conocimiento 
de sus Jefes respectivos que castigan cualquier abuso que lle- 
gue á su noticia. 

También por abusos de esta índole está muy desacreditado, 
y ha llegado á hacerse indisciplinado, el cuerpo de la Guar- 



tSOS Y COSTUMBRES 241 



dia Civil que se preocupa poco de la aprensión de los mal- 
hechores. 

Las cárceles públicas de provincias están también muy aban- 
donadas en todos sentidos, y los presos, que no siempre son los 
más criminales, pues estos campean libres por todas partes, 
están tratados con suma dureza y crueldad á medida que son 
más pobres y miserables, y quizá más inocentes. 

De los abusos de los Cabezas de barangay, como más re- 
gulares por decirlo así, y más generalizados, hablaremos en 
su lugar respectivo. Ahora solamente diremos que los dichos 
Cabezas son hoy dia los inmediatos recaudadores del impuesto 
de cédulas, y como tales son subordinados del Administrador 
de Hacienda pública, lo mismo que el Gobernadorcillo en su 
calidad de jefe del cuerpo de la principaba, cuyos miembros 
son propuestos por el Gobernadorcillo y común de principales, 
y las propuestas van visadas por el reverendo Cura párroco de 
la feligresía. Se someten á la aprobación del Gobierno de la 
provincia que, previo informe de la Administración Depositaría, 
los aprueba. 

El cargo de Cabeza de barangay es honoríGco y obligato- 
rio por tres años; tiene título de don^ y forma parte, como 
se ha dicho, de la principaba del pueblo. Para ser elegido 
se requiere ser vecino del pueblo, indio ó mestizo, mayor de 
edad, de buena conducta, y no tener tacha legal. Barangay 
significa reunión de familias bajo un jefe que por eso se llama 
Cabeza de barangay. 

Antiguamente cada barangay ó cabecería la formaba, en 
consonancia con el nombre, una agrupación de casas á guisa 
de rancherías ó barriadas en torno de la del Cabeza de ba- 
rangayy que era verdaderamente el jefe á quien respetaba 
toda aquella gente, y el que cobraba el tributo que paga- 
ban á S. M., obligándoles también á la prestación de los traba- 
jos comunales del pueblo y servicios personales de utilidad ge- 
neral, cuales eran la reparación de los caminos y edificios pú- 
blicos, á saber. Tribunal, Iglesia, Escuelas etc. etc. Un tributo 



SEGUNDA PAHTB. ETOLOOIA 



entero era un matrimonio, y medio tributo cada una de las 
personas tributantes. 

El cargo de Cabeza que antiguamente era casi hereditario 
y no salía de la familia, era muy ambicionado y buscado. 
Era un verdadero título de nobleza, que procuraban conser- 
var incólume distinguiéndose del común del pueblo, no so- 
lamente por su nobleza y haciendas que cultivaban sus mis- 
mos cailianes, y eran como de su misma familia, reconociendo 
un padre en su mismo jefe;^s¡no que se distinguían también 
por alguna más ilustración y cultura, y por su conduela or- 
dinariamente digna y honrada. 

Hoy día despojados de aquel brillo y autoridad, y conside- 
rados del pueblo como meros funcionarios del Estado, y exi- 
gentes recaudadores de sus impuestos que creen excesivos, son 
forzados á servir este cargo los más ignobles é idiotas que 
tienen algunos bienes con que responder de sus desfalcos ine- 
vitables á cambio de una mezquina retribución que no les in- 
demniza de sus desembolsos, y de un título deslustrado, que 
ni compensa sus fatigas y servicios, mayores de lo que gene- 
ralmente se piensa, ni les garantiza de la enorme responsabi- 
lidad y odiosidad que les acarrea. Y aunque su cargo les da 
alguna superioridad sobre los demás, ellos ni la esliman ni la 
hacen respetar, y solamente se prevalen de ella para vejar y 
explotar lo más que pueden á los más infelices y miserables 
de su cabecería, y para entregarse con mas libertad á toda 
clase de vicios. Los antiguos cabezas han quedado relegados 
al olvido; y los pocos que de aquellos aun quedan en al- 
gunas provincias, los más han quedado reducidos á la última 
miseria, merced al rigor que se usó con ellos al principio de 
las reformas, embargándoles sus bienes, que fué el pago de 
diez, veinte, ó treinta años de servicios mal apreciados por 
los ejecutores de tan rigorosos procedimientos, que escitaron 
el clamor general de algunas provincias; que en 1876 y 77 
elevaron sus respetuosas aunque tardías quejas á la Superior 
Autoridad del Archipiélago. 



T'SOS V COSTUMBRES 



Los modernos Cabezas de barangay sacados muchos de la 
ínfima plebe, ineptos por lo general ó incapaces de gobernar su 
Cabecería por su inexperiencia, poca edad, y ninguna ilustra- 
ción, hasta el punto deque algunos, ni aun firmar saben como 
puede verse en los informes de cualquiera principalía, viven 
donde quieren, y sus cailianes tienen sus viviendas donde me- 
jor les place, en el pueblo, ó desparramados por los barrios, 
bosques y sementeras; y no es raro que, según son andariegos 
muchos de ellos, huyendo del Cabeza, vivan en otros pueblos 
distintos y aun apartados del pueblo de su empadronamiento. 

Sustituido el tributo que los indios antiguamente pagaban 
por el impuesto de cédulas personales, todo individuo sin dis- 
tinción de raza ni sexo, al llegar á los 18 años de edad, está 
obligado á proveerse de cédula personal de la clase que le cor- 
responda en razón de la riqueza conocida de cada uno. 

Las cédulas son de las clases y precios siguientes: 

Pesos. cmos. 



1." clase 


. . . . 25 


D 


2.* id 


.... 20 


)) 


3.« id 


.... 15 


» 


4.' id 


. . . . 8 


» 


5." id 


. . . . 5 


» 


6.a id 


. . . . 3 


50 


7/ id 


. . . . 2 


25 


8.« id 


. . . . 2 


» 


9.« id 


. . . . 1 


50 


10." id 


.... ^r 


atis. 



Además del importe anual de las cédulas expresadas, se 
paga un recargo de cinco por ciento por concepto de gastos 
generales. 

Hay otra cédula de clase privilegiada que se facilita gra- 
tis á los Gobernadorcillos, Cabezas de Barangay y sus mujeres 
y á los llamados primogénitos de los Cabezas de Barangay. 

Las cédulas de 9." clase están divididas en 1." v 2.° izru- 

31 



-•Í4 SKrrTJNDA PARTE. ETOLOfílA 



po. Las del I/"" grupo corresponden á los que pagan contri- 
bución directa de 8 á 12 pesos ó disfrutan sueldos ó habe- 
res de 200 á 600 pesos. 

Las del 2.° grupo corresponden á los indios que carecen 
de base de riqueza conocida y no están tampoco comprendi- 
dos entre los que deben obtenerla de la siguiente. 

La cobranza de las cédulas de 1.* 2.' 3.' 4." b.^ 6.' 7.' 
8." clase y 9.' del primer grupo está á cargo de la Administra- 
ción Depositaria de la provincia, y se paga su importe anual 
de una sola vez. 

La de las de 9." clase del 2." grupo está á cargo de los Ca- 
bezas de Barangay, y se paga por tercios. 

Se provee de cédula gratis, á los religiosos que viven en 
comunidad; á las religiosas en clausura; á las Hermanas de la 
Caridad; á los acogidos á los asilos de beneficencia; á los po- 
bres de solemnidad; á los individuos y clases de tropa del ejér- 
cito y armada, y á los penados durante el tiempo de su re- 
clusión. 

Los chinos radicados en las Islas pagan seis pesos y siete 
céntimos anuales cada uno por su patente personal, tres pe- 
sos por impuesto provincial, y veinticinco céntimos por lo que 
llaman Cajas de comunidad. Además necesitan proveerse de 
sus correspondientes patentes industriales y de comercio. 

Para la recaudación de los impuestos de cédula personal, 
impuesto provincial, y cajas de comunidad de los chinos, hay 
nombrados Cabezas de barangay de los de su nación, y éstos 
ingresan el importe de las patentes personales de los de sus 
cabecerías en la Administración Depositaria, y el del impuesto 
provincial y cajas de comunidad en el Gobierno de la provincia. 

Además de la cédula personal todo varón desde la edad 
de 18 años está obligado á satisfacer un peso y cincuenta 
céntimos por impuesto provincial, cuya recaudación de los in- 
dividuos á quienes corresponde cédula personal de clases su- 
periores, ó lo que es lo mismo, de todos aquellos que se pro- 
veen de cédula personal en la Administración Depositaria (cuyo 



esos Y COSTUMBRES 24" 



iiüpaeslo se paga de una sola vezi) está á cargo del Sr. Go- 
bernador de la provincia; y los Cabezas de barangay tienen a 
su cargo la de los indios que están empadronados en sus Ca- 
becerías, y se recauda por tercios al propio tiempo que las 
cédulas personales. 

Dispuesto que el Impuesto provincial se ingrese á los Go- 
bernadorcillos, y éstos al Gobierno de provincia, no vemos la 
razón porque á los Cabezas se les ha de obligar á ingresar di- 
rectamente en la Administración, causándoles tan graves per- 
juicios, especialmente tratándose de Cabezas de pueblos distan- 
tes. Bien comprendemos que esto se hace por la seguridad do 
los caudales; pero á esa seguridad puede atenderse de otro 
modo, sin causar tantos gravámenes. 

Las clases tributarias están obligadas á concurrir á los 
trabajos públicos 15 dias al año, no pudiendo redimirse á me- 
tálico estos quince dias de prestación personal, y sólo sí, se 
admite la sustitución de hombre por hombre. 

Están esceptuados de la prestación personal todos los quo 
adquieren cédula personal de clases superiores desde 1.' á 
6.* inclusive, y los que la tienen de clase privilegiada y gratis. 

Otro de los impuestos es la contribución industrial y do 
comercio; á cuyo pago está obligado todo individuo, sin dis- 
tinción de razas, que ejerza una industria, comercio, profesión 
ú oficio. 

Los contribuyentes á este impuesto necesitan proveerse do 
la patente que por clasificación les corresponda, siendo estas 
de 1." 2.* 3." 4." 5.* 6." 7.' 8.' y 9.' clase y su coste es de 
400, 300, 200, 100, 60, 30, 12 y 8 pesos respectivamente 
y la 9." es un gravamen sobre las utilidades. 

Para su clasificación hay tarifas por grupos en que se com- 
prenden las diferentes clases de comercio, industria, profesio- 
nes, artes ú oficios. 

El ramo de alcoholes tiene su impuesto separado: es e 
que más recargado está, tanto para su fabricación como par» 
8u espendio; y para ello hay un Reglamento especial. 



?46 SEGUNDA, PARTE, ETOLOfirA 



Todo industrial tiene que proveerse de su correspondiente 
patente, que para las de fabricación son de 1.* 2." y 3.^ clase, 
y para las de espendio están clasificadas en patentes de es- 
pendio al por mayor y menor. 

Tienen que proveerse de patente de 1/ clase, todos los fa- 
bricantes que se sirvan de aparatos de destilación continua, 
y pagan al año 500 pesos por cada 80 arrobas de alcohol, 
que sean susceptibles de elaborar en las 12 horas que se con- 
sideran al dia laborables, pues está prohibido elaborar de noche. 

Estas patentes sufren un aumento ó disminución de 62 
pesos y cincuenta céntimos por cada unidad de 10 arrobas 
que elaboren los aparatos en más ó en menos de las 80 que 
son prefijadas como tipo. 

Les corresponde patente de 2.' clase á los fabricantes que se 
sirven de aparatos de destilación intermitente, y tienen que pa- 
gar 360 pesos anuales por cada 80 arrobas de alcohol que sean 
susceptibles de elaborar en las 12 horas, sufriendo un au- 
mento ó disminución de 45 pesos por cada 10 arrobas que ela- 
bore en más ó en menos. 

Les corresponde la patente de 3." clase á los fabricantes, 
que se sirvan de los aparatos que se conocen en el país con 
el nombre chino de cauas, y pagan 100 pesos anuales: estos 
aparatos elaboran 20 arrobas de alcohol en las 12 horas. 

Los espendedores de alcohol al por mayor, tienen que pro- 
veerse de la patente de su clase, y pagan 200 pesos al año; y 
los espendedores al por menor necesitan una patente que les 
cuesta 8 pesos anuales, y no pueden espender alcohol mas que 
por copas ó botellas; pues si expenden más de una arroba 
de una sola vez, se les considera como espendedores al por 
mayor. 

Las patentes, tanto de fabricación como de espendio de 
alcoholes, tienen el 30 por ciento de recargo, 10 para fondos 
especiales y 20 para consumos. 

El tabaco es también otro ramo separado, y tiene su re- 
glamento; pero en esta provincia sólo hay espendedores de 



usos Y COSTUMBRES 



tabaco al por menor en puestos fijos ó movibles, y pagan por 
su patente dos pesos anuales. 

Otro de los impuestos es la contribución urbana, el cual 
no compensa en provincias los gastos del papel que para su ad- 
ministración y cobranza se emplea. 

También existen impuestos de matanza y limpieza de re- 
ses, el de carruajes, carros y caballos, vadeos y pontazgos, 
galleras, fumaderos de anfión, sello y resello de poáas y me- 
didas, mercados y pesquerías. 

Además de las contribuciones indirectas, pagan contribución 
de sangre, ó Ihímense quintas. Se hacen anualmente en todos 
los pueblos mediante el sorteo de mozos que se destinan al ser- 
vicio militar y se agregan á los regimientos de Infantería, Caba- 
llería, Ingenieros y Brigada Sanitaria, Guardia Civil y Cuerpo 
de Carabineros: la Brigada de Artillería se compone de solda- 
dos peninsulares. 

Así la lista de mozos sorteables, como el padrón de Im- 
puesto provincial, se sacan del padrón cobratorio que se forma 
de los padrones cobratorios parciales que hacen los Cabezis 
cada cual el de su cabecería respectiva. Como estos son muy 
deficientes é incompletos, como más adelante veremos, lo son 
también los de mozos sorteables y los del Impuesto provincial; 
con lo que no solamente so defrauda notablemente á las Cajas 
del Estado, sino que se perjudica en muchas maneras á los 
particulares, á las iglesias y sus párrocos» 

• 

Clases sociales. 

El sistema de población, tal cual lo hemos reseñado, acusa 
un retraso relativo en el camino de la civilización, que nada 
tiene de estraño en los pueblos filipinos; pu«s siendo aquella 
la base y arranque de la sociedad, fácilmente se comprende 
que gran parte de la población filipina, es á saber, la que 
vive en barrios y lugares apartados y pjco accesibles, está casi 
por civilizar. 



248 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



Uüa coüsecueacia análoga se deduce de la mezcla y coq- 
fusioü de clases sociales de este país. La distinción de clases 
sociales con la diversidad de profesiones, artes y oficios más ó 
menos perfeccionados, es una consecuencia inmediata de la ci- 
vilización y cultura de un pueblo. Así observamos que las tri- 
bus salvajes viven mezcladas en la más abyecta confusión de 
gentes que, en su feroz independencia y libertad selvática, no 
conocen el orden social y las ventajas de la mutua dependen- 
cia y relaciones de sus individuos en orden á un bien común. 
Lo contrario acontece en los pueblos civilizados y cultos, en 
que perfectamente deslindadas las clases sociales, las ciencias, 
las artes, la industria y el comercio florecen más ó menos, 
dedicándose cada uno á una industria ú oficio que cultiva con 
esmero, manteniéndose cada cual en la esfera y círculo de ac- 
ción que le marcan las mutuas exigencias de la sociedad en 
que vive. 

En efecto: así como las razas salvajes son la más genuina ex- 
presión del indiviiJualismo, contrario al elemento social, así 
también el orden, la dependencia y la armonía de los indi- 
viduos y de las familias en su multiplicidad y distinción de 
oficios mutuos ordenados á un bien común, son la base de 
una sociedad bien organizada y culta, que si tiene por norma 
de su conducta la justicia y la moralidad inspiradas por la re- 
ligión, no puede menos de labrar su bienestar temporal, por- 
que conspirando los esfuerzos de cada uno de sus individuos al 
bien de todos, adquieren mayor suma de felicidad que si tra- 
bajaran aisladamente y con mutua independencia entre sí. 

Y si bien es verdad que hay en ía población filipina esta 
distinción de clases sociales de que hablamos, también es cierto 
que no están perfectamente deslindadas, y en muchos puntos 
solamente están marcadas de un modo rudimentario. General- 
mente hablando no se conoce aquí otra aristocracia que la del 
dinero, y este suele tenerlo la mesticería, ó llámese el gremio 
de mestizos de sangley ó de chino, que se gloria de ser, como 
en efecto lo es, una raza superior á la de los naturales, por su 



usos Y COSTUVDRES 249 



mayor cultura. Son también mas industriosos, y de más dispo- 
sición, especialmente las mujeres que son de mucho despejo, la- 
boriosas, inteligentes y muy vividoras. Es sin duda esta raza 
de que más detenidamente hablaremos, la única esperanza 
del país. 

También hay otra cierta aristocracia oficial por decirlo así, 
que es la principalía de los pueblos, ó sea la que desempeña los 
cargos públicos: mas aunque entre éstos hay algunos riquillos 
á su manera, hoy día es puramente nominal, y está llamada á 
desaparecer en la forma en que actualmente está constituida, 
para ser reemplazada por otra mejor organizada, y que res- 
ponda mejor á las necesidades del pueblo filipino. 

Aunque como dejamos indicado apenas está marcada la 
línea divisoria que separa las diferentes clases de gentes de 
la población indígena, distingamos no obstante entre indios 
de pueblo é indios de sementera^ pues es notabilísima la di- 
ferencia que hay de unos á otros en su trato, grado de ci- 
vilización y en sus costumbres. 

Llamamos indios de pueblo á los que viven en lo que he- 
mos dicho casco de los pueblos, ó sea grupo de casas situadas 
alrededor de los edificios públicos en una estension de terrenc^. 
mayor ó menor, cuyo radio suele ser en los pueblos grandes 
de un kilómetro por todos los lados desde el centro que es 
la plaza. 

Entendemos por gente de sementera á los indios que vi- 
ven en los barrios de la población entre bosques y sementeras. 
Los que están sit\iados á b largo de las calzadas que hay de 
pueblo á pueblo, son una cosa media entre los de los pue- 
blos y los de sementera, según las distancias, las comunicacio- 
nes, etc. etc. 

También se pueden distinguir entre ellos tres clases, á sa- 
ber: nobles, plebeyos y clase media. 

Indios de sementera. Los plebeyos se dedican al pastoreo, 
y á las faenas de la agricultura en calidad de aparceros, colo- 
nos, ó pequeños propietarios. 



^¿.jÚ SEr.T'NDA PARTE ETOLOClv 



En los pueblos playeros se dedican á la navegación como 
grumetes etc., y á la pesca á red, y más generalmente por 
corrales hechos de cañas. 

Son poco aseados, y no se distinguen apenas de los igor- 
rotes más cultos sino en el traje, alguna mayor ilustración, 
y por sus creencias religiosas. El vestido del varón es panta- 
lón largo hasta el pié, y camisa de coquillo teñido, sin zapa- 
tos, y por sombrero un salacot de hoja de palma. Para el 
trabajo se desnudan de la camisa que les estorba y da ca- 
lor, y el pa I talón lo repliegan hasta el muslo, ó bien usan cal- 
zón corto hasta las rodillas, y un pañuelo que envuelven en 
la cabeza. En la pesca, y plantío del palay solamente usan 
bajaque. Llevan siempre un cinto de trapo, ó de bejuco entre- 
tejido donde guardan algunas cosillas, y del cual pende el 
bolo metido en una vaina de dos pedazos de caña unidos y 
forrados de bejuco ú otro 6Iaraento: al cuello llevan un ca- 
ñuto de caña con la cédula personal, etc. una caja de bejuco 
para buyo, tabaco, etc. y quizá algún amuleto envuelto en un 
trapo neg''o a guisa de escapulario. 

El traje de la mujer plebeya es una camisa corta de co- 
quillo, blanca, negra, ó de color; por saya una especie de saco 
sin fondo que repliegan á la cintura y les cae hasta los to- 
billos sin mas enaguas ni ropa interior, y sobre él el consa- 
bido tapis (refajo) de rayadillo que usan todas, menos las bi- 
sayas, y llevan envuelto y sujeto á la cintura por dentro de la 
saya, y les cubre hasta por debajo de las rodillas. El pelo lo 
peinan hacia atrás y lo recejen á la parte posterior de la ca- 
beza, la cual cubren con su pañuelo doblado cuyas dos pun- 
tas amarran á la frente. Usan también una especie de toca 
negra para ir á la iglesia, que les llega á la cintura, y las 
ilocanas prolongan hasta los tobillos. 

Sus casas se construyen con cuatro ó seis pilares (harigues) 
de madera tosca, palma-brava, ó caña, clavados en el suelo, 
sobre que se arma un techo de caña de antemano preparaJo, 
y con frecuencia están rodeadas de un cerco de cañas, ramas 



usos Y COSTUAfBBES 



entrelazadas, arbustos, espinos, y otras cosas análogas que les 
resguardan de los rateros y gente de mal vivir. Dentro de este 
cerco suelen tener una huertecilla que rodea la casa con flores, 
legumbres, cacao, plátanos, algodoneros, mangas, cañaverales, 
etc. que defienden su habitación del fuego en los incendios; 
con un pozo estrecho abierto á dos, cuatro ó seis metros de 
profundidad del cual estraen el agua con una lata ú otra va- 
sija atada á un pedazo de caña; ó con un aparato- balanza, 
cuando el pozo es algo más profundo. Suele estar cercado de 
cañitas clavadas al rededor del brocal para evitar desgracias 
de niños, y algunos tienen brocal de barro cocido en forma tu- 
bular, colocados unos sobre otros los tubos hasta la profun- 
didad del agua. De esta se sirven para sus usos domésticos, para 
beber, bañarse etc. y sirve algo para los incendios. 

Las casas se cubren por arriba y por los lados con hojas 
de ñipa, anajao (palma), caña partida, cogon (especie del 
carrizo), dejando cuatro ó más ventanas, cuyas cubiertas del 
mismo material, están suspendidas por la parto de fuera de una 
caña sobre la cual se descorre, ó está fija por su parte superior 
y se abre levantándola hacia arriba en una caña que la sostiene 
entre-abierta, defendiendo el interior del sol y de la lluvia. 

Por un lado del cerco hay una puerta que da acceso á 
la escalera movible de caña que está situada al costado de la 
casa, cubierta de una media-agua sostenida por dos pilares, 
donde se guarecen para pilar el arroz, maiz, etc. Una de las 
ventanas de la habitación, en que no hay departamento al- 
guno, ni retrete separado, da salida á un batalan (azotea) á 
la altura de la casa, donde tienen algún cacharro- con agua, 
ó algún tiesto con flores, y otros utensilios, colocando los de- 
más en la parte baja, en que á veces hay un pequeño depar- 
tamento cercado, donde guardan la semilla, algún bayon ó saco 
de arroz, palay, aperos de labranza, y otros útiles, utilizán- 
dolo algunas veces para colocar una tiendecita con un mos- 
trador (langcape) que da vista á la calle, resguardado por su 
cubierta correspondiente, y á esto llaman garitas. 

:^2 



SlíGUND.V PARTE. ETOLOGIA 



El suelo de la casa es de cañitas partidas enlazadas sobre 
soleras de caña ó palma-brava. El fogón de barro lo colocan 
ó en el batalan ó dentro de la casa, ó debajo según el tiempo, 
y les sirve de cocina portátil. 

El ajuar de la casa se compone de mortero para pilar y 
descascarillar el arroz, con su mano, ó una maquinilla para lo 
mismo; y acaso un molinillo de dos piedras para triturar el 
maiz: un bilao, ó zaranda para limpiar el arroz sin cascara, 
una silla de caña en forma de aspa, una hamaca de bejuco, 
que lo mismo sirve de cuna para los niños como para colum- 
piarse los grandes, y para trasladar á los enfermos de una parte 
á otra: un banco de caña junto al dindin ó tabique de la casa; 
una mesa enana de un pié ó pié y medio de alta para sen- 
tarse á comer en cuclillas (sobre los talones, y también se sien- 
tan sobre un pedazo de madera ó caña por comodidad); una 
candileja ó lamparilla de latón ó de barro para la luz que 
muchos mantienen con aceite de tagumbao; un tubo de caña, 
ó una ó más botellas para el aceite, aguardiente etc.; algunas 
bangas de diferentes tamaños para el agua, y para cocer el 
arroz (morisqueta), y una cuchara de cascara de coco para re- 
volver la morisqueta: una taza de barro blanco para la sal, un 
tabo para beber y para el baño (media cascara de coco), un 
tampipe ó cesta de hojas de palma entretejidas, ó un arca de 
madera fcabanj para guardar la ropa; un petate ó estera para 
dormir con algunas almohadillas, y una cubierta de coquillo 
blanco para cubrirse que les sirve de manta: un altarcillo con 
algunas imágenes que quieren ser de santos, de bulto ó de pa- 
pel, ó de madera pintada, muy mal trabajados: un tenderete 
de caña para los libros de los chiquillos, ún libro de la Pasión 
impreso y alguno que otro corrido (1), y quizá alguno que 



(1) Especie de novela absurda, llena de anacronismos y disparales im- 
presa ó manuscrita, que copian y aprenden de memoria los chicos de la es- 
cuela y les gusta mucho. | 



usos Y GOSTnMURES 253 



otro libro que les dan los curas, ó ellos compran, algún tin- 
terillo de barro de sus hijos, y algunos otros^ trastos, como 
hojas de betel, un canutillo para la cal y fruta de bonga para 
el buyo; un gallo para la pelea, alguna red para pescar, y 
algunos animales domésticos como gallinas (que todos tienen), 
algún cerdillo metido en su jaula, una caterva de perros ham- 
brientos, etc. etc. Además tiene cada uno algunos malos en- 
seres de su oficio, como carretas, carretones, aperos, telar de 
que se sirven las mujeres para tejer, y otros. Los animales 
de labor andan sueltos, y los cojen cuando tienen necesidad 
de ellos. 

Tales son con poca diferencia por dentro y por fuera la ma- 
yor parte de las casas situadas en los barrios y en las calles 
más retiradas de los pueblos, reinando poco el aseo y limpieza, 
sino es en los ilocanos que son más limpios y cuidadosos, sin 
que ningún español pueda tener asco de hospedarse en sus ca- 
sitas, y usar sus cosas, que aunque pobres, están limpias y cu- 
riosas. También los demás se esmeran en hospedarnos bien, pi- 
diendo prestado lo que no tienen, y poniéndolo todo á nuestra 
disposición, y procurando que todo esté limpio y aseado. 

Son mis ó menos agrestes según que estén más ó menos 
retirados, porque si están aislados y tienen poca comunicación 
con el pueblo, son grandemente cerriles y casi salvajes; mas si 
por su proximidad al pueblo, ó por estar situados á las orillas 
de la vía pública tienen más roce, son algo menos groseros y 
rudos. 

Hay barrios en que el terreno, siendo de primera calidad 
y cultivándose todos los años, está limpio y despejado. En 
este caso sus habitantes suelen ser aparceros, ó criados de 
otros que son los propietarios. Viven en casitas que sus amos 
les construyen próximas á la sementera que ellos visitan con 
frecuencia en todas las épocas del año, fijando allí acciden- 
talmente su morada en tiempo de siembra, y de la recolec- 
ción. Esta clase de gente, como son de la confianza de sus 
amos, suele ser trabajadora y de costumbres morigeradas* 



SECUNDA PARTE. ETOLOGIA 



agrestes, y de poco entendimiento, casi no tienen otra religión 
que la práctica de sus supersticiones mezcladas con oraciones, 
y prácticas cristianas. 

Atentos sus amos, salvas algunas honrosas escepciones, á sus 
propios intereses, descuidan por completo la instrucción de 
estos infelices en sus deberes religiosos, y con tal que no 
les roben ó engañen, poco se preocupan de su conducta; y 
sus hijos dedicados al pastoreo de los animales de labor, se 
crían en la más estúpida ignorancia. Asi pasan sus primeros 
años sin tener trato mas que con el carabao tras el cual an- 
dan todo el día: con él hablan, sobre él se acuestan y duermen, 
liasta que pasada la pubertad en el mas completo salvajismo, 
son aptos para el cultivo de la tierra y las faenas agrícolas. 
Gomo no bajan al pueblo sino rarísimas veces al año, ni sus 
amos cuidan de que se instruyan, hay muchos que no saben 
leer ni escribir, ni practican sus deberes religiosos, ni entran 
en la iglesia sino dos ó tres veces al año, que suele ser en la 
fiesta del pueblo, en semana santa, y el día de difuntos, y al- 
gunos hay, aunque pocos, que se pasan años enteros sin ver 
la iglesia para nada como no sea en el entierro de algún pa- 
riente inmediato, y no faltan algunos que se mueren solterones 
sin haber recibido mas sacramentos que el bautismo. 

No son inclinados á los placeres sensuales; y si viven em- 
barraganados, no es por sensualidad sino por conveniencia, ó 
mas bien por cierta necesidad: así viven juntos largos años y 
cargados de hijos como si fueran legítimamente casados, sin 
que sus amos les reprendan por este abuso, ni traten de poner 
remedio á este escándalo, dando cuenta al cura para que los 
case é instruya. Muchas veces aun siendo cuidadosos, ignoran 
que sus criados están amancebados, porque cuando entran á 
servir con ellos, los creen casados, y como tales se empadro- 
nan; ó bien no pueden acabar con ellos que se presenten al 
cura, difiriéndolo de un día para otro hasta que se escapan 
si se les apura ó amenaza. Frecuentemente sus propios amos 
por esta misma causa los ocultan para que no sean hallados, 



usos Y COSTUMBRES 25í 



con lo cual el párroco ocupado en miles de atenciones, ó se ol- 
vida ó se aburre, y así son muy pocos los que pueden sa- 
lir de su mal estado. 

Esta gente es también pobrísima y nada tienen, pues aun- 
que son laboriosos, y trabajan con todas sus fuerzas, siempre 
resultan alcanzados en sus cuentas con sus amos, cuyas veja- 
ciones á sus aparceros y criados, más adelante describiremos. 

Habitan los barrios otra clase de gente que teniendo algún 
animal de labor, ó alguna sementerilla ó huerta, viven con al- 
guna más holgura é independencia; razón por la cual no son tan 
constantes en el trabajo. 

Son gente bastante cerril, pero menos idiota; y aunque 
tienen alguna mayor instrucción, disfan mucho de practicar 
la religión que mezclan también con ritos y supersticiones de 
los igorrotes. Como viven tan distantes del pueblo, y las vere- 
das que á él conducen son intransitables la mayor parto del 
año, solamente en tiempo de secas van algunos al pueblo los 
domingos y días de mercado, quedándose completamente ais- 
lados en la estación de las lluvias. 

Por las mismas razones los niños y niñas no asisten á la 
escuela, y lo poco que saben lo aprenden de algunos maestri- 
llos, gente por lo común de mal vivir escapada de otros pue- 
blos, algunos do los cuales son también curanderos y ensalma- 
dores, que al mismo tiempo que les enseñan la cartilla y algo 
de catecismo, les imbuyen en mil supersticiones, y en todos los 
vicios. Les enseñan á cantar y danzar al son de una mala gui- 
tarra, y les hacen copiar corridos, frecuentemente inmorales 
(|ue les sirven de materia ó muestra de escritura, y les co- 
bran un tanto por lo que aprenden, v. gr. medio peso porque 
aprendan la cartilla, tanto por tantas hojas de catecismo, tanto 
por enseñarles un baile, etc. etc. El párroco que solamente al- 
gunas veces va por necesidad á administrar algún enfermo gra- 
ve, y rara vez á visitarlos exprofeso, pues las parroquias son 
generalmente muy grandes, y muchísimas y urgentes sus aten- 
ciones, no puede remediar sino en parte algunos de estos ma- 



256 SEGUNDA PARTE. ETOLOC.IA 



les. El que esto escribe tenia en cada bario de estos un maes- 
tro y una maestra de su confianza que llevaban los niños y ni- 
ñas á la parroquia los domingos y días festivos, y todos los días 
los hacían entrar en escuelas hechas por el vecindario para este 
objeto. 

En estos barrios también se anida mucha gente mala y de 
costumbres perdidas, que sin tener morada fija, ó viviendo en 
chozas que otros han abandonado, se dedican ai merodeo y al 
abigeato de animales, particularmente carabaos que ocultan en 
los bosfjues inmediatos. Estos forman varias cuadrillas con sus 
cabecillas respectivos, los cuales suelen ser cuadrilleros, ó ca- 
bezas de barangay tronados, en relaciones con algún escribiente 
de la casa-tribunal y otros pillos, que les hacen los docu- 
mentos falsos de los animales por ellos secuestrados, falsifi- 
cando la firma del Gobernadorcillo y Juez de sementera, y el 
sello del Tribunal que imitan, y hacen de barro, madera ó me- 
tal; y están en comunicación con otras cuadrillas de otros 
puntos lejanos con quienes cambian los animales que ellos del 
mismo modo secuestran, finjiendo que se han traspasado el 
dominio de los mismos, devastando de este modo los pueblos 
que ven disminuir sus animales de día en día. 

Lo mismo sucede con los aquí llamados tulisanes que fre- 
cuentan estos sitios, á quienes se ven obligados á dar hospe- 
daje en sus propias casas, y mantenerlos á su costa para no 
incurrir en su indignación. Estos habitan mas de continuo en 
los bosques y barrios apartados de las divisorias de las pro- 
vincias, así como los rateros y secuestradores tienen dos ó tres 
barrios más céntricos y retirados de cada pueblo. Estos mal- 
hechores son gente conocida de sus respectivos cabezas y la 
gente que habita aquellos sitios, y ó andan indocumentados, 
ó llevan cédulas robadas, ó figuran con otros nombres y ape- 
llidos, y no tienen morada fija y permanente; ni en sus ca- 
sas, si por ventura las tienen, se les encuentra á horas sospe- 
chosas. Los Tenientes de los barrios y Cabezas de barangay de 
quienes naturalmente huyen porque no les p^gín sus atrasos, 



I'SOS Y COSTUMBRES 257 



no se atreven á denunciarlos, ni á deponer contra ellos, y lo 
mismo sucede con los demás vecinos pacíficos, por temor de 
que asalten ó incendien sus casas, si como sucede con harta fre- 
cuencia, vuelven á verse libres de la justicia: (*) mas todos se- 
rían denunciados á los párrocos si tuvieran la seguridad de 
que por un espediente gubernativo, serían desterrados á lejanas 
islas, doüde convenientemente vigilados, recibieran el condigno 
castigo talando sus espesos bosques, y cultivando sus tierras 
desiertas donde adquirieran hábitos de moralidad y de trabajo; y 
al mismo tiempo que dejaran de ser perjudiciales en los pueblos 
que merodean, serían útiles al país que se les destinara para lu- 
gar de su destierro. Son estos en tanto número en todos los 
pueblos, y á las mismas puertas de Manila, que con seguri- 
dad se puede calcular en un tres ó cuatro por ciento del total 
de la población. 

Además de estos que andan por decirlo así á salto de ma- 
ta, ocultándose de la Guardia Civil y de las Autoridades, hay 
otros muchos dedicados á la holganza, á la vagancia, al juego y 
otros vicios: errantes de pueblo en pueblo, y de provincia en 
provincia, se hospedan en cualquiera parte, y así habitan en 
los pueblos como en los barrios, constituyendo la población flo- 
tante de Filipinas. Porque perseguidos de sus respectivos Ca- 
bezas á quienes no pueden ó no quieren pagar, se agregan y 
empadronan en otros pueblos donde no son cqnocidos de donde 
se ausentan de la misma manera, quedando también en descu- 
bierto con sus nuevos Cabezas, seguros de la impunidad; pues 
ni son perseguidos con la actividad que el caso reclama, ó es 
enteramente inútil, porque desprovistos de los documentos que 
pudieran identificar su persona, tienen tantos nombres y ape- 
llidos cuantos son los puntos en que han vivido. 



(*) Ó bien por temor de que los envuelvan en una causa criminal, 6 por lo 
menos ten^'.in que sufrir en la cárcel de la provincia, donde padecen lo inde- 
cible, una detención de uno, dos ó más meses hasta que se sustancia la causa, 
como acontece con harta frecuencia en todas las provincias. 



2^8 SEGUNDA PAfiTE. ETOLOriIA 



Muchas veces acontece aun hombre escaparse dejando á su 
mujer é hijos que ignoran por completo su paradero sin que 
vuelvan á tener noticias de él, ignorando si vive ó há muerto, 
sin poder pasar á otras nupcias por esta causa. También se 
dan casos de algunas mujeres que hacen esto mismo, acompa- 
ñadas de algún querido de este mismo jaez, y aún de haber 
pasado ó pretender pasar a otras nupcias en otra provincia le- 
jana, viviendo aún sus respectivos consortes. Inútil es decir 
que esta gente tampoco practica la religión, y que llevan el 
camino de los anteriores. 

Los que habitan los barrios situados á las orillas de las cal- 
zadas, ó que por rara casualidad tienen caminos para el pueblo 
en buen estado de conservación, no se diferencian apenas de 
los plebeyos de los pueblos que vamos á describir. 

Indios plebeyos. Constituyen la gran mayoría de la po- 
blación filipina, y poco ó nada se distinguen de ios indios de 
sementera en sus trajes, y en el moviliario y aparejo de sus ca- 
sas, pequeñas como las de aquellos, en que habitan juntos dos 
ó tres matrimonios con toda la turba de chiquillos; siendo 
muy frecuente que en casitas miserables de ocho ó diez varas 
en cuadro, vivan amontonados por decirlo así de quince á 
veinte personas sin departamento alguno que los separe. 

Son gente honrada que viven de asiento en los pueblos, 
dedicados á la agricultura, á otras pequeñas industrias poco 
productivas que les proporcionan lo más necesario para su sus- 
tento, cumpliendo regularmente con las obligaciones de su es- 
tado y condición. Viven una vida modesta según su clase, 
exentos de vicios, y son por lo general casados, y cargados 
de hijos, por lo cual muchos viven en una extremada pobreza, 
sobre todo cuando alguno de los consortes ha contraído alguna 
grave enfermedad del pecho y otras enfermedades de la piel, 
tan frecuentes entre los indios, que lo imposibilitan para e' 
trabajo. 

Lo mismo acontece cuando sus mujeres se hallan embara- 
zadas ó criando, que es casi lo ordinario, ó cuando quedan 



usos T COSTUMBRES '2h9 



viudos con una caterva de niños chiquitos. A duras penas y 
matándose, pueden satisfacer sus impuestos, sufriendo muchas 
molestias de su Cabeza de barangay que los apremia para no 
cargar con la obhgacion de abonar de su bolsillo el importe 
de sus cédulas, y constantemente van á contar sus cuitas al 
Cura párroco para que les saque de sus apuros. 

Estos verdaderos pobres de solemnidad que debieran tener 
cédula gratis, ni aun siquiera piden limosna, y si por ventura 
piden palay, ó algún dinero para sus más urgentes necesida- 
des, no lo encuentran sin grandes quebrantos por la dureza 
de los prestamistas que los vejan espantosamente, obligándoles 
á darles sus hijos é hijas para el servicio de su casa, ó pastoreo 
de sus animales. 

Las ocupaciones más ordinarias de esta clase de gente, des- 
pués de cultivar su tierrecilla ó huerta, ó la de sus amos, se 
reducen á buscarse lo necesario para su alimento y sus cotidia- 
nas necesidades. Así los hombres van r algún río, laguna 6 
charco á cojer pescadiüos con caña ó red, y más frecuentemente 
metidos en el agua hasta la cintura, de que contraen calentu- 
ras, y otras muchas enfermedades. También van al bosque á 
cojér frutas y hortalizas silvestres que mezclan con la moris- 
queta, y que juntamente con algún pescadillo, constituye la 
base de su alimentación. También sacan leña, bejuco, palmas, 
y otros filamentos para arreglar sus casitas y cercos, arreglar 
sus útiles y aperos de labranza. 

Alquilan sus animales y carretones, si algo de esto poseen, 
así como sus personas y las de sus hijos, para trasportar frutos 
á los mercados de la provincia, sacando de esto y de otros 
productos de sus huertas para su sustento ordinario, y para 
las necesidades más imperiosas de la vida, como son aceite, 
pescadillo salado, plátanos, y otras comidillas, y también ta- 
baco y buyo; algún bolo ó cuchillo que ellos usan, y otros 
utensilios y efectos de quincallería, á que se dedican con pre- 
ferencia las mujeres que también hacen tejidos de palmas y 
filamentos, lo mismo que á los cuidados domésticos. 



200 SKr.T'NDA PARTE. ETOLOfilA 



Si sus maridos se entregan á la bebida ó al juego de gallos, 
y con esto se dedican á la holganza como ordinariamente su- 
cede, todos los cuidados del varón pesan sobre la pobre mujer, 
á quien en estos casos suelen maltratar; y lejos de darles al- 
gunos cuartos, les quitan los que ellas han adquirido con su 
industria y trabajo, gastando ellos el día en sus vicios y en la 
más completa inacción tumbados en sus casas ó á la sombra 
de algún pono de caña, obligando á su mujer á que les dé 
lo necesario. 

También se dedican las mujeres á la venta de los pro- 
ductos de sus cosechas é industrias, á la compra aun de los 
animales, porque para el trato y negociación tienen las mujeres 
mas dotes de ingenio que los hombres. Limpian el algodón en 
rama, lo hilan, tiñen y tejen para sus usos domésticos, siendo 
en esta parte modelos de laboriosidad las ilocanas, cuyas man- 
tas son tan estimadas en Manila. 

Donde cosechan añil, ellas son las que lo preparan por un 
procedimiento sumamente pesado y mal sano, poniéndolo en 
maceracion, batiéndolo y extrayendo su jugo que recojen en 
barreños destinados al efecto. Donde se cosecha el abacá, las 
mujeres son las que lo tejen y preparan, machacando por 
dias enteros sendos cirros de esta fibra en los luzones que les 
sirven para el descascarillado del palay. 

Se dedican también á otras pequeñas industrias, hacen 
petates, bayones, sombreros, etc. preparan la ñipa, extraen 
el aceite de coco, y de otras plantas; son dobladores de ta- 
baco, cuidan cerdos, gallinas, riegan los sembrados, etc. Si 
tienen hijos, desde muy niños ayudan indistintamente á sus 
padres, destinando con preferencia los varones al cuidado y 
pastoreo de sus animales de labor, y faenas propias de los 
hombres, y á sus hijas al cuidado de los animales domésti- 
cos, labado, y cuidado de la casa, y de sus hermanitos pe- 
queños. Indistintamente niños y niñas pilan el arroz y cue- 
cen la comida. Si son de mas edad son un grande alivio á sus 
pobres padres á quienes por lo regular obedecen y respetan. 



usos Y COSTUMBRES v!61 



Las niñas desde la más tierna edad muestran gran juicio y 
despejo. Ellas van al mercado á comprar ó vender sus co- 
sas, y las más chiquitas andan ambulantes vendiendo comi- 
dillas que sus madres preparan, tabaco, buyo etc. y otras 
frioleras. Los varones cuanto mis crecen, se vuelven más ton- 
tos y haraganes, y aun viciosos. 

Los que viven cerca de los montes se dedican á la caza 
cuando sus ocupaciones se lo permiten, mas esta nunca es 
abundante. Se sirven de redes, y de fogatas para cercar á los 
venados y jabalíes, y repartida la gente, los espantan y ahu- 
yentan á gritos para ser perseguidos por los perros hasta caer 
en las redes y lazos preparados para cojerlos. Los matan y 
hacen tapa secando sus carnes al sol, con lo que se conservan 
sin echarse á perder mucho tiempo. 

Esta gente practica regularmente la religión en especial 
las mujeres; los hombres aunque morigerados y de buenas 
costumbres, son bastante negligentes en el cumplimiento de sus 
deberes religiosos. Gomo gente ignorante y poco culta, no 
dejan de tener algunos resabios de supersticiones que practican 
inconscientemente engañados por los curanderos que son los 
que mantienen vivas estas ridiculas tradiciones de sus abuelos, 
sin que sepan dar razón de porque las hacen. 

Son bastante abandonados en la educación de sus hijos: 
sin embargo no dejan de asistir á la escuela donde aprenden 
algo á leer y escribir medianamente: también asisten con fre- 
cuencia á la iglesia en tiempo de secas, sino es que por su 
extremada pobreza carezcan de ropa decente con que pre- 
sentarse. 

Esta clase es la que suele llevar todo el peso de los tra- 
bajos públicos; pero como van forzados, y abusan de su do- 
cilidad, los hacen tarde mal y nunca. Las demás clases, y 
aun gran parte de la gente de los barrios lejanos, como gente 
más indómita, no se sujeta, y se eximen fácilmente de estos 
trabajos. A los más pobres los emplean los Cabezas en el ser- 
vicio del Tribunal, y en el oficio de cuadrilleros. 



•^Gi SEGl'NDA PAKTE. ETOLOGrA 



Clase media. Componen la clase media los que se de- 
dican con preferencia á los oficios mecánicos, y algunas in- 
dustrias, mas en tiempo de la recolección del palay, se agre- 
gan á los segadores para sacar su parte. 

Esta clase de gente no se distingue por su laboriosidad 
y asiduidad al trahajo, aunque raras veces se les proporcio- 
nan jornales, y estos no son seguros, ni duraderos, por no 
estar organizadas las obras públicas que se hacen ya entera- 
mente indispensables, más bien pudieran darse trazas, y no 
les faltaría en que ocuparse como lo hacen sus mujeres: po- 
drían dedicarse á buscar filamentos, y otras materias de la 
industria de que tanto abundan estos bosques; mas ellos en- 
tregados á la vagancia, al juego y á los vicios, no trabajan sino 
para buscar lo necesario para alimentarlos, satisfocer sus im- 
puestos, necesidades, y deudas más urgentes, y en teniendo, 
luego abandonan el trabajo hasta que vuelven á tener nece- 
sidad de él con el mismo objeto. 

Hay algunas cuadrillas de entre estos, laboriosos, sobrios 
y morigerados, sobre todo en la clase de carpinteros, que sue- 
len trabajar con más asiduidad, mas éstos son muy contados 
en todas las provincias. Los ilocanos en su país son más asi- 
duos en el trabajo. La mayor parte son gente holgazana, que 
mal acostumbrada desde sus primeros años, y sin bienes de 
fortuna con que satisfacer sus vicios, no quieren someterse á 
las faenas del campo; y acostumbrados al roce y trato de la 
gente de los pueblos, no se avienen vivir con la gente mon- 
taraz con quienes no convienen en hábitos y costumbres, y 
se echan á buscar un oücio, ejerciendo indistintamente todos 
sin saber ninguno. 

Así hoy son carpinteros, mañana albañiles, otro dia aserra- 
dores ó pintores, en fin cualquiera cosa porque de todo entien- 
den y nada saben. Como no trabajan sino por pura necesi- 
dad, y no saben bien ningún oficio, su trabajo es detestable 
y pésimo; y como carecen de los enseres más necesarios para 
trabajar, que quizá los vendieron en un apuro, y están llenos 



usos y COSTUMBRES 2C3 



de trampas en todas las tiendas y garitas del pueblo, entran 
pidiendo dinero adelantado, pretestando mil compromisos y 
apuros, sacando más de lo que ganan si el amo no es espa- 
bilado, y se niega rotundamente á adelantarles un cuarto. 

Al cobrar sus jornales los sábados ó domingos, es por 
demás curioso observar las escenas que ocurren á los alre- 
dedores de la casa donde cobran, y el dispersit que hacen de 
su dinero. Allí suelen estar sus mujeres para quitarles los 
cuartos de la mano con las que arman un lío de Barrabás. 
Allí está el Cabeza de barangay que se apresura á cobrar sus 
atrasos tintes de que gaste lo que tiene. También le rodean 
una porción de tenderas de quienes ha sacado ginebra, co- 
midillas, buyo, tabaco, etc. y alguno que otro acreedor á 
quien debe algunos cuartos que le dio prestados hace ya tiem- 
po sin podérselos cobrar, y aprovecha también esta ocasión. 
Aquí son las peloteras y pendencias que surgen de unos con 
otros, la mujer contra el marido y sus acreedores; estos unos 
con otros y con el deudor que no sabe como distribuir su 
dinero, porque debe mucho mas de lo que ha ganado, y quiere 
quedarse con algunos cuartos para la gallera y el juego. 

Después de muchas contiendas que se prolongan una ó más 
horas, todos se resignan después de muchas súplicas y con- 
templaciones á cobrar algo de lo que les debe, ó no cobrar 
nada con la esperanza de que á otra semana se les pagará, y 
por supuesto no lo cumple, porque aun tiene otros muc os 
acreedores y cuentas atrasadas. Después de muchos alterca- 
dos, da uno ó medio real á su mujer que se marcha llorando 
de coraje, cubrit3ndoIe de maldiciones y poniéndole como di- 
gan dueñas. De esto ha de sacar para ella y sus hijos, y su 
marido le exije que cuando él vuelva de pindonguear entre 
gallos y media noche, le tenga la morisqueta preparada, con 
cuyo motivo se repiten las escenas pasadas, y las palabrotas 
que se cruzan entre marido y mujer con escándalo de la ve- 
cindad y de sus mismos hijos. 

Á una de las tenderas la contenta con medio real, á otra 



'i6i SErrUNDA PARTR. ETOLOGIA 

con seis cuartos y así por este órdea á todos mientras al- 
canza la tela, y á vivir. Él se naarcha con lo que se ha guar- 
dado, que no será menos de la mitad del jornal, á la ga- 
llera y al juego, y vuelve por la noche á casa sin un cuarto 
en el bolsillo. Como su mujer no le da de comer, y harto hace 
con arreglarle la ropa, comienza á vivir de prestado desde el 
lunes, sino es que ya el domingo ha contraído alguna nueva 
deuda. 

Cuando ya no le quieran prestar en una tienda por ser es- 
cesiva la cuenta que allí tiene, se vá ó otras donde le fian á 
cambio de muchas promesas que hace y no cumple (porque 
es condición del indio prometer mucho y no cumplir nada) 
y abandona las otras donde no le fian sin que jamás se acuerde 
de pagarles sus atrasos, y quizá pretende negar parte de la 
deuda para entrar en una camorra con su acreedora que pone 
por testigos al cielo y la tierra, y hace mil imprecaciones para 
que la crea, jurando vengarse, aunque todo no pasa de pa- 
labras que el injuriado sufre pacientemente. 

Al domingo siguiente se repite la misma escena, y él con- 
tinúa impertérrito en su modo de vivir sin que piense jamás en 
mudar de vida, dispuesto á oir improperios y baldones, sin 
que se apure de verse acosado y buscado siempre de sus acree- 
dores. Y cuando ya se ve asediado por todos lados, toma el 
portante, y sin decir esta boca es mia, se ausenta del pue- 
blo y se vá á buscar trabajo ó mas bien trampas á otras par- 
tes, dejando burlados á todos sus acreedores que no por esto 
escarmientan de dar al fiado, llevados de la codicia y afán de 
vender sus pobres mercancías. 

El que esto escribe tuvo obras algunos años, donde pudo 
observar estas escenas que eran de todos los días; y habiendo 
trabajado en mi obra según calculo unos quinientos obreros 
de diferentes pueblos, solamente tuve fijos y estables unos 
treinta, que sin ser buenos oficiales, ni mucho menos, eran más 
tolerables que los demás, pero tan derrochadores como aque- 
llos. Como unos diez de ellos estubieron trabajando casi cons- 



usos Y CÜSXr.VIiRES Jiió 



tanteniente día por día y semana por semana hasta seis años 
seguidos, y solamente el maestrillo que también era vicioso y 
gallerista, pero algo más juicioso, apartaba una cuota del jor- 
nal que entregaba á su mujer, con los cuales ahorros se hizo 
con sementeras y animales de labor que daba á cultivar á 
otros; los demás tan pobres salieron como entraron, dejando 
nivelados sus gastos con sus ingresos sin que sea fácil averi- 
guar á quien no los conozca, qué hacian de tanto dinero que 
reunido, no bajaría de unos ¡^ 1000, con los cuales pudieron 
fácilmente haber mejorado de fortuna. Esto se explica porque 
siendo menos vicios y más provisores, separaban lo necesa- 
rio para su sustento cotidiano, no contrayendo deudas, ó no 
adeudando más que lo que podían pagar en una semana. Quizá 
hacian también algún pequeño ahorro para ropa y otros casos 
imprevistos, y lo restante se lo gastaban alegremente el do- 
mingo en la gallera, ó garitas. 

Estos indios de que tratamos, aunque tienen domicilio fijo 
en los pueblos de su naturaleza, andan de pueblo en pueblo en 
busca de trabajo, albergándose en chozas y malos casuchos, y 
en cualquiera parte donde lo reciben. Son en su mayor parte 
albañiles, carpinteros, ó sus peones, pintores de brocha gorda, 
laboristas, pretendientes á escultores, aserradores, fabricantes 
de ladrillos y otros oficios por el estilo. Las doradoras van 
donde se las llama, mas ellas no van en demanda de trabajo, 
sino á lo sumo sus maridos. 

Otros artesanos hay que reciben trabajos en sus casas y 
talleres, si tal nombren merecen, y suelen estar de asiento en 
los pueblos en que tienen su domicilio, tales son los plateros, 
herreros, zapateros, costureros (que este oficio indiferente- 
mente lo ejercen los hombres y las mujeres, y muchos tienen 
ya sus máquinas de coser) á quienes se agregan los músi- 
cos, y otros de este jaez. 

No se dedican exclusivamente á su profesión á la que, lo 
mismo que los anteriores, no suelen tener grande afición, y sí 
solamente la tienen como un modo de proporcionarse recur- 



?()6 seCtUnda parte, etologia 



sos, por lo común para mantener sus vicios. Trabajan muy 
poco, y cuando se les encarga alguna obra, se eternizan en 
ella con fútiles pretestos, los más de ellos inventados. 

Es por ejemplo un zapatero á quien se encarga un par 
de zapatos, y para que vaya á la casa donde se le necesita, 
es menester mandar tres ó cuatro recados: y dicho sea de 
paso que en cada recado que se manda á un indio, hacen 
perder la paciencia al más sufrido; pues aunque se le mande 
á la puerta de la calle ha de tardar media hora en volver, 
porque en todo piensa menos en el recado que deja para lo 
último de todo: antes de salir se detiene en casa por un sin- 
número de razones que nada valen, y fuera se ha de detener 
también con todos, y ha de hacer particulares encargos, siendo 
necesario cuando urge la contestación, mandar un emisario 
á buscar al primero, y otro al segundo, hasta que á uno se 
le acaba la paciencia. 

Cuando ha vuelto tampoco se cuida de avisar aunque uno 
le espere con impaciencia, porque lo que menos se acuerda 
y menos le interesa es lo que sa le ha mandado: tal es la ca- 
chaza del indio, y tal la servidumbre que un español tiene 
en estas tierras. La contestación suele ser, que no estaba en 
casa aquel á quien se llama: lo cual puede ser, ó porque se 
le olvidó ó no quiso ir á su casa, y da por escusa de que 
no estaba, ó que viene en seguida; ó porque aunque estaba 
en casa, el otro no queria venir, ó el emisario entretenido 
allí en otras cosas, olvidado de lo principal, se volvió cuando 
bien le pareció sin dar el encargo; ó porque realmente an- 
daba pindongueando por acá ó por acullá; con lo que des- 
pués de mucho desesperarse y hacer esperar á uno una hora, 
no ha conseguido uno más que ponerse de mal humor, siendo 
necesario mandar á llamar por segunda, tercera ó cuarta vez 
al impertérrito zapatero que suele venir si no se le apura mu- 
cho, después de ocho ó quince dias. 

Ya que viene y se le hace el encargo que se desea, se 
pasan los días sin que lo cumpla ni haya pensado en ello, 



T'SOS Y COSTt'MnnES 



liasla que se hace necesario volverle á llamar con los mismos 
quebrantos, y vuelve para decir que no tiene cuero, que no 
tiene cuartos para comprar el material, ó que no lo hay en 
la tienda, ó que irá mañana á comprarlo, lo cual es ó no ver- 
dad, y así zarandean al más majo quince días, ó un mes para 
la cosa más sencilla del mundo, hasta que quiere Dios que ne- 
cesitando dinero que gastar, vengan los deseados zapatos que 
quizá ó sin quizá ha hecho en un día que estubo en talante 
de trabajar. 

Llega á tanto la holgazanería y desidia de esta gente, que 
siendo un trabajo indispensable que no admite demora, se hace 
necesario obligarle con amenazas, y mandar expresamente un 
sirviente que le detenga en casa, y vigile hasta que concluya 
su trabajo que ha de traer el mismo sirviente sin pérdida de 
tiempo. Así por ejemplo si es menester que el herrero haga un 
tornillo ó tuerca de un vehículo, hay que mandar allá el cochero 
que presencie el trabajo sin perderle de vista dos ó tres ho- 
ras hasta que concluya; pues de otra suerte se pasarían días y 
mas días sin que la tuerca se hiciera, pretextando que tiene 
que ir al monte á hacer carbón para la fragua, que le falta 
tal ó cual instrumento, porque de todo suelen estar faltos, y 
sobre todo de buena voluntad. Por eso son tan difíciles las 
obras en este país y acarrea tantos disgustos al que las em- 
prende, porque en ciertas temporadas no se encuentra quien 
quiera trabajar, y ya que á duras penas se encuentre alguno, 
imponen la ley pidiendo una cosa exhorbitante por un trabajo 
muy malo y casi inútil. 

Son por lo mismo gente pobre y miserable, y tan viciosos ó 
mas que los anteriores, jugadores, aficionados al gallo, y an- 
dariegos, pues apenas paran en sus casas, recogiéndose por 
la noche á horas intempestivas después de haberse divertido 
en una casa de juego, ó dando enfrentadas á las jóvenes de 
la población en compañía de otros de igual calaña, reunido 
con alguna cantada. 

Llámase carnada á una compañía de musiaueros como aquí 

^34 



íf)8 SErrUNDA PARTE. ETOLOfílA 



se dice, con una orquestüla de mala muerte, ó algunas gui- 
tarras, y andan de holgorio en holgorio, y de funda en 
Juncia, que no tienen otra ocupación que la de divertirse, 
y abundan tanto más en los pueblos cuanto más desmorali- 
zados están. Se componen de gente perdida con la particu- 
laridad de ser casados muchos de ellos, y cuando los párrocos 
les persiguen, sacan licencia ó la patente correspondiente para 
tocar á horas determinadas. 

Cantan con suma afectación canciones provocativas en su 
idioma, que ellos llaman sentimiento, ó mejor dicho sintitnien- 
tOy y otras canciones castellanas que no entienden. Se distin- 
guen por su aspecto romántico, y recorren los barrios de la 
población, y las casas de las jóvenes que se distinguen por sus 
tratos livianos, y aun de mujeres honestas que pretenden per- 
vertir ó deshonrar haciéndolas por este medio sospechosas á la 
vecindad y aun á sus padres ó maridos. 

Á estas carnadas que se desparraman por la población, prin- 
cipalmente al anochecer hasta las diez y once de la noche, se 
agrega la turba multa de ociosos artesanos, y traviesos mozal- 
vetes, hijos de familias bien acomodadas, que de edad muy tem- 
prana aprenden los vicios que se les pegan de tan pernicio- 
sas compañías. De esto hay algo en todos los pueblos, en unos 
más y en otros menos según el grado de moralidad de las 
provincias. En ciertos puntos la disolución es mayor, como su- 
cede generalmente en las cabeceras de provincias y en los pue- 
blos mas inmediatos, ó donde hay más movimiento, y es casi 
nula en los demás. 

Entre esta clase de gente, que en medio de su miseria vive 
con algún refinamiento, hay muchos solteros y solteras en pro- 
porción igual poco más ó menos al número de casados, y de 
éstos hay algunos mal casados, ó amancebados, ó separados en- 
tre sí sin estar legítimamente autorizados: los que están bien 
casados, no suelen tener muchos hijos, como los que se de- 
dican á la labranza. 

Las mujeres de esta clase son más inteligentes y vivida- 



r?OS Y COSTiníBRES '21)0 



ras, mellos viciosas, y tan sufridas como las de la clase del 
pueblo; mas no dejan de encontrarse bastantes que asisten á la 
gallera y casas de juego, y son aficionadas á la lotería de nai- 
pes, al burro, al panguingue, etc. etc. á que se entregan des- 
pués de haberse desocupado de sus quehaceres, mas no en 
la misma proporción que los hombres que son generalmente más 
viciosos y holgazanes. 

Además de las ordinarias ocupaciones domésticas de las de 
su clase que son con corta diferencia las mismas de la clase 
del pueblo, las mujeres más honestas y morigeradas se dedican 
á los oficios de costureras, lavanderas, y muchas al tráfico y al 
comercio al menudeo. Hacen petacas, sombreros, petates, bayo- 
nes, son cigarreras y dobladoras de tabaco, y hay algunas bor- 
dadoras. Las que se dedican al tráfico, son quincalleras, reven- 
dedoras, etc.: se dedican al comercio de arroz y otros produc- 
tos, todo en pequeña escala. Otras se dedican á hacer comi- 
dillas del país, á la matanza de cerdos, vacas y carabaos, que 
ellas mismas buscan y compran, y después venden en el mer- 
cado, en la gallera, y en sus garitas, donde también venden pes- 
cadillos que van á comprar ellas mismas á los pueblos playeros, 
así como vino de ñipa, anisado, ginebra, tabaco, buyo etc. etc. 
que expenden sus hijas en las garitas en que viven. El vicio 
capital de éstas es la avaricia. 

Á esta misma clase reducimos la mesticería pobre. Así los 
hombres como las mujeres se dedican al tráfico, industria y 
comercio, y en poco se diferencia de los que acabamos de 
describir, pero las mujeres son más activas é industriosas más 
inteligentes é ilustradas, más laboriosas y más pundonorosas 
y honestas, sencillas en su trato y de mejores costumbres: 
en su mayor parte son casadas, estiman á sus maridos, y dan 
esmerada educación á sus hijos: son aficionadas al lucro, y no 
dejan de entregarse al juego. 

Se dedican casi exclusivamente al comercio, comprando por 
pequeñas partidas con dinero propio, ó en calidad de perso- 
ncros de otros más ricos, y algunas de las mujeres, dan dinero 



270 SEarxnv PARTE. ETOLOf^r.v 

prestado ú los pobres en pequeñas cantidades, v. gr. un peso, 
(los, ó cuatro lo más, para que en la cosecba les paguen en 
especie por lo común más del doble de lo que les entregaron 
en dinero. 

Este dinero en la mayor parte no es de su propiedad, sino 
que lo toman prestado pagando un interés á sus dueños, ú 
obligándose á entregar en especie lo que ellas reciben de sus 
prestatarios, partiendo las utilidades con el dueño del capital. 
Y aunque en el fondo es inmoral este tráfico, así porque les 
obligan á pagar en especie, como por que les exigen una me- 
dida ó cantidad determinada sin tener en cuenta el precio que 
puede tener el género al tiempo en que deben entregarlo, y 
también porque el interés excede con frecuencia de un 100 p7o» 
mas no es tan inmoral como á primera vista parece, teniendo 
en cuenta que las cantidades son pequeñas, y también las ra- 
zones siguientes. 

1." Porque aunque se señala el tiempo de la cosecha para 
la entrega, el interés no suele subir aunque pase este tiempo. 
Algunos no obstante más avaros y crueles, como son general- 
mente los más ricos de entre éstos, capitalizan el interés, de 
donde nace esa esclavitud de hecho tan generalizada en el Ar- 
chipiélago; pues apenas hay criado ó criada de principales, par- 
ticularmente mestizos, que no sirvan para saldar una deuda 
de sus pobres padres que siempre vá en aumento, sin que 
tengan opción mas que á la comida y al vestido. 

2.* Porque si bien el prestatario es notablemente agraviado 
si el género tiene precio muy subido, lo que no ocurre sino 
que la cosecha se haya perdido casi totalmente; en cambio 
sale ganancioso si la cosecha ha sido abundante y el género 
no tieno precio, ó no es fijo; y además al indio le es indi- 
ferente, y aun prefiere muchas veces pagar en especie en tiempo 
de la cosecha. 

3.° y último, por que el indio es muy tramposo para pagar 
sus deudas; pues nunca las paga sino es obligado, requerido, y 
buscado muchas veces, declarándose con frecuencia insolvente. 



T'SOS V COfTt'ArmES 



Nunca uii indio paga espontánea y religiosamente lo que debe, 
ó se le ha prestado, y su intención al pedir es salir del paso; 
y ó no tiene intención de pagar, ó hace lo posible por eva- 
dirse. Cuando ya no tiene mas remedio, paga en pequeñas 
porciones, y siempre requerido y amenazado, escatimando siem- 
pre la cantidad, interponiendo súplicas, y pagando en la peor 
calidad posible. Es no obstante exhorbitante el obligarles á 
trasportar por su cuenta y riesgo el género al mercado de la 
provincia, como muchos exigen. 

Clase noble. La clase noble por decirlo así, la componen 
los ricos propietarios é industriales del gremio de naturales y 
mestizos, y los principales que ejercen cargos públicos. Ha- 
ciendo la debida separación de razas, y descartando los fun- 
cionarios públicos de que ya hemos hablado anteriormente, di- 
remos cuatro palabras sobre los indios, y mestizos que pueden 
figurar en esta clase, reservándonos un lugar para decir al- 
guna cosa sobre los chinos, españoles filipinos, y los mestizos 
de éstos. 

Indios acomodados. Los indios que pueden llamarse ricos 
son muy contados en todas las provincias, y en rigor* debe- 
ría decirse que no hay ninguno, pues ni son hacendados, ni 
se dedican al comercio en grande escala. Solamente se dedi- 
can á la labranza ó agricultura que cultivan en alguna ma- 
yor escala que los demás, limitándose á vender los productos 
de sus terrenos de cultivo, sin otras aspiraciones que la do 
conservar y acrecentar sus bienes raices. Porque á parte de su 
poca aptitud y capacidad para las grandes empresas mercanti- 
les en que pudieran emplear su dinero, son sumamente tacaños 
y desconfiados, y por nada del mundo aventuran un pequeño 
capital para un negocio de esta índole por inmejorables que 
sean las proporciones que se les hagan, y por seguro que el 
negocio sea. Por eso se contentan con una riqueza moderada 
que suele coa><istir en ganado vacuno, caballar y caraballar, y 
en terrenos de cultivo de no mucha extensión, sin salir nunca 
de las condiciones ordinarias del indio, y comiendo á puñados la 



SKrrUXDV PARTE. ETOLOaiV 



morisquela lo üu'smo que todos ios hijos del país, añadiendo 
empero á su comida usual algunas viandas de su cocina pri- 
vada, nada del *gusto de los españoles peninsulares, pero que 
no desagrada á los filipinos. 

Viven pues con más desahogo que la generalidad de sus 
paisanos, de quienes se distinguen por alguna mayor ilustra- 
ción y cultura en materia de religión á que exclusivamente 
se reducen sus conocimientos, ignorando casi en su totalidad 
el castellano, con escepcion de aquellos que habiéndose de- 
dicado á las carreras profesionales en los centros literarios de 
esta capital, han sido expulsados por su desaplicación y por 
sus vicios. Son estos últimos en su mayor parte notados de 
desafectos á los españoles, inmorales, altaneros y corruptores 
de los pueblos donde se establecen, dándose tono y aires de 
sabios, y raenospreciadores de nuestras cosas. Los que con- 
cluida su carrera, ejercen una profesión en su país, son en 
su mayor parte afectos á los españoles, juiciosos y de buenas 
costumbres, y usando el traje á lo castila, son la nata y 
aristocracia de su nación. Son no obstante algo indolentes como 
sus paisanos, y no descuellan por su aplicación. 

Habitan las mejores casas de los pueblos en su mayor 
parte de tabla (1) y se dedican sencillamente al cultivo de 
palay, tabaco, caña dulce, abacá según los terrenos, y otros 
productos que esportan aprovechando las circunstancias más 
favorables según la necesidad, reservando lo restante si según 
sus cálculos, que no siempre son seguros, esperan alza en los 
precios del mercado. 

He dicho que los terrenos de cultivo que poseen no son 
de mucha extensión, aunque sí suelen ser de primera calidad, 
porque la propiedad, que aun no está bien deslindada, ni 



(1) Ahora no quieren edificar casas de tabla por lii)rarse de la moles- 
lia de pedir autorización para corlar maderas, y también por no pagar con- 
tribución urbana; y así muchos que las tienen comenzadas no las quieren 
terminar sin perjuicio de morar en ellas. 



rSOS T COSTIJUBRES ?T3 



asentada sobre bases sólidas que garanticea por completo su 
posesión á sus dueños, se halla generalmente muy repartida, 
tanto que siguiendo un término medio, se puede suponer que 
nna cuarta de la población Glipina, tiene su pedazo de terreno 
cultivable: la otra cuarta parte se dedica al comercio é in- 
dustria en mayor ó menor escala; otra son jornaleros y cria- 
dos, y la última son sjeute casi desocupada que anda errante 
sin morada ni solar fijo y casi á la ventura, dedicados ex- 
clusivamente á la vagancia, al merodeo, y á los vicios (1). 

Los hombres de esta clase aunque no labran la tierra, 
no están ociosos, y se dedican á visitar sus sementeras y ani- 
males, vigilando á los criados, y disponiendo lo necesario 
para el cultivo de la tierra, siembra de la semilla, y reco- 
lección y trasporte de los frutos. Muchos de ellos tienen, ó 
han tenido cargos públicos, ó están destinados á servirlos con 
el tiempo. 

Sus mujeres les ayudan también disponiendo los queha- 
ceres domósticos. Para esto suelen tener algunos criados y 
criadas que se dedican á la limpieza de la casa, cuidado de 
sus niños, arreglo de la cocina, y se ocupan en la costura 
y planchado en que les ayudan sus hijas solteras, que tam- 
bién suelen bordar y hacer encajes. 

Son por lo común de buenas costumbres y praclican re- 
gularmente la religión, especialmente las mujeres, si bien es 
verdad que les quedan algunos resabios de sus supersticiones 
de que no se han desprendido enteratnente, mas no en tanto 
grado que puedan llamarse supersticiosos. Las mujeres son ho- 
nestas y religiosas, aunque algunas hay de tratos livianos, y 



(1) Enlre 6slos está la turba multa de músicos y danzanlos ( carnadas J, 
bailarinas, comedíanles, salamanqueros ( lileretcros), convidados .1 todas la- 
fundas (fiestas), sin otro oficio que este; á que se agrega la plaga de escri- 
bientillos, litcralillos, picapleitos, diminutos pcrsonoros y exploradores de pa- 
tentes, curanderos, pordioseros etc. etc. Estos últimos aunque necesitados al- 
gunos, son unos solemnes pillos, llenos de vicios y truhanerías, «juc viven 
en la holganza á espensas de la oaridail pública que no merecen. 



SEP.rxDA PAnrií. etolooia 



que hacen poco caso de las prácticas religiosas sino es para 
exhibirse y mostrar en ellas sus galas y atavíos; pero hay 
muchas que son muy buenas cristianas y sirven de ejemplo 
on la población. Sus hijas suelen ser vanidosas y un tanto 
altaneras y sopladas. Todas ellas suelen ser ahorradoras y 
tacañas, rebajándose muchas veces por cuestión de ochavos; 
y por el afán de adquirir, emplean á sus criadas en hacer 
comidillas del país que expenden en la tienda, y en la ga- 
rita que suelen tener en los bajos de sus casas, con anisado 
y otras menudencias que no se desdeñan en vender ellas mis- 
mas al por menor sin tener necesidad de ello. 

Los hombres son bastante abandonados en las prácticas 
religiosas, muy aficionados al juego de gallos, y un tanto al 
de naipes; y sí bien no son excesivamente viciosos, su mora- 
lidad deja mucho que desear en la mayor parte de ellos. Tam- 
bién son agarrados, y guardan muy bien el poco oro que tie- 
nen, y no cambian sino en algún grande apuro; y cuando ne- 
cesitan dinero, venden algún toro, ó palay, ú otras cosas que 
no necesitan: sin embargo hay quienes nada tienen en metálico, 
y todo lo tienen invertido en riqueza rústica y pecuaria. 

Entre los principales que tienen cargos públicos, los hay do 
mayor ó menor rango, más ó menos ricos, viven en los pueblos 
ó en los barrios, y así sus costumbres y su trato social, varía 
según las condiciones de cada clase. Hoy día, como dejamos 
apuntado, cualquiera aunque sea un estúpido sirve estos car- 
gos, y asi los hay muy cerriles, ignorantes y de costumbres 
agrestes, y salvajes; mas como se ven revestidos de cierta au- 
toridad y mando, y con fondos que no saben administrar, 
hacen mil extorsiones á sus cailianes pobres (porque con los 
demás no se atreven, ni aun á cobrarles el impuesto) y se en- 
tregan á los vicios más degradantes y groseros, creyéndose 
ya autorizados para todo. 

En el traje y moviliario de sus casas tratan de imitar :i 
los mestizos de sangley á quienes miran como de raza su- 
perior. 




- '^ - M ví i r^'^^y'^-'^^^^^^^ 



TIPOS MESTIZOS 



rSOS Y COSTUMBRES 245 



Las casas de tabla de estos varían en sus dimensiones y en 
todo lo demás, según la posibiliJad y gusto de cada uno, y lo 
mismo el mueblaje. Tienen su sala, y caida con varios departa- 
mentos, alcobas, etc. con su cocina aparte, y un pasadizo; un 
batalan, un silung ó portal, escalera fija de tabla con baran- 
dilla, y conchería en la fachada. El moviliario que es casi ex- 
clusivamente de lujo y ellos usan poco, consiste en catres, me- 
sas, sillas, butacas, espejos, cuadros, urnas de santos muy cu- 
riosas, pinturas, quinqués etc. etc. Estas casas, contadas las 
buenas y elegantes con las medianas, se hallarán en propor- 
ción de diez por ciento de las restantes de la población, y sue- 
len estar situadas en la plaza y calles principales del pueblo; 
pocas en los barrios y lugares apartados. 

Mesti'ios. Los mestizos ricos, aunque se entregan [á las 
empresas mercantiles en las cuales emplean capitales sin que 
les duelan prendas, tienen también sus propiedades rurales, 
haciendas, barcos, máquinas, contratas, pesquerías, y otros 
negocios que ellos mismos llevan de frente, y les producirían 
grandes ventajas si no los abandonaran con frecuencia por el 
juego y la gallera donde derrochan grandes cantidades, su- 
friendo en sus intereses las alternativas consiguientes. 

Sus mujeres son inteligentes, industriosas, y activas lle- 
vando de frente alguno ó algunos negocios de cuantía, pero 
son orgullosas, avaras, y duras de condición con sus domés- 
ticos. Son de mucho rumbo, gastando sin tino en sus Gestas, 
y haciendo cuantiosas donaciones á la iglesias: algunas hay que 
las hacen por pura ostentación, y guardando ciertas apariencias 
de piedad, son jugadoras usureras é inicuas en sus tratos, sin 
candad con los pobres y necesitados á quienes lejos de so- 
correr, explotan y esclavizan sin piedad. Sin embargo las hay 
muy religiosas y de sólida piedad y éstas son indudablemente 
en mayor número. Sus casas grandes, y en su mayor parte de 
mampostería, están montadas con todo lujo y esplendidez al 
estilo oriental filipino. Para el servicio doméstica tienen cria- 
dos y criadas en abundancia, y sus hijas en los ratos de ocio 



276 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



se dedican á bordar y otras labores. Usan carruaje, y en lo 
exterior se dan el tono que á su rango corresponde: sin em- 
bargo dentro de casa tienen mucho de las costumbres de los 
indios, si bien son atildadas, aseadas y pulcras. 

Esta raza es orgullosa, y reina entre ellos cierto esclusivismo 
no haciendo aprecio mas que de sus cosas. Tienen á menos 
rozarse con los indios, y lo peor es que algunos son desafectos 
á los españoles, y aun á los curas cuyas reprensiones no lle- 
van con paciencia, ni disimulan su enojo si les llaman al or- 
den para corregirlos de sus excesos: no obstante los respetan 
y abrazan sinceramente la religión católica, aunque no carecen 
de algunas supersticiones de procedencia europea, mas poco ó 
nada participan de las supersticiones del país, ni tienen resabio 
alguno de las de los chinos. 

El chino. Los chinos, como ya dejamos indicado, tienen 
ocupada no solamente Manila y las provincias más importan- 
tes, pero aún han invadido las más retiradas, y apenas hay 
pueblo, ni barrio por insignificante que sea, donde no haya 
alguno ó algunos chinos dedicados al comercio. En Manila y 
provincias de más importancia hay bastantes chinos que se de- 
dican á diferentes oficios mecánicos, otros se dedican al cul- 
tivo de las huertas de particulares y sirven de cargadores, 
y en otros ejercicios penosos. En cada capital de provincia 
y pueblos más importantes hay una especie de Escolta, ó sea 
una calle más principal donde los chinos amontonados en los 
bajos de las casas, tienen sus viviendas y tiendas correspon- 
dientes, de donde parten con sus carros cargados de telas y 
efectos de quincallería para los mercados de los pueblos ve- 
cinos, sin perjuicio de dedicarse al comercio de arroz y otros 
productos que compran á los indios con destino á la expor- 
tación. 

Son considerados de muchos como una plaga para el país, 
y aunque en efecto tal lo parece, y es hasta cierto punto, no 
dejaremos de indicar sus utilidades. Llegan á bandadas á Ma- 
nila sin tener donde caerse muertos: se meten en un cuchitril 



usos Y COSTUMBRES 



hacinados como cerdos, y acaparan todo el comercio sin que 
se les pueda hacer competencia; y á los pocos años de resi- 
dencia en las islas, se vuelven á su país cargados de dinero 
los que al llegar aquí no tenían que llevar á la boca, ni otra 
cosa que unos cuantos harapos que apenas eran suficientes 
para cubrir sus carnes; sí bien es cierto que lo han ganado 
con el sudor de su rostro. Como en todo especulan, los pue- 
blos que invaden los explotan, corrompen y aniquilan en po- 
cos años, porque levantándose con todo, quedan ellos dueños 
del capital. 

Varias son las causas que en esto influyen. Llegan de China 
en la mayor miseria, sin otro apoyo que algún pariente ú otro 
de su raza á quien viene recomendados, que les proporciona vi- 
vienda en cualquier cobacho, y, ó los emplean en alguna tienda, 
ó les dan alguna comisión, ó les adelantan algún dinero con el 
cual dan comienzo á algún pequeño negocio, ó se dedican si 
saben á algún oficio mecánico, y sino lo saben lo aprenden, sin 
que los arredre el trabajo. 

Gomo el chino vive muy miserablemente, ahorra algunos 
cuartos con los que monta una tiendecilla, ó emprende algún 
negocio; y como está en inteligencia con otros compañeros de 
la vecindad y de otras provincias que les protegen y amparan, 
y es tan notable el talento que tienen para los asuntos mercan- 
tiles, sus negocios navegan viento en popa. Su capital pequeño 
ó grande nunca duerme, siempre lo tiene empleado hasta que 
llega el tiempo de liquidar sus cuentas y realizar lo que poseen 
para volverse á China. 

Elstán protegidos por el comercio extranjero, particula?'- 
mente de los Estados Unidos, Londres y Liverpool, que los 
proveen de toda suerte de géneros, y ellos tratan siempre de 
sobornar á las personas influyentes que pueden favorecerles en 
cualquiera cosa que se ofrezca, ó librarles de otra cualquiera 
que pudiera perjudicarles ó ponerles trabas, tales son por 
ejemplo los subalternos y escribientes de los centros oficiales; 
llegando al extremo de que muchos se bautizan y hacen cris- 



27<S SEGUNDA PAnTB. ETOLOGIA 



tianos finjidamente con la mira de tener un padrino que lo sea 
principalmente en algún trance en el cual pueda serles útil, ó 
para tener más entrada con ciertas personas que dan la pre- 
ferencia á los que se han bautizado sobre los que nó; ó 
finalmente para poder contraer matrimonio con alguna india 
que les ayude en sus negocios: y no es raro el que después 
de hechos algunos ahorros, se escapen á su tierra dejándola 
abandonada con sus hijos, si pueden hacerlo impunemente. 

Tienen en Manila un cabecilla influyente que es una especie 
de agente de sus negocios, y para activarlos se entienden oficio- 
samente con las autoridades, y están en relaciones con las casas 
de comercio. En cada provincia tienen también un vice-gerente 
que hace los mismos oficios en menor escala, y están sujetos á 
un gobernadorcillo de su raza que cobra sus impuestos, y ejerce 
para con ellos ciertas funciones y cierta autoridad. Así están en 
mutuas relaciones comerciales unos con otros los de una misma 
provincia, y los de unas y otras entre sí y con la capital de 
Manila, que lo está también como queda dicho con las casas 
de comercio de dentro y fuera de Filipinas. Así se comprende 
como tienen acaparado no solamente todo el comercio, sino in- 
vadidas las subastas, y tomadas las contratas de las islas, de 
manera que difícilmente habrá negocio mercantil en que di- 
recta ó indirectamente no tengan interv^encion los chinos. 

Son muy sucios y desaseados: casi todos ellos viven po- 
brísimamente hacinados en los bajos de las casas en número 
de diez, veinte ó más. Son avaros y tacaños, y se tratan muy 
pobremente; mas no por esto se crea que no gastan, como 
vulgarmente se dice, pues si tienen gastan mucho en mujeres 
y opio ó sea anfión, que son los dos vicios de los chinos que 
luás contribuyen á desmoralizar el país, así como lo empo- 
brecen y arruinan con su comercio. 

Sabida es en efecto su inclinación á abusar torpemente 
de los adolescentes de arabos sexos, y no es raro sorpren- 
derles en sus cobachos á horas intempestivas de la noche con 
niñas de corta edad que sus madres desnaturalizadas les al- 



usos Y COSTUMBRES ?79 



quilan por un vil interés, quizás por un par de reales, por 
un pedazo de tela, y acaso también por una pipada de an- 
fión, cuyos efectos desastrozos son harto conocidos. (1) 

Notorio es también que algunos se dedican al expendio de 
infames mercancías y menjunges que traen de China, ó confec- 
cionan en Manila para esterilizar á las mujeres, hacer abor- 
tar á las embarazadas, y envenenar á los enfermos que com- 
pran sus detestables medicamentos en que tanta fe tienen estos 
indígenas; y recientes son los casos de Manila y Albay denun- 



(I) Creemos oportuno insertar aquí algunos párrafos de un artículo sobre 
el anlion ílrraado por E. V., que vid la luz en el segundo tomo de la «Revista 
de Filipinas ». 

Hablando del uso del anlion ó sea el opio dice: «El opio en bruto, tal 
como circula en el comercio y se encuentra en las boticas, no lo usan los 
chinos: ardería mal por las materias leñosas ó inertes que contiene. Para 
hacerle fumable, los chinos lo disuelven en agua formando una especie de 
jarabe espeso que filtran por papel y someten después con gran esmero á la 
evaporación, hasta que adquiere la consistencia de extracto. Por manera que. 
en términos farmacéuticos, es un extracto acuoso de opio lo que fuman los 
chinos. La pipa para el opio consiste en un tubo, ordinariamente de ma- 
dera, de media vara de largo, cerrado en uno de los extremos, pero te- 
niendo cerca de este extremo un agujero revestido de un pequeño recipiente 
6 chufeta, que es donde se coloca el opio. Por el otro extremo del tubo se 
aspira el humo. Cuando se quiere fumar, toman con la punta de un alam- 
bre, una pequeña cantidad de opio, la acercan á la luz dando vueltas al alam- 
bre, el opio parece que se hincha y licúa, y entonces se deposita en la chu- 
feta; repiten la operación rarias veees, según la cantidad couiprada por el fu- 
mador hasta que está la pipa cargada. LIe?a entonces el tubo á la boca, la luz 
de la lamparilla á la chufeta, y chupa repetidamente tragándose el humo hasta 
que el opio se acaba ó el fumador no puede más y de sus narices sale, con- 
seculivainenle á las aspiraciones, un humo denso y blanquizco que esparce 
un aroma especial y en el momento no es desagradable. 

La cantidad de opio que un fumador suele tomar, varia según su aguante, 
su vicio y su bolsillo. Los más pobres emplean un real ó poco más, y esta 
cantidad les proporciona algo más (b^ un adarme do la droga preparada: 
pero lo ordinario es medio peso, habiendo algunos que se acercan á un gasto 
de dos pesos diarios, ó sea, unos 22 adarmes. Como se ve, es vicio caro». 

Después copia un informe de Mr. Libcrmann acerca de sus efectos desas- 
trosos y es como sigue. 

«Conócese, dice, á los fumadores do opio un la enfermiza palidez de su 
semblante, en sus ojos hundidos y rodeados de un círculo .azulado, en la 
dilatación de la pupila y en cierta vaguedad de la mirada, que tiene una 
expresión particular de idiotismo, una cosa así como alegre y triste á la 
vez, enteramente indclinible. El fumador de opio es poco comunicativo, su 



280 SEGUNDA PARTE. ETOLOGI.A. 



ciados por el Subdelegado de Farmacia, actual Regidor del dis- 
trito de Manila Sr. Torres, denunciando al Gobierno tamañas 
abusiones y libertades de los hijos del celeste Imperio. 

Son grandes fumadores y propagandistas del anfión entre 
los indígenas que en número considerable lo usan ya en todas 
las provincias, y que tan desastrosas consecuencias produce 
en estas gentes incautas que tan fácilmente se dejan seducir. 
Pues los chinos que comercian con el anfión, lo dan gratui- 
tamente a los que lo desean, hasta que aficionados ya al vicio, 



palabra descubre cierto esfuerzo para pronunciarla; no es locuaz sino bajo 
la influencia de la pipa, que le anima de un modo facticio y pasajero. Todo 
su cuerpo se va deraacrando: parece sin vigor y mobilidad; sus niovimientos 
son incierlos; anda vacilante, con la cabeza inclinada: camina á la muerte.» 

«El período de iniciación, continúa el médico citado, dura ordinariamente 
dedos á cuatro semanas: á veces exije algunos meses. Hay temperamentos que 
no pueden acomodarse nunca al uso del opio: los chinos, sin embargo, rara 
vez dejan de adquirir ese hábito cuando en ello se empeñan. 

Después de cinco ó seis pipadas, el fumador hecho experimenta una sensa- 
ción de calor y de excitación nerviosa; sus pupilas se contraen; el pulso se 
hace más vivo, alcanzando á veces hasta 00 pulsaciones. Sobreviene en seguida 
una traspiración abundante, acompañada de sed. Entonces, el fumador se 
acuesta á soñar ó dá rienda suelta á sus pasiones individuales Algunos fu- 
madores no sienten mas que una especie de bienestar general, que les tiene 
despiertos y les permite ocuparse con muy claro entendimiento en sus que- 
haceres ordinarios, pero á las tres ó cuatro horas de esta sobrescitacion agra- 
dable, sucumben al sueño, y al despertar, algunas horas después, se encuen- 
tran abatidos, con el cuerpo quebrantado, corno quien sale del letargo de una 
profunda embriaguez alcohólica. 

La mayor parte de los fumadores va aumentando poco á poco la dosis de 
opio, de la misma manera que los borrachos. Otros, más fuertes de carácter, 
se contienen en las dosis de 3 á .t granos (de 1 á 3 adarmes). Estos últimos 
sufren menos los efectos del narcótico, pero experimentan los de la predispo- 
sición que adquieren á la gastralgia, á las congestiones y al reblandecimiento 
del cerebro. Xo faltan, sin embargo, naturalezas fuertes que resisten el narco- 
tismo habitual. 

Cuando el vicioso traspasa la dosis ordinaria, es lo común que presenten 
los fenómenos del narcotismo agudo, que degenera algunas veces en delirio 
furioso. La embriaguez opiácea suele también ocasionar la congestión cere- 
bral 6 pulmonar. 

La tercera fase del fumador, que es el narcotismo crónico, se denuncia 
por padecimientos continuos del estómago, vómitos, enfermedades de la boca 
y una extrema laxitud. La inteligencia se embola, la imaginación envejece 
hasta la decrepitud, la memoria desaparece, los sentimientos de afección se 
debilitan y aun cambian en los contrarios, la piel se hace insensible á pe- 



usos Y COSTUMBRES 281 



se crean uoa necesidad tan cara al bolsillo como destractora 
de la salud y pública moralidad. 

Ellos mismos les facilitan pipa y los utensilios necesarios 
para fumarlo, y en provincias no suelen tener fumaderos públi- 
cos con el cartel al frente como está ordenado, sino que fu- 
man en las casas particulares y hasta en las casas-tribunales 
de los pueblos. Este funesto vicio arruina á muchos de los 
chinos, y más de una vez ha sido causa de incendios en los 
pueblos; porque viéndose perdido un chino que no puede liqui- 



queñas heridas y quemaduras, el paciente adquiere todas las apariencias de 
un aniquilamiento físico y moral como si hubiese llegado á la vejez más 
avanzada, padece alucinaciones monstruosas, y esta especie de delirium tre- 
niens narcótico, termina por la parálisis, la locura ó el suicidio. 

Entre los efectos del hábito del opio, y especialmente del abuso, hay que 
contar, ademas de la imposibilidad de dejarlo, un abatimiento moral, postra- 
ción ó degradación, que matan en el individuo las ideas de honor, delica- 
deza y Ipaltad. Desde la introducción del opio son los delitos más nume- 
rosos en China. Hay un curioso álbum, el de\ fumador de opio, que se vende 
en todos los puestos do libros y papel en las poblaciones chinas, represen- 
tando á la víctima, por gradaciones desde la posición más respetable hasta el 
último extremo de la miseria y una desastrosa muerte. Esto demuestra que 
también en China hay almas fuertes que no vacilan en ir contra la corriente 
de una inclinación detestable.» Hasta aqui Mr. Libermann. 

El articulista rectifica un concepto errado que nosotros también teníamos 
acerca de uno de los efectos del anfión por estas palabras. «Hay, dice, un error 
rauy extendido acerca de los fumadores de opio, y consiste en creer (lue la ex- 
citación que el vicio les produce es erótica. No es sino nerviosa, exaltando la 
pasión que domina más en cada individuo; por manera que el avaro se cree 
rico durante el éxtasis narcótico, el soberbio se cree emperador, el vano un 
Adonis, el gastrónomo disfrutando regios banquetes, y el aficionado á muje- 
res, en el paraíso de Malioma.» 

Dice lo que son los fumaderos de anfión que describe en esta forma. «Aqui 
(en Manila) lo mismo que en China, sólo los pobres van al fumadero público, 
antro repugnante, que consiste en una oscura y angosta habitación baja, pro- 
vista de una tarima de madera donde el fumador cae pesadamente á dormir 
6 soñar bajo la influencia del narcótico, y después que en los primeros mo- 
mentos ha desfogado la verbosidad que le escita. » 

Solamente en Manila hay más de sesenta fumaderos de opio para los chi- 
nos é indios de la clase más humilde, amen de los (jue hay en casi todos 
los pueblos do las provincias en que está ostondido el uso de esta droga, 
siendo las principales las de ambos Camarines, la Pampanga. Zambales, Ha- 
llo, IJulacan, Cebú, Pan^'asinan, Laguna. Cavite y Batangas. que rinden la 
mitad de la cantidad que produce á la Hacienda el estanco de este articulo, 
cuya suma total excede de 'iíl^OOO pesos. 



2S2 ssítUiVd.i parte. ETOLOGIA. 



dar SU3 cuentas, pone él mismo fuego á la casa, y por este 
medio salva su responsabilidad alegando haberse quemado los 
libros de comercio que le condenarían. En una palabra son 
los chinos una verdadera calamidad, sino se crean leyes espe- 
ciales para la represión de tantos abusos que ya se hacen sen- 
tir demasiado y reclaman urgente reparación. 

No estamos por su completa abolición, sino por, su lenta 
represión. Ordénese que en un término que se señale, ningún 
chino se dedique al comercio bajo pena de expulsión y con- 
fiscación de todos sus bienes, dése protección y apoyo á la 
mesticeria que puede suplirlos con ventaja, y al comercio es- 
pañol que no puede competir con el de los chinos: que se 
dediquen á la agricultura y á oficios mecánicos para los que 
es iuepto el indio: que vivan en barrios separados del resto 
de la población; que se prohiba totalmente el anfión sino es 
en las boticas; que se imponga un fuerte castigo al chino que 
abuse de los adolescentes, y más grave aún á los padres de 
éstos que se los ofrecen, etc. 

No tienen mas religión que el dinero; pero practican sus 
supersticiones dentro de sus casas, aunque sean bautizados, y 
es muy común ver en la casa de un chino un ídolo al lado de 
una imagen de la Virgen de su querida india. Sus hijos son 
educados en la religión católica, y poco ó nada se les pega de 
las costumbres y ritos chínicos. En la luua nueva de Enero, 
que es la pascua de año nuevo de los chinos, hacen gran alga- 
rada y huelga por tres, seis, diez ó más dias que no trabajan, 
sin que se encuentre un cargador chino para un remedio. 

Comen con dos palillos y nunca beben agua sino hervida 
con thé que ellos llaman chd. Usan coleta, y gastan calzón 
ancho y camisa larga, abierta y abrochada por delante. 

Las utilidades que reportan al país no son despreciables, 
y sí muy dignas de tenerse en cuenta. Es verdad explotan 
el país, y con frecuencia engañan á los indígenas que les tie- 
nen una inquina feroz, y les hacen todo el daño que pueden, 
y les llenan de improperios pensando que todo les es lícito 



usos Y COSTUMBRES iSi 



en esta parte. Es cierto que todo lo corrompen y desmorali- 
zan; mas ellos son los que sostienen el comercio y sin ellos 
se paralizaría el movimiento mercantil. Ellos son también los 
únicos que pueden soportar el peso de los oficios mecánicos 
más penosos, y los únicos que pudieran hacer florecer la agri- 
cultura si á ella se dedicaran. 

Además tienen la ventaja de que ellos son los que man- 
tienen viva la raza mestiza tan inteligente y laboriosa, que 
viene á ser casi la única esperanza del país. Remedíense pues 
los abusos, póngase coto á sus desórdenes y utiliceseles para 
los oficios mecánicos y para la agricultura. 

Españoles. Los españoles peninsulares son en casi su to- 
talidad comerciantes, empleados, y militares; y así están aquí 
como de paso, sin arraigo ni estabilidad alguna, menos quizá 
que algunos extranjeros europeos que también se dedican al 
comercio. 

Así sucede que la colonia española de Manila, constituye 
una población flotante que se renueva casi totalmente cada cinco 
ú ocho años cuando menos. Muchos de ellos no salen de Ma- 
nila, y dicho se está que siendo Manila una ciudad casi europea, 
se marchan de aquí no solamente sin conocer el país, pero con 
pretensiones de conocerlo á fondo, porque han tenido un criado 
indio que hacía esto, y decía lo otro; y porque cuando por rara 
casualidad pasaban en carruaje por un arrabal de la capital, 
veían las casas de ñipa ae los indios por defuera sin tener si- 
quiera la curiosidad de visitarlas por dentro, y trabar un rato 
de conversación con alguno de sus moradores cuyo idioma tam- 
bién desconocen. 

Á los españoles que viven en las Cabeceras de provincia, les 
sucede con corta diferencia lo mismo; pues aunque tienen oca- 
siones de ver y observar más cosas, no tienen roce ni trato 
sino con los otros españoles, y alguno que otro indio, que si 
entiende y habla un poco el castellano, poco aprovecha al es- 
pañol que con ól trata; pues sobro cualquier cosa sobre que 
traven conversación, por una cosa en que le diga la verdad, en 



3(j 



28'» SEGUXDA PARTE ETOLOOIA 



ciento la disimula ó le engaña, diciéndole siempre aquello que 
advierte tiene interés en que se le diga ser así y no de otro 
modo, y no pudiéndose comunicar con los demás con quienes 
no pueden entenderse, ni salir de su error, se forman del país 
una idea siempre incompleta, y frecuentemente absurda y dis- 
paratada con la cual se vuelven á España muy satisfechos, pro- 
palando que los que no han salido de Manila no han visto el país 
sino por defuera, en lo cual dicen verdad, pero dándose aires de 
que ellos lo conocen á fondo por haber viajado y permanecido 
algún tiempo en algunas provincias. 

Para esto fuera necesario vivir algunos años entre ellos, tra- 
tándolos muy de cerca, y hablando su mismo idioma, lo cual 
no hacen ni han hecho sino algunos de los españoles que ca- 
sados con indias, han renunciado á volver á su patria, y se han 
connaturalizado con las costumbres del país que les parecen 
muy de perlas, aunque otra cosa digan; pues si llevan muchos 
años, viven en un todo como los indios, (arrastrando una vida 
miserable y desgraciada, siendo el oprobio de nombre español 
en estas islasj y hechos unos haraganes completos, viciosos, dig- 
nos no sé si de lástima ó de execración. Pues como vienen de 
España sin instrucción, ni talento para desempeñar una sen- 
cilla comisión, y gracias si en su tierra supieron alguna vez 
arar ó hacer un par de zapatos, aquí no sirven para nada; 
y como aquí todos los españoles tienen don, y se les llama 
señor, es fuerza que quieran aparecer como tales plantándose 
una americana que les cuesta medio peso, y dándose aires de 
caballeros y personas de distinción. 

Son muy contados los que hacen alguna pequeña fortuna 
(cuya situación por inmejorable que sea, es siempre poco en- 
vidiable) y la casi totalidad de éstos llevan una vida asaz triste 
y miserable, hechos unos haraganes y escandalizando á los 
indios de los pueblos por donde andan, siendo el oprobio del 
nombre español en estas islas. El Gobierno que cargara con 
estos infelices, los embarcara y volviera á la tierra que los 



L'SOS Y COSTUMBRES 285 



vio nacer, é impidiera que en lo sucesivo se dieraa estos ejem- 
plos desgraciados por todos conceptos, se haría acreedor á los 
plácemes de los buenos españoles. 

Son en su mayor parte licenciados del ejército que habiendo 
contraído compromisos con alguna india de la cual por su 
desventura han tenido prole, se ven forzados por un resto de 
decoro á casarse; ó bien ilusionados con la perspectiva de un 
pequeño negocio en que sueñan adquirir una gran fortuna, sin 
saber por supuesto lo que traen entre manos, y desoyendo bue- 
nos consejos de quien conoce el país mejor que ellos, ven 
deshechas todas sus ilusiones, arrepintiéndose tarde de su in- 
consideración cuando ya no tiene remedio. Muchos volverían 
á su patria, mas carecen de recursos para hacerlo. Éstos aun- 
que conocen prácticamente el país, no son personas que puedan 
informar acerca de él, ni son capaces de indicar una reforma 
que no sea disparatada y absurda por su poca ilustración y 
•falta de criterio, que no es otro sino el de sus miras perso- 
nales. 

Si los empleados tuvieran alguna mus estabilidad, y los des- 
tinos no se dieran sino al verdadero mérito, estableciendo un 
escalafón que equivaliese á una carrera, no destituyendo á nin 
guno sin previo expediente, exigiéndoles además algún conoci- 
miento del idioma de los indios, mucho ganaría la administra- 
ción, y no se verían con tanta frecuencia los desórdenes qu í 
con mengua del nombre español observan los indios en algu- 
nos, que no tienen mas mira que la de hacer un pequeño capi- 
tal, único objeto de sus aspiraciones, para regresar cuanto antes 
á su país donde tienen sus afecciones, y quizá también intere- 
ses. A esto sacriíican todo, y muchos así por esta razón, cuanto 
por el poco tiempo que aquí duran, no llegan á hacerse cargo 
de la marcha general de los asuntos de sus dependencias res- 
pectivas, de que se originan aquellos desórdenes y aquellos 
abusos. 

Algo mayor es el conocimiento que los comerciantes c in- 
dustriales tienen del país; y en efecto en lo que i la industria y 



286 SEGUNDA PARTE ETOLOGIA 



al comercio se refiere son voto en la materia si llevan algún 
tiempo en las Islas; mas como ordinariamente no saben el idioma 
de los indios, ni se tratan sino con algunos dependientes con 
quienes directamente se entienden, no conocen á fondo las 
costumbres de los indígenas. 

Únicamente los curas párrocos que tratan de cerca á los 
indios y hablan su idioma, son ios que tienen algún mayor 
conocimiento, si llevan algunos años entre ellos; y aun estos 
no todos son igualmente observadores, ni tienen el mismo cri- 
terio para apreciar algunas de sus cosas. Aun los que mejor 
podrían informar al Gobierno, no se atreven á m.ínifestar fran- 
camente su opinión por razones fáciles de comprender, sino es 
á sus superiores regulares que expresamente se lo manden ó 
encarguen. De aquí resulta que el Gobierno no tiene entre los 
españoles peninsulares de Filipinas quien le informe sobre el 
estado del país, y reformas que deben hacerse, viéndose fatal- 
mente obligado á gobernar el país sin conocerlo sino á medias. 

Durante el tiempo de nuestra permanencia en Filipinas he- 
mos visto cuajar y llevarse á cabo proyectos de reformas muy 
excelentes, dictadas por el más puro patriotismo, con un deseo 
inmejorable de acertar, teniendo siempre en cuenta las indi- 
caciones de la prensa de Manila, pero insuficientes por mu- 
chos conceptos: 1.° porque no todos los periodistas conocen 
á fondo el país. 2,° porque no han discutido sino algunos pro- 
yectos de reformas, haciendo caso omiso de otras tan necesa- 
rias como urgentes. 3." y último porque no teniendo la in- 
dependencia necesaria para hablar con toda lisura, no pueden 
decir sin ambajes toda la verdad. 

Repetimos que los proyectos de algunas reformas, además 
de haber sido dictados por el más levantado patriotismo, son 
y han sido siempre excelentes y de un mérito indiscutible; 
pero no se ha advertido que el país no está aun en condi- 
ciones para sufrirlas, que no tienen la preparación suGciente 
para recibirlas todas, como después veremos, que muchas ve- 
ces son contraproducentes, pues acontece no raras veces que 



rSOS Y COSTUMBRES 287 



Jo mejor es enemigo de lo bueno; y que por último si ciertas 
reformas se plantean y llevan á cabo, el país no ha entrado 
por ellas, y el indio sigue impertérrito su camino sin que haya 
las más leves apariencias de que comience á querer entrar 
por la senda de la civilización, sino es por la acción lenta 
pero progresiva del tiempo que indefectiblemente trazara en las 
costumbres las líneas generales de las reformas que sobre aque- 
llas se han de cimentar. Para mayor claridad aunque diva- 
gue un tanto de mi propósito pondré un ejemplo práctico. 

Por R. O. se ha declarado que los indios se equiparan á 
los españoles en el goce de los derechos que como á tales les 
compet-en. No sabemos cómo elogiar una ley tan cristiana y 
tan digna de la hidalguía española, que tanto habrá sorpren- 
dido á la soberbia Albion que no suele ver en sus colonias 
sino manadas de esclavos. En su consecuencia los indios ya 
no son tributarios ó tributantes como antes, ni sacopes 6 
polistas que tienen que prestar un servicio personal. 

Pero sucede por desgracia que no siendo completa esta re- 
forma, y sin consecuencias prácticas, el indio es tan esclavo como 
antes solia serlo, sin que le valga el privilegio de ser español. El 
indio no cree haber mudado de condición, ni entiende que ha 
sido elevado al rango de español con todos sus derechos, ni 
es fácil persuadírselo, mientras no vea prácticamente que ha 
sido levantado á una categoría superior que ni estima ni com- 
prende, y asi siguen ellos mismos llamándose tributantes y nó 
contribuyentes, ni entienden haya diferencia entre lo uno y lo 
otro. No hay fuerza humana en efecto que les persuada de que 
es tan bueno su derecho como el del español más erguido; 
y no es otra la causa sino que no h;íy en él disposiciones para 
entrar por esta reforma que tanto debía de alhagar su amor 
propio. ¿Quién le inspira ese sentimiento sublime que bien di- 
rigido lleva al hombre á conquistar la gloria por medio del 
heroísmo? Ninguna cosa sino el conocimiento de su propia 
dignidad, el cual si falta, hace fracasar las nobles aspiraciones 
del Gobierno en hacer coa él una distinción que no aprecia. 



288 SEGUNDA PARTE. ETOLOr.U 



Dense al indio medios de instrucción y póngasele en condi- 
ciones de aprovecharse de ella, y mientras esto no se haga, y 
hasta ahora no se ha hecho, como después manifestaremos, es 
derrochar derechos á quien no sabe estimarlos en lo que se 
merecen, con mengua del nombre español y vergüenza de ios 
españoles de estas Islas. 

Los españoles filipinos lo son en dos maneras: unos son 
descendientes inmediatos de españoles peninsulares, y descen- 
dientes de españoles filipinos, ó también hijos de madre fili- 
pina y padre peninsular. Los primeros poco ó nada se dife- 
rencian de los españoles peninsulares, puesto que reciben la 
educación de sus padres que todos conocemos: únicamente so 
distinguen en algún mayor conocimiento del país y del idioma 
de los indios. Los filipinos en el segundo sentido, son tan va- 
rios en costumbres, inclinaciones etc., que si bien hay muchos 
que poco ó nada han degenerado de sus nobles ascendientes, 
otros apenas se distinguen de los mismos indios, sobre todo si 
son de madre india; y entre aquellos y éstos hay una grada- 
ción mayor ó menor según la distancia del tronco de donde 
proceden, la mezcla de razas que varía casi hasta lo infinito, 
y la educación que han recibido. Diremos no obstante algo 
sobre el particular. 

En los españoles filipinos los movimientos son lánguidos, 
y su color es de un tinte cetrino, ó aceitunado en los hom- 
bres y blanco-descolorido en las mujeres: sus ojos algo apa- 
gados carecen de animación y vida, y se distinguen así de 
los indios como de los españoles peninsulares y aun mestizos 
de sangley, en que no pestañean como los nuestros que están 
en constante titilación y movimiento: este signo desaparece 
cuando predomina el elemento indígena sobre el español, ó 
tienen más de indio que de español. Cuanto más predomina 
este elemento, más marcados son los caracteres físicos que 
acabamos de indicar, y los morales que ahora señalaremos. 

Predomina en los hombres el temperamento linfático en 
combinación con el bilioso, ambos bien marcados. Tienen por 



usos Y COSTUMBBES 289 



desgracia muchas de las malas cualidades del español y del 
indio, y carecen de la docilidad de carácter que en éste se 
observa, y de la nobleza é hidalguía característica de aquel. 
Son de poco corazón, cobardes y apocados, mas son altane- 
ros, coléricos y descomedidos con los indios, á quienes sue- 
len despreciar y maltratar de palabra y de obra, y frecuen- 
temente estúpiílos y empalagosos. 

En las mujeres con el temperamento linfático se combina 
el sanguíneo. Son de carácter pacato, y más activas é inteli- 
gentes que el hombre, y de mejor índole. Son débiles de carác- 
ter, coquetas y voluntariosas. Así los hombres como las mu- 
jeres se resienten de la mala educación que ordinariamente 
reciben de los criados y criadas indias de la casa, á quienes 
son entregados desde su más tierna edad, laclados quizás por 
amas de cría de conducta poco moral que con la leche les 
trasmiten las malas costumbres. Familiarizados con el trato é 
idioma de estos criados y criadas, con quienes pasan las ho- 
ras enteras del día en las cocinas, son testigos de ciertas es- 
pansiones que se permiten sin recatarse de los niños, y oyen 
constantemente sus conservaciones poco cultas que ofenden al 
pudor y á la moral más vulgar, en que traen y llevan la 
honra de sus prójimos á que los indios son muy propensos. 
De ellos aprenden todas sus supersticiones, mil fábulas inve- 
rosímiles y absurdas que son tradicionales en ellos, y en una 
palabra todos sus usos y costumbres: así comen morisqueta 
con los dedos como ellos, y tienen marcada afición á sus go- 
losinas y comidillas sucias de los indios. 

Como se educan con mucho mimo y no se les vá á la mano, 
son mal criados, desobedientes, caprichosos, insolentes, y mal 
liablados. Los malos hábitos que adquieren en la niñez van na- 
turalmente en aumento, hasta que llegan á una edad en que es 
difícil retraerlos de los vicios á que se entregan desenfrenada- 
mente los hombres, equiparándose en un todo á los indios vi- 
ciosos cuyo trato frecuentan: muchos son tildados de filibusteros 
y poco afectos á los españoles. Las mujeres se resienten algo de 



290 SEaUNDA PAUTE, ETOLOCilA 



falta de pudor, y como se han criado en el abandono y la hol- 
gazanería, son inútiles para el gobierno de la casa y familia, y 
todos sus habilidades se reducen á bordar cuadritos, hacer flo- 
res, tocar el piano, ó el arpa, y otras ocupaciones inútiles, siendo 
completamente incapaces de desempeñar los oficios domésticos 
propios de las mujeres en que nunca se han ejercitado desde 
su niñez. 

Hay no obstante, como en todas las cosas, honrosas escep- 
ciones; y bien educados, son inteligentes, y buenas madres de 
familia, pero se resienten sus costumbres del trato que en sus 
primeros años tubieron con los criados, y así los hombres como 
las mujeres aunque religiosos, son crédulos y supersticiosos 
como los mismos indios. 

Tal es la idea que de los filipinos se puede dar; mas no se 
pierda de vista que siendo tantas las variedades y mezclas de 
razas de españoles é indias, y tan diferentes las condiciones en 
que cada una se encuentran, que no es posible reducirlas á cier- 
tos tipos con caracteres lijos y estables: quizás no se encuentren 
muchos individuos filipinos á quienes convengan todas y cada 
una de las cualidades indicadas. Más fijos son los caracteres de 
lüs mestizos de sangley, que son preferibles en un todo y por 
todo á los hijos de los españoles, que degeneran casi por com- 
pleto á la segunda ó tercera generación; y lo mismo acontece 
con los mestizos de españoles é indias. 

En la capital de Manila y arrabales viven mezcladas todas 
estas clases de gentes. Hay un municipio y un alcalde de 1." elec- 
ción que lo preside, mas no tiene la independencia necesaria para 
llevar á cabo los fines de su institución. Los intereses locales de 
las provincias y sus pueblos, los administra provisionalmente la 
Dirección de Administración Civil. 

Observaciones é indicaciones. 

Incompleto quedaría nuestro trabajo, y no llenaría el ob- 
jeto á que se destina, si después de haber consignado el modo 



ISOS Y COSTUMBRES -^.1 1 

de ser de la pobiacion, y el régimen administrativo con que es 
gobernada, no hiciéramos notar sus vicios, las causas de que 
proceden, sus consecuencias y especialmente las medidas que de- 
bieran á nuestro juicio tomarse para obviar á los males que trae 
consigo tan defectuosa organización. Nos fijaremos en las cosas 
de míís bulto que exigen más pronto y eficaz remedio. 

empadronamientos. Se puede asegurar sin riesgo de equi- 
vocarse que el t(Ual de la población cristiana de Filipinas ex- 
cede en más ije un millón de almas al que arrojan los padro- 
nes que anualmente se hacen en todos los pueblos del Archi- 
piélago. La inexactitud de los padrones, que no dudo afirmar 
son una mentira bajo todos concepto*;, depende de muchas 
causas que indicaremos. La primera es la vagancia, causa 
v efecto ;í la vez de su inexactitud, pues como ya dejamos in- 
dicado, una gran parte de la población no tiene morada ni re- 
sidencia fija. 

A esto contribuye el sistema de población, I;i inclinación de 
algunos de los naturales de vivir en bosques, sementeras, y 
otros parajes apartado"? del núcleo de la población. Favorece 
este instinto la pobreza de las habitaciones y chozas en que 
viven, que como nada les cuesta, fácilmente las abandonan, 
y se hospedan en las de sus parientes ó conocidos, que de es- 
tos tienen en todas partes los imJios, ó facilísimaraente ad- 
quieren relaciones con otros; y como es tanta la debilidad de 
su canicter, ;i cualquiera por desconocido que sáa, <lan hospi- 
talidad en su pequeña vivienda. La facilidad que tienen para 
satisfacer sus pocas necesidades, es otra de las causas que in- 
fluyen en la vagancia, porque en cualquiera parte, en poblado 
ó despoblado, en casa ó en el bosque, encuentran todo lo que 
necesitan. 

Fomenta también la vagancia la indolencia de los Cabezas 
de barangay sin cuyo permiso el indio entra ó sale de su pue- 
l)lo sin presentarse á las autoridades locales; y sin ser reque- 
rido de ellas, planta su casa donde y cuando mejor le parece, 

V se ausenta v la abandona cuando bien le viene. 
^ ^ 37 



^[\'¿ SEnCNDA PARTE. Kl'OLCtliiA 



La falta de vigilancia, y la libertad que se concede parti- 
cularmente á los que tonjan cétiula de 6." clase, con la cual, 
dicen, «quedan libres del Cabeza de barangay y pueden andar 
libremente por todas partes,» fomenta la vagancia en los más 
espabilados y astutos que se proveen de ella. 

Los dem;is que no son tan espabilados, por vivir en barrios 
y sementeras, andan en su mayor parte indocumentados, é ig- 
norados de las autoridades así del territorio en que viven, como 
del punto de su procedencia. Oíros tienen céíiulas atrasadas, 
borradas y enmendadas; otros finalmente tienen cédulas que sus 
Cabezas se ven obligados á darles con objeto de que puedan 
ausentarse del pueblo para buscar con que pagar las cuentas 
atrasadas que con ellos tienen: nías después se ocultan, mu- 
chos no vuelven al pueblo, y sin conocimiento del Cabeza res- 
pectivo se trasladan á otro pueblo donde se empadronan, y 
sacan cédula para hacer lo mismo que en el anterior. Como 
nadie se cuida de perseguir á esta canalla, ni hacer que indem- 
nicen á sus cabezas, que ordinariamente quedan arruinados por 
estas y por otras causas, éstos toman varios expedientes según 
las circunstancias. 

Unas veces borran de los padrones í\ esta gente y como 
tienen empadronados á otros que se les han escapado, dan á 
unos las cédulas de los otros con lo cual se indemnizan, ó 
bien las cédulas sobrantes que los dependientes de las Admi- 
nistraciones no les quieren recibir sin dinero. 

Mas adelantan poco, porque tienen otros muchos verdade- 
ros pobres ó enfermos á quienes tampoco pueden cobrar, y 
por incuria de unos y de otro?, no han incluido entre los 
enfermos; ó porque habiendo enfermado después de hechos los 
padrones, la Administración los rechaza, y no los admite aun 
con el certifico del Cura y del mediquillo, ó les exige una tra- 
mitación y expediente que aborrecen de muerte, prefiriendo an- 
tes pagar de su bolsillo. De esta clase de gente tienen todos los 
Cabezas, diez, veinte, ó treinta personas en su cabecería que 
unos por imposibilidad, otros por vagancia y ausencia, no les 



usos Y COSTIMBIIES 003 



pagan, y así concluyen por arruinarse, y que les embarguen 
sus bienes antes de concluir los tres años en su oficio, sin 
cobrar mas que el 1'/, p°/o de las cédulas recaudadas que no 
compensan sus gastos y molestias. Porque este pobre funcio- 
nario, sus hijos, primogénito, y demás encargados de la cabe- 
cería andan siempre errantes por los pueblos y barrios bus- 
cando á los deudores sin poder encontrarlos; ni encontrados 
les pueden cobrar nada, ó muy poco; y cobrando á pocos, 
tarde y de mala manera, emplea lo que cobra en sus gastos y 
en sus vicios, sin acordarse ni del comisionado de apremios 
y embargo de sus bienes, ni de su mujer é hijos, a quienes 
arruina. Y como soa tan incapaces de gobernar las cabecerías, 
fácilmente admiten en ella gente desconocida ó de antece- 
dentes dudosos, acaso indocumentados y de malas costumbres» 
que después se le ausentarán de la misma manera. Por estas 
y por otras muchas razones no se encuentra quien quiera ser 
Cabeza, y prefieren ir á presidio antes que serlo así, no obstante 
que ellos procuran compensarse en lo que pueden, viéndoso 
obligados i\ robar y vejar á sus cailianes, como ahora se dirá. 

Á los pobres para tenerlos sujetos, y cobrarles en alguna 
manera, los obligan á servir en el Tribunal ó en el oficio de 
cuadrilleros, con lo cual se les pone en la ocasión de hacerse 
cabecillas de malhechores; pues diariamente se ve que en cada 
partida de malhechores está metido algún cuadrillero ó sir- 
viente del Tribunal, que no teniendo que dar á su familia, y 
favoreciéndole la ocasión, se entrega al robo y al pillaje. 

A otros los hacen servir en sus casas ó sementeras, ó los 
obligan á entrar de jornal hasta que les cobran, poniéndolos 
presos por la noche para que no se escapen, y cobrando así á 
éstos como á los demás pobres rezagados las dietas que ellos 
tienen que pagar al comisionado de apremios, y algo más. 

A los principales rezagados que aguardan ;i sacar su cé- 
dula para lo último, no considerando el gravísimo perjuicio que 
irrogan á su pobre Cabeza, que por ser de más baja condición 
no se atreve con ellos, les exim3n de los quince días de traba- 



"294 SKGCNDA flAJíTL'. ETOLOñlA 



jos públicos, que gravitan exclusivainento sobre los pobres, que 
por estar en descubierto con el Cabeza, ó por haberlo estado otras 
veces, ó para cuando lo estén, son los únicos que hacen todas las 
obras públicas, y trabajan no quince dias, ni cuarenta como 
antiguamente, sino siempre que es necesario reparar con ur- 
gencia una calzada, etc. etc. 

También los Cabezas hacen repartos y contribuciones para 
fiestas, comedias, fuegos artificiales y otras fundas, ó con pre- 
textos varios, y esto se lo embolsan en todo ó en parte. 

Lo mismo hace e! GoI)ernadorcillo con los Cabezas, los maes- 
tros y maestras con los niños y niñas, obligándoles muchas 
veces á pilar su arroz, ó cobrando á sus padres por dispensarlos 
de la escuela; el aguacil mayor con los sirvientes de los Tribu- 
nales que por esta causa están abandonados y sin gente; el 
sargento de cuadrilleros hace lo mismo; y lo mismo hacen ge- 
neralmente todos los indios que tienen alguna preponderancia 
para poder estafar á sus semejantes. 

Para evitar estas y semejantes vejaciones, muchos se es- 
capan de los pueblos ó se ocultan en barrios lejanos, donde 
están mas tranquilos. 

Resulta de lo dicho que una parte notable de la pobla- 
ción no figura en los padrones generales, de donde se sacan 
los particulares de impuestos, mozos sorteables etc. Algunos 
aunque son conocidos del Cabeza de barangay, éste los tiene 
ocultos, y hasta les facilita cédula personal con harta frecuen- 
cia, y en este caso es peor que si estubieran ocultos, pues tienen 
la garantía de la cédula para andar tranquilos y seguros por 
todas partes. Otros finalmente figuran en los padrones, mas 
no como contribuyentes, si bien es verd.t l que también figu- " 
rau como contribuyentes verdaderos pobres de solemnidad dig- 
nos de toda compasión. 

Otra de las causas de !a deficiencia é inexactitud de los pa- 
drones es la incuria y poco celo de los Cabezas y sus escribien- 
tes en hacer cada uno su padrón respectivo. Como en su ma- 
yor parte son incapaces, y muchos de ellos no saben escrüjír, pa- 



usos Y COSTCMBUES 



gan uu escribiente que les haga el padrón tarde, mal, y nunca, 
por cuya razón raras veces sucede que tengan listos los padro- 
nes para el tiempo en que deben mandarlos al Gobierno de la 
provincia: de este moilo los hacen con la precipitación que se 
deja comprender para qud estén terminados en el plazo que se 
les señala, y todo su empeño está en que bien ó mal, se con- 
cluyan cuanto antes. El Cura que tiene interés en que estén 
exactos los padrones, cuando se los llevan á firmar, no puede 
cotejarlos ni examinarlos con la detención que el asunto re- 
quiere. 

Como al hacer los padrones su empeño es salir del paso, re- 
sulta que al copiar de los antiguos padrones, copian mal sin 
que el Cabeza se detenga á examinar si está en regla el pa- 
drón, ni advierta los yerros en que ha incurrido el escribiente, 
ni sea capaz de advertirlo, aunque sea en su perjuicio. Así al- 
gunas veces trasladan los que ya se han dado de baja, de donde 
resulta que el Cabeza que no quiere líos con la Administración, 
se resigna á abonar el importe de sus cédulas que procura en- 
dosar á otro si puede, y sino se queda con ellas. Otras veces 
omiten poner los que se han dado de alta, y váse lo uno por 
lo otro. 

Con frecuencia sucede que al copiar, dejan por olvido al- 
guno ó algunos individuos; al que es varón lo hacen hembra 
ó vice-versa: al que tiene 17 años no le añaden uno, como de- 
berla ser, ó el 7 lo convierten en 3, y vice-versa, ó lo suprimen; 
y esto si bien lo hacen algunas veces con malicia para librar a 
alguno de las quintas, ó eximirles de la contribución que no 
por eso dejan de cobrarles, en la mayor parte de los casos es 
culpa del escribiente. Así acontece entrar en el sorteo de mo- 
zos una mujer, ó un niño de corta edad, á quien no obstante 
cobran si pueden sus contribuciones sin darles cédula: a otros 
que no son contribuyentes, ni figuran como tales en el padrón, 
les obligan á tomar las cédulas que tienen sobrantes. 

A pesar de que el Gura párroco les facilita los datos ne- 
cesarios de nuevos nacidos y casados, ellos se desentienden 



■^í*'"' SEGL'NDA PARTE ETOLOGrA 



muchas veces de ellos, y continúan poniendo un año y otro 
año hasta la edad adulta á uno que murió niño, y al llegar a 
los 18 años, lo buscan para obligarle á tomar cédula, ó me- 
terle ea sorteo. Por el contrario sucede que de un matrimonio 
que tiene ocho hijos, en el padrón no aparecen sino dos ó tres, 
quizá los que ya han muerto, dejándose ios vivos, y éstos con 
otra edad de la que tienen en realidad. También aparecen como 
casados los viudos, y los casados como solteros, ó con nombres 
enteramente distintos. Esto sucede ó por incuria del escribiente 
que los altera, ó por ignorancia del interesado ó del Cabeza; 
pues Insi'o por ejemplo significa lo mismo que Florencio, ó 
Inocencio, ó Prudencio; y unas veces lo llama por un nombre 
y otras por otros nombres. Algunos tienen dos ó tres nombres 
y aun apellidos bien diferentes entre sí, y en los padrones les 
ponen indiferentemente uno ú otro. 

Los hijos que no son de legítimo matrimonio, ora toman el 
apellido del padre, ora de la madre, ora de algún pariente que 
los ha educado: otros se los cambian con mala intención, y 
así no hay ratero, tulisan, ó malhechor que no tenga su nom- 
bre y apellido distintos de los que en los puntos donde era co- 
nocido tenía. Sucede también que al redactar las partidas de 
bautismo, se les olvida el nombre del recien bautizado, ó lo tras- 
forman en otro parecido. 

Por este tenor cambian también en los padrones no sola- 
mente el pueblo y provincia de donde son oriundos, sino tam- 
bién los lugares en que viven, á consecuencia de no tener do- 
micilio fijo. Con todo lo cual se le arman al pobre Gura párroco 
sobre quien pesan tantísimas ocupaciones, líos indescifrables en 
los casamientos que por esta y otras causas se hacen nulos en 
parte considerable, y por las continuas reclamaciones que le 
llevan todos los días los cailianes contra los cabezas y éstos 
contra los cailianes. 

Para despejar algo esta situación en la cual son de todo 
punto ingobernables, así en lo civil como eclesiástico, y obviar 
á los males que de aquí se siguen, como son la vagancia, ei 



Lsos Y r.osxr.VBREs -297 



que incluyan en el sorteo de mozos los que no debían incluirse, 
y el no poder obligar á todos los niños á entrar en la escuela, 
lo que no puede hacerse sin tener un padrón exacto, tomó 
sobre sí el que esto escribe la enorme carga de arreglar el 
padrón en que yo principalmente estaba interesado. Pronto 
comprendí que me era imposible, y quo necesitaba un hombre 
laborioso y de despejo que exclusivamente se dedicara á este 
asunto; pues hacer el padrón parroquial en parroquias tan ex- 
tensas y con el sistema de población que aquí está en uso, es 
absolutamente imposible, como lo es también hacer un censo 
general de población. Tres años tardé en el arreglo del padrón, 
que aun no estaba perfeccionado al dejar la parroquia que ad- 
ministré algunos años, ni creo sea posible perfeccionarlo nunca 
á no tomar otras medidas; pues arreglado el padrón y dpjad(> 
en manos de ellos, en un año lo trasforman y alteran nota- 
blemenle. 

Resultó el primer año un número bastante notable de con- 
tribuyentes indocumentados, gente de mal vivir en su mayor 
parte y de conducta sospechosa que mandé al señor AlcahJe, 
el cual no podía ocuparse de tanta gente ni sabía que hacer 
con ellos, porque se declaraban insolventes y la cárcel era in- 
capaz de contener ú todos. Por este medio llegué á limpiar mi 
parroquia de gente advenediza de malas costumbres, y á des- 
cubrir más de 50 malhechores de mi feligresía, amen de unos 
ciento y pico de conducta sospechosa. Mas esto fué á costa 
de un constante é ímprobo trabajo, que nunca se terminaba, 
y el no menor de los escribientes que yo mismo pagaba. 

Mas ya que de los Cabezas de barangay hemos hablado, 
nos permitimos hacer una observación. Cualquiera en vista de 
los atropellos é iniquidades que hacen los Cabezas con lo»* 
cailianes y las trampas de éstos con aquellos, parece natu- 
ral el tratar de hacer una reforma radical en este punto, y 
suprimir esta clase. (]onformes en que la reforma se haga, 
nada tan fuera de camino como esta supresión del Cabeza de 
barangay. Dado el sistema de población que aquí se usa y 



;'<)S SEr^UNDA PAHTK. ETOLOOIA 



suprimido el Cabeza qwe bien ó mai conoce (\ sus cailianes 
y sabe poco mus ó monos por donde andan, trato que tie- 
nen y parajes que frecuentan; que tiene interés particular en 
conocerlos y les sigue la pista por do quiera ¿quién podría 
empadronar íi un vecindario tan grande, y tan desparramado? 
Y en !a suposición imposiljle de que se hiciera este empadro- 
namienlo ¿quién buscaría los insolventes que serían casi todos? 
¿quién daría razón de los ausentes que no comparecieran? 
Pues ni Gobernadorcillo, ni Tenientes de barrios pueden cono- 
cer ;í todos, ni sep;u¡rles la pista como el Cabeza, ni tienen 
interés en ello, mucho menos teniendo que sacrificar su re- 
poso; y por todas partes encontrarían quien les guardase las 
espaldas. Hoy dia si el Juzgado, ú otro centro necesita un in- 
dividuo, sabiendo la cabecería ú que pertenece ó ?mles per- 
teneció, inmediatamente se díí con él; y aun ignorando esta 
circunstancia, basta saber el apodo del individuo, y el pue- 
blo en que estri ó estubo domiciliado, para que en seguida se 
averigüe quien es, y se le ponga á disposición de la autoridad. 
Quitado el Cabeza de barangay esto es tan imposible, que 
si el Gobierno suprimiera esta clase, la fuerza de las cosas le 
obligaria á volver al régimen antiguo, introduciendo las con- 
venientes reformas: una de las cuales entre otras, pocas pero 
])ien meditadas, y la míis urgente fuera, que suprimidos los 15 
dias de trabajos sin gravar la cédula de 9.% se hiciesen las 
obras públicas por cuenta del Estado, donde los indios y po- 
bres hallen jornales con que pagar sus cédulas personales, y 
procurar su sustento y el de su familia, creando munícipes á 
personas de arraigo y conducta intachable que administren los 
intereses de los pueblos con las limitaciones que aconsfjan la 
prudencia y experiencia de personas competentes, suprimiendo 
la contribución urbana en provincias cuyos rendimientos no 
compensan los gastos de papel que para su administración y 
cobranza se emplean, así como los impuestos que gravan ñ la 
agricultura y las patentes de menos de 30 pesos, aumentando si 
se estima conveniente el precio de las cédulas de 6." clase para 



usos Y COSTUMBRES 299 



arriba, sin eximir nunca á los indígenas del Cabeza de barangay 
al que debe darse toda la fuerza moral necesaria, distribuyén- 
doles la población en pequeñas porciones ó distritos; y creando 
un papel del estado con el uso exclusivo de pagar los ira- 
puestos de cédulas y otros, con lo que se evitarían muchos 
inconvenientes. 

También contribuiría mucho al bienestar de estos pueblos 
que se dieran facultades á los Gobernadores Generales para 
que, previo expediente gubernativo pudieran confinar de cinco 
en cinco años á la gente de mal vivir, de quienes no se puede 
esperar enmienda; previa información de la principaba y jefes 
de los barrios y V/ B.° del Cura párroco del pueblo, y si 
se quiere con conocimiento del Comandante do la Guardia Ci- 
vil del distrito, cuyas fuerzas podrían reducirse, ú organizarse 
mejor las existentes; y reformando el Reglamento de quintas 
que según está actualmente, supone poco conocimiento de las 
cosas del país. Sobre el particular diremos cuatro palabras. 

Urge también darlas disposiciones convenientes para modi- 
ficar el sistema de población, pues al paso que los de los bar- 
rios viven desparramados como los salvajes en cobachos y tu- 
gurios tan miserables como indecentes en que apenas pueden 
revolverse cuatro ó seis personas, en los pueblos por el con- 
trario, la aglomeración es excesiva tocándose unas con otras 
las casas de ñipa sin defensa de árboles para los incendios, en 
las cuales viven juntamente como ya se ha dicho, tres y aún 
cuatro matrimonios con detrimento de la moralidad y de la 
higiene. 

Estas reformas no deberían ser violentas, sino que se debe- 
rían conseguir por medios suaves. 

Bajo este concepto, no es prudente la contribución urbana 
de las casas de materiales ligeros; y la prohibición de sacar 
maderas de construcción de los bosque», debe atenuarse todo 
lo posible concediendo á las autoridades locales amplias facul- 
tades para conceder licencia de extraerlas de los bosques con 
ciertas limitaciones que la prudencia aconseja,, prohibiendo se- 



3S 



300 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



veramente el desmonte y tala de los de algunas provincias 
en que no se halla madera de construcción, y aun ordenando 
en ellas nuevas plantaciones necesarias así para normalización 
de las lluvias, como para la higiene pública. 

En las casas no debería permitirse mas gente de la que 
son capaces, y éstas á distancia conveniente unas de otras, 
defendidas de los baguios é incendios por cañaverales, útiles 
á sus dueños para infinitos usos. 

Fuera del casco del pueblo las casas deberían situarse todas 
á orillas de las calzadas á distancias proporcionadas de un 
pueblo á otro pueblo, lo que sirve grandemente para la defensa 
contra los malhechores que huyen de las vías públicas así po- 
bladas; pues al aparecer en ellas, establece la gente una es- 
pecie de telégrafo hasta el pueblo haciendo ruido con los mor- 
teros de pilar el palay. Fuera de las calzadas no debiera per- 
mitirse ningún barrio sino de cierto número de vecinos con bue- 
nas casitas, huertas y caminos viables en todo tiempo. 

Las orillas de los ríos nunca debieron desmontarse, ni qui- 
tar los árboles que con sus raices sostienen las tierras próxi- 
mas para que no se desmoronen al desbordarse, y ningún plan- 
tío mejor que las cañas para darles consistencia en los arena- 
les que los ríos dejan en las inundaciones. 

Quintas. Todos los años se hacen dos relaciones de los 
mozos sorteables en esta forma. En la 1." entran todos los sol- 
teros que en 1.° de Enero de aquel año hayan cumplido 18 años 
hasta los 25 años de edad, y aun los viudos y los casados 
de 18 años, con la diferencia de que los primeros se libran del 
sorteo si tienen hijos, mas no los casados. En la 2.* lista en- 
tran todos los casados sin hijos de 19 años en adelante si se 
casaron antes de los 18 años, mas no si se casaron después 
de cumplidos estos, tengan hijos ó no los tengan. Se sortean 
independientemente los de ambas listas, y se toman de la 1.* 
los mozos útiles comenzando desde el n.° 1 en adelante según 
el reparto no siempre equitativo que no excede ordinariamente 
de 10 p7o de los sorteados. Los de la 2." lista están para 



usos y COSTUMBRES 30! 



sustituir á los de la 1." en caso de necesidad que nunca ha 
llegado aún en tiempos de guerra, ni llegará nunca dado el 
escaso contingente de tropa indígena que necesita el Gobierno 
con relación al total de la población; pues aun suponiendo que 
las dos terceras partes de mozos se den por inútiles, todavia 
quedan útiles un treinta por ciento en la previsión de un caso 
urgente de guerra, que son más que sobrados; y así á nuestro 
juicio no tiene objeto la 2." relación de casados. 

El sorteo es público oficialmente porque se hace en el Tri- 
bunal con asistencia de la principalía, pero en realidad es pri- 
vado, y nunca hay reclamaciones en el acto, que en la forma 
y con la precipitación con que se hace, da margen á cometer 
ilegalidades, que quizá ya antes se han hecho consciente ó 
inconscientemente en la confección de la lista de mozos sor- 
teables. Si el cabeza tiene interés en que no entre en sorteo 
un pariente, le aumenta ó disminuye la edad en el padrón 
general de donde se sacan todos los demás, ó los convierten 
en mujeres, ó con cualquier pretesto omiten incluirlo en la- 
lista. Otras veces por ignorancia ó descuido incluyen al que 
no debieran incluir, ó al que debieran excluir lo incluyen. 
Aun cuando los hayan incluido á todos, mandan á la me- 
dición de los quintos sorteados otros individuos inútiles fin- 
jiendo ser ellos los quintados, y ellos se avienen á todo por 
temor al Cabeza de barangay que los obliga: de donde re- 
sulta que solamente los pobres é infelices son los que pagan la 
contribución de sangre. 

Gomo el resultado del sorteo no es conocido derpúblico, 
todos ignoran el número que les ha caido en suerte, y mu- 
chos ignoran que hayan sido sorteados. Entonces son las re- 
clamaciones al Cura párroco que no tiene mas remedio que 
revolver padrones, buscar partidas de bautismo, casamiento 
ó defunción para averiguar si los han incluido indebidamente 
ó no, y en el primer caso molestar al Sr. Gobernador con recla- 
maciones que ellos por sí mismos no se atreven á hacer por 
miedo, ni aun muchas veces podrían sino por este medio, por- 



302 SEGUNDA PAUTE. ETOLOfilA 



que los dependientes del Gobierno no les hacen caso sino les 
dan dinero. 

Cuando ya van á ser quintados y reconocidos en la Cabe- 
cera de la provincia, el Cabeza de barangay se incauta de ellos 
y los pone presos para que no se escapen, amontonados en la 
cárcel del Tribunal unos sobre otros, por que no hay local 
para tanta gente, de donde los sacan en cuerdas de mozos de 
30 y 40, que llevan á guisa de presos por las calzadas públi- 
cas, procedentes de todos los pueblos de la provincia. 

Ya que se hicieran dos listas de mozos sorteables, enten- 
demos que en la primera debieran entrar todos los solteros de 
20 años en adelante hasta los 30. En la 2." los viudos sin 
hijos desde los 20 y los solteros desde los treinta hasta los 
40, y nunca en ningún concepto los casados y mucho menos 
con hijos. 

La razón de esto es obvia. Hay en todos los pueblos un sin- 
número de solterones que separados de sus familias y errantes 
de una parte á otra, son materia dispuesta para cualquiera 
cosa, y con frecuencia van á ingresar en las cuadrillas de mal- 
hechores. 

Lo contrario acaece con los que en su edad temprana, 
quizá prematuramente, contraen matrimonio. Son gente hon- 
rada que se dedican al trabajo y tienen algún arraigo en el 
pueblo y un modesto pasar, no obstante que por su extre- 
mada fecundidad están cargados de hijos á pesar de los es- 
tragos que todos los años hace en los niños la viruela. 

Con esta medida al mismo tiempo que se limpiaban los 
pueblos de gente haragana y de mal vivir, llevándose los sol- 
teros que se instruirian en la milicia, se fomentaria la mora- 
lidad, la agricultura, y el aumento de población de que tanto 
necesitan estos países casi despoblados. Para casos urgentes 
quedaría la 2." lista de mozos de los viudos sin hijos y solte- 
ros hasta los trienta ó cuarenta años. 

Como de los pocos mozos quintados que el Gobierno pide, 
muchos no son llamados nunca por no ser necesarios, éstos 



usos Y COSTL'M BRES 303 



podrían utilizarse para fomar cuerpos de milicias organizadas en 
los pueblos respectivos para la persecución de los malhechores 
y defensa de los pueblos en sustitución de los cuadrilleros, re- 
tribuyéndoles el Gobierno lo mismo que á los soldados para 
que no se entregaran al pillaje. 

Diversiones, fiestas. 

Las fiestas y diversiones de los indígenas unas son públi- 
cas y otras de carácter privado, y aun de familia, pero casi 
todas tienen por pretexto alguna fiesta civica ó religiosa. Las 
públicas las celebran principalmente con comedias y gallera. 

Comedias. Las comedias tradicionales que tanto embelesan 
á estas gentes, y prolongan á veces por tres y cuatro días se- 
guidos y gran parte de la noche, se reducen al rnoro-moro, 
así llamadas por la lucha de moros y cristianos que es el asunto 
sobre que versan. 

Para este objeto frente á la casa parroquial, en medio de la 
plaza, arman un gran tablado con sus bastidores y decoracio- 
nes acomodadas al asunto, con sus toldas, bancos etc. para la 
comodidad de los espectadores que son casi todo el pueblo en 
masa, que abandonando por aquel día la gallera á que son aún 
más aficionados los hombres, se pasan las horas muertas de frente 
al escenario, empingorotados en sendos carros, mesas y ban- 
cos que llevan de sus casas, para no perder una palabra de la 
monótona declamación que oyen con un silencio sepulcral sin 
acordarse de comer, ni hacer caso del sol abrasador que cae 
de plano sobre sus cabezas. 

En el fondo del escenario hay dos puertas con estas ó aná- 
logas inscripciones Moscovia^ Málaga. Al lado algunas mace- 
tas donde se lee Jardín. Junto á este una Cárcel, y al lado 
opuesto un arbusto reciencortado que nunca falta; entre basti- 
dores los músicos, y en el centro un apuntador y el maestro 
de la comedia que es el que dá el tono á la cosa. 

Los comediantes son en igual número moros y cristianos. 



304 SEGUNDA PARTE. ETOLOfilA 



y una, dos ó más princesas según el runabo que quieran gas- 
tar, instruidos al efecto por el maestro de la comedia. Uno de 
los comediantes representa al rey moro, y otro al rey cristiano 
con su séquito de generales y traje á la antigua, á que añade 
el rey cristiano manto y corona real, y una cosa análoga el 
rey moro. Á éstos acompañan dos bufos ó graciosos, que imi- 
tan ridiculamente todos los movimientos de sus amos, y con 
sus gestos y contorsiones, y con sus dichos y chocarrerías no 
siempre de buen tono, hacen prorrumpir en risotadas á la ale- 
gre plebe que los mira. 

Antes de dar comienzo á la función, sale acompasadamente 
á los acordes de una marcha, un chicuelo vestido de casaca 
colorada, calzón corto de otro color, enormes zapatos en los 
pies y tricornio negro en la cabeza, que se adelanta al esce- 
nario, saluda al público, y en una loa en castellano que pre- 
tende ser sublime, expone á la ignara plebe el objeto que mo- 
tiva la función: y después se retira en la misma forma que 
lo hizo al entrar. 

Concluida la loa, moros y cristianos con su rey á la ca- 
beza y al lado las princesas, salen por ambas puertas armados 
de lanza y rodela, y se repite la misma función del loatite que 
les había precedido, saludan, y vuelven á entrar acompasada- 
mente. 

Vuelven á salir los cristianos solos, que tomando asiento 
á uno y otro lado del rey y de la princesa, y ejecutando todos 
los mismos movimientos, y tomando todos la misma 'pos- 
tura con rigurosa precisión, conferencian y declaman sobre el 
asunto pendiente con los moros, y se retiran. Salen los mo- 
ros en la misma forma, y habiendo conferenciado de la misma 
manera, se retiran también. Todas estas escenas son de gran 
interés. 

Después salen moros y cristianos juntos armados de lanza 
que enarbolan y hacen tremolar con singular fiereza, parti- 
cularmente los moros que hacen mil gesticulaciones: decla- 
man, gritan, se enfurecen, y por fin vienen á las manos. Pues- 



usos Y COSTUMBRES 301 



tos frente á frente á los flancos del escenario, se baten con 
lanzas una princesa con otra princesa, el rey moro con el cris- 
tiano, y así por este orden los demás. En esta lucha que se 
hace al compás de la música, lucen su agilidad y su destreza. 
Aquí crece el interés de los espectadores. 

Terminado el acto sin novedad se repiten las conferencias 
y amenazas, y se entablan luchas parciales saliendo pareados 
los combatientes de una y otra parte. Después se desafían á 
luchar á espada, arrojando con indignación las lanzas. Sirven 
de espadas pesados campilanes destinados al efecto, que saben 
blandir con destreza, de tal suerte, que en más de cincuenta 
espectáculos de estos que por complacerles he presenciado, no 
recuerdo que se haya herido ni uno solo, á pesar de que el 
arma es terrible, el compás acelerado, y á veces la pelea es 
de uno contra dos ó contra tres, que así se levanta como se 
agacha y escurre para desquitar los golpes de sus contrincan- 
tes. La gritería y algazara de la gente en este caso es indes- 
criptible. 

Después de muchas entradas y salidas, de muchas deman- 
das y respuestas cae cautiva la boba de la princesa cristiana 
que se solazaba mirando las flores de su jardín, y aquí fué 
Troya. Conducida á la cárcel, cubierta la cara con velo negro, 
y escoltada de los moros al compás de la marcha fúnebre que 
tocaron quizá en la procesión del Viernes santo, es introducida 
en la prisión donde lamenta su desventura, y acaso entona algu- 
nas endechas relativas á su desgracia. 

Las conferencias, desafíos y luchas se repiten hasta el fasti- 
dio, hasta que por último vencidos los moros, y puesta en liber- 
tad la princesa, aquellos se convierten á la fé y el rey moro 
ú otro arreglan el casamiento con la primera. 

Este orden es riguroso, y sobre él están calcadas invaria- 
blemente todas las comedias de esta clase, alterando solamente 
las formas y los nombres de los reinos y de las cosas, y algu- 
nos detalles. En ellas los más ilustrados entre los indios, derro- 
chan todas las galas de su idioma que no carecen do ciegan- 



306 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 

c¡a, y están escritas en lenguaje correcto, pero sublime y le- 
vantado más aún que en los corridos. 

Estas clases de comedias son ya menos frecuentes por los 
muchos gastos de trajes que ocasionan á los que el pueblo 
contribuye gustoso siempre que tiene que gastar. En su lugar 
se van sustituyendo zarzuelitas españolas que los indios oyen 
con poco interés, y saínetes ó entremeses muy bien escritos 
en su idioma, pero en lenguaje corriente y usual. Versan sobre 
costumbres del país, y en ellas ponen de relieve todos sus usos 
y abusos sin parar mientes en sí ponen en caricatura ai te- 
niente de barrio, al estudiante, al tendero, al carabinero etc. 
porque ellos no comprenden que esto tiene significación alguna. 
Merecen estudiarse, y traducirse al castellano y son de tanto 
interés para la Historia como los mismos corridos. Estos saí- 
netes los ejecutan con naturalidad y verdad, ( no como el inoro- 
moro que es pura farsa ) y los caracteres están perfectamente 
descritos. En ellos principalmente se echa de ver que el indio 
no es negado para la literatura y el arte. 

Esta clase de espectáculos suelen tener lugar principalmente 
en la fiesta del Santo titular de la parroquia,, y cuando reciben 
á las autoridades asi eclesiásticas como civiles, que hay que 
presenciar para condescender con ellas, pues de lo contrario lo 
sienten mucho, y piensan que despreciamos sus cosas. 

También les gustan mucho los fuegos artificiales, sobre todo 
si hacen mucho ruido, y globos voladores de papel de China. 

Gallera. Las galleras ó circos donde se tienen las peleas 
de gallos, que aunque de propiedad particular, pueden consi- 
derarse como edificios públicos por la intervención que en ellos 
tiene la Autoridad, son grandes edificios en forma circular á 
100 brazas de distancia de la iglesia parroquial, construidos de 
palma, caña y ñipa, y se reducen á un gran terreno cercado. 
En el centro hay un redondel de terraplén de cinco pies de 
altura y unos cuatro metros de diámetro donde pelean los 
gallos. Está rodeado de galerías de caña con escaños á guisa 
de tendidos. En uno de los lados y á continuación del redondel 



TISOS Y COSTUMBRES ,"^07 



hay una porción de terreno con un segundo cerco en el que 
está la mesa del asentista que es el casador de las apuestas, 
y este lugar ocupan los jugadores más fuertes (tahúres) los 
cuales pagan por entrar en él lo que llaman segunda puerta; de 
modo que el que entra en la gallera, paga medio real fuerte de 
entrada, y el que quiere ocupar el lugar que hay cercado para 
la mesa del asentista junto al redondel, que es donde se de- 
posita y casa el dinero de las apuestas, paga un real. En una 
parte del local hay un sitio destinado á emparejar los gallos: 
en él se ponen los jugadores en dos filas, unos en frente de 
otros teniendo cada uno su gallo agarrado. Esta operación es 
muy pesada; pues como todos quieren que su gallo pelee con 
ventaja, bien por ser más alto que el contrario» bien por tener 
más cuerpo, bien por tener mejor escama, bien por ser de 
mejor color, y por otras muchas cosas que ellos tienen por 
ventajosas, bien que muchas son puras supersticiones, como 
por ejemplo: un gallo colorado con patas amarillas peleando 
con un pinto de patas blancas, ha de ganar el colorado. Esto 
hace que tarden mucho tiempo en emparejarlos, además de ser 
una operación difícil, pues se hace á ojo y ninguno permite 
qne nadie toque á su gallo. 

Una vez emparejados dos gallos les amarran las navajas (1) 
cuya operación la confian á los navajeros que teniendo esto 
por oficio, estíín provistos de navajas de todos los tamaños, y 
ponen á cada gallo la que tiene las dimensiones proporcionadas 
á su pala. Los jugadores que ponen grandes apuestas, tienen na- 
vajas de su propiedad que sólo sirven cuando pelean sus gallos. 

Amarradas las navajas y embainadas, suben al redondel 
por una portezuela llevando cada uno su gallo; allí sola- 
mente está el sentenciador y un teniente de justicia: entregan 
sus apuestas al asentista, y los demás jugadores ponen en la 
mesa la cantidad que desean apostar á favor del gallo que 



(1) Ijaiicctas muy afiladas on forma ele espolón. 

39 



308 SEnUNDA PAUTE. ETOLOGIA 



m;is les gusta, si es que el contrario tiene mayor apuesta ó 
se puedo igualar con las que otros ponen á su favor. Igua- 
ladas las apuestas los dueños de ios gallos (soltadores) los po- 
nen en el suelo, agarrándolos por la cola y poniéndoles uno 
frente á otro durante algún tiempo, y sujetándolos para quo no 
se alcancen: hecho esto los levantan, hacen que se piquen en 
las orejas para que se encorajinen, les quitan las vainas de 
las navajas, y á una señal del sentenciador los sueltan en el 
suelo á distancia de una braza uno frente á otro, y se retiran. 
Los combatientes se contemplan con las plumas erizadas, mue- 
ven la cabeza, y se arrojan uno sobre otro, continuando la 
pelea hasta que uno de ellos muere, ó rendido y lleno de cu- 
chilladas huye por cobardia. 

Concluida la pelea el sentenciador levanta al vencedor agar- 
rándole por las plumas del lomo, y se lo entrega al propieta- 
rio en señal de la victoria, y el vencido que es el que huyó, 
aun después de muerto el otro, es recogido del suelo por su 
dueño. La soltada, como ellos dicen, ó sea la lucha, suele 
durar unos dos ó cuatro minutos, en cuyo intervalo están fijos 
los ojos de lodos los espectadores en los gallos, observando 
todos sus movimientos con un entusiasmo tal, que á cada pe- 
ripecia que les acontece en la pelea, prorrumpen en una gri- 
tería general (único caso en que el indio se entusiasma do 
veras), la cual se percibe á la distancia de seiscientos ó más 
metros, como yo la he oido. 

Es el tal juego de gallos un verdadero juego de azar en 
que se aventuran sumas muy considerables; y cuando hay mu- 
chos dias seguidos de gallera, acuden en devota y no inter- 
rumpida peregrinación indios de todos calibres: allí sé reúnen 
los galleristas más famosos, no solamente de los pueblos limí- 
trofes, sino también de las provincias vecinas, viéndose con 
frecuencia casos de algunos de ellos que han hecho, aunque 
parezca fabuloso, cuarenta ó cincuenta kilómetros de camino 
con el objeto exclusivo de asistir á la gallera, no satisfechos 
con la gallera ordinaria de su pueblo. 



usos Y COSTÜMBriES 300 



Todos los (lias de gallera auieren una infinidad de gallos; 
pero no por eso disminuye su núiugro, pues en todos los pue- 
blos hay más gallos que habitantes. 

Los dias en que está permitida la gallera son los festivos 
(1), y empiezan las peleas desdo que se concluye la misa ma- 
yor, que suele ser á las nueve de la mañana, y duran hasta la 
puesta del sol. 

Dentro del cerco más exterior que es bastante capaz, y 
fuera de él, hay innumerables tiendas de todas clases, incluso 
las de géneros, que dan abasto á las muchedumbris de carne 
de cerdo, carabao ó vaca; tabaco, buyo, aguardiente del país, 
morisqueta con bagon etc., en fin una fonda indiana de lo 
más completa que se puede desear; tanto que los aficionados 
no necesitan moverse de allí en todo el día, lo cual no deja 
de ser un inconveniente, por abandonar sus casas y familias: y 
cuando los días de gallera son continuados, es una perdición, 
una calamidad, y un escándalo para la población y para las 
familias, donde los disgustos y contiendas de los matrimonios 
llegan al máximum; porque enviciados en el juego los vecinos 
y tomados del vino, no dan paz á sus mujeres, y venden ó 
empeñan sus bienes y alhajas, y las de sus hijas. En seme- 
jantes días la población en masa, ó sea la que vive en el casco 
del pueblo, invade por completo la gallera donde se mezclan 
en estraña confusión, hombres y mujeres de todas las edades 
y condiciones, y hasta los niños de la escuela. 

El gallo es el compañero inseparable del indio, y el objeto 
de todas sus atenciones y cuidados. Lo lleva siempre en brazos, 
lo acitricia y estrecha contra su pecho; y si por casualidad no 
está un indio en su casa á la caída de la tarde, que es la hora 
de darle de comer, la única pregunta que hace al llegar, es si 
han dado de comer al gallo ó gallos. 



(t) Es frecuente en alpunas provincias celebrar abusivamente las fíaUo- 
ras (le diversos pueblos en un putíbio céntrico, á continuación de las (|uc á 
este corresponden por las diversas licslas; habiéndose dado el escándalo de 
lenor K», ló ú -20 «lías scfíuidos <le K^ilb-'a «'^ "Ui misino purblo. 



SEGUNDA PARTE. ETOLOaiA 



La primera visita y las primeras caricias son para el gallo, 
y al levantarse por la mañana el gallo es el único objeto de 
sus atenciones, y sentado en cuclillas en la calle al frente de 
su casa, lo atusa, lo contempla, y se mira con él horas enteras. 
Son muy estimados, y por ningún precio vende el indio su gallo 
favorito, y algunos tienen y cuidan por sí mismos hasta media 
docena de^estos inapreciables bípedos. ¡Lástima es que en vez 
de gravar con impuestos la agricultura y la industria, eslén 
exentos de este gravamen los gallos de pelea! (1) 

No es infrecuente que en uno de los rincones de la gallera 
haya algunos individuos dedicados al juego de monte á la pre- 
sencia del Teniente de justicia y aun de la pareja de Guardia 
Civil que está apostado en la gallera para impedir que se al- 
tere el orden, y es muy regular que éstos mismos hagan sus 
apuestas correspondientes al gallo, lo mismo que el Goberna- 
dorcillo y principales que no suelen faltar, dejando comple- 
tamente abandonada la casa-Tribunal, y el pueblo expuesto á 
algún asalto de malhechores que pululan mucho durante es- 
tas fiestas. — A la salida de la gallera es muy común que los 
tahúres se reúnan en una casa retirada donde pasan la noche 
jugando á juegos prohibidos en que se cruzan fuertes sumas 
lo mismo que en la gallera, para continu su tarea en los 
días subsiguientes en la misma forma que el anterior. 

Corridas. Son también muy aficionados á las corridas de 
caballos. Como son propensos á abusar de todo, abusan también 
de esta diversión, en que más les estimula el interés de las apues- 
tas que en ella se cruzan, que la afición al fomento de la cria ca- 
ballar, que tan decaída está en este país por lo gravoso de los 
impuestos que sobre ellas pesan, y concluirá con ellas en pocos 
años. Basta decir que, como observamos en dos artículos que 

(1) No solamente esto: podría también restablecerse á su primitivo vigor 
el antiguo reglamento de galleras, y aun restringirlo más, no permitiendo que 
en ningún caso ni por ningún pretexto, haya tres días seguidos de gallera, 
ni ..se permitan en ella y á sus inmediaciones tiendas de comidas y bebidas 
alcohólicas, con las cuales la gallera podrá ser todo lo que se quiera menos 
una diversión. 



tSOS Y COSTUMBRES olí 



publicamos en un periódico de esta capital no hace mucho 
tiempo, paga el indio por su caballo doble de lo que paga por 
su cédula personal. 

Las corridas de caballos (liimba) las tienen una vez cada 
semana en cada pueblo, amen de las corridas privadas y ocul- 
tas que ellos hacen por sí y ante sí en lugares apartados; y 
en tal disposición que en un pueblo las tienen en lunes, en 
otro inmediato en martes, y así sucesivamente. Con lo que los 
indios andariegos y viciosos, qne no desaprovechan ninguna 
ocasión de jugar, andan de zeca en meca toda la semana, de 
corrida en corrida, de gallera en gallera y de juego sin tener 
ninguna otra ocupación que holgar y divertirse, y gastar su 
dinero. Por eso cada día van más en aumento las cuadrillas 
de rateros y aun tulisanes, que necesitando de dinero para sos- 
tener sus vicios, tienen por precisión que entregarse al robo y 
al pillaje. 

Diversiones privadas. Las diversiones y juegos privados 
de los indios, unos son sedentarios y otros de movimiento. 
Entre estos el principal es el juego de pelota de bejuco (sipa) 
que lanzan con los pies. Todas las tardes se ven en las pla- 
zuelas y rincones, grupos de indios, chicos y grandes, puestos 
en corro, esperando dar un boleo á la pelota que arrojan con 
el pié á mucha elevación y juegan con destreza. La habilidad 
está en que no cese la pelota y caiga en el suelo, lo que ce- 
lebran con dichos agudos. Es de grande ejercicio, y muchos 
grandes lo toman por higiene para sudar. 

Los muchachos juegan también al calit con frutos del ár- 
bol del gogo, y son como castañas grandes. Taujbien tienen 
otros juegos parecidos á los de los chicos de España en que 
corren, alborotan y se agitan. Es muy común entre ellos el 
juego de la tanga, y muy poco usada la peonza; mas no usan 
el salto tan común en España, y no entran fácilmente ni aun 
por el de cuerda, pues son muy pesados estos juegos para este 
país donde se suda mucho. Gomo los indios andan tanto á 
pié, apenas necesitan hacer otro ejercicio. 



312 SEGUNDA PARTE. ETOLOr.íA 



Entre los sedentarios además de el de naipes, rifa ó lote- 
ría, está el de damas que hacen con rayas en el suelo ó en 
una tabla que pintan con yeso ó carbón, como hacen los mu- 
chachos de España para jugar al castro. í.os grandes tienen sus 
reuniones en las garitas ó tabernas, y si son principales á la 
puerta del tribunal, donde pasan largas horas charlando, be- 
biendo, V mascando buvo. 

Juegos de naipes. Los juegos de naipes raros son los que 
lo toman por pura distracción, y rarísimas son las veces en 
que no se atraviese algún pequeño interés. Describiremos ios 
más principales copiando la relación del P. Platero. (Ij 

«Son aficionados á los de varias clases; es el más estimado 
del hombre la riña de gallos; sigue el de naipes de banca ó 
monte; le agrada el de naipes llamado el burro, juego muy 
generalizado en Albay y Camarines Sur y Norte, y que tiene 
parecido con el julepe; sino que hay descarte y sólo juegan los 
que tienen cartas para ello, cuando en el julepe juegan todos 
sin descartar. Es juego de baza muy bonito, y suele jugarse 
hasta de á treinta y dos y cuarenta pesos pase entre ricos, 
de á peso y dos pesos entre gente de posición modesta, y aun 
así es juego fuerte. 



(1) El P. Platero de quiea ya hemos hecho mcQcion oirás veces, nos reini- 
lió uua relación de los usos y coslunibres de los indígenas del Sur de Luzou 
•lue habíamos pensado poner al linal de esta Memoria por vía de apéndice. 
Mas siendo ya muy voluminoso este trabajo, y no dando más de sí el tiempo 
de que dispunemos, utilizamos gran parle de ella en las páginas siguientes, se- 
ñalando con comillas los párrafos que de la misma tomamos. Rogaoios á nues- 
tro amigo, ausente hoy de Manila, disimule la libertad que nos tomamos de 
separarlos de su contexto, omitiendo otros; y el que nos hayamos propasado 
á separar por paréntesis algunas expresiones, completando el sentido de alguna 
que otra; pues escrito á vuela pluma^ como nos consta y comprendo el más 
lerdo á su simple lectura, no era eslraúo haber incurrido en más defectos de 
redacción. 

Advertimos lambien á los lectores que lodo lo (jue el P. Platero escribe con 
relación á Camarines y Albay, es general en el Archipiélago, ó por lo menos 
en toda la isla de Luzon. Y si por ventura hay algunas circunstancias en los 
usos y costumbres que se refieren, exclusivos de a(iuellas provincias, lo adver- 
tiremos en notas al pié del texto. 



usos Y nosTnMnr.ES ol3 



La mujer bien educada sólo se envicia al juego de burro; 
la menos educada se apasiona por el de monte; las mujeres 
pobres, especialmente tenderas, juegan siempre la rifa de nai- 
pes para colocar así sus mercancías: estos juegos son de es- 
pañoles ó introducidos por españoles. 

Panguíngiii. El juego indígena es el pangningue, íi que 
es muy dada la gente ordinaria, hombres y mujeres usan de 
una sola vez, y en un montón, gran número de barajas de á 
cuarenta naipes, que pueden ser de diferente tamaño y dibujo, 
regulando una baraja por cada jugador. 

Se colocan óstos en círculo de ocho, diez, y hasta quince 
personas: el que reparte cartas, baraja éstas á porciones, que 
de otro modo no podría manejar. Puesta una porción sobre 
otra hasta formar una verdadera montaña de cartas, va repar- 
tiendo por encima diez naipes á cada jugador, empezando por 
el de su derecha y terminando por sí mismo. 

El jugador ve sus cartas y las va colocando en la mano 
por escalerilla, como es, dos y tres, ó seis, siete y sota, ó 
sota, caballo y rey; ó también tres cincos, tres doses, tres ca- 
ballos, y así de los demás, aucque sean distintos palos; y te- 
niendo por lo menos un grupo de cartas así, las descubre y las 
coloca á la vista de todos delante de sí, y se reserva en la mano 
las siete ó las cuatro restantes. Hecho esto por todos los ju- 
gadores, el que dio cartas toma una de la baceta, la dá des- 
cubierta al jugador de la derecha, y si á este no le sirve para 
formar escalerilla con las que tiene, queda abandonada y des- 
cubierta sobre el ruedo ó mesa, y toma otra que se dá descu- 
bierta también al jugador que sigue, que hace lo propio; y así 
á todos los demás hasta concluir con el monte ó baceta, en 
cuyo caso se recojon todas las cartas que llenan la mesa, y se 
vuelven á barajar y repartir una por una á cada jugador, hasta 
(jue alguno termine en tercer grupo ó escalerilla de las cuatro 
últimas cartas que le quedaron. Pero cuando la carta que le 
ofrecen descubierta al jugador, le conviene para hacer segunda 
escalerilla de tres, si ya hizo la primera al empezar el juego, 



SEaiJNDA PARTE. ETOLOfrlA 



() la tercera de cuatro cartas; toma esa carta, la une á las que 
con ella forman la escalerilla, las coloca delante de sí descu- 
biertas, y cede al de su derecha, descubierta también, la que 
de las suyas antiguas le sobra ó estorba, por haber tomado 
la que se le ofreció y le convino: y si no conviene tampoco 
al jugador de su derecha, se le dá la que le corresponde por 

turno de la baceta ó monte. 

El primero que ocupa todas sus cartas con bis escalerillas 

en tres grupos, dos de á tres y uno de cuatro naipes, muestra 
su tercera escalerilla y exclama: t.ima^ acertó; ó tuminodas na 
acó, conjugando y bicolizando el adjetivo todas, con lo que 
quiere decir: «lúcelas todas.» Entonces cada jugador paga al 
ganancioso el tipo acordado de panguingue, medio peso, dos 
reales fuertes, ó lo que fuese el tipo; pero si en alguna de las 
escalerillas que hizo el jugador ganancioso, hay la de as y dos, 
entonces se paga doWe. Llaman á esa escalerilla politana; y lo 
que importa el doble pago, se reparte por igual entre el jugador 
ganancioso y el casero ó industrial que tiene juego público: 
esta es su ganancia é interés, y por ella mantiene á los juga- 
dores según su posición, clase ó tipo de juego, les dá luces, 
suministra barajas etc. 

Juego idéntico á éste, pero sólo para dos ó cuatro perso- 
nas, es el que llaman Himqm'au; y tanto en uno como en 
otro, se acostumbran asociar los hermanos, compadres, y su- 
perior é inferior, porque esto lo consideran mucho, para no 
pagarse ni cobrarse entre ellos en la pérdida ó ganancia. 

El europeo se confunde en este juego y no lo comprende, 
y si lo comprendiera no le divertiría; pero es en el que se 
conoce á fondo al indio, y es en el que admiro sus buenas y 
malas cualidades; porque en este juego se trasparenta y ma- 
nifiesta tal cual es, y se admira su agudeza de ingenio, y en- 
cantan los giros de sus idioma, y enamora su confianza y na- 
turalidad, y profundiza uno el abismo de sus pasiones.» 

Contamos entre las diversiones privadas de los indios los 
cuentos, fábulas y canciones populares. 



USOS Y COSTUMBRES 315 



«Sus cantos, y música indígena, se reducen al cundiman ta- 
galog ya vertido al bicol en igual metro y ritmo, variaciones 
sobre este tema y canciones amorosas siempre en lenguaje al- 
tisonante y figurado, con alusiones al objeto de su amor, al 
que señalan ponderando sus cualidades físicas ó morales sin 
nombrar la persona; es recurso para ellos el jazmín, zafiro, 
perla, diamante, rosa, piedra, agua, y cuanto de rico y 
variado han conocido ú oido de la creación, y lo emplean 
á granel y de montón Su árbol poético y religioso es el 
balete. (1) 



(1) He aquí algunos de sus cuentos que nos ha remitido el indio filipino 
D. Isabelo de los Reyes natural de Vigan de llocos Sur. El primero de 
ellos lo hablamos oido repetidas veces en Pangasinan en nuestras escur- 
siones á los barrios y al monte, acompañados de algunos principales. ij 
Juan el perezoso. Se llama así porque pasaba todo el día en la cama. 
Obligado un dia por su madre á trabajar, sacó un hacha y se dirigid á 
un bosque á cortar árboles y encontró un árbol corpulento, que fué respe- 
tado por todos los que lo habían visto por temor al mangmangquet, ó;de- 
monio que vivía en él. Como ignoraba la preocupación, no dudó en comen- 
zar á corlarlo. Al descargar del primer hachazo, oyó una voz que le decía 
parara. Sin embargo de ésto, siguió dando hachazos y mas hachazos, sin 
dar oídos á las voces amenazadoras. Enlónces apareció el mangmangquet, 
en forma de un castila. Este creyendo que era valeroso Juan el perezoso, 
en vez de castigarle, le suplicó respetase su morada, prometiéndole dar 
el pito maravilloso que exigía Juan. Adquirido ya el pilo se retiró á su casa, 
y cuando su madre le obligó otra vez á trabajar para ganar el sustento cuoti- 
diano, locó su pilo y se llenó la casa de arroz. Necesitando vianda ó dinero 
para ella, fué otra vez á su amigo el mangmangquet, el cual le dio otro ins- 
trumento maravilloso que le daba cuanlo necesitaba. ¿I>e modo que la pereza 
es cosa buena para las indígenas? Si es así, no sería extraño que sean pere- 
zosos. 

El rey enfermo.- Un rey estaba enfermo desahuciado por doce médicos, 
cuando llegó otro que le aconsejó como remedio de su enfermedad la presen- 
cia de un pájaro maravilloso llamado Adama. El Rey mandó al mayor de sus- 
tres hijos; éste fué, y en su camino encontró á Dios, disfrazado de anciano 
mendigante. Este quiso probar su corazón y le pidió un pedazo de pan. El 
príncipe se negó, diciéndole: aXo me embromes, que el fin de mi jornada cslá 
muy lejos aun.» Y siguió su camino hacia el Este. Encontró un ermitaño, 
quién preguntado por él acerca del paradero del pájaro buscado, le indicó 
que debía caminar más hacia el mismo rumbo, siguiendo á los árboles, 
cuyas ramas se extendían todas hacia el Este. En fin encontró al Adama, 
que estaba posado en un árbol. Era de noche y el ave cantaba. Esta ave 
entona dupaatc la noche siele cantos, v se muda de color por cada canto 

iO 



316 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



La gente de sementera tiene otras canciones que cantan siem- 
pre en tono lúgubre, favorito de los pueblos orientales. (1) 

Fiestas de familia. Las tienen con motivo de algún fausto 
suceso en la familia, tales como un casamiento, un bautizo, 
y se reducen á un banquete en que matan cerdo, vaca, ó ca- 
rabao, con abundancia de morisqueta, bebidas alcohólicas, el 
obligado lechon asado, á que añaden tabaco y buyo, y los más 



El príncipe Pedro estaba esperando que quedara dormida para cogerla; 
pero el que durmió fué él, y habiendo depuesto el pájaro el escremenlo, 
cayó sobre él y se metamorfoseó en piedra. 

Como no llegaba Pedro, el rey despachó á su segundo hijo llamado Diego, 
al cual ocurrió lo mismo, por no haberse dignado dar un pedazo de pan 
al Dios mendigo. 

Pero el tercer hijo que se envió después, tenía mejor corazón que sus 
hermanos, y dio al anciano cuánto tenía; por lo cual éste le dio un cu- 
chillo para herirse, y así no quedar dormido. Y como no se habla dormido 
el príncipe Juan, que asi se llamaba, pudo coger al pájaro. 

Después por un remedio maravilloso, Juan logró que sus hermanos pe- 
trificados adquirieran sus primitivas formas. 

Pero en agradecimiento, trataron de matar á su salvador para finjir 
que fueron los que cogieron el pájaro. Pero se descubrió su perversidad y 
fueron ahorcados. El rey sanó por la presencia del Adama, y Juan le sus- 
tituyó de=;pues en el trono. 

El papagayo. Es análogo al anterior en cuanto al rey enfermo y que 
mandó sus tres hijos para coger el papagayo. Para cogerlo desciende el 
menor, porque los demás no se atreven, á un pozo maravilloso. Dentro» 
lucha con una serpiente, un gigante de siete cabezas, y otro de doce, y ven- 
cidos, coge el papagayo. También sus dos hermanos por envidia y por 
arrebatarle su triunfo, trataron de asesinarle, y fueron 'descubiertos y cas- 
tigados. 

(1) He aquí traducida una canción ilocana. 
Me despido triste 
lleno de pesares: 
mas no me olvides 
que esto es mortal. 

Otra vez repito 
que te acuerdes de mí 
pues si en lo sucesivo 
de raí te acordares, 
no dudo llorarás. 

Cuando te embargue el dolor 
de mi triste separación 
repetirás sin cesar: 
Vuelve mi vida 
Mi consuelo vuelve ya. 



usos T COSTUMBRES 



acomodados, ginebra, anisado, cerveza, vinos de Europa, dul- 
ces, y un sinnúmero de platos que confeccionan al gusto de 
ellos. A estas fiestas convidan á todos sus parientes, aun los 
más lejanos, lo mismo que al entierro de alguno de ellos, y 
ninguno cree deber dispensarse de la asistencia á estos actos, 
á que acuden también en la cocina ó fuera de la sala donde 
están los convidados, una turba innumerable de curiosos y 
gente desocupada, que vá principalmente á comer y beber sin 
que á nadie se despida ó rechace, complaciéndose los anfitrio- 
nes en gastar y darse tono hasta donde llegan sus alcances, y 
algo más. 

Jja reunión la amenizan con música ó baile, que también se 
organizan en las fiestas de los pueblos en las casas privadas, 
ó en la casa-tribunal, cuando se celebra la toma de posesión 
del Gobernadorcillo y nuevas justicias, donde los principales ce- 
lebran un banquete. 

«Los bailes de uso común son los europeos de sociedad muy 
generalizados en provincias, aun entre el vulgo: es verdade- 
ramente cómico verles bailar con gravedad ridículos, y relati- 
vamente con arte, rigodones, walses, schotis, mazurkas, á su- 
cias y desarraparradas mozuelas y desgarvados zagalones de 
sementera. 

Su baile natural, el dugangdugang que llaman en Cama- 
rines Sur, ó salampate que dicen en el distrito de Albay, (lan- 
ceros) es cadencioso, de lentos movimientos, en que luchan en 
galantería y atenciones el hombre y su pareja: es un minué es- 
pañol, introducido por los españoles y naturalizado entre los 
indios, que le acompañan con cantos y música propia suya. Este 
baile ya le conocen pocos, no es conocido en Camarines Norte, 
sino de los ancianos, y dentro de poco se olvidará.» 

Diferentes usos y costumbres. 

Casamientos. «En los casamientos nada hay de particular, 
fuera del servicio del novio en casa de la novia que suele 



318 SEGUNDA PARTH. ETOLOGIA 



durar más tiempo cuanto más inferior que la novia se con- 
sidere al novio, por las prendas personales de aquella ó ma- 
yor fortuna, ó que haya sido solicitada por bastantes preten- 
dientes. Este contrato suele hacerse por los padres de la no- 
via sin haber contado con esta, ni saber si es de su agrado 
el pretendiente, y por los padres del novio escitados por éste 
casi siempre. Casos también se dan en que la novia y novio 
se encuentran en la casa de la primera, sirviendo ya en ella 
el segundo, y ni uno ni otro se dan cuenta del caso. Por eso 
es frecuente escapar de la casa paterna la joven, y presentarse 
al Cura y á las autoridades, para que faciliten su casamiento 
con otro que es su favorecido. rNo es raro también que novio 
y novia así reunidos en la misma casa se enamoren uno de 
otro, y también suele suceder que habiendo venido á menos el 
amor de los muchachos, se cansan uno de otro, y se va cala 
cual por su camino y contraen otros lazos, sin que sea una 
dificultad para eso en la mujer el haber sido desflorada y ajada 
por uno ó más partos. En los pueblos reunidos bajo campana, 
ó la parte de ellos que así está, son pocos los casos de este 
servicio del novio á los padres de la novia para merecerla, por 
que se teme al Cura que cela esto. En las barriadas lejanas lla- 
madas visitas, y en las sementeras, es todavía esto lo corriente». 
El padre del varón pide la mano de la muchacha á los pa- 
dres de ésta por medio de una carta con algunos regalillos. 
Si admiten la carta y regalos, es señal de que acceden á sus 
deseos: si los devuelven ó no admiten, es señal de que no quie- 
ren. En el primer caso se reúnen los parientes más ancianos 
de ambas partes, y tratan las condiciones que se imponen al 
varón, y el dote que ha de llevar al matrimonio, firmado por 
todos el documento que se estieiide. En esta junta que se hace 
en la casa de la mujer, ó de otro pariente, señalan el día en 
que los jóvenes han de presentarse al párroco para las informa- 
ciones. Si'la parte de la mujer se atempera á lo que propone 
la del varón, se procede al casamiento en el término que se- 
ñalen. De lo contrario el matrimonio proyectado se deshace,. 



USOS Y COSTUUBRES 319 



sin conocimiento ó consentimiento de los jóvenes que ordina- 
riamente ni se conocen, ni se han tratado. El día señalado 
para presentarse á las informaciones, van ya instruidos en lo 
que han de contestar á las preguntas ordinarias que les hace 
el párroco, mas no ocultan que no se han visto ó tratado, ni 
saben masque el nombre de la persona con quien contraen. 

En otras partes hay otras costumbres, á saber: los padre^ 
de los jóvenes no suelen pedir la mano de las jóvenes hasta 
que éstas han adquirido su completo desarrollo. Con esto su- 
cede que los jóvenes de arabos sexos entran en relaciones y 
se dan palabra de matrirnouio sin conociiniento de sus padres, 
y se tratan y visitan más ó menos descubiertamente sin que 
aquellos pregunten ó averigüen la causa de aquellas visitas. Si 
el fía de aquellos es contraer matrimonio y los padres de las 
jóvenes ven que les conviene, les dan esperanzas, y es costum- 
bre recibida que el joven sea ya como uno de la familia; y 
no solamente tiene la entrada libre, sino que les sirve como 
criado, hasta que algún accidente desgraciado hace necesario 
tratar de verificar el matrimonio, y ios jóvenes formalmente 
piden la mano de las muchachas por modio de los padres. 
Entonces celebran la junta de familia como antes se ha dicho, 
y estipulan la dote y condiciones del trato. 

La parte de la mujer pide tanto de dote, y tanta cantidad 
de dinero para ellos pur entregar á su hija, y les imponen otras 
cargas pesadas de trabajos etc. Si á los padres del varón les con- 
vienen aquellas proposiciones (lo que no sucede ordinariamente) 
se estiende el documento firmado por todos los de ambas par- 
tes, y se concierta el día de presentarlos al párroco, estrechán- 
dose más las relaciones Je ambas partes como es natural, y con- 
tinuando los jóvenes prestando sus servicios, y arreglando lo 
necesario para la boda. 

Si, como con frecuencia sucede, ni la parte del varón se 
aviene á las exigencias de la otra parte, ni ésta se atempera 
á las condiciones de aquel, las relaciones de los padres se rom- 
pen, más no las de los jóvenes que ocultamente siguen tra- 



320 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



táiidose, tanto con mayor afecto cuanto mayor es la persecución 
ó castigos que sufren de los padres de la mujer, hasta que 
por último conciertan escaparse y presentarse al párroco que 
arregla el negocio. Si la joven es timida, ó por que no fuera 
de su gusto, abandona el trato del varón, y otro se presenta 
pretendiéndola, otra vez se repite una de dos escenas, su- 
cediendo con frecuencia que una joven quede deshonrada sin 
haber podido contraer matrimonio, y pasada ya la edad nubil 
por las exigencias de sus padres y su medro particular, que- 
dan perdidas para siempre, y no es raro que salgan cargadas 
con uno, dos 6 tres hijos, de uno ó de varios. Esta costum- 
bre no obstante vá desapareciendo poco á poco, y en muchos 
puntos es casi de pura fórmula esta enojosa tramitación. 

El día que se presentan al párroco, tienen su poco de ban- 
quete los parientes; y así este como todos los gastos que con 
este motivo se originan, van á la cuenta de los padres del jo- 
ven, que si tiene posibilidad, lleva su dote: la mujer por lo co- 
mún no suele llevar nada al matrimonio, aunque sus pa- 
dres puedan dotarla. La boda tiene lugar en casa de la mu- 
jer, ó donde elijan sus padres, y los del varón son los que 
corren con los preparativos, hasta el punto de que por no des- 
atenderlos, ni aun van á la iglesia el día del casamiento. Ellos 
sirven y reciben á los convidados, y todo el gasto es por su 
cuenta. Si hay música, ellos la costean. 

Celebrado el casamiento en la iglesia, de allí se van las 
parejas á la casa parroquial para tomar los datos necesarios 
para las partidas de casamiento, y entre tanto se disponen 
para partir á la casa de la boda con la comitiva correspon- 
diente. La mujer ataviada con prendas propias ó ajenas, vá 
delante acompañada de alguna amiga ó consanguínea con su 
sombrilla abierta ad honorem^ detrás la comitiva, y delante 
la música, si la hay. Al llegar á la casa suelen cantar una 
salve los cantores previamente invitados, delante de una ima- 
gen de la Virgen con dos candelitas. Después comienza la ja- 
rana, y una murga se encarga de amenizar el acto: se canta. 



usos Y COSTUMBRES 3^1 



se baila, se charla, y se toca la música hasta el hastío, pero 
sobre todo se come y se bebe en grande, y se hace parti- 
cipante de los residuos á todo el que allí se mete. 

Terminada la comida salen de la casa en la misma forma 
que fueron, y se hace la traslación de la esposa, yendo por 
mera ceremonia á la casa del varón, donde después de un 
rato, se disuelve la comitiva, dándose por terminada la fiesta. 
Otros usos. «Tienen mucho respeto á las autoridades cons- 
tituidas, y el menor símbolo ó signo de autoridad es para ellos 
objeto de veneración: este respeto y veneración es mayor, por 
menos violento, á los padres y ancianos en la familia, y aun á 
los ancianos sus extraños. El exceso de autoridad paterna está 
tan reconocido que no se le discute, aunque se emplee inicua- 
mente, como cuando el padre prostituye á sus hijas, ó esclaviza 
á sus hijos entregándoles por dinero á quien los explote. Las mu- 
jeres así prostituidas nunca cobran amor ni apego á sus se- 
ñores, á los que á su vez atormentan cuanto pueden dándose al 
juego, haciéndose despilfarradas, entregán<lose aun á los criados 
de quienes la» sostienen, y sumiéndolos frecuentemente en la 
pobreza: muchas de ellas se hacen así ricas, y cuando logran 
emanciparse viven con modestia, recojimiento y honestidad, 
aunque estén en la edad vigorosa de las pasiones» . 

También es grande el respeto y veneración que los hijos 
tienen no solamente á sus padres, sino también á sus hermanos 
mayores, y la fuerza moral que éstos tienen sobre aquellos. 

Enfermedades. «En sus enfermedades se tratan á su modo 
con mucho cuidado; rara vez dejan al enfermo solo, y si lo está 
de gravedad, se la aumenta la bataola y bulla que se arma 
con tanta gente como le rodea. Sus medicamentos son de lo más 
empírico que se conoce: hojas de todas clases, emplastos he- 
chos con el jugo de raices y yerbas, el hilot del tagalo que no 
es otra cosa que el sobo y fricciones á la parte dolorida, y 
el bantil que produce el efecto de las ventosas, son Jos recur- 
sos todos que emplean. De la medicina racional que usan los 
Europeos aceptan algunas purgas, las más suaves, el sinapismo. 



322 SKGIJ>ÍDA PARTE. ETOLOGU 



que siendo fuerte y aplicado por bastante tiempo, les produce 
notable efecto con las condiciones de cantidad y tiempo exce- 
sivas, porque su organismo, ó solamente su piel, son menos 
sensibles y delicados que los nuestros; alguna medicina ó es- 
pecífico de nombre altisonante como la esencia maravillosa,, 
tiene entre estos indios gran aceptación» 

El bantil, de que hice mención en el párrafo anterior, es 
una operación practicada al enfermo comunmente al pescuezo 
y los lomos. Se practica ésta dando grandes pellizcos, estiranda 
la carne y cutis por largo tiempo, y la tenaza cou que ope- 
ran, verdadera tenaza, la forman con los nudos medios entro 
las falanges segunda y tercera de los dedos índice y del me- 
dio, manejando s¡mult;íneamente ambas manos. La tumefacción 
que esto produce en la parte operada, la reducen en seguida 
haciendo cortes en la piel con una navaja de afeitar, y ponen 
en las soluciones de continuidad que resultan, sal, vinagre, 
ajos, y cosas así. Esta práctica tiene deformados por el pescuezo 
á casi todos los indios varones y hembras; y sea que en la ni- 
ñez padezcan pocas enfermedades, ó porque no las curen de ese 
modo y sólo traten así á los adultos, solamente se ven cuellos 
así en adultos desde la eiJad de doce ó catorce años: los de bas- 
tante edad ostentan dos grandes prominencias uniformes al 
pescuezo, por la operación muchas veces repetida, y viéndolas 
recuerda uno la giba del camello. Supongo que en los lomos ten- 
drán esa misma deformidad y acaso más desarrollada, pero no 
las he visto mas que en hombres que se despojaron á mi vista 
para el trabajo». (1) 

Curanderos. Bullen entre los indios un sinnúmero de 
curanderos y parteros sin título, que cometen infinitas 
atrocidades, y hasta homicidios é infanticidios, bien que in- 
conscientemente ó por ignorancia, aunque no enteramente de 
buena fé sino por su interés; pues comen y beben, y tienen 

(1) Estas prominencias y deformación duran poco tiempo, y solamente son; 
notables cuando está reciente la operación que la produce. {N. del E.) 



T'?;">s V cosTf irBBi:? 



dinero á costa de sus clientes qno explotan á maravilla durante 
el tiempo que se valen de sus servicios. 

Se cuenta de ellos alguno que otro caso rarísimo de tener 
comunicación y trato con el demonio. Son adivinos, y explotan 
la credulidad de sus paisanos adivinando donde están las co'^as 
perdidas. Como son parteros ó comadrones sin entender nada, 
muchos á fuerza de apretones en el vientre de las mujeres em- 
barazadas que los llaman, estrujan los fetos impunemente, como 
he visto muchos al hacer la operación cesárea después de muer- 
tas sus madres. Hay no obstante algunos de ellos muy prác- 
ticos en curar algunas enfermedades particulares y determina- 
das, principalmente heridas mortales y dislocaciones, que curan 
con mejor éxito que nuestros más famosos médicos, valiéndose 
de algunas yerbas que ellos conocen. 

Son grandemente supersticiosos, y sus procedimientos cura- 
tivos, son una aplicación de las creencias de los igorrotes, y 
su consecuencia práclicai 

Suponen en efecto que eí alma humana es un cuerpo sutil ó 
impalpable, imagen perfecta de este otro exterior y más craso 
donde está encerrada, sin otra relación entre ambos que la de 
semejanza en las formas. Li muerte no consiste en la separa- 
ción del alma del cuerpo, pues dan por supuesto como los igor- 
rotes creen, que esta separación se verifica en la enfermedad 
que le causa la ausencia del espíritu; y para llamarle otra vez 
al cuerpo, le preparan comidas y bebidas, tabaco y buyo. El 
curandero le llama á gritos, y hace ciertas supersticiones por 
donde conocer si el espíritu volverá al cuerpo ó nó, y por lo 
tanto si sanará ó nó el enfermo. Si presumen que la casa está 
infestada, y no querrá volver, lo trasladan á otra. La muerte 
debe consistir en la separación definitiva del espíritu atraído 
por los espíritus de otros parientes difuntos, que le ofrecen 
mejores atractivos, y se aparecen á los vivos en formas gro- 
tescas, y vuelven con frecuencia á sus parientes vivos en de- 
manda de cosas que han dejado acá olvidadas ó que necesi- 
tan, v el espíritu vuelve á buscar. Creen que acompaña v vá 

\ I 



3-?'í SKOT'NDA PARTE. ETOLOaiA 

junto á su ca(l;íver, y así lo cubren con una sombrilla ó pa- 
raguas (payong), cuando le llevan al cementerio para que el 
sol no le moleste, y luego se le aparezca en son de queja; y en 
eso son incorregibles. 

Así que enferma un indio la primera operación es llamar 
al párroco y al curandero que se oculta cuando aquel llega. 
El primero le administra los Sacramentos, y le da medicinas 
ordinarias como manzanilla, gotas amargas, crémor, pildoras 
etc. que reciben y toman ya sin desconfianza. Pero viene des- 
pués el curandero que se pega como una lapa á la casa del 
enfermo, donde tiene asegurada una mina, y tanto mejor le 
vá cuanto más dura la enfermedad, que siempre dicen ser 
calor y frió; aunque como sucede casi siempre, ni saben lo que 
es, ni los remedios que han de propinar, sino que en todo 
proceden á la aventura sin que les importe gran cosa la vida 
del enfermo. 

Se sienta en cuclillas al lado del enfermo ó enferma á 
quien no cesa de sobar (hilot), y ojalá que muchas veces no 
se extralimitaran en esta parte como nos consta. Observa así 
al paciente, y lo manda alzar y colocar en la dirección del 
<ju¡lo mayor de la casa. Manda traer un cerdo ó un gallo que 
mata para observar la hiél, con otras muchas tonterías, y receta 
un emplasto que él mismo hace de cualesquiera yerbas que 
dice ser buenas. 

Si no dan resultado los procedimientos que ha empleado, 
vuelve á repetir lo de cerdo ó gallo, examina las rayas de las 
manos, observa la estrella del enfermo, llama á voces á los es- 
píritus diciendo: venid, y les pone viandas, tabaco y buyo cerca 
de la casa, con otras impiedades y ridiculeces, y emplea otros 
emplastos y otros medicamentos. Si el enfermo á pesar de esto 
se agrava, como sucede siempre que Dios quiere, ordena la 
traslación del enfermo á la casa de otro pariente, por que 
dice que aquella está infestada. 

Muchos indios tontos que le observan y obedecen, y no 
entienden lo que aquellas cosas significan, sospechan que aque- 



usos Y COSTUArnRES 



las prácticas son supersticiosas; pero ceden por debilidad de 

carácter, y discuten entre sí si aquello será bueno ó malo, 

hasta que cuando van á confesarse, les remuerde la conciencia 
y consultan. 

Estos malos espíritus según lo que á duras penas he podido 
averiguar, por que son pocos ¡os que se dan cuenta de estas co- 
sas, son unos hombrecillos de un palmo de grandes (dicaj-ralin), 
grandes cacos y mal intencionados, que moran en los monto- 
nes del aiiay (hormiga blanca que inutiliza por dentro las ma- 
deras) y habitan en los cañaverales, los cuales si se les queman 
ó destrozan, les hacen contusiones que los chicos dicen ser muy 
dolorosas, y examinadas por mi en la parte dolorida, no habia 
rastro ni señal alguna de la tal contusión conpletamente imagi- 
naria. 

Seria medida acertada suprimir,, no de golpe y porrazo, sino 
paulatinamente semejantes embaucadores en la forma siguien- 
tes. 1.° Prohibir severamente que en ningún caso ejercieran el 
oficio de parteros, sustiyendolos por de pronto por mujeres 
parteras de la aprobación del párroco, y por practicantes de 
los hospitales, que en provincias tienen mucha acceptacion, y de- 
veras recomendamos. 2." Prohibir con las mismas penas al que 
ejercieran sin patente el arte de curar: la cual patente no se les 
debiera expedir sin la propuesta de la principaba visada por el 
párroco, y aprobación expresa del médico titular de la provin- 
cia, que debería examinarle acerca de las enfermedadas que 
sabe curar, y medicamentos que para cada una emplea sin quB 
le sea licito al curandero extralimitarse en este punto. 3." Que 
una vez cojido en un abuso, se le eche encima sin contempla- 
ciones todo el peso de la ley. A." Y último que en caso de infan- 
ticidio, ó envenenamiento que el párroco podría denunciar de 
oficio, se le exigiese responsabilidad: y así en este caso como 
por haber empleado procedimientos supersticiosos, se le formara 
causa criminal con arreglo á derecho. Otras trabas se les po- 
drían poner, pero estas serían las más eficaces y de efecto m-is 
seguro: si estas no dan resultado, ninguna otra lo dará. 



:)-:H) SEGr'xnv parte. etoloPtIv 



Entierros. «Costumbre que tienen todos los naturales, aun 
los mestizos españoles y españoles del país es celebrar un fes- 
tín cada vez que fallece un individuo de la casa, y el festín 
es tanto mas ruidoso cuanto la persona que falleció suponga mas 
en la casa. [nmeJiata mente que ocurre la defunción y sin pre- 
parar la mortaja ni funerales, se matan la vaca ó vacas; el 
cerdo ó cerdos, según la posición de la familia á quien se 
murió un individuo, y el núaiero de sus relaciones que pre- 
sumen asistirán: se prepara el tabaco, se reúnen las jóvenes 
de la casa y vecinas, á bacer cigarrillos y buyo, los varones co- 
cinan, acarrean muebles y buscan vinos y licores, jamones, 
pastas, si son gente de posición; tabaco ordinario, buyo, 
alcohol y frutos del país, con algún pescado y gallinas los po- 
bres; V en cuanto la noticia de la defunción se ha extendido 
por el pueblo, salen despachos enviaJos á los pueblos vecinos 
en donde tienen p-arientes los de la familia mortuoria, y em- 
pieza á notarse hacia esta una verdadera romería. En la casa 
las mesas están constantemente servidas; el cadáver yace en el 
lecho mortuorio rodeado de algunas luces; viejas rezadoras, 
y curiosas devotas entran y salen con frecuencia. 

En la sala principal están las mujeres más caracterizadas 
de la casa recibiendo, entreteniendo y agasajando las visitas, 
y allí se reza el Rosario á la caida de la tarde; se cena des- 
p,ue.s>,, y en seguida todo el mundo (menos los cantadores de 
pasio,n) juegan unos al monte, otros al burro, ó al siete y me- 
dia,^ las mujeres y jóvenes al tres-siete, panguingue, pares- 
pares, y rifas, no siendo mal visto que en noche de vela al 
muerto se atraviese dinero Qrme en el juego. En las casas de in- 
dios liurnildes, que son casi todas, todo esto hacen amontonados 
en la única piezi de la casa, donde también está el cadáver». 

En las defunciones dé los párvulos además de esto, una 
carnada ó música está tocando casi constantemente desde que 
uno muere hasta que lo dejan depositado en el Cementerio. 
Los visten con trajes estrambótico3 y raros, por ejemplo de co- 
i^jediantes, de S. Miguel, espada en mano, etc. 



T'SOS V nOSTUMRUKí 



Al expirar un individuo de la familia, comienzan á llorar 
y gritar desaforadamente: poco después lo desnudan y laban 
con sendas timbas de agua que le echan encima; después lo 
visten con sus vestidos, y así los colocan en el medio de la ha- 
bitación con un par de candelas encendidas. Es de observar 
aquí la costumbre de beber frecuentemente con exceso en las 
casas de duelo, en lo que se ven algunos vestigios de las cos- 
tumbres de los igorrotes. 

Al entierro asisten de luto todos los parientes y amigos del 
finado; y llegando á la sepultura, una llorona, no de oficio, hace 
en estilo sublime un elogio fúnebre del difunto, acompañado de 
sollozos, ayes, lamentos y ademanes lastimeros, que provocan 
las lágrimas y excitan la conmiseración de los concurrentes. 
Después de enterrado el difunto, algunos van á bañarse al río 
para no quedar contagiados de la enfermedad. 

También es notable la costumbre de los indios de hacer un 
novenario en la iglesia por el difunto; dándose el caso de que 
indios de sementera que apenas entran en la iglesia en todo 
el año, en dichos novenarios son puntuales en la asistencia 
mañana y tarde, sin que obste una abundante lluvia, que 
sería una excusa para dejar de asistir. Esto indica que partici- 
pan algo del respeto que los chinos tienen á sus progenitores. 

Los indios aun los regularmente acomodados, no hacen 
testamento. A medida que van colocando sus hijos, van repar- 
tiendo entre ellos todos sus bienes;; y si algo les queda, dispo- 
nen verbalmente y sin testigos de ello. Cuando mueren sin ha- 
ber colocado sus hijos, si no son muy ricos, que entonces ha- 
cen testamento en debida forma, hacen un simple inventario 
de sus tierras con designación de las personas de sus hijos á 
([uiencs han de pertenecer. 

Cuando sus haciendas están empeñadas, mueren ab intes- 
tato, ó sin sucesión, ó la prole ha muerto, entonces vienen las 
discordias sobre la personas á (juiencs han de pertenecer aque- 
llos bienes, si á sus ascendientes y consanguíneos, ó á su mujer, 
según alega olla por la ci\rt:i dotal, ó convenio ([ue firman 



328 SKOTTVn^ PAT^TR KTOLOrTrA 



todos I s parientes sobre la dote que el varón ha dado á su 
mujer. 

También los hijos de familia desde niños hacen hasta cierto 
punto vida indepetidiente de sus padres, y tienen también 
un pequeño capital que procuran aumentar con su trabajo ó 
industria, y ellos por sí y ante sí administran sin interven- 
ción de sus padrea, sacando de allí para ropas, golosinas y 
juegos. Esta costumbre la autorizan ó respetan sus padres, y 
á veces piden á sus hijos dinero prestado, cuando se ven en 
alguna pequeña necesidad. Y no sin razón se toman los hijos 
esta libertad, porque si sus padres son pobres y viciosos, se 
cuidan poco de proveerles de ropas y otras cosas necesarias. 

También hacen íiestas de familia en la siembra y recolección 
del palay, en la molienda de la caña dulce, y en la marca de 
sus vacunos, donde danzan, rien, se alegran y cantan al son 
de unas guitarrillas. 

En la siembra y recolección, en la edificación de alguna 
casa, y otros trabajos de los más riquillos, es particular la 
costumbre de invitar á sus parientes, amigos, y cailianes, si 
es principal el amo, por un día fsagpíj ó medio día {ga^ 
mal) para el trabajo el cual suelen hacer con gusto, pues hay 
carabao y coquillo en abundancia, y durante el trabajo que 
se hace á la ligera, y con no poca jarana y bulla, toca una 
murga, una carnada^ ó una guitarra, y es un día de campo para 
todos, que se comprometen á trabajar del mismo modo y en la 
misma forma en la sementera de los otros. 

Costumbres agrícolas, y pesca. 

Palay. Las infinitas clases de palay pueden reducirse á dos 
principales según el terreno, de secano y de regadío. En el de 
secano ó monte, la tierra se prepara arándola ligeramente, y 
arrojando allí la semilla. El que se cosecha en terrenos de re- 
gadío, cuando los semilleros están en disposición de trasplan- 
tarse, se prepara la tierra inundár^dola de agua en esta forma. 



T'sos y nosTt^MnnEs 309 



«El arado de las pocas tierras de arrozales á que aplican 
aquel instrumento agrícola, que son solamente las poco per- 
meables ó las demasiado gruesas, y en las tierras sueltas, la pre- 
paración es introducir una manada de carabaos, (búfalos) en 
el terreno, hacerles dar giros y más giros marchando en pe- 
lotón, y cuando está el terreno fangoso, un hombre pasa un 
peine de madera por la superficie, haciemlo el arrastre un cara- 
bao, y van llevando las yerbas y raices á los linderos. Después 
uncen la bestia á un rodillo de madera estirado ó hendido á 
trechos en toda su longitud, y con el batido que dan al cieno, 
dejan la superficie lisa y se procede al trasplante, operación 
de chiquillos y mujeres. La cosecha la hacen, no segando 
por el pié, porque madura el arroz antes de secarse la caña 
por la mucha humedad y demasiada fuerza de las tierras, y 
ese trabajo sería muy penoso, sino espiga por espiga: esta 
operación también permite el trabajo de mujeres y niños, y 
el cosechero paga al trabajador una décima, octava, sexta y 
hasta tercera parte de lo que cada uno corta, según las cose- 
chas sean abundantes ó escasas, y sobren ó falten brazos para 
levantarlas». 

Tabaco. El cultivo y beneficio del tabaco es muy pesado 
y engorroso. Apenas vendido el tabaco de la cosecha anterior, 
empiezan ya á preparar los sem'lleros para la siguiente por los 
meses de Octubre y Noviembre. Arada la tierra y hecho el 
trasplante, cuando comienzan á salir los hojas, entra la ingrata 
tarea de estirpar pono por pono y hoja por hojí el gusano, 
que siendo del mismo color de la hoja, es m;ís difícil buscarlo. 
Si esto se descuida, pierde el tabaco gran parte de su mérito 
y valor, por quedar la hoja notablemente agujereada y tala- 
drada. Una vez recolectadas y ensartadas las hojas por su ner- 
vio en unos palillos como de una braza de largo hasta com- 
pletar una mano, se estienden para el oreo colgadas en cama- 
rines hechos á propósito. Después se prensan, arreglan y cuen- 
tan, para ponerlo en mándalas y disponerlo para la venta. 

La mayor parte de este trabajo lo hacen las mujeres y ni- 



330 sePtUNda parte. ETOLOr,ii 



ños. Los hombres apenas hacen mas que arar y preparar el 
terreno. Raras veces se ven homlires ayudando en el trabajo 
de trasplante y limpieza de esta planta, que se hace cabalmente 
en el tiempo de los más vivos calores en las provincias cose- 
cheras, lo cual es causa de muchas enfermedades, dolores de 
cabeza, mal de ojos, calenturas, etc. 

Abacá. «En el beneficio del abacá, después de hecho el 
desmonte del terreno á jornal y plantío por retoño, nunca por 
semilla, (porque aquel abunda y á bajo precio en las limpias 
de abacales muy nutridos, que tienen que castigar entresacando; 
y si se plantara por semilla, tras perderse mucha es de lento 
desarrollo, y el monte rozado volvería á cubrirse de maleza en- 
tretanto) cada propietario establece en su propiedad un número 
de familias cuantas considera necesarias para que sus varones 
adultos le hagan la corta del plátano-abacá y el beneficio de 
la hebra, y desde el primer día les dá comida, vestido, y les 
paga sus contribuciones personales; pero al año del nuevo plan- 
tío empieza el beneficio del abacá y ya no cesa nunca, por- 
que los retoños son beneficíales cada seis meses, y unos antes, 
otros después, hay trabajo para todo el año. El trabajador apar- 
cero presenta su obra diaria, término medio veinte libras de 
filamento limpio, y la mitad pertenece al dueño de la pro- 
piedad,, la otra mitad es para el aparcero; pero como la ha 
de dejar al año, y este designa el precio, siempre más bajo 
que en el mercado; y le descuenta por mermas y reseco, y 
le dá víveres y ropa y aperos que él también recarga en el 
precio, resulta que á los diez, quince ó veinte años de tra- 
bajo constante, está debiendo el aparcero á su principal, doscien- 
tos, trescientos ó mas pesos; con lo que sucede que le entra 
el desaliento, afloja en el trabajo y el amo deja de sostenerle, 
ó se ausenta y el amo no le busca: este sistema es tiránico 
y usurario hasta el extremo». 

Pesca. «Lo mismo sucede con los buzos de los corrales 
de pesca: ellos tejen los. materiales, cortan las estacas, las cla- 
van, fijan á ellas los grandes lienzos de tejido de caña; poro dii- 



rSOS Y COSTl'VBRE."! 



rante estas operaciones propias de la época contraria á la pesca, 
no ganan jornal, e! dinero que tornan h su principal, casi siem- 
pre en bastimentos y géneros para ropa, se les apunta en cuenta; 
y cuando creen enriquecerse con la pesca, de la que sólo la 
cuarta parte es para el amo y las tres cuartas partes para los 
pescadores y buzos que creen repartirse de buena fé por igual, 
como tienen que entregarla también al amo al tipo que esta 
señale, quedan siempre debiéndole. Entre esta gente más idiota 
y sin disputa menos trabajadora, y por ende menos fatigada 
que los aparceros de abacá, no suele suceder que se fuguen 
ó abandonen el trabajo: siempre están con deuda que crece 
de una manera fabulosa; pero como en la mala época de pesca 
se les mantiene y no trabajan gran cosa, están contentos, y 
de padres á hijos pasa la deuda y la esclavitud con una in- 
diferencia sin ejemplo». 

Su modo de pescar es por medio de corrales de caña formando 
laberintos de donde sacan los pescados, y con bancas y redes 
en alta mar: mas en los ríos próximos al mar usan de saram- 
bao, que es una pequeña embarcación con un tinglado del que 
pende una gran red que sumergen en el agua y levantan con 
una como palanca. 

El pescado que recojen, parte lo venden fresco en el mer- 
cado, haciendo sus reparticiones en la playa; parte lo salan, 
y otros los secan y hacen tapa, y después lo exportan á los 
pueblos lejanos de la playa. 

Otros se dedican á las salinas, dejando que el agua de 
la marea alta se retire, y cogiendo la tierra de la superficie 
impregnada de salitre, la cuecen en calderas, de donde sacan 
la sal que exportan á otros puntos. En esta faena se emplean 
también las mujeres. 

Una buena parto de esta gente vive en pequeñas embarca- 
ciones que llaman paraoSy cubiertas con un techo de hojas de 
ñipa, que es una palma que se dá en abundancia en los es- 
teros donde entra la marea, de cuya fruta hacen el aguar- 
diente que llaman de ñipa; y las hojas que aforan los hombres 



r¿ 



SRr.íINDA PAIiTIv. DTOLOníA 



según su calidad, preparan las mujeres para cubiertas de las 
casas, que hacen colocando unas sobre otras, amarradas con 
filamentos á un tejido de caña que sujetan á la quilazon. 

«En el pastoreo y cuidado del ganado caballar, vacuno y 
caraballar sucede algo parecido á lo antes dicho. El amo fia 
un número determinado de hembras con los sementales necesa- 
rios á un pastor, y no le ofrece menos estipendio que la mitad 
de las crias que se obtengan, á partirlas cuando se las marca, 
que es al año de nacidas; pero es el caso que tampoco el pastor 
puede retirar su mitad de crias del ganado de su amo, sino 
que éste las redime por un peso por cabeza; y como durante 
el año el pastor ha tenido que vivir á expensas de su amo, 
que aquí es todavía más cruel, porque no le ha dado sino 
un caban ó fanega de arroz por mes y sus contribuciones 
personales, y de ninguna manera ropa; si se suma el valor del 
arroz y las contribuciones anuales, (el arroz es siempre de la 
peor calidad y mermado de medida, aunque al pobre pastor 
se le anota en cuenta como superior y sobrado), viene á resul- 
tar, que el pastor se queda al fin de año sin una cabeza de las 
orias que tenia por suyas, y envuelto en deudas de las que 
no se ve libre. En este caso suele suceder que el pastor aban- 
dona el servicio, pero su amo y acreedor le persigue y ame- 
naza con llevarle al Juzgado, y el pobre deudor sufre tras de 
cuernos penitencia: y véase aquí la distinta solución que tiene 
este servicio del indio pobre á los ricos sus paisanos, que 
según sean abacaleros, pescadores ó pastores es la utilidad de 
los pobres la misma; la deuda horrible, pero en la manera 
de evadirla ó pagarla bien diferente». 

También los pastores hacen de las suyas particularmente con 
los españoles que se dedican á esta industria. Unas veces ocultan 
las enastantes de marcarlas, y las ya marcadas las venden, di- 
ciendo después que se han muerto ó escapado. Para no ser en- 
gañado, es necesario que el dueño esté constantemente á la mira, 
y aun así muchas veces le sorprenden. 

Contratos. «Usan los tratos de hipoteca de fincas, la que se 



usos Y COSTUMBRES 33?i 



empreña como fianza al pago de una cantidad; la cual mientras 
no se paga, usufructúa la finca el acreedor como cosa propia, y 
puede endosarla á otro en usufructo; pero pagada la deuda 
por el dueño de la finca, queda recentada ésta. Un contrato 
parecido es el de prendang bacal en bicol, por el que se em- 
peña ó hipoteca una finca por la deuda de una cantidad mu- 
cho menor que el valor de la misma finca: se [estipula un plazo 
fijo y fatal para el rescate de la finca: Ínterin este llega, usu- 
fructúa la finca el que dio el dinero, y si llegado el plazo no 
fué rescatada, ha pasado á ser propiedad del acreedor. 

Como hace el indio hace su mujer con los sirvientes y 
mozos del interior de la casa; no suele pagarles más sueldo 
que medio ó un peso al raes y la comida; pero como no hay 
vasija ó mueble que no se rompa en casa que no se le haga 
pagar al mozo ó moza, á vueltas de poco tiempo, sin haber 
el criado recibido un cuarto, debe un dineral y queda también 
esclavo de hecho. Es admirable la fidelidad con que estos 
servidores siguen al lado de sus amos, aunque vengan éstos 
á parar on la pobreza, siendo muy frecuente el caso de que 
los criados sostienen entonces con su trabajo en otras casas á 
sus amos pobres, de quienes siguen considerándose deudores. 
Es verdad que esta fidelidad se debe al trato cariñoso del amo, 
que cuando le iba acumulando como deuda el valor de cada 
objeto perdido ó. destruido por el criado, le regalaba con la 
mejor de sus sonrisas». 

Numerario. Parécenos oportuno dar á conocer en esto lu- 
gar las pesas y medidas usuales del país, así como también I:i 
nomenclatura que usan para contar el dinero. La unidad usual 
del dinero es el salapi, que es justamente medio duro, ó cuatro 
reales fuertes. Calahatí, mitad, dos reales, ó peseta columnaria. 
Sicapat, que significa la cuarta parte de la unidad usual, un 
real. Calíalo, la octava parte, fueilio real. A la peseta llaman 
treinta y dos, y á la media peseta die{ y seis. En lo demás S3 
conforman con nuestra nomenclatura. 



33 i SEGUN'D.V PARTE. ETOLOf. I A 



Medidas superficiales. 
Antiguas del País. 

Pié cuadrado que equivale á 776 centímetros cuadrados. 

Braza cuadrada, 2 metros 79 decímetros cuadrados. 

Loan, 100 brazas cuadradas: hace 2 áreas y 79 cientiáreas cua- 
dradas. 

Balita, equivalente á 10 loanes: es 27 áreas y 25 centiáreas. 

Quiñón, equivalente á 10 balitas: es dos hectáreas 7972 áreas. 

Métrico-Decimales . 

1 centiárea es un tercio de braza cuadrada. 

1 área, equivale á 35 y dos tercios brazas cuadradas. 

1 hectárea, comprende 3 balitas, 5 loanes y 78 brazas cuadr.* 

Pesas antiguas del país para pesos groseros. 

Tael, equivale á 39 gramos y medio. 

Cate, 16 taeles ó 632 gramos. 

Chinanta, 10 cates ó 6 kilogramos v 326 «¡ramos. 

Pico, 10 chinantas, '/i kilogramo, equivalente á 137 % libras. 

Religión. 

La religión de los indios de Filipinas es única y exclusi- 
vamente la católica, apostólica, romana. Y aunque haya entre 
ellos muchos cristianos tibios, de malas costumbres, y supers- 
ticiosos, y á pesar de todas sus flaquezas, tienen tan arraigadas 
las creencias católicas, que si por desgracia sirven á un español 
que se mofa de la religión, habla contra el culto y sus ministros, 
como se dan frecuentes casos en Manila; el indio no por eso 
vacila, duda ó se deja seducir, ni deja de rezar a la Madre de 
Dios, á quien todos los indios tienen devoción especialísima, de- 
positando en ella toda su confianza. Así todos, hombres, mu- 
jeres y niños, llevan casi siempre al cuello un rosario ó escapu- 
lario de la Virgen Santísima. Si tiene la costumbre de frecuentar 



L'SOS Y COSTUMBUES 



Ja iglesia, ó los sacramentos, no se le dá un ardite de su amo, 
de quien en esta parte no hace caso alguno, ó quizá lo mal- 
dice en su interior, y sigue imperturbable en su costumbre. 
Solamente hay algunos indios fatuos, jóvenes por lo común 
expulsados de las aulas por tontos y desaplicados, que por 
imitar al castila en todo, hacen alarde de descreidos, como 
muchos españoles que no practican la religión; así como fuman 
pitillos á lo castila^ y pasean como el castila; y nada mas. 

«Son cristianos tibios y poco fervorosos; eluden con cual- 
quier pretexto (el de más recurso es la falta de ropa) sus 
deberes religiosos de oir misa en dias de precepto, y confesar 
y comulgar en tiempo pascual. Son muy dados á la promesa, 
que siempre ha de ser de romería lejana y con limosna pia- 
dosa, y la promesa la han de cumplir siempre, aunque no ob- 
tengan la gracia que impetraban y por lo que la prometían; y 
si se les persuade alguna vez de que no tienen obligación de 
cumplir algunas promesas, ó que dejaron de ser obligatorias, 
cuando se confiesan han de acusarse con verdadero dolor d® 
aquel supuesto pecado á que creen fueron inducidos, el del no 
cumplimiento de la promesa». 

«Tienen muchas ideas claras de la religión católica y sus 
dogmas y preceptos. Se generalizó entre ellos mucho la histo- 
ria sagrada por la lectura de la pasión. Los corridos, cuen- 
tos y romances, les gustan mucho, mas por lo que les 
cuesta el adivinar su sentido, que por lo que comprenden 
del original». 

Es la Pasión una explicación, no solamente de la Pasión de 
N. Sr. Jesucristo, sino de toda la Religión desde la Creación 
del mundo, en verso suelto, sin metro al estilo oriental, muy 
instructivo. Apenas hay indio que no lo lea, pues son raros los 
que no saben leer, y muy aficionados á este libro que cantan 
con UQ canto lúgubre y monótono en el tiempo de cuaresma. 
Lo cantan tumbados en un petate (que es como los indios sue- 
len leer libros) y lo toman como un pasatiempo devoto. Otros 
abusan de la Pasión, particularmente los novios que teniendo 



33^1 SErrUNDA PARTE. KTOI.OrTrA 



mucha entrada en las casas de las novias, se entrelienen eu 
cantarlo á dúo. 

Supersticiones. 

Ei pueblo es siempre y en todas partes ignorante, y como 
tal, más ó menos supersticioso. El pueblo filipino tiene también 
sus supersticiones y engaños. Algunas son de importación euro- 
pea, otras en mayor número las han recibido de los igorrotes, 
algunas de las cuales, las que (refieren á los finados que tienen 
muy arraigadas en sus costumbres), parecen importadas en tiem- 
pos anteriores por los hijos del celeste imperio. Do la domina- 
ción musulmana les ha quedado un fondo de fatalismo, con 
el cual atribuyen á su suerte todo lo bueno ó malo que les acae- 
ce, resignándose á todo con las frases sacramentales de 5/ esta 
es m¿ suerte: que se ha de hacer; y otras análogas. También 
hemos encontrado en Pangasinan algunos vestigios de la cir- 
cuncisión, cuya práctica ya casi ha desaparecido por completo, 
y sólo se ven rarísimos casos en tres ó cuatro pueblos de aque- 
lla provincia. 

Las supersticiones más groseras son practicadas por los mas 
montaraces, y las menos ridiculas por los que tienen más roce 
y comunicación con nosotros. Las practican principalmente en 
sus enfermedades siendo los curanderos sus más constantes pro- 
pagandistas, hasta el punto de que sin ellos apenas habría en- 
tre los indígenas vestigios de alguna superstición. 

También con motivo de la Cuaresma, y especialmente en 
Semana Santa, á espaldas del párroco, hacen algunos una es- 
pecie de penitencia pública en la forma siguiente. 

Unos la toman en serio, y otros de burla, y tiene mucho 
de cómica. El que hace penitencia, suele ser por lo general 
un malvado fanático, que cree que haciendo la tal penitencia 
se le perdonan todas sus picardías, sin pensar por eso en la 
enmienda. Este hace el papel de Jesús, y recorre la calle car 
gado con una cruz, seguido de infinidad de curiosos, hombres 



usos Y cosTr>rBRES 337 



y mujeres: uno le vá dando latigazos en las espaldas; otro hace 
el papel de Pilatos, que á trechos lee la sentencia sentado; 
otros hacen de judíos, y otros van cantando la pasión. Esta 
procesión se convierte en un burdel, pues en las estaciones, 
muchos incluso el mismo penitente, echan sendos tragos de 
vino frente á las garitas ó tiendas del tránsito. 

Les encanta la relación de hechos maravillosos, si se rela- 
cionan con la religión ó el espíritu humano; creen la eficacia 
de talismanes, (anting-anting) mas no comprenden el alcance 
de esa palabra tagala que usan sin entenderla. 

Creen rutinariamente en ciertos malos espíritus que pro- 
pagan ciertas enfermedades contagiosas ú otras cuyas causas son 
desconocidas. Para ahuyentarlos, usan de talismanes que tienen 
virtud contra ellos. Tales son contra la viruela una calavera de 
carabao ó de vacuno que ponen los más salvajes en una caña 
del cerco de su casa: un pedacito de trapo ó de plomo que 
las mujeres ponen á sus hijos en el rosario que llevan siem- 
pre al cuello, un diente de caimán, la columna vertebral de 
las culebras que se atan á la cintura ó piernas, raices y yer- 
bas aromáticas. Contra el mal viento á que atribuyen ellos una 
enfermedad que les deja como molidos y quebrantados los hue- 
sos, usan una sortija de cuerno. 

Del cólera-morbo tienen una idea muy particular. Dicen 
que el mal espíritu que lo propaga es cojo, y que donde tropieza, 
hecha una maldición al vecino, y luego es atacado del cólera. 
Para evitar que tropiece, hacen por la noche grandes fogatas 
al frente de sus casas. 

El bolo ó machete desenvainado y puesto de punta junto al 
enfermo, ó mujer que está de parto, dicen ahuyenta los malos 
espíritus. 

Los malhechores y tulisanes, no es raro que lleven en una 
bolsita al cuello, pero oculta, ó un pedacito de piedra que dicen 
ser del ara de un altar, ó de ropa sagrada, ó de iglesia, ó al- 
guna oración misteriosa con símbolos, cuyo significado com- 
pletamente ininteligible ignoran. 



338 sEr.rNDA r.inTE. etologia 



usan también de hechizos amatorios y maléficos. 
También atribuyen á los astros, su buena ó mala fortuna, 
y que esta depende de la estrella que preside ;í su nacimiento. 
Asi creen que hay malos días para viajar, casarse etc. Es mal 
día para emprender un viaje el martes, y también lo es para 
casarse. El día de Judas es malo para todo, y si trabajan te- 
men les suceda algo malo: el día de Judas es el primer lunes 
de Agosto para unos y para otros no sé si el primer día de 
Junio. 

Esta última costumbre se va ya desconociendo, y son más 
los que trabajan que los que no lo hacen en ese día; y tanto 
esto como el no bañarse en la luna nueva, es costumbre sola- 
mente del vulgo ignorante; las familias principales de entre 
ellos, ó las que tienen alguna ilustración ó más roce con eu- 
ropeos y sacerdotes, se ríen de esas preocupaciones. 

«Las antiguas creencias de sus antecesores con referencia al 
vaf!'aJ7Üo, espíritu supramundano familiar al hombre, guina- 
rauariy espíritu maléfico, dosos, acción nociva del \\q\\ío, pag- 
huní nin gangan^ canto agorero del pájaro, ya han quedado 
relegarlas á los indios salvajes: el indio civilizado no cree en 
ellas aunque las ponga en juego en sus cuentos y consejas con 
que los ancianos y mujeres entretienen á los niños. 

En esto es de admirar el fondo único en que se fundan las 
tradiciones, y cuentos ó narraciones de los indios que al es- 
pañol que intime con ellos, no le maravillan; son exactamente 
iguales á los consejas y narraciones populares de España, con 
sus trasgos, duendes, brujas, animales espantables, y héroes, y 
caballeros que deshacen el encanto por su valor, ó pastor- 
cilios, sacerdotes, ó mujeres que hacen lo mismo por. la reli- 
gión ó su modesta belleza». 

Instrucción y cultura del país. 

Las ideas que informan las inteligencias del indígena son 
casi exclusivamente las religiosas, desconociéndose las ciencias 



usos Y COSTUMBRES 



y las artes liberales, como podrá colegirse del catálogo biblio- 
gráfico, aunque incompleto, que presenta el Sr. Barrantes, en 
el cual hemos tomado una parte insignificante. 

Es generalmente desconocido el castellano de la población 
indígena, aun dentro de la provincia de Manila y cabeceras de 
provincia; pues si bien en estos puntos, y aun en todos los 
pueblos, hay algunos muy contados que saben el castellano, 
pocos son lo que lo hablaban y escriben bien. Y aunque su 
inteligencia es bastante limitada especialmente para las ciencias 
abstractas, no faltan á los naturales otras buenas disposiciones: 
sobre todo tienen grandes deseos de instruirse y de aprender 
el castellano; son aficionados á ia lectura, sintiendo verdadera 
satisfacción en conocer nuestras cosas. Así se explica que la 
casi totalidad de la población indígena sabe leer cuando menos. 

Tienen gran facilidad para aprender idiomas, y es muy 
común que los indios de algunas provincias hablen dos, tres ó 
más dialectos del país. Son buenos escribientes, y algunos es- 
criben con rara perfección al dictado. Y aunque son enemigos 
de ir á la escuela y de que vayan sus hijos, es porque no 
sirve mas que para perder el tiempo, pues nada aprenden. Mas 
si por rara casualidad sucede que se les instruye en la escuela, 
no se muestran difíciles, ni los niños ni sus padres, como no 
sea durante las faenas del campo. Por lo demás los pueblos 
están atestados de raaestrillos ignorantes, que sin contar con na- 
die, ponen sus escuelas privadas, pagados por lo§ padres de los 
niños. Asi aprenden lo poco bueno y mucho malo que saben, 
á quienes enseñan la cartilla, y algo de lectura y escritura, sir- 
viéndoles de texto para ambas cosas los libros manuscritos lla- 
mados Corridos, atestados de anacronismos, errores y absurdos 
de todo género, escritos con grande elevación de estilo, y rara 
propiedad y laconismo en el género descriptivo. Todos están 
escritos en verso suelto. También aprenden algo de Catecismo, 
y muy poco de las primeras reglas de Aritmética que saben 
rutinariamente, así como el leer y escribir. 

Muchos niños no sabiendo juntar las letras y sílabas, no 

43 



338 .^EGfXDA PAP.TE. ETOLOrTlA 



saben leer sino lo que les han enseñado de viva voz con el 
libro abierto; de tal suerte que pueden leer lo que han oido, 
mas no leen sin grandísima dificultad lo que no han oido. Otros 
más bien debe decirse que saben pintar letras que no escribir, 
pues ellos mismos no leen lo que escriben. Si los curas no les 
dan papel reglado, escriben aún en las escuelas públicas, en 
pedazos de papel de barba rayado por los mismos niños. Las 
niñas no son aficionadas á la escritura, y así no son muchas 
las que escriben. Y aunque hayan aprendido, se les olvida con 
el trascurso del tiempo por falta de ejercicio, y se contentan 
con saber leer asi impresos como manuscritos. 

Como no tienen mas libros que los escritos en su idioma, que 
son casi en su totalidad libros religiosos impresos, y los Corri- 
dos manuscritos, no tienen idea alguna de las sociedades euro- 
peas y adelantos modernos, y si algo saben es por lo que ven 
los que tienen roce y comunicación con nosotros. Así no tienen 
idea alguna de la política, ni entienden de partidos. Ruegan 
por el Rey de quien tienen elevado concepto, y ahora dicen 
que gasta mucho, especialmente desde que vino la cédula y 
el impuesto. 

Sus dialectos son completamente refractarios á nuestras ideas: 
son derivaciones del malayo, y se forman por composición, 
con partículas afijas y prefijas á las raíces, que raras veces 
sufren alguna ligera alteración en la composición. Son lenguas 
enteramente bárbaras, según las recibieron de sus mayores, y 
solamente han añadido algunas raíces de términos castellanos 
que desfiguran en el sentido y en la pronunciación. Abundan- 
tísimas en voces que sigüifican objetos materiales, son pobrí- 
simas ó nulas para expresar ideas. 

Es de todo punto imposible que se pongan al nivel de los 
pueblos civilizados con los idiomas que usan, pero carecen de 
medios para aprender el castellano. Para este objeto se hace 
indispensable que tengan todo el caudal de conocimientos que 
pueden dárseles en sus idiomas, y esto es imposible por ahora, 
porque aunque hay maestros, es como sino los hubiera; y 



T.'SOS Y COSTUMBRES iiSvl 



aunque fueran lo que debían, no son ni con mucho en el 
número en que debían ser; y fueran inútiles, no habiendo es- 
cuelas en el número y parajes en que debieran existir. Advir- 
tiendo que es insuficiente agregar pasantes, y meterles por los 
ojos libros en castellano que absolutamente no entienden, como 
se ve prácticamente en lu provincia de Manila donde tienen es- 
tos recursos. Las escuelas que hay, son insuficientes y malas. 
Diremos con nuestra proverbial franqueza lo que son en pro- 
vincias, pues conviene que el Gobierno se entere del estado 
en que se hallan, para pensar seriamente en poner remedio. 

Son de materiales fuertes en los pueblos de antigua forma- 
ción. En los de reciente creación, y son los más, las escuelas, 
lo mismo que los tribunales, iglesias, casas parroquiales, y cuar- 
teles de la Guardia Civil, son en su mayor parte de materiales 
ligeros que están expuestos á mil contingencias. Porque estos 
edificios, ó están en construcción, ó ruinosos, y las escuelas 
casi desmanteladas, frecuentemente sin puertas ni ventanas; y 
aunque muy capaces de contener el número de niños y niñas 
que diariamente asisten, con dificultad pueden contener una ter- 
cera parte de los que deberían entrar. 

El menaje de estas escuelas se reduce á una silla y una 
mesa en el testero, algunos banquitos al rededor para los niños, 
y una mesa larga en medio con bancos al rededor para los 
que escriben. Los maestros reciben <^ 40 anualmente para gas- 
tos de escritorio, pero no los emplean, y los niños pobres ca- 
recen de libros, tinteros, carteles, pizarras, papel etc.: sola- 
mente tienen los que ellos compran ó les dá el cura párroco 
por premio ó de limosna. 

Asisten lo menos que pueden á la escuela, y puestos allí 
por temor al Cura que los obliga, no hacen mas que charlar 
y 2;r¡tar, y poquísimas veces están allí como debieran. Los 
maestrus, que con raras escepciones asisten también lo menos 
que pueden, (y la prensa de Manila se ha ocupado de esto al- 
gunas veces), ni tienen padrón de los niños, ni lo saben ó quie- 
ren hacer; ni los dividen en secciones, ni les obIÍ2;.in á la asis- 



'liO SErTi:NDA PARTE. ETOLOGIA. 

tencia, ni les enseñan el castellano, ni urbanidad, ni aun casi 
el catecismo que ellos por sí solos aprenden. 

Tampoco hay orden en la escuela, y cada uno entra ó sale 
sin permiso cuando le acomoda. Lee, reza, escribe; fuma, 
come ó canta según le place; y al divisar al párroco ó á una 
voz que el maestro dá de cuando en cuando por pura ceremo- 
nia para que haya orden, se ponen á deletrear ó rezar can- 
tando, con que aquello se convierte en una olla de grillos. En 
una palabra, no se cumple una palabra del Reglamento vigente 
que está muy recargado, y á nuestro juicio debe reformarse 
notablemente. 

Además del sueldo y gastos de escritorio, cobran el alquiler 
de la casa que habitan, con lo que están más que suficiente- 
mente retribuidos para lo que hacen. 

Con escuelas v maestros de esta naturaleza, nada tiene de 
estraño que los niños no sepan más que leer, escribir y contar 
algo, y el catecismo de la doctrina cristiana. Por el roce y co- 
municación que tienen con la parroquia, tienen algunas nocio- 
nes de Cronología. Muchos cuentan los años por cosechas, los 
meses por lunas, y las épocas por los acontecimientos notables 
de la localidad ó generales, como un incendio, peste, avenida; 
y más ordinariamente señalan el nombre del Goberuadorcillo ó 
del Cura que entonces estaba. De Historia, sino es la sagrada, 
no tienen mas nociones que las que leen en sus Corridos; y 
en materia de Astronomía, Geografía y Metereoiogía, sus 
ideas son completamente pueriles y disparatadas. 

Las medidas que para difundir el castellano á nuestro juicio 
debieran adoptarse, son en dos maneras: una científica por 
decirlo así, y otra casera. La primera consiste en que se dé 
á los niños suficiente preparación para aprender el castellano, 
creando y reformando las escuelas existentes en esta forma. Una 
escuela de niños y otra de niñas en el pueblo por cada 1 .000 
cédulas por lo menos, con menaje y moviliario decente y apro- 
piado. Otras en iguales condiciones en cada uno de los puntos 
céntricos de los barrios. Libros en su idioma en que aprendan 



i:SOS Y CÜSTIJMniíES .íil 



las cosas más elementales que ignoran, y Religión y Moral. El 
Rueda traducido sería lo mejor, añadiendo algo de Filipinas, 
V las Gramáticas de su idioma al castellano. Todo lo que no 
sea así, creemos que es perder tiempo. Con estas medidas en 
treinta años está difundido el castellano entre los indios. 

Otra medida de más efecto, y sobre todo junta con la pri- 
mera, es crear colegios de niñas como los de la capital, en 
las principales provincias, que fueran planteles de maestras y 
buenas madres de familias, que instruirían á sus hijos en el 
castellano. Es cosa probada que india que sabe el castellano, 
se lo enseña á sus hijos desde su más tierna edad, cuando los 
españoles radicados en el país y casados con indias, no se lo 
enseñan á sus hijos. 

Resumen. 

Hemos tratado lo más estensamente que nos ha sido posi- 
ble de los indios, describiendo muy al por menudo su carác- 
ter, usos, costumbres, etc. Parece natural que resumiendo lodo 
lo hasta aquí dicho, demos una idea del conjunto, trazando por 
decirlo así las líneas más generales del boceto que damos á 
conocer. 

Es el indio filipino de limitada inteligencia, más observa- 
dor y dotado de gran talento de imitación. Si para las tareas 
serias y profundos trabajos intelectuales, no tienen afición ni 
aptitudes sino medianas, se muestran diestros en el ejercicio de 
varias artes é industrias. En general se muestran aptos para 
todos los trabajos manuales, y en los de imitación no tienen 
semejante. En todas las artes mecánicas son muy hábiles; to- 
das imitan, y á todas se acomodan, mas á ninguna se aplican, 
ni tienen interés en perfeccionarse, careciendo además de ins- 
trumentos proporcionados. No obstante hacen muy buenos tra- 
bajos de platería, y tallan la madera de un modo admirable 
con las pocas y gastadas herramientas de que se sirven. Los 
que logran la dirección de algún maestro europeo, tienen rae- 



SKrrUNDA PARTIÍ. ETOLOGIA. 



jores herramientas y producen mejores labores. «Es de admi- 
rar por cierto, dice el P. Concepción (I), que un indio rudo sea 
constructor de navios, sin mas instrucción que unos toscos ru- 
dimentos para entender la formación de los planos; y sacaa 
con tanta perfección embarcaciones de todo género según se 
les presentan los dibujos, que son á todos los inteligentes de 
pasmo.» Son también muy aficionados á la música, y en pocos 
días aprenden á tocar cualquier instrumento; pero sus músi- 
cas, que las hay indispensablemente en todos y cada uno de 
los pueblos de Filipinas, suelen ser detestables por carecer de 
principios, pues muchos tocan de oido, y no entienden una 
sola nota. 

Aunque es tradicional la pereza de los indios, y muchos 
en efecto se dedican á la vagancia y á los vicios, mas en este 
concepto algo hay de exagerado. La falta de obras públicas, 
y la escasez de jornales, contribuyen en gran parte á la hol- 
ganza de los indios. Y si en el campo es poco productivo su 
trabajo, se debe á la poca afición que tienen á las faenas agrí- 
colas á que se dedican por pura necesidad. Obsérvese no obs- 
tante el iudío dedicado á una profesión cualquiera, y conven- 
dreinos en que no es tan flojo para el trabajo un hombre, que 
sometido á una altísima temperatura, en una admósfera ener- 
vante, y mantenido con unos puñados de arroz y algunos pes- 
cadillos, arrostra un trabajo de ocho ó diez horas diarias con 
calma, pero sin mostrar cansancio ni fatiga. Por lo general 
son activos para emprender, y no les falta valor para no aco- 
bardarse en los peligros de la mar. Son excelentes marinos, 
y ágiles en el manejo de cabos y velas. 

También son muy aficionados á la caza y á la pesca. 

Las mujeres son agenciosas y trabajadoras. Es marcada 
su inclinación al comercio y pequeñas industrias; y rara su 
habilidad para hacer tejidos, bordar y hacer encajes que com» 
piten y aun superan á las labores de Europa. 



(1) Historia general de Filipinas, (Manila 1788.) 



usos Y COSTUMBRES 



Son muy sobrios en sus comidas que consisten en un poco 
(Je arroz cocido con agua (morisqueta) que comen con los dedos,^ 
á lo que añaden algunas yerbas, y el pescado salado de que 
hacen gran consumo; y se tienen por felices si á esto pueden 
juntar un pedazo de carne. Son muy aficionados á las golosi- 
nas y sobre todo al lechon asado, plato obligado en todas sus 
fiestas. En estas se muestran espléndidos y derrochadores; mas 
en esto entra mucho la vanidad, su vicio dominante. 

Es extremada su afición á las fiestas y espectáculos, y du- 
rante semanas enteras se entregan á las diversiones de come- 
dias, músicas, fuegos artificiales con mucho ruido, y la ga- 
llera que es el mayor aliciente de sus diversiones. El gallo es 
su animal favorito, y lo explotan admirablemente en las pe- 
leas, que les sirven de pretexto para ganar ó perder cuanto 
tienen á la mano. También tienen para ellos singular atractivo 
los juegos de azar, las rifas y loterías que nunca toman por 
pasatiempo, y miran como un modo de buscar la vida, como 
ellos dicen, siendo refractarios á los juegos honestos y recrea- 
tivos en que no media interés. Es aficionado á los estimulan- 
tes, y narcóticos, á las bebidas alcohólicas de que hacen gran 
consumo; y en un pescadillo salado y corrompido llamado 
bagoiij tienen sus delicias más refinadas. Aunque se bañan 
con mucha frecuencia, y algunos todos los días, en lo demás 
son poco limpios y aseados, pero en las fiestas ostentan un 
lujo que desdice de su habitual trato y modo de vivir. 

Las mujeres son de mucha modestia, y naturalmente incli- 
nadas á la religión y á la piedad. No obstante hay bastante di- 
solución en estas Islas, más ó menos según los lugares, y según 
el celo de los que gobiernan (1). 



(1) La criminalidad es en Filipinas muy inferior á la de casi lodos los 
países europeos. En prueba de esto nos hastará consijínar aquí, que según, 
las esladíslicas oficiales, en el afio 1883 se despacharon en la Audiencia 
<le las Islas 5608 ncfíocios criminales, en los que aparecían complicados 
5718 reos, de los cuales 2725 no sabían leer ni escribir. Los delitos que 
lipuran en mayor proporción son los alentados contra la propiedad, ha- 



344 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



«El clima de Filipinas, dice á este propósito el Sr. Laca- 
lie, (t) la hermosura del cielo, las bellezas de una riquísima 
vegetación, y la libertad de las costumbres, circunstancias son 
que influyen poderosamente sobre las manifestaciones de los 
instintos genésicos. Y, sin embargo, no pueden calificarse de 
lujuriosas estas gentes, que sin ser esclavas de las leyes del 
pudor y de la castidad, distan mucho de parecerse á otras 
razas oceánicas en que el vicio reviste espantables proporcio- 
nes. Ni se ven en el Archipiélago esos monstruosos escesos 
de un desenfrenado libertinaje, ni esas uniones entre niños 
de ocho ó nueve años, ni esas sociedades que en la Polinesia 
son una mancha del linaje humano.» 

«Cierto, añade, que los instintos genésicos se manifiestan 
como elemento importante en las costumbres, pero sin pasar 
los límites de un vicio que no domina la organización ni la 
familia. Si se tienen en cuenta las circunstancias antes apun- 
tadas, la influencia de un clima tropical, la sencillez de los 
usos de una vida en que el hogar, la comida, todo es común, 
no puede sorprender á nadie que se infrinjan con más frecuen- 
cia que en los países europeos las leyes del pudor. Pero, por 
otra parte, debe advertirse cierto recato instintivo que aparta 
al indígena de los escándalos de una vida relajada. La sobrie- 
dad en las comidas, y el influjo de la religión, son los agen- 
tes que en primer término contribuyeron á desterrar de estos 



liándose en término muy secundario los dirigidos contra la honestidad. En- 
tre esos 5718 reos 214 son mujeres, número exiguo comparado con el total. 

Resumiendo: los pueblos católicos de Luzon, que físicamente se di- 
ferencian muy poco de los mestizos infieles, se distinguen de éstos por su 
cultura y por las cualidades morales que se han desarrollado bajo el influjo 
de la civilización cristiana, que hizo al indio más inteligente, inspirándole 
la idea de su valor como obra de un Ser Supremo; y ensefiándole á es- 
timarse á sí propio, ha corregido sus costumbres, ha modificado su ca- 
rácter, y le ha inculcado hábitos de orden y de trabajo. Como resultado 
de tales enseñanzas el filipino es un hombre con los vicios y defectos 
de todos los hombres, pero adornado de cualidades estimables, que lo se- 
rán más el dia en que la instrucción pública salga del estado embrionario 
en que hoy se halla en el Archipiélago.— Lacalle, Tierras y Razas pág. 265. 
(1) Ib. pág. 26i. 



usos Y COSTUMBRES 345 



naturales las prácticas y usos licenciosos que hoy todavía im- 
peran en casi toda la Oceanía.» 

Aficionados á la vida doméstica, cuidan con tierna solicitud 
á sus pequeñuelos, y generalmente tienen muy mimados á sus 
hijos, pero descuidan bastante su educación moral; y como 
no les niegan ninguno de sus gustos, y satisfacen todos sus 
caprichos, sus hijos son frecuentemente voluntariosos y mal- 
criados. 

Hospitalarios por instinto, encuentran muy natural que el 
que tiene casa y comida, ponga ambas cosas á disposición de 
cualquiera por desconocido que sea. 

Esta cualidad, buena en sí misma, raya en exageración, de- 
bido á su innata timidez y debilidad de carácter, que no sabe 
negarse á nada ni á nadie. Y no solamente ejercitan la hos- 
pitalidad con parientes y conocidos, sino aun con Jos mismos 
desconocidos, disimulando el disgusto ó pesar que en ello ten- 
gan. Asi los indios vagabundos en todas partes encuentran 
que comer y donde albergarse, vagueando y haciendo largos 
viajes sin gastar un solo céntimo. Y aun á los mismos malhe- 
chores albergan en sus casas, y bien á su pesar los abastecen 
de todo lo que tienen y no les pueden ocultar, mostrando un 
agrado que no tienen, en su trato y compañía. 

De la misma manera reciben visitas importunas de sus par- 
sanos, ú otros, sin que les ocurra indagar qué es lo que las 
motiva, ni se atrevan á despedirlas aunque cometan ciertas 
inconveniencias muy comunes en los indios. Y aunque sospe- 
chen, y aun les consto de que sus intenciones son deshonran 
á sus hijas ó mujeres, se muestran con ellos complacientes y 
ceremoniosos, sin dejar por eso de recelarse, observar, y aun 
prepararles una emboscada para vengar una injuria que en 
este punto se les haga. Son mentirosos hasta el extremo de 
que les cuesta trabajo hablar con verdad tanto ó más- que á no- 
sotros el mentir, ensartando mentiras con pasmosa facilidad y 
sangre fria. Son criticadores y murmuradores sempiternos, 
sobre todo las mujeres, que se pasan las horas contando vidas 



4 i 



3'lfi SEGUNDA PARTE. ETOLOfilA 



agenas, metiéndose con frecuencia en el secreto de las inten- 
ciones, juzgando mal por motivos leves. 

Atentos siempre a las conversaciones de sus amos, y á los 
actos más insignificantes del europeo, los comentan á su ma- 
nera en las cocinas, que son el mentidero de la servidumbre; 
así como la casa-Tribunal lo es de los principales, y los mer- 
cados y tiendas lo son de todos, nobles y plebeyos, que se con- 
funden en amigable consorcio, reinando en dichos círculos la' 
espansion y la más completa licencia. En dichas reuniones se 
habla de todo, y todo se comenta, mostrándose en ellas locua- 
ces, dicharacheros, intencionados, y burlones; complaciéndose 
en poner motes, celebrando sus ocurrencias con risotadas, y 
chistes no siempre de buen gusto. Si parecen taciturnos y 
apocados, su taciturnidad es hija del ensimismamiento en que 
habilualmente viven, y á veces del respeto que nuestra presen- 
cia les impone; pero si se les dá confianza, abusan de ella, se 
propasan, mienten, nos, faltan al respeto, y se creen con de- 
recho á todo por poco que les considere; y así conviene reser- 
varse de ellos, sin faltarles por eso, pues entonces se muestran 
resentidos y recelosos. 

Son muy vanidosos, y uno de sus mayores goces consiste en 
hacer aparatoso alarde de la autoridad que tienen, sin que por 
ello traten de portarse con dignidad y decoro; y cuando le- 
gítimamente no pueden ostentarlo, se complacen en usar en 
ciertos actos los vestidos, insignias, etc., de altos cargos: es- 
pecialmente gustan en sus reuniones de remedar al casilla; y 
se creen valer más, cuando con seriedad cómica pretenden 
imitarnos en el andar, hablar etc. Por eso es aqui tan perni- 
cioso el mal ejemplo de los españoles, pues los indios que los 
antiguos llamaban ladinos, creen ser superiores á sus paisa- 
nos imitando las malas costumbres que en ellos observan. 

Guando tienen alguna autoridad, por poco que esta sea, se 
prevalen de ella para vejar y explotar á sus paisanos, mos- 
trándose con ellos duros y sin entrañas: así los amos vejan 
y maltratan á sus criados; y el que tiene mando ó priva con 
alguna de las Autoridades, se impone á los más crédulos y sen- 



usos Y COSTUMBRES 3 iT 



cilios, amedrentándolos ó amenazándolos, si no ceden á sus 
injustas pretensiones: así toman el nombre del Cura ó del es- 
pañol sus sirvientes, y los dependientes de las oficinas los de 
sus jefes para estafar y engañar á los ignorantes. Y aunque 
muchos ceden al temor, los más se resignan sin tratar de 
vengarse, interponiendo súplicas^ y como pidiendo por favor 
lo que es legal y justo; pues como no tienen idea práctica de la 
justicia, en salvando las formas, piensan que todo es lícito en 
esta materia: así también se valen del soborno y adulación 
para conseguir sus intentos, venciendo con ruegos importunos 
á aquellos mismos á quienes desean explotar, no escatimando 
consideraciones, etiquetas, y aun súplicas y humillaciones, para 
hacerles venir en lo que injustamente pretenden de ellos. 

Los así vejados y oprimidos son muy tolerantes y sufri- 
dos, usando la frase sacramental de st esa es mi suerte. . . . 
que dicen con fatal indiferencia; pero cuando llega al colmo 
su indignación, son audaces y arriesgados, si tratan de ven- 
garse: sus venganzas son á traición, y su venganza favorita es 
el incendio que causa tantos estragos en estos países, gran 
parte de ellos intencionados, sin calcular que no solamente 
perjudican á aquel de quien desean vengarse, sino á otros mu- 
chos infelices que no tienen mas culpa que el ser vecinos de 
sus enemigos personales. Aunque vengativos y mal intencio- 
nados, facilísimamente ceden pasado el furor de la pasión que 
los ciega; y entonces, se reconocen y se humillan. El ofendido, 
á media palabra de satisfacción que se le dé, olvida la injuria 
y perdona, cambiándose entre 61 y el ofensor mil escusas, con- 
sistentes en prolijas ceremonias y etiquetas de que mucho se 
pagan, con muchos rodeos de palabras que finjen creer, sin ser 
todo mas que pura farsa; pues en medio de su sencillez ó sim- 
plicidad son grandemente suspicaces, y puerilmente maliciosos. 

Son muy desconfiados en sus tratos intentando sorprender 
y engañar siempre que pueden, y son amigos de cobrar su 
trabajo antes de prestarlo. Si se les hacen favores, una vez 
que los logran, se retraen: su ingratitud nace de desconfianza, 



348 SEGUNDA PARTE. ETOLOGIA 



pensando sin duda que se trata de tomar de ellos alguna com- 
pensación. 

La ambición domina poco á la gente plebeya, que agena 
H los cuidados que tanto preocupan á los demás hombres, vi- 
ven satisfechos y contentos con lo que tienen: no obstante son 
pedigüeños y tacaños. Las clases medias ya tienen algunas 
<ín'ds aspiraciones; mas estas se reducen á la satisfacción de 
sus más urgentes necesidades, y á la satisfacción de algún 
vicio: estos son el juego, la bebida, y el anfión ú opio, que se 
vá extendiendo insensiblemente entre los naturales. En logrando 
satisfacer la pasión del momento, cesan sus solicitudes. Son 
pródigos de lo que tienen, y avaros de lo que no tienen, y 
siempre dispuestos á tomar lo ageno. 

Tienen un fondo supersticioso, que se revela bien en todas 
sus prácticas; «mas siguen con fé, como dice el citado Sr. La- 
calle, las enseñanzas del catolicismo, y creen sinceramente en 
los preceptos de la Iglesia, si bien es cierto que, dada su in- 
dolencia y habitual pereza, son remisos en su cumplimiento.» 
«Se ha negado por muchos, continúa, aquella cualidad por no 
tener en cuenta que las creencias de un pueblo relativamente 
atrasado, no pueden mostrarse de otro modo que rodeadas de 
semejantes prácticas. Pretender que gentes que dan los primeros 
pasos en el camino de la civilización, se revelen en sus actos 
religiosos, severas, ilustradas, y verdaderamente pensadoras, es 
cosa por todo extremo absurda.» Hasta aquí el Sr. Lacalle. 

No debe perderse de vista que el indio es un niño mal edu- 
cado, pero un niño grande y en el completo desarrollo de las 
pasiones. No obra por conciencia, sino por temor; no se mueve 
por razones, sino por impresiones: amigo de novedades y de 
espectáculos, se mueve al compás de las diferentes impresio- 
nes que recibe. Naturalmente es inconstante y veleidoso, y ya 
quiere una cosa ya otra, y vuelve á querer lo que antes quiso, 
sin firmeza ni estabilidad en ninguna cosa, sin saber muchas 
veces que querer, ni qué le conviene. Tal es el indio filipino 
ligeramente bosquejado. 



CONCLUSIÓN 









^ ,ilf ASTA aquí hemos tratado largamente de las razas y 

_lC |}^ costumbres filipinas. Hachando una ojeada retrospec- 

"^ *¿^'^ tiva, vemos las felices disposiciones de los indígenas 

j de los pueblos cristianospara entrar de lleno en las vías 
del progreso, y ponerse al nivel de otras civilizaciones, 
y aun superarlas en muchas cosas. Los datos estadísticos que 
hemos anotado, nos dan idea satisfactoria de la moralidad de 
estas gentes. Los defectos, y retraso relativo en que aún están, 
obedecen á una de tres causas ó todas juntas, que clasificamos 
por este orden: históricas, físicas, y sociales. 

Llamamos históricas á las que reconocen al tiempo, factor 
material de la historia, como medio del desarrollo y perfecciona- 
miento de los pueblos: físicas, á las dependientes de las condi- 
ciones de la naturaleza material en toda su extensión; y sociales 
á las que se hallan sujetas á las relaciones humanas. 

La historia nos enseña las dificultades que han presentado 
siempre los pueblos salvajes á la civilización, y la constancia 
que ha sido necesaria para hacerlos hombres racionales antes 
que cristianos. Tres siglos hace solamente que la acción civi- 
lizadora de España viene trabajando á estas apartada^ regiones 
del extremo Oriente, y sin embargo ya produce frutos envi- 
diables de ilustración y de cultura; y muchos más hubiera 



350 CONCLUSIÓN 



producido, si el régiaien administrativo no fuera tan deficiente 
é incompleto, sobre todo en materia de instrucción. Es también 
de notar que muchos pueblos, y aun provincias de Filipinas, 
son de reciente reducción, y asi no es estraño el atraso en 
que se hallan. Para la reducción de los infieles el P. Villa- 
verde en el informe, que tratando de los igorrotes hemos citado, 
propone medidas muy acertadas , que por su extensión nos abs- 
tenemos de trasladar á este lugar. Las que nos han parecido 
más necesarias en orden á la población cristiana, las hemos 
indicado con leal franqueza en sus respectivos lugares. 

Las causas físicas han sido siempre en Filipinas el mayor 
obstáculo, así para la reducción de los infieles, como para la 
buena administración de los cristianos ya reducidos. 

Contamos entre estas causas la elevación de temperatura, 
las lluvias torrenciales, y ríos invadeables durante aquella es- 
tación; la fragosidad del terreno y espesura de sus bosques, 
con otras innumerables que paralizan con frecuencia la acción 
civilizadora de los misioneros; y con respecto á los pueblos 
cristianos, la escasez de personal de los ministros, la extensión 
de las parroquias, y el vicioso sistema de población que he- 
mos denunciado. 

Las causas sociales son una secuela de las anteriores. No 
cabe dudar que el aislamiento material del Archipiélago de 
las naciones cultas y su alejamiento de la madre patria, han 
contribuido largo tiempo al aislamiento moral y poco roce con 
los pueblos civilizados. Hoy día que las circunstancias han 
cambiado, y los obstáculos en parte han desaparecido, se nota 
en estas regiones un movimiento completamente desconocido 
hace algunos años. 

Para concluir, trasladamos aquí un magnífico trozo del P. 
Fonseca en su Historia de los PP. Dominicos de Filipinas, con 
observaciones muy á este propósito. 

«Asunto fuera, dice, de un gran libro religioso^filosófico e^ 
presentar á la faz de las naciones la obra del cristianismo en estas 
regiones apartadas del mundo civilizado. Cuando se retrocede 



CONCLUSIÓN 351 



algunos pasos en la carrera del tiempo; cuando volvemos la vista 
al inmenso panorama que hemos recorrido velozmente en el 
discurso de esta Historia; cuando, en fin, nos colocamos en el 
siglo XVI, y contemplamos el estado de estupidez y de barba- 
rie en que se hallaban entonces todas las razas oceánicas, nos 
parece haber recorrido en tres centurias la distancia que la 
Europa ha necesitado andar en veinte siglos. 

Tanta es la transformación que han sufrido estos países 
en su condición social política y religiosa, desde que brilló 
en el extremo Oriente el sol del catolicismo, jamás eclipsado 
por las nubes de la impiedad ni del error. Basta sólo comparar 
la degradación y el idiotismo que hoy observamos en los pue- 
blos de la Polinesia y la Malesia, que yacen aún en las tinie- 
blas de la infidelidad y la barbarie, con la superioridad reco- 
nocida del malayo filipino, educado moralmente en la religión 
cristiana y amamantado á los pechos de su celestial doctrina, 
para enmudecer de asombro ante la obra de Dios, y admirar 
profundamente las maravillas de su gracia. 

Raza sumisa, pueblo dócil y de costumbres dulces, hospita- 
larias y pacíficas; genio benigno, juicio recto, cordura moral y 
buen sentido para discernir el bien del mal; sentimientos reli- 
giosos, fé probada, lealtad al soberano, y respeto y veneración 
al sacerdocio, con un españolismo tan bizarro y tan encarnado 
en sus instintos, que tiene la dignidad de su propia estimación, 
y sabe mirar de frente al extranjero, á cuya talla se mide 
siempre que se brinda la ocasión, ora venga de los Alpes ó de 
la brumosa Albion. Sólo respeta al español, que le ha dado su 
religión y su evangelio, y su dignidad personal y su valor. 

Tal es hoy el carácter general del malayo filipino, que, 
desandando tres siglos, yacia sumido en los horrores de la 
postrera abyección. ¿Y quién ha operado en esta raza un cam- 
bio tan radical y tan profundo? ¿Quién ha conquistado para 
Dios, para la civilización y para España este nuevo mundo, 
que se pierde entre los bellos celajes de la aurora? Interrogad 
á la historia. Preguntadlo, si os place, á esas falanges del 



35? CONCLUSIÓN 



santuario, que se han venido reemplazando en tantas décadas 
sobre la brecha de la muerte. Haced hablar á los mares y al 
Cabo de las tonnentas; pedid á los huracanes y á la tempes- 
tad sus alas para seguir á través de sus dominios al temerario 
bajel que, desplegando sus lonas al soplo del aquilón, cruza 
un siglo y otro siglo el imperio horroroso y turbulento del 
Atlántico, para conducir nuevas legiones á la conquista reli- 
giosa del Oriente. 

Enumerad, si podéis, uno por uno, esos heraldos del Altí- 
simo, esos cruzados del altar, que, arrostrando con valor todas 
las iras del Océano, se han venido sucediendo en la arena del 
combate abierta, de tanto tiempo, en este confín del mundo, 
contra todos los poderes y furias desencadenadas dei abismo. 
Enumerad sus jornadas, sus expediciones, sus naufragios, sus 
batallas, sus trofeos, sus persecuciones y martirios; observad 
sus privaciones; narrad al mundo sus hechos, su abnegación, 
sus sacrificios; trepad con ellos á los montes; penetrad á su lado 
en los países habitados por las razas más feroces; compartid, 
si os atrevéis, sus peligros, sus hambres, sus aflicciones, sus 
ofensas, sus agravios, y sus prisiones, y destierros; recoged, 
en fin, si caben en vuestro corazón todas sus lágrimas, todos 
los suspiros de su alma y todos los dolores de su vida, y en- 
tonces comprenderéis el gran problema, el verdadero secreto 
de esta trasformacion tan asombrosa, que se ha operado en el 
genio y en las condiciones sociales de estos pueblos, bajo la 
acción regeneradora del misionero católico. Diremos sólo una 
vez más, parodiando la expresión del poeta: tantae molis erat 
christianam condere gentem.y) (1) 




(1) Historia de los PP. Dominicos, libro undécimo cap, 1.°, lomo V 









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